La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]

Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Azul
Eventos
Enlaces
Temas
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / justine / Ante Ti se vuelve el rostro

 Imprimir  Recomendar
  [C:511367]

Ante Ti se vuelve el rostro


Volví de la ferretería poco después de las diez de la mañana. Sentada en el sofá me dispuse a bruñir con esmero la vasija y el plato de bronce repujado que tenía recogidos en una estantería del armario de la entrada. El salón estaba caluroso, el fuego bajo llevaba encendido desde el amanecer. Me quité la chaqueta y me acomodé en el sofá con un cigarro descansando sobre el cenicero y una botella de aguardiente sobre la mesa. Hacía décadas que no hacía esta actividad, yo misma me encargué de que en mi casa no entraran ni marcos ni bandejas de plata, ni figuras ni otros objetos de bronce o latón que terminaban siempre ennegreciéndose como una chatarra cualquiera. Saqué de la bolsa el bote de algodón mágico y lo abrí aspirando profundamente el olor a disolvente, el único placer que me acompañó en tantas mañanas de mi infancia en las que abrillantaba los objetos de plata de la casa con el mismo algodón pringoso que ahora tenía entre mis manos, de un rosa opaco o rosa sucio que apenas rozaba la superficie del metal cambiaba su color original a un gris más oscuro y ceniciento. Poco a poco las manos se ennegrecían y los objetos quedaban recubiertos de una pátina aceitosa y oscura que arrancaban la hez incrustada en el metal. La segunda parte de la faena era la más fatigosa pero la más gratificante, entre las piernas, o haciendo fuerza contra la barriga, colocaba el objeto y con un paño bien limpio de hilo, comenzaba a frotar y a frotar, a veces hasta hacerme heridas en la yema de los dedos o hasta que las falanges se me quedaban rígidas como las articulaciones artríticas de los viejos, y así proseguía tenaz hasta que mi cara podía reflejarse en ellos. Para mi madre nunca froté lo suficiente ni nunca estuvieron demasiado limpios.

Me hago eco de aquellas mañanas de sábado, aquellos zafarranchos en que de buena hora, aún sin poder abrir los ojos pegados por las legañas, mi madre me hacía saltar de la cama y recoger al vuelo las sábanas y la ropa para poner la lavadora. De la placidez que se esperaba de un día sin escuela, sólo entreveía el colchón de espuma que adivinaba aún caliginoso después de haber absorbido durante horas el calor de mi cuerpo y siquiera sin darme tiempo a reaccionar, abría las ventanas de par en par, y el aire congelaba mi aliento en los días de invierno en menos de lo que cantaba un gallo. Yo me escabullía de su presencia con la excusa de ir al retrete, aunque también era pura necesidad. La vejiga se me hacía un globo tirante cuando el frío de la calle envolvía mi cuerpo. Regresaba temblando a la habitación apremiada por la voz de mando, las alfombras descansaban ya sacudidas en el alféizar de las ventanas, los armarios abiertos rebosaban de las ropas revueltas acumuladas a lo largo de la semana. Ponía todo patas arriba porque sólo así se conseguía que las cosas quedaran como es debido. Siempre lo decía, y yo casi lloraba viendo como cada vez la habitación se convertía en un lugar menos habitable, y comprendía que me llevaría horas volver a ponerlo todo en orden. Otra mañana de sábado que se había ido al traste. Mandaba como un sargento. Con voz contrariada enumeraba todos los desaguisados que había cometido en los pocos minutos que habían transcurrido desde que me destapara sin ambages y me requisara la amorosa manta que cubría mi cuerpo. Era algo digno de admirar. En escasos minutos su retina había recogido los más nimios detalles que ya desde el inicio de la mañana me ponían en una clara situación de desventaja: las bragas bajo la cama, los calcetines desparramados por el suelo, la falda arrebujada encima de una banqueta y un sin fin de pequeñeces en las que yo apenas reparaba y que la enfrentaban contra mi en su guerra particular. En pocos segundos, su voz que de forma casual había podido ser un susurrado buenos días, se transformaba en la potente y airada voz de una madonna en el colofón de un aria triunfal prolija en tonos variados y gorgoritos. Vencida de antemano y sin posibilidad de réplica, recogía las bragas de debajo de la cama parapetándome si podía en la distancia justa en la que su mano no pudiera alcanzarme. Me quedaba poco tiempo para desayunar y retomar la faena. Era todo un reto pasar una mañana de zafarrancho y poder evitar no sólo sus voces grotescas que eran tan endémicas como desagradables, sino también el que más tarde o más temprano, ya mi cara, ya mi espalda, o la parte de mi cuerpo que lograra alcanzar a la carrera, situación que la enfurecía aún más, recibiera una soberana tunda de palos, la mayor parte de las veces sin sentido para mí y que a ella tampoco parecían descargarla de sus demonios. Mi madre trabajaba y se hacía cargo de las faenas de la casa. Tal vez por eso la recuerdo siempre con un grado excesivo de irritabilidad. Sólo parecía conforme y en paz en las horas de Misa y en los ratos que ella buscaba para la oración, en la iglesia o fuera de ella. A mí, sin embargo, ni el zafarrancho ni su Dios me producían serenidad, más bien veía con cierto resquemor aquellas leyendas por las que mi madre estaba dispuesta a dar la vida y que se contradecían tanto en la actitud que ella mostraba hacia mí. A veces me hacía cantar salmos mientras limpiaba y ella cantaba conmigo o si se daba cuenta que llegaban las doce del mediodía paraba la faena y me hacía rezar el Ángelus. “Yo soy la esclava del Señor” le entraba, “Hágase en mí según Tu Palabra” respondía y luego continuábamos la faena una vez recitadas las avemarías pertinentes. Aprendía los Salmos los martes por la tarde, cuando venía de la escuela en el invierno, o después de la siesta en el verano, hiciera frío o calor, íbamos a ensayar a la parroquia de San Valero. Ésta iglesia quedaba mucho más alejada de otras iglesias más cercanas a la casa, pero la grandiosidad del templo, del coro, y el hecho de que el santo fuera el patrono de la ciudad, eran razones más que suficientes para desplazarnos hasta allí pasito a paso, después de un largo día de escuela, o bajo el sol más aplastante del verano. A veces mi padre salía más temprano de trabajar, nos llevaba en el coche y así rezaba y entonaba con mi madre. En la iglesia nos reuníamos varias familias católicas. Todas ellas formábamos como una gran hermandad. El sacerdote se llamaba Don José, y era como los patriarcas de los salmos, con ojos vivos y profundos, el pelo abundante casi blanco y su nada despreciable envergadura, que cuando alzaba los brazos hacia al cielo entonando el aleluya con su voz profunda, parecía lanzarme con ellos a bailar con los ángeles que decoraban la altísima cúpula. Terminados la oración y los ensayos consabidos, hablaba con todos y los hacía sonreír con sus buenas palabras. Yo me entretenía mirando de reojo a mi madre a la que sorprendía con su rostro relajado y feliz; sin embargo yo me sentía tensa, amedrentada y llena de rabia, y temía que pudieran notarlo. Además “ese Dios que es tu Padre y lo ve todo”, “tenéis que obedecer a vuestra mamá”, que nos recordaba el cura a los niños que nos reuníamos allí con tanta machaconería, todavía me menguaba aún más, porque para la madre tan puntillosa, malévola diría, que me había tocado en suerte, no hacía nada a derechas y el infierno se me abría como única posibilidad. Aprendí artimañas para ignorar tanta grandilocuencia y tanta sandez que de no haberlo conseguido me hubieran hecho tan desgraciada. Estaba claro que yo no agradaba ni a Dios ni a mi madre. Alguna vez si conseguía superar mentalmente todos los obstáculos y conseguía esquivar la dura realidad, me encaramaba sobre los bancos de atrás donde nos colocaban a los niños, y con la cabeza estirada, tensando la garganta y mirando a los mártires que palidecían sobre el retablo, me desgañitaba con los salmos sin saber si el tono era el adecuado e inventándome las más de las veces la mayor parte de la letra. Cuando inventaba apenas susurraba la canción, pero cuando llegaba de nuevo el estribillo abría el pecho como una espita y gritaba con desafuero. Eso me hacía reír a mí y a los demás niños, y cuando por fin el padre nos daba su bendición, me olvidaba de la molesta mirada sancionadora de mi madre y salía a jugar con el resto de los niños a un jardín enrejado detrás de la sacristía, que nos mantenía a salvo de los peligros de la ciudad. A menudo, me sentaba sola sobre la fuente seca mirando a las musarañas. A veces soñaba que podía cambiar. Pero a la vuelta llegaban de nuevo los sábados, y los conatos de alegría que me habían hecho abrigar cierta esperanza, se desvanecían de nuevo en cuanto mi madre atravesaba la puerta de mi cuarto con el delantal de faena.

Después, mi padre se fue.

Terminé la botella y terminé de frotar la vasija y el plato. Sentí un estremecimiento en el estómago parecido al hambre. Entretenida entre los recuerdos y el bruñir del bronce habían transcurrido más de dos horas sin apenas percatarme desde que regresé de la tienda. Los vapores del aguardiente y del algodón me habían descolocado en el tiempo y mi pensamiento vagaba del pasado al presente sin demasiada claridad. El fuego chisporroteaba tras el cristal de la chimenea. Me agaché y puse los objetos a la luz del fuego dorado que resplandecía sobre ellos. Miré contra el cristal, era un trabajo bien acabado. Me hubiera gustado que mi madre lo viera, dejar incluso que ella me mostrara las imperfecciones de mi obra, que me hiciera llorar como tantas veces lo hizo en nuestro pasado. Pero no fue así, no podía ser de otro modo por mucho que ahora improbablemente lo deseara. Por primera vez me contenté con mi propia satisfacción. Recogí sus cenizas del fuego y las introduje en la vasija de bronce. Me limpié las manos. Sentí como se aceleraba mi corazón. Sobrepasada por el alcohol entoné el salmo “Ante Ti se vuelve el rostro” acompañada por la fuerza de una dura nostalgia que fraguaba mi paz. La vasija temblaba entre mis dedos cuando la coloqué sobre el plato que nimbaba a su espera sobre la repisa del hogar. Sudaba, el fuego desprendía demasiado calor, demasiado calor para un día de primavera.

Mi madre me contemplaba callada desde la atalaya de la chimenea y resplandecía como una reina. Tuve que darle la razón. Cuando limpias bien el bronce, reluce como el oro. Esta vez no me gritó.

Texto agregado el 25-11-2012, y leído por 263 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2014-02-12 23:10:43 http://www.youtube.com/watch?list=RDpT3jnu1yJO0&v=fi-S9lrnLZ8 barrunta
2013-12-03 00:34:33 Sabes? No en ese extremo, pero sí me sentí identificada con el personaje, en tanto nunca he hecho nada que satisfaciera a mi madre -ni siquiera hoy en día, de adulta...- Es una desesperación extraña, porque una relación que debiera ser tan íntima se termina convirtiendo en algo antinatural y doloroso. En fin, uno no elije a sus padres... Me ha podido el efecto espejo en este relato. Besos. ikalinen
2013-03-11 22:48:09 Una narración impecable. Vas describiendo cada instante, suceso o emoción con una fluidez que permites al lector “meterse en la historia”, encontrarse en cada imagen y circunstancia. La historia recuerda y revisa parte del ayer, vivencias y vínculos difíciles. Impecable. También podría ser un capítulo en una novela. Shou
2013-02-04 22:03:19 Este texto "reluce como el oro". Muy bien! rigoberto
2013-01-26 09:48:08 Conmueves al lector con este cuento que goza de variados ingredientes. Te felicito. elpinero
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! |
]