El Corazón Y La Flecha
La primera vez que lo vio fue en la escalera de los departamentos. Mientras ella bajaba de prisa, él iba cuesta arriba con una maleta. A él le pareció gracioso como la madre de ella, gritaba como loca sobre lo tarde que era, mientras la llevaba- casi volando- de escalón en escalón. Al cruzar las miradas, sonrieron, como si se conocieran de años. Él hizo un gracioso ademan para decirle adiós, y ella se tapó la boca para no soltar la carcajada.
Aún cuando todo había comenzado, vinieron unas días en que le perdió la pista, no supo nada de él. Hasta aquel día que de la nada, entró al salón con un impermeable amarillo y un paraguas tamaño gigante.
Fue algo muy cómico, pues al verlo, toda la clase volteó a la ventana esperando ver nubes o algo de lluvia, pero sólo encontraron un hermoso cielo azul adornado con un brillante sol amarillo.
Cómo olvidarlo, parecía un pollito extraviado. Más de uno quiso reírse, pero la maestra Gudelia era muy estricta y nadie se atrevió a hacerlo. Sólo ella, quizás a sabiendas de que ya estaba castigada.
¿Quién iba decir que ese día iba a llover como nunca y que el patio de la escuela se iba convertir en una piscina? ¡Qué suerte tener un amigo con una mamá aficionada al pronostico del clima!, pensó, mientras esperaban a sus padres con el portero del edificio!
Días después, se vinieron los exámenes, y la maestra se volvió más estricta que de costumbre. Apenas alguien se atrevía a hablar, venia una tremenda reprimenda. Los días se hicieron más largos y las clases aburridas. Más para ella, que a diario estaba sin recreo, pues rara vez llevaba tarea y no había día que no se quedara castigada sin descanso. En cambio, él era muy aplicado, pocas veces fallaba y en clase era el más atento.
De la noche a la mañana, el chico nuevo se había vuelto la estrella de la clase. A veces, lo veía comer su lonche debajo de alguno de los arboles del patio y, de repente, cuando sentía que la miraba, bajaba de prisa la cabeza para continuar leyendo.
No era una niña mala o mal educada, sólo las cosas se le estaban complicando un poco. Su madre vivía prometiéndole hacer la tarea juntas, y ella insistente la esperaba. Al final, nunca sucedía nada: su madre llegaba de noche cansada, directo a cenar y con todas las ganas de dormirse. Sólo recordaba el colegio por la mañana, mientras bajaba corriendo las escaleras gritando que ya era tarde, y volvía a renacer la promesa de la tarea cuando la maestra en la puerta de la colegio se la recordaba.
Quizás algún día, su mamá se diera tiempo, después del trabajo, y se sentara con ella para ver lo del colegio y platicar sobre su trabajo, pensaba.
Hasta que un día, de la noche a la mañana, él comenzó con una extraña manía de sacar punta cada 5 segundos, lo que molestaba sobre manera a la maestra, quien se esforzaba porque nadie se levantara.
Los nervios se le ponían de punta y terminó desesperándola, de nada le sirvió ser el más aplicado en clase. Al tercer día que agarró esa costumbre, la maestra la sentó a punta de gritos mientras le recetaba una semana sin descanso. ¡Qué cosa más loca! Al menos, ella tenía la esperanza día con día de salvarse, pero ahora él estaría una semana completa “condenado”, como llamaba ella a quedarse sin recreo.
Entonces, el descanso se hizo más llevadero cuando la maestra se iba por su café de media mañana. Él sacaba su libreta de dibujos y se la mostraba. Eres un genio, le decía.
El no-recreo se volvió agradable y por fin, tuvo alguien con quien platicar.Sin pensarlo dos veces, le enseñó su diario de poesías, aquél que- celosamente- guardaba y nadie, más que su madre, había visto.
Éste estaba repleto de estampas, pequeños dibujos de corazones y poemas que ella inventaba. Se hicieron grandes amigos, él seguía siendo bueno en clase, pero al final se las ingeniaba para quedarse sin descanso, y ella estaba convencida de que nunca más debía hacer tarea, total, su madre seguía ocupada, pensaba.
Entonces, un día, casi al terminar el año escolar, el sol parecía brillar más fuerte que de costumbre, y sin saber cómo o por qué, se miraron a los ojos, y como si ella adivinara su pensamiento, le dijo al oído un rotundo "sí" que marcarían sus vidas; y desde entonces, este banco tiene el corazón y la flecha, con ese par de iníciales, sobre la paleta.
21-07-2011
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