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Inicio / Cuenteros Locales / Pierre-Alain / El Reloj de Montiel

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El reloj de Montiel

Homenaje a Gabriel García Márquez


[ ... Cuando se acostó, casi a la medianoche, Baltazar estaba en un salón iluminado, donde había mesitas de cuatro puestos con sillas alrededor, y una pista de baile al aire libre, por donde se paseaban los alcaravanes. Tenía la cara embadurnada de colorete, y como no podía dar un paso más, pensaba que quería acostarse con dos mujeres en la misma cama. Había gastado tanto que tuvo que dejar el reloj como garantía, con el compromiso de pagar al día siguiente. Un momento después, despatarrado por la calle, se dio cuenta de que le estaban quitando los zapatos, pero no quiso abandonar el sueño más feliz de su vida. Las mujeres que pasaron para la misa de cinco no se atrevieron a mirarlo, creyendo que estaba muerto.]*



Aquella madrugada, quiso la mala suerte que Don Chepe Montiel fuera el segundo en descubrir a Baltazar, cuando aún no había despuntado el alba. Impecablemente vestido de lino blanco, con el sombrero de ala ancha calado en la cabeza y los zapatos lustrados, iba a tomar el tren de las 6 para la capital de provincia adonde lo llamaban turbios negocios.

Cuando vio el cuerpo del ebanista, tendido bocabajo en la gravilla de la calle, a modo de saludo, le escupió la saliva negra del primer puro del día, mascullando entre dientes : « ¡ El que me la hace, me la paga ! »

El oído insomníaco de Don Roque, el dueño del bar, que ya no pegaba el ojo desde que le robaron las únicas bolas de billar del pueblo, creyó entonces que alguien abajo en la calle estaba volviendo sobre sus pasos, antes de alejarse hacia la estación. Pero, tranquilizado por el lento decrescendo de aquel andar, se durmió soñando con una caja de ébano en la que venían tres nuevecitas bolas de marfil.

Úrsula había pasado la vigilia en el apuro. En las altas horas de la noche, almas caritativas vinieron a contarle lo que estaba pasando en el salón de billar. Vaciló mucho antes de decidir que no iría a buscar a Baltazar. En un pueblo de tan corto personal, era como ponerle por la espalda la etiqueta de calzonazos. No lo quiso. Si era su única borrachera en cuatro años de feliz convivencia. ¡ Y por buen motivo !

Así fue como se quedó sentada en la oscuridad de la cocina, escuchando los ruidos de la calle, los maullidos de los gatos en celo y los ladridos de los perros a la luna. Sobre las cinco, también oyó el cansino paso de las pocas beatas del pueblo camino de la iglesia. Y tres cuartos de hora más tarde, otro andar, más pesado. Después, se quedó en duermevela, con la cabeza reclinada en los brazos cruzados sobre la humilde mesa de pino.

No volvió Baltazar sino bien entrada la mañana, cuando ya iba pegando el sol de plano sobre los polvorientos almendros de la plaza. Nadie en el pueblo quiso despertar antes al hombre que le había hecho tocar tierra a Don Chepe Montiel, sacándole sesenta pesos del bolsillo. Volvió medio atolondrado, con resaca de las que hacen época, ensuciada la ropa de gravilla y vomitona, compungido y descalzo.

Úrsula le había preparado café salado y lo obligó a tragarse dos tazones, sin encontrar su mirada. Notó con mala sorpresa que no llevaba el reloj en la muñeca izquierda :

- ¡ Te robaron los zapatos y el reloj y ni te diste cuenta ! Te pusiste borracho perdido, ¡ desgraciado !

Entonces, recordó Baltazar que el reloj había tenido que empeñarlo para poder salir del salón de billar, pero prudentemente calló y tanteó los bolsillos del pantalón para aparentar.

Sintió como un bulto en la mano izquierda y sacándolo del pantalón trajo a la luz la magnífica concha nacarada engastada en oro del reloj de Don José Montiel.

Todos conocían aquel objeto que Chepe Montiel sacaba del bolsillo a hora y deshora, para lucirse. Decía que venía de Suiza misma y había sido labrado por un maestro en la relojería y orfebrería de aquel lejano país. Daba la hora en París, Lausana, Bogotá y otros diez países del mundo, con melodía de caja de música.

Fue como si el fulgor del objeto fulminara a Úrsula que dejó por fin estallar la cólera, hecha un basilisco :

-¡ Nunca aprenderás, Baltazar ! ¿ Cómo, diablos, se te ocurrió robarle el reloj a Montiel ? ¡ Estamos perdidos ! Vas a dar con tus huesos en la cárcel y tendré que ir rozando las paredes de vergüenza !

Baltazar, atónito, le daba vueltas y más vueltas al trasto para convencerse de su realidad, pero, desgraciadamente, no cabía la menor duda : ¡ ése era el reloj de Chepe Montiel ! Trató desesperadamente de agrupar los recuerdos sueltos que le quedaban de la noche pasada. En ninguno de ellos aparecía la pesada silueta del dueño de Macondo. ¡ Qué prodigio era ése !

Al momento, llamaron a la puerta de la calle. Era el alcalde, acompañado por dos hombres armados. Saludó displicentemente antes de dirigirse a Úrsula :

-Hay orden de detención contra su marido, señora. Don José Montiel le ha puesto denuncia esta mañana en el juzgado provincial, por robo, y me parece que la prueba está a la vista.

Y, agregó, sacando la pistola y apuntándola hacia Baltazar :

-No te hagas el pendejo, Baltazar, y síguenos a la comisaría.

Las veinte y cuatro horas siguientes, las pasó Baltazar tendido en el catre de madera empotrado en la pared del cuartucho de techo de cinc que servía de cárcel al pueblo, sin más comida ni bebida que dos vasos de agua que le concedió el comisario.

Sobre las once, se personó Don José Montiel, de vuelta de la capital. El alcalde-comisario, le hizo reconocer el cuerpo del delito, se lo devolvió con disculpas por ese descuido policial, pero se ahorró la pena de confrontar propietario y ladrón : ¡ bastantes pruebas tenía !

Fue José Montiel quien pidió permiso para ver al prisionero. Y se lo concedió el señor comisario, por supuesto.

- No te libras de jaulas, ¿ verdad Baltazar ? dijo con sorna desde el otro lado de la cancela. Y no creo que salgas de ésta, ni con sesenta pesos, antes de mucho tiempo.

Y se fue, haciendo sonar la musiquilla del reloj y paladeando el dulce sabor de la venganza.

¡ No había nacido todavía el que le iba a meter las narices en la mierda, carajo !

*Así termina La prodigiosa tarde de Baltazar de Gabriel García Márquez (in Los Funerales de la Mamá grande, 1962) de la que este cuento es prolongamiento y variación.

©P.-A. G., marzo de 2004.
http://pierrealaingasse.fr/esp/

Texto agregado el 28-03-2004, y leído por 146 visitantes. (0 votos)


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