AGORAFOBIA EN LA SELVA DE CONCRETO
Desde Altagracia de Orituco hasta Santa Teresa del Tuy, por la Selva de Guatopo, el autobús amarillo se tragó las cuatrocientos sesenta y nueve curvas de la carretera continuamente húmeda; como un gigantesco jaguar se devora una larga culebra endemoniada que sigue serpenteando hasta el final. Desde al comienzo del bosque natural hasta ese punto, el que no marea, termina acostumbrándose al bailoteo pendular del cuerpo de derecha a izquierda y de izquierda a derecha; y desde ese punto hasta la selva de concreto de Caracas, la autopista es el camino que se muere callado, sometido bajo aquella implacable guerra de neumáticos.
Al llegar al terminal metropolitano, mi hermano y yo tomamos un taxi, si bien hacia la misma urbanización (El Paraíso) no a la misma dirección, porque las residencias distaban una de otra unos quinientos metros. Cuando nos acercábamos a cierta esquina, a Ramón le pareció reconocerla, hizo que el taxista se detuviera, y me dijo:
– Camila, si te quedas aquí, caminarás solo unos metros, llegarás a tu casa mientras yo sigo hacia la mía. Si no me equivoco, al bajarte, desde allí mismo la visualizarás, ya hemos pasado por aquí antes ¿te recuerdas?
– Ramón, creo recordar haber pasado varias veces por este lugar, aunque no confiaría demasiado en mi sentido de orientación en el espacio, que nunca ha sido muy bueno. Reconozco que si en algo soy una calamidad es para ubicarme y encontrar direcciones. Pero, me bajaré, no dudo que tú te ubicas muy bien. Además es una sola valija y la puedo cargar.
No sé todavía como a mi hermano se le ocurrió aquella primera vez, dejarme sola, fue un acto totalmente imprudente. Claro está, que jamás he llegado a hacerle referencia al asunto, pero comprendo ahora que pudo haber tenido nefastas consecuencias. Entiendo que él era igualmente un adolescente y en muchos aspectos se mostraba más inmaduro que yo, pero siempre contó con una excelente capacidad de dominio espacio-temporal. De lo cual yo adolecía y aún adolezco, a pesar de que durante toda mi vida compensé tal debilidad, entre los libros de historia y de geografía.
Al bajarme en esa esquina viendo alejarse el auto, mi sonrisa se me convirtió en susto. Me sentí de repente sola con una maleta, en una ciudad que me intimidaba y de insofacto me envolvió una terrible agorafobia, hasta entonces desconocida, que me impedía discernir hacia donde debía caminar. El terror pude experimentarlo inmediatamente en mi estomago y el vértigo me llegó con una especie de mareo, mientras mis pensamientos se revolvían desesperados:
– ¿Y ahora qué hago? ¿Por qué mi hermano me dejó? ¡Me siento perdida!... Mientras mi papá me subestima, Ramón me sobrestima, confía demasiado en que me sé desenvolver en cualquier circunstancia, y no sabe que en esto yo soy una estúpida, la más estúpida del mundo… Nunca pude desarrollar plenamente mi sentido de ubicación espacial, continuamente el norte se me ha revertido hacia el sur y viceversa. Y ahora, esta maleta me pesa, no logro levantarla… ¡Tantas personas de expresión endurecida que caminan de prisa, me pasan por el lado... estoy aterrorizada ! –se aglomeran mis pensamientos, luego me decido a caminar para recostarme de la reja de la casa más cercana, arrastrando la maleta y pegándola a la pared– Aquí me quedaré un rato, intentaré respirar con calma, mientras me viene la lucidez… ¡Cielos… no sabía que yo era agorafóbica! Claro, tengo casi dieciséis años viviendo, en un pueblo, sin salir de él, e inclusive caminando generalmente por las mismas calles, entonces estos espacios abiertos, con tanta gente de rostro frío o angustiado, me hace experimentar un terrible desamparo y fobia enfermiza.
Transcurridos unos minutos, un aire fresco acarició mi pensamiento, mis ojos visualizaron un complejo sistema de múltiples semáforos, porque había una multi-direccionalidad donde convergían cuatro avenidas, en una de ellas estaba mi residencia, pero no estaba tan cerca. Ramón se había equivocado, supe que tendría que caminar unos doscientos metros, pero, ahora mi respiración se había hecho más estable, el vértigo se había alejado y la valija estaba más liviana.
Ya con el alma dentro de mi cuerpo, crucé con cautela aquella atemorizante Avenida Páez, para tomar la esquina y volver a cruzar a fin de caer en la Avenida Loira donde estaba la casa. Fue entonces cuando escuché su voz por vez primera:
– Amiga, seguramente te diriges hacia las residencias Aprofep, te lo adivino en tu cara. ¡ Jajaja! ¿Me equivoco? Anda, dame esa maleta –dijo, al tiempo que me la quita sin esperar respuesta caminando a mi lado– Yo también voy para allá.
– Gracias, eres muy amable, y sí… me dirijo hacia la Aprofep de mujeres. Pero, tú eres un chico, ¿porque vas hacia allá?
– Soy residente de la masculina, ya estoy en mi tercer semestre, y sólo vengo a entregar un sobre con unos papeles que el Padre Genaro Aguirre, nuestro director, le envía a las Hermanitas. Vienes del interior… ¿ verdad? … Se te nota que eres de la provincia… Oye chica, no te pongas tan seria, sólo te bromeo, en ambas residencias todos somos del interior. Yo, por ejemplo soy de Cumaná –dijo, mientras llegábamos a la puerta de la casa accionando el timbre.
– Bueno, discúlpame, no deseo estar seria contigo, eres muy amable. Soy de Altagracia de Orituco, Estado Guárico.
– ¡Caramba… “una llanera en la capital” ! ¿Has leído ese cuento?... Bueno, chica, mientras las monjitas se dignan a abrirnos la puerta, vamos a presentarnos como Dios manda –agregó, tendiéndome su mano y yo la mía–. Mucho gusto, encantado de conocerte, mi nombre es Asdrúbal, estudio el tercer semestre de Castellano en el Pedagógico de Caracas y soy oriundo de Cumaná, Estado Sucre.
– Gusto en conocerte, soy Camila y comenzaré el primer semestre, también de Castellano en el Pedagógico.
En eso, la Madre Encarnación, nos abre la puerta y nos hace pasar. Entonces él dice:
– Buenos días, reverendísima, aquí le traigo dos regalos: una chica linda encontrada en el camino, cual flor que engalana la sabana; y un sobre amarillo con el detallito de urgencia, que le envía nuestro Director. Y ya me retiro, me encantó saludarla. ¡Chao, hermana, chao Camila! Nos vemos luego.
–Chao, Asdrúbal. Gracias por todo.
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