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Las cicatrices del alma. Capitulo IV
Nuestro traslado a Valencia. 1945
El motivo de este cambio tan negativo y tan drástico para nosotros, nos lo causó un malvado sin corazón y sin escrúpulos que vino de no sé qué lugar y supo convencer a mi madre para unirse a ella en pareja.
Este mal nacido, aprovechándose de la ignorancia de mi madre, la engañó miserablemente prometiéndole felicidad y un bienestar para todos nosotros si se unía a él en pareja. Utilizando su astucia no dudo en convencerla para que vendiera todo cuanto tenía, pues según él ya no nos haría falta, nos iríamos a vivir a Valencia. Allí disponía de una casa y podríamos vivir todos holgadamente ya que su situación económica se lo permitía.
Mi madre creyendo ver una puerta abierta con las promesas de este mal nacido no dudó en hacerle caso, de nada sirvieron los consejos de la familia y vecinos, pues vendió los animales y enseres (mesas, sillas... etc.) y demás utensilios que no podíamos llevar.
La tierra y casa no se vendió, ya que según lo escriturado seguía perteneciendo al abuelo ¡y menos mal! porque lo hubiésemos perdido todo.
Nos preparamos para el viaje. Mi abuela materna pidió a mi madre que dejara a mi hermano Domingo con ella, ya que lo consideraba demasiado pequeño para realizar aquel viaje y al mismo tiempo le haría compañía para que no se sintiera tan sola.
Sinceramente creo que se hizo lo correcto ya que a su corta edad no habría sobrevivido a las desgracias que se nos venían encima.
Mi tío Mariano, hermano de mi padre, fue el que se ofreció para ayudar a llevar los equipajes, que fueron cargados en burras hasta Huercal-Overa, la ciudad más cercana con ferrocarril. Allí subimos al tren que nos condujo hasta Valencia.
Recuerdo que mi hermana Isabel fue llorando casi todo el viaje, creo que por intuición se daba cuenta de la situación (ya que era la mayor), pues en este momento tenía unos quince años. Según pienso, presentía el drama que se nos estaba avecinando.
Al despedirse de nosotros mi tío Mariano tuvo la gentileza de dar a mi hermana diez pesetas que, en esa época a la que me estoy refiriendo tenían cierto valor. Mi madre temiendo que las fuera a perder le aconsejó que se las diera a este mal nacido para que se las guardara. En contra de la voluntad de mi hermana, y con mucha resistencia por su parte, mi madre no dudó en insistir en su decisión de darle aquel dinero al villano, ya que consideraba a mi hermana demasiado pequeña y temió que pudiera perder el dinero. Éste no dudó en cogerlo e incluirlo junto a lo conseguido con las ventas de todo lo que se malvendió.
Una vez que llegamos a Valencia descargamos todos los equipajes y nos situamos en la sala de espera de la Estación del Norte. Este estafador le dijo a mi madre que esperásemos mientras iba al lavabo a asearse un poco. no volveríamos a verle nunca más.
No puedo describir con palabras lo que en aquel momento sentimos, y en mayor medida mi madre, en un mundo completamente desconocido para ella, sin dinero y con cuatro hijos pequeños a su cargo.
Valencia era como un mundo desconocido para nosotros, ya que no habíamos salido nunca del campo. El cielo se nos vino abajo, estuvimos de quince a veinte días durmiendo en los bancos y suelo de aquella sala de espera, alimentándonos de pan, higos, almendras, tocino y embutidos que mi madre se había traído del pueblo, además de la caridad de algunos militares de tránsito que esperaban algún tren. Éstos veían nuestra desesperada situación, pues cuando sacaban sus bocadillos para comer y veían nuestras miradas profundas y nuestras ansias hacia los alimentos que ellos consumían, muchos eran generosos y no dudaban en compartir sus alimentos con nosotros.
A mí hermanas Rosa se le rompieron los zapatos, como no podíamos comprar unos por falta de dinero, permanecía sentada todo el día en uno de aquellos bancos de la sala de espera, ya que no quería andar sin calzado. Viendo a mi hermana en esta situación tan penosa no me lo pensé mucho, y a mi corta edad, unos “seis años y medio”, llené un botijo de agua y me dedique a venderla a los pasajeros del tren gritando “ ¡Agua!, ¡Agua! ”.
Algunos pasajeros me daban diez céntimos, otros cinco y también los había que no me daban nada. Con el dinero que logré reunir pudimos solucionar este problema y le compramos calzado.
Un día de aquellos que estaba vendiendo agua poco faltó para tener un accidente y casi me atropella el tren. Tengo que darle las gracias a un señor que me dio un empujón y consiguió sacarme fuera de la vía, evitando para mí una muerte segura. No obstante, recuerdo que este hombre, muy enojado, me pegó unos azotes emprendiéndola conmigo y echándome una buena reprimenda.
No me enfadé por su proceder, pues a pesar de mi corta edad comprendí que aquel hombre acababa de salvarme la vida, aún hoy le recuerdo agradecido.
Nuestra situación se fue haciendo insostenible, llegando al extremo de no tener para alimentarnos ya que habíamos consumido casi todos los alimentos que mi madre se había traído del pueblo, además de la mala imagen que estábamos causando en la sala de espera de aquella estación, pues nuestras ropas estaban sucias y andrajosas ya que llevábamos unos quince días sin cambiarnos de ropa ni asearnos, con la particularidad que el jefe de estación insistía en que allí no podíamos estar, que nos fuéramos a otro sitio.
Pero ¿dónde podía ir una mujer con cuatro niños pequeños en un mundo hostil y desconocido para ella? La verdad que no me canso de repetir lo que llegaría a sufrir mi pobre madre. Si esta situación se hubiera dado en la actualidad no habría causado el mayor problema, ya que está todo controlado, o bien las autoridades, o bien asociaciones prontas tratan en la mejor medida posible de solucionar estos problemas ,pues ante todo ahora existe la protección del menor, pero en aquel tiempo y en nuestra posguerra todo era caótico y no existía protección alguna para el menor, y mucho menos para las personas adultas.
Texto de Yosep agregado el 29-12-2009. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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