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Inicio / Cuenteros Locales / sombrabl / El mentalista

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La habitación Luís XVI está decorada con un indudable buen gusto. Los sillones tapizados color crema se distribuyen espaciosamente sobre el linóleo blanco. Entre los candelabros de plata, diversos bouchers de motivo campestre cuelgan sobre las paredes de mármol y en el centro de la estancia destaca un viejo clavicordio desvencijado y mudo, único testigo de mi solitaria presencia.

El sitio transmite sensación de sobriedad pero no por ello deja de resultar acogedor. La luz cenital se derrama sobre las esculturas de las ménades y yo me deleito, recreándome en su contemplación, como el que apura el último sorbo de una copa de buen vino.

Es el escenario ideal, no podría haber imaginado un lugar mejor para la espera de mi muerte.

Ellos están fuera, pueden aparecer en cualquier momento y en mi mente el miedo se mezcla con los recuerdos, los primeros recuerdos.

Todo comenzó como un juego. Los juegos de la infancia; juegos entre niños, inocuos, aparentemente inocuos.




Prima Isabel y el mazo de naipes. Escoge una carta al azar, no me la muestres, obsérvala con atención, piensa en ella fijamente y mírame a los ojos. Y así permanecíamos, concentrados, intentándolo, las pupilas encontradas, los minutos pasando, uno, dos, tres, cuatro, esforzándonos para que se hiciera el prodigio; hasta que al fin, en un determinado momento, mi boca empezaba a balbucear con un hilillo de voz las primeras palabras, palabras que me llegaban sabe dios de qué lugar y que poco a poco, a regañadientes, se materializaban en un sonido quebradizo: “el tres de copas”.

Prima Isabel daba la vuelta a la carta y voilà, el tres de copas. Y entonces nos mirábamos confundidos. Y sonreíamos y nos reíamos y probábamos a repetirlo de nuevo. Y siempre el mismo ritual y siempre el mismo resultado, que no por predecible dejaba de causar desconcierto: Y ahora el rey de bastos y ahora el seis de espadas…

Nosotros nunca deseamos que el juego de los naipes se convirtiera en el secreto.
Nosotros queríamos que todos lo supieran y lo proclamábamos con entusiasmo.

Montábamos pequeños números, cuidadas demostraciones a las que acudían nuestros padres, primos y tíos. Y al final de la actuación siempre aplaudían vivamente, pero con un asombro fingido. Porque cómo creer en el milagro. Cómo poder dar crédito a fenómeno semejante. Los chiquillos claramente debían de estar conchabados. No cabía otra posibilidad.

Y así, calladamente, sin insistir, fuimos aceptando la incredulidad familiar y el secreto de los naipes fue ocupando el lugar de las cosas que se ocultan por pudor, de los vínculos que unen sin que necesiten ser nombrados: Prima Isabel y yo, una risa inesperada, un pensamiento furtivo, una mirada que se cruza.





En la habitación Luís XVI se pierde la noción del tiempo. No existen ventanas y me han arrebatado el reloj de pulsera. La comida me la sirven en periodos irregulares. El estómago hace días que dejo de responderme.

Recorro la estancia pausadamente, sin saber qué hacer. Me detengo ante el espejo de pie en madera laqueada que se encuentra junto a la puerta. Examino la imagen reflejada en el cristal. El espejo me devuelve mi mirada. Una mirada transparente que lo delata todo. Súbitamente tomo consciencia de la vulnerabilidad de mi mirada. Un proyector perfecto para el que quiera ver. A través de él transcurren todos los años de mi vida: la infancia, el colegio, los días de instituto…




Don Tomás esperaba a que guardáramos silencio antes de dar comienzo a la clase. Se sentaba en la mesa, de brazos cruzados, los pies en suave balanceo. Así se quedaba pacientemente hasta que todos dejábamos de hablar.

Las clases de don Tomás se caracterizaban por su narratividad. La historia de la filosofía desfilaba ante nosotros como una sucesión de narraciones: Cada filósofo, un relato. Y así Platón, Aristóteles, San Agustín, Descartes los desarrollaba don Tomás con su retórica clara y concisa como el que desgrana un cuento fantástico.

Tenía don Tomás entre sus alumnos cierta fama de no estar del todo en sus cabales. Esta apreciación no era cierta de ningún modo; apenas se percibía en él un cierto despiste, sin duda producido por la profunda abstracción en la que sus continuos estudios, lecturas y reflexiones filosóficas le tenían sumido.

Asistía yo a sus clases con actitud casi infantil, esperando ilusionado a que el profesor empezara las explicaciones, atendiendo a sus discursos sin perder detalle. Don Tomás se explayaba tranquilamente, describiendo el mundo de los pensadores con el misterio y la gracia de los contadores de cuentos, imbuido en su propia disertación.

El estado de ensimismamiento en el que el maestro impartía la materia no fue obstáculo para que poco a poco, día a día, se fuera percatando del especial interés con el que yo seguía su enseñanza y así un día de marzo, por sorpresa, me invitó a quedarme después de clase.

Fue aquel primer encuentro un tanto inusual: Don Tomás se limitó a clavar en mis ojos la mirada de sus pupilas azules, mientras una serena sonrisa brotaba bajo su barba.

No sé el tiempo que duró aquella larga mirada. Sólo sé que pocos días después comenzó a traer las láminas.

Procedíamos siempre del mismo modo: Iban los compañeros recogiendo los cuadernos y los libros con un bullicio de voces y risas que lentamente se apagaba hasta que se hacía un silencio claro y liviano. Quedábamos entonces don Tomás y yo a solas.

Él se acercaba con paso quedo y en mis manos ponía un carboncillo y un bloc de dibujo. Se sentaba frente a mí y, con alguna dificultad, de su carpeta, una a una, iba extrayendo las láminas amarillentas. Las apilaba a su derecha, bocabajo, impidiendo en todo momento que pudiera yo entrever su contenido. Cerraba los ojos y quedaba así, inalterable, esperando una señal, un signo.

El trino de un pájaro, un crujido del entarimado, cualquier sonido imprevisto podía marcar el comienzo. Tomaba entonces una lámina y la observaba para sí. Lo hacía con sumo cuidado, intentando aprehender cada línea, cada esbozo, cada rasgo. Después me miraba fijamente.

Yo intentaba dibujar, los dibujos me salían de manera compulsiva: Al principio un cuadrado, un rectángulo, un hexágono. Los días siguientes figuras más definidas: un vaso, un dado, un taburete.

Gradualmente fuimos introduciendo colores. Yo preguntaba al maestro por el origen de mi don. El me contaba que no era un don, que era una habilidad, que todos la teníamos, sólo que desarrollada en mayor o en menor grado.

Don Tomás era judío pero hablaba poco de su fe. Con él tomé el primer contacto consciente de lo que habría de convertirse en mi modo habitual de vida.




En la habitación Luís XVI la temperatura es perfecta. Hace unos minutos, ellos me han servido la cena: Sopa de puerros, un panecillo y un vaso de sauvignon. No pruebo bocado. Al cabo de este tiempo la sensación de hambre ha desaparecido por completo. Me encuentro extrañamente ligero.

Me pregunto cuántos días me mantendrán aquí. A qué están esperando. Tanto tiempo creyéndome el amo para descubrir en el último momento que sólo soy un peón sobre el tablero. El más prescindible entre todos los peones.

Me levanto y me dirijo hacia la cama adoselada. Me tumbo boca arriba sobre el edredón purpúreo. Repaso mentalmente todas las fases, cada uno de los escalones y me avergüenza comprobar cómo no pude darme cuenta. Cierro los ojos e intento conciliar un sueño que sé que no llegará. Un sueño que nunca llegará.




En las sesiones de meditación a veces nos quedábamos dormidos. Entonces Yampa Zopa nos sacudía con la vara de nim y despertábamos sobresaltados. La vida en el monasterio era de una austeridad a la que no era difícil acostumbrarse: Solíamos levantarnos con el alba para realizar las abluciones. Después, en el templo, recitábamos los primeros sutras. Un cántico monocorde de voces graves resonando al unísono bajo la bóveda renegrida.

Cuencos de leche, alguna fruta y nos disponíamos a meditar. El objetivo estaba claro: Dejar la mente limpia de todo pensamiento. Las sesiones se prolongaban a lo largo de toda la mañana. Mantener el vacío, a toda costa. Esa era la condición imprescindible para poder captar. Yampa Zopa supervisaba. De manera imperceptible, desplazándose descalzo entre las filas de aspirantes.

Y uno adquiría el hábito: De manera natural, de manera mecánica, día tras día; uno se acostumbraba a no pensar. A mantenerse en un estado de folio en blanco. Ese era el precio a pagar por los cazadores de pensamientos. Pensamientos que pasaban. Como nubes.

Después del mediodía preparábamos la comida. Nos íbamos alternando. Cada día cocinaba uno de nosotros. El monasterio en Karnataka fue el lugar donde perfeccioné la técnica.

Con la caída de la tarde comenzaban los entrenamientos. Las actividades se hacían por parejas. Uno frente a otro. Sentados en el zafú, las piernas cruzadas, las manos sobre las rodillas, las miradas enfrentadas.

Cada uno debía pensar un motivo: Un ideograma podía servir para la prueba. Se trataba de adivinarlo. El primero en hacer el descubrimiento era el vencedor.

Había que imaginarlo y ocultarlo al mismo tiempo, mientras que tratabas de ver. Este ejercicio resultaba a veces extenuante. Era complicado mantener el nivel de atención. La tensión se iba acumulando y el pulso podía alargarse durante horas. Así hasta que uno de los contrincantes iba perdiendo la concentración y finalmente cedía, sus ojos reflejaban y el vacío se deshacía, inexorablemente, en una bruma translúcida donde de forma repentina, con obviedad, surgía el ideograma, que se mostraba nítido, refulgente, desnudo.

Alguna noche salíamos a la colina. El viento agitaba los maizales. Yampa Zopa nos transmitía su saber. Palabras de significado ambiguo sobre las que reflexionar.

Fueron los días en Karnataka los que forjaron mi carácter. Los que sentaron las bases de un ascenso que sería inminente.




La habitación Luís XVI tiene un baño adosado. Es un recinto pequeño de paredes blancas y esmeraldas. Sin ninguna razón precisa me despojo de mi ropa. Me introduzco en la bañera y abro el grifo plateado.

Un agua densa y tibia comienza a cubrir mi cuerpo. Permanezco lo más inmóvil posible, respirando levemente, escuchando el gorgoteo. Cuando el nivel llega a la altura de mi pecho cierro el grifo. Sigo quieto. Intento registrar minuciosamente la progresiva pérdida de temperatura del agua.

Dentro de la bañera el frío es intenso. El agua helada traspasa mi piel. Hago un esfuerzo y destapo el desagüe. Me quedo así, reclinado, sintiendo las gotas resbalar. Debería salir, secarme, pero algo me lo impide, algo que no puedo definir.

Sigo en la bañera, encogido y tiritando. Ellos están pendientes y sé que pueden entrar ahora mismo. Ellos podrían entrar y verme así, pero eso es algo que ya no me importa.




Después de mi primera aparición televisiva se hizo necesario contratar a un representante. Pacheco parecía la mejor elección. Trabaja con actores y deportistas, estaba a la altura que consideraba adecuada. Él fue el que insistió en que adoptara un nombre artístico. Nos decidimos por Daniel Blanchet. Nos gustó su sonoridad.

Mis números eran sencillos pero efectivos. El público salía satisfecho del espectáculo.

Pacheco hizo bien su trabajo. En unos meses las actuaciones se multiplicaron a lo largo de todo el país. Mi presencia en los medios se hizo cada vez más frecuente. Me vi obligado a crear una imagen pública. Concedía entrevistas, escribía libros en los que todo era mentira. Fue ésta una época de actividad frenética en la que incrementé mis bienes de manera considerable.

No tardaron mucho en reclamarme en el extranjero. Se iniciaron las giras internacionales.

Y entonces sucedió; los primeros anónimos llegaron a mis manos. No eran amenazas directas, sólo insinuaciones, sugerencias: Que lo dejara, que me dedicara a otra cosa, que ese no era mi camino. No hice caso alguno. Las cosas iban sobre ruedas y abandonar me parecía una locura.

Todo transcurrió con normalidad hasta que una noche en Nueva York, después de una función, tomé un taxi con intención de dirigirme al hotel donde me encontraba alojado. A mitad del trayecto, de forma brusca, el auto tomó un desvío erróneo. Intenté indicárselo al taxista, pero éste me lanzó una mirada dura y penetrante, una mirada directa que me lo dijo todo: Ellos me habían atrapado. Estaba indefenso y en sus manos.

Ellos se habían informado sobre mi trayectoria. Sabían que no soy un mentalista corriente.

Descubrí que mi potencial es muy limitado. Ellos funcionan en otro nivel: Forman una red que se extiende por todo el mundo. La información circula rápida, subterránea, adecuadamente oculta por un muro de silencio.

Ellos están infiltrados en los centros de poder. Mueven los hilos.

Lo importante y lo nimio, lo visible y lo invisible, todo pasa ante sus ojos. Mi falta de discreción constituye una amenaza. La vanidad es el pecado que peor se paga.

Ellos ya han dictado su sentencia. Es inapelable. No me queda más que esperar.




La habitación Luís XVI está llena de gente. Gente de toda clase, raza y condición. Gente normal. Aparentemente normal.

Todos están en silencio y apenas se oye, constantemente, el murmullo de su respiración. El calor es sofocante y todos me están mirando. Ojos, decenas de ojos clavados sobre mi rostro.

Busco, de manera incesante, una mirada, un indicio. Busco, de manera incesante, un mínimo rastro de compasión.









Junio 2008

Texto agregado el 25-04-2009, y leído por 163 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2012-04-07 01:22:29 Un cuento ,muy interesante que se presta para muchas interpretaciones. ¡Felicitaciones! huallaga
2011-07-27 04:36:11 1* RIVERDELPUERTO2
2010-03-23 22:14:52 Termino de leer este tu cuento,la verdad es que la intriga llega hasta el final de la narracion.Mis***** JULOSAN
2010-03-08 17:20:54 No tengo palabras suficientes para valorarte, por lo tanto, ahi va mis estrellas ***** luciernagasonambula
2009-06-20 20:23:10 Madre mía.... pero ¿quien eres tú? Es ... ¡yo no sé de verdad que decir! Es una maravilla.. ¿oyes eso? SON LOS APLAUSOS ;0 nekari
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