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Inicio / Cuenteros Locales / firpo / CHAU, GARDEL

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La mujer observa las cartas de la baraja española esparcidas en forma de abanico en la colcha roja, sobre las piernas. ¡Catástrofes, siempre catástrofes!, y la voz se le quiebra, ahoga un grito, solloza, para luego sumirse en el sueño. El hombre la mira, hace un intento de apagar el tocadiscos que reproduce la voz gangosa de Gardel, llena de ruidos, maltratada. ¡Déjalo!, dice ella sin aprartar la mirada de las cartas. Esta mañanaGardel amaneció más triste, murmura la mujer. Tal vez se ha dado cuenta de que el avión en que viajaba caayó y él está muerto. Suspira hondo. Aquí está la murte, dice señalando una carta, acechante, dulce, como una niña de quince años, fresca, pero a la vez perversa, inmensamente perversa. Te traje tus cigarrillos, dice el hombre arrrojado el paquete sobre la cama. Sus manos nerviosas, deformes por el reuma, toman el paquete torpemente. ¿Te acordaste de mí, muchacho? Temblando, la mujer quita la cubierta de celofán, abre el paquete, saca cada una de las cajetillas, pasa los dedos chuecos sobre ellas, reconociéndolas, con una caricia infinita. El hombre guarda silencio, de pie, junto a la vieja cama de latón. La vieja vuelve a meter las cajetillas dentro del paquete. Mira al hombre con ojos ausentes, impregnados de pájaros, mariposas, catástrofes y desatinos, para luego ahogar la risa ta tapándose con la mano sus labios arrugados, pintados de un rojo violento, feroz, como una herida más. La cara de la vieja es una máscara que se arruga, blanqueada con polvos de arroz, colorete y sombras negras. La voz cansada de Gardel, se mezcla con la risa dew la vieja. Esta mañana me despertó tu tía, dijo que todo estaba bien, señalándome el patio; venía con don Crispín, tomados del brazo, muy formales; ella con su traje verde botella, muy pálidos, hijo, como si hubieran estado en un lugar demasiado frío. Fui al patio, pero no había nada, ni una señal. La mujer calla, acaricia su paquete de cigarrillos, recorriendo con la mirada la habitación, sin embaargo no mira a San Antonio, ni a la imagen de la virgen de la Esperanza, no las estampas de Gardel, asi como tampoco las cortinas de crretona floreada. El día es gris y sientes frío. Siempre lo sentiste en esta casa, recuerdas, el invierno era una verdadera tortura para tí, paréciendote los días demasiado largos, mientras ella bebía hasta embriagarse por completo, escuchando discos de Gardel, adivinándose a sí misma la suerte con la baraja española. El hombre en silencio a la mujer, sufriendo cadaa instante. En el aparato el disco gira inútilmente. Ha terminado. Así permanecen largos minutos, inmóviles, observándose con dolor, tratando de romper ese silencio que los atormenta, viendo lo inútil de sus esfuerzos por remediar la situación, todo concluído, todo acabado. Ella vuelve a colocar el brazo en el principio del disco, Gardel se repite con los mismos ruidos extraños, con la voz cansada, tristona. No he tenido tiempo de regar las plantas, hijo, se queja la mujer. No te preocupes, lo haré más tarde, antes de irme, promete el hombre. Pero sabe de antemano que no lo hará, pues desde hace mucho tiempo las plantas se secaron, el patio está vacío de macetas. Sobre los ladrilllos rojos sólo se acumulan hojas, basura, mierda de gato y desperdicios de paple. Se aproximan, hijo; la mujer se estremece debajo de las frazadas. Ambos guardan silencio. Ella tiembla, el hombre permanece inmóvil, apretando con fuerza sus manos entrelazadas, librando una lucha interna que lo daña. Llora en silencio. La mujer parece que dormita. Ambos permanecen largo rato en la misma posición, hasta que la mujer suspira, abre los ojos, murmura palabras ininteligibles, hace signos en el aire espeso, denso, impregnado de humores agrios, da la impresión de que resara, más bien canta una tonadilla infantil aprendida ya hace mucho tiempo. La mujer frunce la boca, hace un puchero infantil, solloza quedamente, guardándose las lágrimas adentro, apretando fuerte los ojos, estrujando las cobijas. El hombre se pone de pie, camina hasta el tocador, toma un cepillo, se observa en la luna descaraapelada; siente lástima de si mismo, apartándose del lugar sin prisas, viendo cómo su propia imagen se desvanece poco a poco. Se sienta en el borde de la cama. La mujer intenta decir algo, los labios le tiemblan, se ahoga. Nada, ni un sonido, ni una palabra, nada. El cuerpo termina por aflojarse hasta quedar confundida en las sábanas, como una imagen más, como una estampa. El hombre observa a la vieja, se estremece; toda lucha, todo resquemor desaparece. Afuera, en el patio, se escuchan murmullos; las hojas secas, amarillas, ocres, se agitan, el viento hace remolinos con ellas, los murmullos aumentan de volumen. De pronto todo cesa. Sólo se escucha el disco que gira monótono. El hombre apaga el aparato con cuidado. Has llegado al final, dice, y empieza a peinar a la vieja, lenta, amorosamente.

Texto agregado el 25-03-2010, y leído por 97 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
2011-10-28 00:12:26 ¡Qué bien escribe caballero! filiberto
2010-05-08 22:13:51 ay gardel,muy buen relato zarzamora
2010-04-06 01:26:16 Relato singular y triste.Muy bien narrado. Mis ***** girouette
2010-04-01 00:29:26 Y el disco girando. Quedó girando en mi cabeza. Tarambana
2010-04-01 00:28:39 ¡Ahhhh! Sin puntos aparte, sin respiro. El texto se va acelerando, las palabras golpean como martillazos cada vez mas sonoros. Un rezo, un mantra. Felicitaciones. Tarambana
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