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Inicio / Cuenteros Locales / ximenaranda / DOS SOLEDADES

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Sus miradas se habían encontrado en la niñez, luego en la juventud. Él un brillante hombre de letras, ella una estudiante deslumbrada por su mundo. En ocasiones cuando el gentío bullía a su alrededor en forma natural se buscaban entre la multitud y hacían de esos instantes minutos preciosos de intensa comunicación.
En otras oportunidades la campanilla del teléfono estremecía el silencio de la casona de tejas rojas, ella corría, sabiendo que su voz escucharía. Así era, largos minutos melodiosos para sus oídos, cerraba los ojos y guardaba en el alma el eco de esa voz.
Él le contaba de viajes, fiestas, tertulias, éxitos y penas. Ella le escuchaba atenta. Cuando la cita se concretaba le faltaban cintas para el pelo y almidón a sus vestidos. El reloj corría desbocado y sus miradas opacaban el verdor del parque.
Tertulias, llamadas, encuentros alimentaban siempre la llama del corazón de la muchacha.
Aquélla vez, en primavera, cuando el campo verdeaba y las primeras flores se abrían tímidas al sol, él le dijo que dentro de un mes se casaba. Su futura esposa era una damita de la sociedad, de basta fortuna y belleza sin igual...
- Que seas feliz, dijo ella, sintiendo morir un poco la ilusión que nació en su niñez y por la noche pensó que nunca sería para él algo más que su joven confidente.
De vez en cuando Europa llegaba metida en una postal y al pie de ella, su nombre. Una a una como joyas guardó y cuando el silencio se hacía extenso, abría la caja azul y nuevamente la luz iluminaba su existencia.
Un día el teléfono sonó, hacía 8 años que no la llamaba y ahí estaba: triste y desazonado. Su matrimonio había fracasado ¿con quién mejor que ella para hablarlo? Volvieron al parque y caminaron kilómetros de charlas, le contó de sus viajes, de su vida, de su desesperanza, de la alegría de los hijos y ella, ella le miraba con sus grandes ojos color miel, mientras sentía renacer la esperanza en su corazón.
El tiempo corrió como el agua que baja de la montaña, mientras ellos compartían gratos momentos recorriendo la ciudad. Una mañana la llamó y canceló la cita del atardecer, se iría nuevamente lejos. Esta vez era un nuevo trabajo que abriría un nuevo horizonte a su vida y todo volvió al pasado: cartas, tarjetas, silencio, soledad, rutina, trabajo, tarjetas, silencio...
Sus horas en la universidad se poblaron de textos, compañeros, amigos y el pensamiento de… ¿escribirá?
A su vida llegó deslumbrante el máximo exponente estudiantil y sin casi percatarse se encontró unida a él, con las bendiciones de padres y hermanos. Una nueva vida copó su tiempo y sus pensamientos, todo se centró en el hijo que esperaba. La felicidad duró poco, aquel bello exponente de mil aventuras, quiso continuar su insaciable sed de conquistas y su alma de niña no lo entendió, hasta que una noche él gritó: estoy hastiado de pañales, bebes, obligaciones...
Tomó sus ropas, se fue y nunca más volvió.
Ahí quedó ella casi una niña-madre, tratando de vivir sin el apoyo de un marido e hizo de su casita su refugio: clases, tejidos, trabajos extras fueron produciendo su diario sustento, mientras su vida perdía la espiritualidad y se obligaba a la realidad material. Duros años de soledad, de trabajo extenuante, mientras aquel, su amigo del alma, no daba noticias.
El correo le trajo para Navidad una postal nevada y también sus saludos y con letra pequeña, los de su cónyuge...no… otra vez!
Su hijo crecía y se transformaba en un hombre ¿qué edad y cómo serían los de él? A veces llegaban unos sobres marrones conteniendo fotos y sus cartas alegraban sus tardes y fortalecían sus recuerdos. Los hijos de él eran bellos y tenían sus ojos pardos., los ecos de su vida social le llegaban mediante diarios y revistas, todas hablaban del matrimonio encantador, de los selectos anfitriones que eran, de sus viajes y vacaciones, sus éxitos ¡todo! Ella era la reina de la sociedad internacional… él era el dócil marido que negándose a su tranquilidad la seguía y acompañaba en la loca vorágine del jet set.
Debe amarla mucho, pensaba ella, de otra forma cómo puede soportar tanto ajetreo social, él que lleva el silencio pegado a la piel...
Un día por azar, en la capital, sus pasos se encontraron, sus miradas se buscaron y ella leyó en sus ojos: pena y desesperación. Su rostro le habló de soledad y de tristeza; sus manos gritaron la falta de cariño y sus brazos le hablaron de lo vacía que era su vida. Sus labios secos de amor buscaron los suyos y el manantial que llevaba años tratando de encontrar – sin saber que siempre había estado allí - brotó generoso.
A partir de ese día, las dos soledades serían sólo una.






Texto agregado el 30-03-2013, y leído por 49 visitantes. (0 votos)


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