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Cuando me recojo sobre mi interior encuentro un camino ya recorrido. Me adentro en un jardín hermoso y sereno. Es como si sólo hubiera parpadeado un instante, recuperando mi visión de la ruta establecida, y camino hacia un Encuentro, mientras escucho la voz de todo lo amado a la vez.

Es una voz grande y penetrante, suave y envolvente. Me seduce su discurso escrito en letras vivas. Me embarga una alegría inmensa escuchar sus notas deliciosas en los trinos y susurros.

Alzo la mirada asombrado, velando por ver el sol en su cenit.

¿Dónde estás, que te me ocultas?
¿Dónde estás, Señor, que no te hallo?

Cae la noche
mas no la del alma
que, sedienta de Dios, aguarda.

Cuando uno ama se abren las santas arcas que contienen los pergaminos de la sabiduría de la vida.

Lo único cierto que podemos conocer de Dios es su Amor; todo lo demás podemos especular sin llegar a ponernos de acuerdo.

El amor nos da información valiosa del maravilloso proceder de las acciones divinas. Nos permite adentrarnos en su mágica dinámica, y su gozosa amplitud.

Quien conoce el Amor mira la vida con el prisma de la renovación constante de la natura, la energía radiante de las cosas creadas, la contemplación de la diversidad, la belleza de las formas, la multi dimensión de los seres, su herencia sin par.

El amor es sabiduría infusa, autocontenida, que fluye hacia nosotros, desde el universo hasta el átomo.

Mantenerse atento a su influencia. Ejercitar los sentidos, la mente y voluntad para seguir en su caudal.

¿Cómo podemos entender lo inabarcable?

A veces las analogías, las parábolas, sirven un poco, pero la verdad abismante simplemente abruma.

Adentrarse en el conocimiento de temas arcanos es tan amplio, que resulta peligroso, incluso existe la amenaza de la locura.

Uno puede intentar la aventura de querer conocer a Dios, de entender sus motivaciones, sus propósitos, temas divinos que no dejan de sorprender.

¿Puede acaso uno imaginar lo imposible realizado frente a sí?

Podemos observar a ese Hombre, que fue hecho a semejanza de Dios. Podemos observar su bondad, la multitud de sus milagros. Podemos sentir el aletear del Espíritu de Dios.

Podríamos imaginarlo, pero surge el contra argumento de que no estuvimos allí.

¿Podemos, entonces, percibir de alguna forma, la manifestación de Dios en nuestras vidas?

Hay dones que son propios de nuestra naturaleza: amar, conocer, pensar, reír, cambiar, incluso llorar.

Hay dones que se nos ofrecen de una fuente distinta, de un árbol divino. Esos dones están al alcance de una oración, de tiempo en tiempo. Caen en nuestras manos, cual preciosas joyas, que no sabemos utilizar, porque nos falta virtud, nos falta conciencia de lo sagrado.

¡Maldito tiempo que vivimos, pues no percibimos lo Sacro!

Ahora es el tiempo de despertar, de ver nuestra realidad transfigurada de verdades eternas, de amor infinito, de inteligencia y bondad absolutas, conque todo se realiza para nuestro bien, por simple gratuidad de un Dios misterioso, que se urge en amarnos con locura insondable.

Texto agregado el 21-03-2014, y leído por 95 visitantes. (0 votos)


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