Nunca entendió por qué desde niño, el ocaso hacía doler su pecho, de qué estaba hecha su magia que bastaba mirar al sol para marchitar sus alas de antiguo àngel con jeans rotos y matarlo de tristeza; una vez cuando tenía diez años, en un viaje con su padre, por una aldea remota y callada el auto se varó y tuvieron que bajar a un establo de vacas y tambièn de caballos, entonces su padre fue a hablar con dos hombres y él se quedó allí para esperar, a su lado había un rancho solitario fabricado de tablas y palmas, el vano de la puerta era obscuro, se dirigió hacia él… entró en silencio, allí vio a un hombre con un trozo de palo en sus manos, enfrente había una vaca encerrada en un pequeño vagón de metal, le sobresalía sólo la cola y la cabeza, la vaca mugía, se empezó a arrodillar, empezó a chillar, de pronto el hombre le dio un zarpazo con el trozo de palo mientras la sangre salpicaba su bata y chorreaba sobre el suelo, de inmediato huyó de ese lugar a esperar a su padre quien no tardaría en volver.
Mirando ahora el ocaso, su punzada era más fuerte, el vagabundo vio pasar una bandada de pájaros felices trinando a un solo ritmo, como si todo eso fuera planeado, como si fueran ellos, los intérpretes de un naranja concierto. No duró más de veinte minutos observando el cielo colorido hasta ubicar la última piedra en la extinta fogata, y se dijo a sí mismo pensando aún en los pájaros:
“algún día reencarnaremos en otro planeta, no habrá egoísmo, ni el dinero, ni dioses ni ningún sistema de opresión y seremos realmente libres mis pequeños seres alados, libres para hacer nuestro arte…”
Exhaló un fugaz suspiro y se tiró en una esterilla pisoteada por el tiempo y la basura de los pasajeros del mundo; apartó un libro y giró a un costado para contemplar el viejo río apaciguado por lo sopores de ese agosto, empezó a entonar una negra melodía que según él era la décima sinfonía de Bethoven la cual una madrugada, en un sueño Bethoven le concedió en partituras para que él las interpretara en el piano clavinova que tenía en su estudio personal, esa misma madrugada se dedicó a trabajar en ello y no pudo parar desde entonces; la concluyó en un SI bemol melismático mientras volvìa a girar su cuerpo esta vez boca arriba para mirar las entrañas del puente amarillo que tanto lo extasiaba. Dijo lamentándose: “te fallé mi viejo amigo, no pude publicar tu obra” se resintió y abrazó a si mismo con un dolor de perro herido bajo el bostezo de la tarde soñolienta que se iba tiñendo lentamente de azulosa noche desoladora, los insectos ya empezaban a zumbarle en el oído y fue necesario que sacara su blanca manta para espantarlos suavemente mientras les hablaba en un tono de urbanidad.
Después de unas horas, cuando los recuerdos empezaban a devorárselo vivo, una indigente de rostro muy amargo, largas faldas rotas y de cabellos enmarañados se le apareció tras sus pies más perspicaz que de costumbre; ella a la cual llamaban “La Goya”, tenía un espantoso delirio de persecución fijado especialmente en “Los vela noche”, un grupo de limpieza social que prometía matar a todo aquel que anduviera después de las diez de la noche por las calles, dejaban panfletos en los parques amenazando a toda clase de narcotraficantes, homosexuales, prostitutas, delincuentes y naturalmente al que vagara por las noches en la ciudad, el rumor se dispersó en toda la región pero nunca se cumplió amenaza alguna a pesar de las historias que rondaban sobre dos tipos que abordaban a jóvenes y borrachos en la pubertad de la noche y les decían que los perdonaban pero que en una próxima vez les aniquilarían. Todas estas historias se hicieron leyenda que los padres usaban para persuadir a sus hijos de no salir en las noches, pero jamás se volvió a escuchar algún otro rumor. Sin embargo la Goya aún temía por las acciones de los vela noche y evitaba a toda costa encontrarse a dos tipos en motocicleta, a veces inventaba historias de sicariato y persecuciones explosivas para revivir las entrañables leyendas; tanto la seducían las historias de los vela noche que una vez defecando a escondidillas en la maleza de un monte al borde del río, creyó haber escuchado las voces de unos hombres que le gritaban que -le iban a meter unos tiros por andar cagando en la vía pública- (tal y como en algún momento le contó a su madre quien la iba a visitar diariamente debajo del puente) no resistió más el temor de su instante mortal y salió corriendo con los calzones en las rodillas y un racimo de excremento colgándole en la entrepierna mientras alzaba los brazos exclamándole a la gente que reía a carcajadas: ¡me van a matar, Los Vela noche me van a matar!.
Ahora la Goya en el regazo del vagabundo, parecía ansiosa por contar algo a juzgar por sus ojos excesivamente saltones y su pose infantil comiéndose las uñas, después de un largo silencio por fin le estallaron las palabras:
-los Vela noche andan rondando por aquí
dijo exaltada: -vámonos antes de que nos quiebren
El vagabundo exhaló un lento suspiro y respondió sosegado:
-gracias por avisarme Goya, yo me voy luego porque antes tengo que esperar a un amigo.
–Bueno, ve que te lo advierto- dijo ella mientras se marchaba velozmente por la acera.
Aliviado por la marcha de la Goya, decidió levantarse para encender la fogata cuando advirtió ser interrumpido por los luminosos focos de un viejo coche Renault ochenta y seis; aparcó en frente, se abrió la puerta del conductor y segundos más tarde salió una mujer blanca, de ojos grandes, cabello encrespado y castaño claro, asustada igual que una niña y con una bolsa grande en sus manos. Titubeó al hablar: -hola Daniel, ¿ya comiste?- el vagabundo desorientado, casi perturbado respondió:
-sí, esta tarde comí algo de maíz y una ensalada que me pasmaron el hambre.
- ¿pero no quieres que te deje algo de comida por si te da hambre después?
-no, no me va a dar hambre por estos días, sería un desperdicio.
La mujer agachó la cabeza, fría por una tristeza que la recorría entera y caminó unos cuantos pasos para dejar la bolsa a un lado de la esterilla, le dio la espalda, abrió la puerta del coche y echando unas pocas lágrimas le balbuceó al vagabundo:
- Daniel, vámonos a casa, te lo ruego, me duele mucho verte aquí así, vámonos amor, así sea por esta noche, ¿sí?.
-no, el mundo es mejor aquí en la basura, vete y déjame tranquilo.
Ella entró al coche y se fue llorando.
Terminó de encender la fogata y se sentó a leer una carta vieja y ajada que sacó de entre un libro con hojas amarillas:
“No sé cómo ni de dónde logré sacar tanta fuerza para soportar todo este sufrimiento, pero lo hice, aguanté todo lo que pude por amor, pero créeme cariño mío, todo llega a un límite y después de lo que ha pasado aquellas fuerzas que me ayudaron a soportar se fueron desvaneciendo poco a poco. Tú te dedicabas día y noche a tocar tu piano y me ignorabas tanto que el corazón se me rompía como tú no te imaginas, para ti no había nada más en tu vida que hacer pública tu música sin que te importara el resto del mundo, tú te desviviste, te arruinaste, te hiciste añicos tratando de entregar esa música y yo con todo lo que sentía te apoyé hasta donde pude; las drogas te volvían una persona agresiva y despiadada, no aquel hombre tierno que eras cuando te conocí y cuando me enamoré de ti. Lo más doloroso de todo fue cuando te tuvimos que internar en la clínica mental, créeme que no fue por que no te amara o te quisiera hacer daño, es que tu estado mental era crítico y ya no aguantaba más tus maltratos; hicimos todo por auxiliarte y cuando ya creíamos que te habías curado, retomaste otra vez ese camino de tu perdición(…) Ya no puedo más Daniel, me estoy muriendo, ya te he esperado mucho, debes comprender que todo lo que hice lo hice por tu bien, ahora no tengo más remedio que abandonar esta ciudad que me hace extrañarte a morir y que me hace recordar nuestros días de agonía, por favor, perdóname si te hago daño, mi amor, aunque sé que mientras tengas tu música nada te hará falta, te amo tanto cariño mío nunca lo olvides. Adiós”
El vagabundo Daniel dobló la hoja tres veces, la metió en el libro y lentamente se volvió a acostar en la esterilla, para llorar lágrimas de escarnios.
Pasada la media noche, junto con el chirrido de los grillos haciendo música en el pentagrama de los sueños de Daniel, donde resonaban acordes siniestros y voces recitando letras de muerte, se oyó en el sueño una carcajada de diablo, más bien como un rugido de león furibundo; lo que afuera producía el extraño ruido destelló una luz amarillenta hacia la cara de Daniel, haciéndolo despertar de su sueño musical para entreabrir sus ojos soñolientos y heridos por la luz. Después de unos segundos por fin pudo comprender que se trataba de una motocicleta; intentaba buscarle una explicación al momento inquietante hasta que la encontró en los recuerdos de la dislocada memoria y en la advertencia de la Goya; se levantó velozmente, corrió lo más que pudo a cuatro metros de la esterilla y una bala de revolver calibre treinta y ocho lo alcanzó; lo remataron con cuatro disparos más y uno de los hombres de la motocicleta lanzó las palabras vertiginosas hacia donde estaba el sangriento y aún moribundo cuerpo: “eso es para que lo piensen mejor antes de volverse gamín”. Luego emprendieron la huida dejando una nube de polvo funesto en la soledad de la noche donde resonaba: la décima sinfonía de Beethoven.
FIN.
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