Un cuento de fe
El sueño de Juan siempre había sido encontrarse con el mar, inmenso y azul, semejante al cielo y desde su orilla quedarse extasiado ante su magnificencia. Más su sueño se veía tan lejano que dejó que fuera sólo un anhelo de su corazón. Pero un día, por casualidad, se miró en el lago cristalino de sus tierras y encontró que su cabello se tornaba en color blanco y su piel mostraba el signo inconfundible de los años. Voy a morir, se dijo, voy a morir y nunca conocí el mar fascinante del que me habló mi abuelo, aquel viejo lobo marino.
En un abrir y cerrar de sus ojos se había hecho viejo. El tiempo implacable lo había sorprendido y ya era demasiado tarde para emprender el viaje. ¡Ay! Dios tú que me ves, exclamó al cielo. ¿Qué fue de mi vida? De repente me despierto y me doy cuenta que he agotado mi juventud y mis fuerzas, y mi único premio es la desolación. ¿Qué fue de mi vida?.
Entonces una mañana observó un ave en el copo de un árbol, que miraba a los cielos, cual si hablara con Dios y le dijera : quiero ir allá más alto de las nubes. Creyó que Dios le contestaba y le decía ven, ven. Y de pronto voló el ave hacía las alturas y poco a poco se perdió de vista entre las blanquecinas nubes. Esa imagen le contó a Juan una verdad.
La fe sin la acción era sólo un espejismo sin vida.
Dios le había dado la imaginación para soñar, la fuerza para ir tras los sueños, y sin embargo él nunca había hecho su parte, nunca había batido sus alas. El ave no podía esperar que Dios descendiera su mano y ella saltara hasta su palma, para ascender plácidamente.
Recordó una historia de la Biblia que le contó su abuelo: Moisés acorralado por el mar rojo y el ejército del faraón cerró sus ojos y se puso a orar. Entonces Dios dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mi? Dí a los hijos de Israel que marchen. Luego había ocurrido el milagro. Ahora lo comprendía, sí se esperaba algo había que hacer algo para conseguirlo, luego Dios prestaría su mano.
Así el sueño podría ser cualquiera : ir al mar, escribir un libro, comprar un corcel, o ir a Francia.... Había que actuar ya, no posponer cada día la esperanza. Dios era Dios, no un mago.
Así que una mañana, aún con sus piernas cansadas, emprendió el viaje dejándolo todo atrás. Era como sí en su pecho estallara un gritó. El cielo se nubló y empezó a llover, pero él caminò bajo la lluvia. Bajo la tormenta cruzó valles y montañas en pos del mar de sus sueños. Se perdió en el horizonte perpetuo....
Una mañana cualquiera vi a un anciano sentado en la playa con sus ojos fijos hacía el mar. Se veía cansado y hambriento. Curioso me le acerqué para preguntarle por qué miraba con tanto interés al mar y lloraba.
-Lloro por la hermosura del mar -dijo.
-¿Hermoso el mar? -reparé-, siempre lo veo igual.
-Pues yo nunca lo había visto -me contestó.
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