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Inicio / Cuenteros Locales / justine / El Consejo Escolar

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El mosquito medía con las patas caídas y semiflexionadas, que era su posición normal de vuelo, un total aproximado de cinco centímetros. El animal, pudiera ser por su tamaño, no pasó desapercibido, convirtiéndose en un espacio de tiempo considerable en el centro de atención de aquel variopinto grupo.

La reunión que hasta entonces se había desarrollado con rectitud y sobriedad, devino en una suerte de desvaríos, en un toma y daca verbal, que no presagiaba nada bueno.

La cadena de acontecimientos se produjo tras mediar un grito de tinte histérico, muy histérico diría yo, emitido por una señora bien plantada, por lo demás de apariencia seria, que no parecía habituada a la coexistencia con estos seres voladores (sin tratar de ser sexista, suelen ser la mayoría de las mismas). Tal atrevimiento, desató los modales hasta el momento contenidos, y derivó en un coro de grititos asertivos de las otras señoras. Cómo no, tal vez como reacción al exceso de protocolo previo, comenzaron a surgir risas contenidas y menos contenidas de los “machitos ibéricos” (sigo sin ser sexista), incluida mi carcajada, que por estar allí en calidad de observador invitado, observadora, siguiendo la línea asexuada de mi discurso, y no creyéndome en la obligación de guardar las formas, me vi sorprendida por una situación tan divertida como ridícula, y me relajé en su disfrute, después de que mi intento de contención no hubiera tenido éxito y se convirtiera en una serie de repetidas explosiones y pedorretas labiales. Para qué comentar que mi carcajada se siguió de otro coro de carcajadas varoniles. Después un silencio sepulcral tras las miradas severas y reprobadoras de las mujeres hacia la agrupación masculina de la reunión. Las que se dirigieron a mí, podrían atribuirse de asesinas, una especie de que pinta esta aquí que encima se permite.


—Calma, señoras, esos mosquitos no pican— Habló con cierta seguridad el hombre de mayor edad de la sala. Rondaba unos setenta y pico de años, ya pelo entrecano y ralo, adornando escasamente unas calvas inveteradas y sebosas.
Se había jubilado de juez de forma precipitada, tras una sentencia pasmosa, un fallo por escándalo público que dictaminó sin ambages, a una pareja que se amaba sin sobrepasar las formas de “lo correcto” en un parque público, coletazos de un franquismo, que todavía golpeaban bochornosa y peligrosamente, a unos ciudadanos que ya habían comenzado a vivir en la libertad, algo de veras incomprensible para aquellos afortunados hijos de la democracia. Resulta obvio el desconocimiento que los ahí reunidos tenían de este episodio, que terminó de forma trágica por lo demás, al ahorcarse el muchacho en la celda en que se le obligó a cumplir la condena, hecho que de saberse, le hubiera descalificado de inmediato para ocuparse del asunto tan peliagudo que en esta primera reunión de contacto, se traían entre manos. Pero como suele ocurrir, la intolerancia y las imposiciones arbitrarias, en la mayoría de las ocasiones no tienen rostro, sólo manos ágiles que ejecutan pulcramente como el mejor de los verdugos.
—¿Y eso usted como lo sabe?, dijo Aurora. —No creo que usted sea especialista en insectología, sin ir más lejos, uno como esos picó a una sobrina de mi vecina que a punto estuvo de irse al otro barrio por una alergia que le produjo.

—Eso se llama anafilaxia—, replicó una joven rubia que como más tarde supimos era enfermera. —No a todo el mundo le ocurre, depende de la idiosincrasia de cada cual; desde luego, no tiene porque pasarnos a ninguno de nosotros. Otra cosa es que le espanten, bueno, nos espanten esos bichejos, por ser solidaria, pero tiene una explicación más consistente en la línea de lo freudiano.

—Explícate, guapa, que todos no podemos ir presumiendo por ahí de tener carrera, yo soy ama de casa y a mucha honra—. Era de nuevo Aurora la que intervenía. Era presidenta de la Asociación de Vecinos del barrio, que participaba como conocedora de la problemática social de su comunidad.

—Pues mire, con mucho gusto... prosiguió la aludida, —Este señor, Freud, explica que esta aversión a lo que vuela, tiene implicaciones sexuales, represiones libidinosas, por eso, más del ochenta y cinco por ciento de las personas a las que les afecta, son mujeres.

—¡Qué te zurzan, niña! Vaya con la marisabidilla. Si a eso le llamas explicarte, menos mal que no tienes que darnos una lección magistral. De todas formas, fuera quien fuere ese señor, y entendiendo con lo que te explicas lo que entiendo, se equivoca de medio a medio. Que me disculpen los señores y las señoras de esta reunión —prosiguió— pero yo con mi marido, hago uso del matrimonio bien a gusto y sin remilgos, pero si veo un insecto, y más si es del tamaño del que hablamos...

Laura, que así se llama la enfermera, palidece por el varapalo y se sonroja con la explicación de la dicharachera ama de casa, hecho que no escapa a Aurora, que continúa con su perorata explicando que conoce mojigatas (haciendo hincapié en estas dos últimas palabras) que no demuestran tener miedo a estos asquerosos insectos, pero que en el fondo lo hacen por guardar las formas. Laura, sin ir más lejos, acaba de cumplir los treinta años, y a pesar de frecuentar por cuestiones de trabajo un ambiente que lleva fama (merecida o no) de moral disipada, todavía no se ha atrevido a hincarle el diente al pastel, y no será porque no le hayan faltado oportunidades; ella piensa que es consecuencia de su estricta educación religiosa, católica por más señas.

Aurora, airada como está porque se siente tremendamente ridícula (no olvidemos que fue ella la protagonista del singular grito), continúa en su línea expansiva y arremete contra los hombres, que de seguro, dice, se han reído de puro nervio y por hacerse los machitos, pero que más de uno de los que ocupan la sala, hubieran dado un brinco y hecho un aspaviento de haberse encontrado solos, que todo son modos, vamos, y hay quien ha aprendido a guardarlas mejor.

El magistrado comienza a impacientarse por lo que cree es una lluvia de alusiones. Duda si esa brava mujer tendrá la misma perspicacia en la observación que con el uso de la palabra, y teme que descubra su sutil tendencia homosexual. Con los años le resulta más difícil disimular y desde el inicio de la reunión no ha podido mantenerse al margen de la atracción que le despierta el rubio profesor universitario de sociología, sentado enfrente suyo, que no le ha dejado concentrarse en el tema ni intervenir adecuadamente. Por su parte, Laureano, con la heterosexualidad bien definida, acaba de desnudar mentalmente por tercera vez consecutiva, a una joven muy guapa, eso sí, de la que hasta el momento no he tenido noticia, que asiste a la reunión con un comportamiento más bien abstraído, más aún desde que apareció el singular mosquito al cual busca con la mirada perdida para protegerse. Lo localiza por fin, planeando cercano a la oreja del magistrado. El mosquito aterriza flexionando sus patas y batiendo sus alas, en el pabellón auricular del anciano que al sentirlo sale disparado de la silla. El hombre ha reprimido un gritito sospechoso, que Aurora que anda escocida y con espíritu de resarcirse, capta al vuelo, dirigiéndole una mirada dura y desafiante a la que el señor magistrado sólo puede responderle con un gesto de sumisión y de súplica. “Un adversario menos”, piensa Aurora.

La belleza distraída, que de no haber venido a la reunión nadie se hubiera percatado de su existencia, salvo por ese cuerpazo y ese par de tetas, ha sido la espectadora de excepción de este último episodio. Sí todavía estábamos a vueltas de como saldar con cierta dignidad las primeras carcajadas, siendo Aurora el adalid de la venganza, la situación ha tomado un cariz esperpéntico, pues Patricia, testigo de excepción de este nuevo contratiempo, y dispuesta a evitar males mayores, se ha levantado para hacer de parapeto al anciano, que visos tenía de dar de bruces en el suelo. Y así ha sido, pero sobre ella. Allí en el entarimado es dónde tras soltársele de la solapa de la camisa he podido verificar su identificación, Patricia Gómez, psicóloga clínica tirada sobre la tarima. Ahora podemos interpretar que su abstracción obedecía a un grado de sutil atención y aunque si bien su abstracción encubría cierta pasividad, al no haber salido en ayuda de la infeliz enfermera atacada por la lenguaraz Aurora, pensaremos que respondía a su educación y no a una timidez enfermiza.

Laureano se precipita a trompicones entre otros asistentes dispuestos a aligerar la carga, que descansa perpleja sobre el mullido pecho de la muchacha. Allí llega el sociólogo a primera línea de asalto llevado por su pasión y balbuceando un disculpe. Azorado como está por la proximidad de la beldad, agarra fuertemente al magistrado por la cintura y lo eleva hacia atrás atrayéndole hacia sí. El anciano, atrapado en esta posición por el deseado muchacho, da un alarido difícil de discernir si de placer o de dolor, de tal intensidad, que el sociólogo vuelve a dejarlo caer sobre el improvisado colchón femenino, al que le ruega de la forma más convincente sus disculpas.

La enfermera, que hasta entonces permanecía en la retaguardia después de las alusivas intervenciones de Aurora, percatada del grito, y viendo que el hombre no es otra cosa que un abuelo a pesar del impresionante traje gris de alpaca, sus engominados cuatro pelos y su perfecto bigote, toma riendas de la situación. Se dirige a un hombre de pintas más bien zarrapastrosas, un periodista que todavía está desternillándose de risa, le ordena que se acerque a Laureano, que levanten con mucho mimo al magistrado y lo estiren entre dos sillas, pues por la posición en que descansa su pierna derecha, deduce sin temor a equivocarse, que tiene rota su cadera.

Aurora, impresionada por la gravedad del diagnóstico en que ha terminado este singular episodio, se pone bajo las órdenes de Laura sin el menor rencor y se dirige al bedel de la sala para que se encargue de localizar en la mayor brevedad posible una ambulancia.

Patricia, una vez desembarazada del peso casi muerto del energúmeno, prorrumpe entre culpabilidad y vergüenza en un desconsolado e incontrolable llanto, que explicaría, de buscarlas, algunas de las motivaciones ocultas de los estudios de esta adorable señorita. Poco le importa a Laureano la patética debilidad de la muchacha, que después de limpiarle con el dorso de su mano las lágrimas y consolarla con algún que otro abrazo y apretón, termina por endosarle un franco, duro, apasionado y descontrolado beso en la boca, que es recibido con una inesperada docilidad.

En estos vericuetos se resolvía la primera convocatoria sobre “Valoración de la adecuación de la introducción de la sexología, como parte de la asignatura de ética, en el alumnado del ciclo de enseñanza secundaria del Centro de Estudios Virgen de los olivos de Villaplana”, cuando aparecieron por la puerta los ambulancieros con la camilla, sobre la que dispusieron al malogrado personaje que parecía tener todas las de perder con el alado animal.

Una vez desconvocada la reunión que se aplazaba para mejor ocasión, el mosquito que ya andaba mosqueado con tanto revuelo, se dirigió al rellano con intención de escapar, lugar donde ya se encontraban los camilleros con su carga, y allí mismo aterrizó sobre el rostro del primer individuo que dirigía la operación de descenso. Sin pensárselo dos veces, Aurora, que ya estaba hasta la coronilla del gigantesco bicho, y viendo la oportunidad de sacar pecho después de su vergonzosa actuación, arreó un inesperado mandoble sobre la cara del camillero, que sorprendido, soltó la carga. Allí se arremolinaron escaleras abajo, el joven, la camilla y el magistrado jubilado, que de resultas del último asalto parecía ya más ciudadano del cielo que de la tierra. Y allí quedaron ambos a la espera del servicio de emergencias médicas.

Aurora, haciendo mutis por el foro, se las piró en la misma dirección que se las piró el mosquito, como quien no quiere la cosa.


Texto agregado el 27-04-2008, y leído por 500 visitantes. (23 votos)


Lectores Opinan
2009-03-19 19:31:51 que bueno poder observar la escena desde lejos o estar en el lugar de laureanoooo pocopique
2009-02-03 00:59:24 Un relato tremendamente divertido. me encantó además la voz y el estilo. Saludos. preludio
2009-01-08 20:19:08 Maravilloso, entretenido, me encanta tu manera de narrar tan amena y alegre, muchas felicidades y un abrazo. ***** JAGOMEZ
2008-12-29 19:43:44 gusto leerte y descubrir tu texto, entre tanto personaje desopilante, coincido el mosquito primera figura, te dejo mis ***** nanajua
2008-12-27 19:24:48 locuaz dentro de su correcta escritura. Me gusta tu estilo y esa sorna. Saludos iolanthe
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