Como en un barro fresco,
o como en una página vacía,
sobre un cerebro joven
viene a fundirse un experiencia adulta.
Suma de dos consciencias,
fusión de identidades,
mitosis invertida,
germinación que brota de una muerte,
linaje que es deudor de un sacrificio.
Sobre ociosas neuronas
y fluyendo por nervios incipientes,
desembocan corrientes de recuerdos,
de pasiones e ideas.
Se mezclan y entrelazan
con vivencias nativas,
las fecundan en cúpula violenta
y del destello eléctrico del cruce,
nacen riquezas de mestizo cuño.
Y luego la grandiosa
experiencia al sentir que se acumula
en uno el contenido de dos mentes
y que ambas se perciben como propias.
¿Es así como surge un superhombre?
¿Puede alzarse un poder multiplicado,
superando su alcance
la sencilla adición de sus factores?
Afán de plenitud,
búsqueda de una esencia más perfecta,
más próxima del Todo.
Un acto que conduzca a eternidades,
evitando que el fruto de la mente,
apresado en su cáscara,
se consuma con ella,
y se convierta en luz no reflexiva.
Solo resta un temor, una reserva,
al tiempo de vivir esa aventura.
¿Sujeto personal o colectivo?
¿Integración o lucha
del ser consigo mismo?
¿Derrota de una parte?
Confusa identidad, un yo perdido,
consciencia desgarrada
en exaltada y cruel esquizofrenia.
Y al final otra muerte,
un nuevo sacrificio,
una extracción de abscesos aberrantes
que regrese a la calma
y a la vida vulgar y deslustrada.
Recobrar la consciencia de unidad,
renunciar a la gloria de ser grande,
abdicar del reinado en el delirio,
y gustar en el fondo
de la seca garganta la amargura
de una esencial entrega.
Bajo el tenue rescoldo del recuerdo
la chispa incandescente,
la imborrable experiencia salvadora,
se conserva en secreto.
Y se revive a veces en el sueño. |