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Inicio / Cuenteros Locales / Pierre-Alain / El Tío Adolfo y de cómo murió

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A Francisco Candel que me dio ganas de escribir
A Jean Bouclon que me puso en el camino.
A Albert Bensoussan, el primero en animarme.


El tío Adolfo, como lo llamaban todos, había comprado su granja del Valle Hunou en los años treinta con los ahorros de un decenio y la dote en efectivo de María, su esposa. Una finca apartada de todo. Que ocupaba la solana de un valle pequeño perdido al final de un camino desigual largo de varios centenares de metros. En un municipio del corazón de la comarca(1) de doscientos vecinos escasos cuya aldea se reducía a dos casas de ladrillo, una alcaldía-escuela, el monumento a los muertos, la iglesia y el camposanto.

Se trataba de unas veinte hectáreas de prados, plantados con manzanos la mayoría de ellos, en una tierra inclinada unas veces y otras abrupta, pero nunca plana, húmeda en los fondos y desbrozada en los altos. Pradera natural, bastardeada por juncos, zarzas, ortigas, cardos que inlasablemente había que impedir que ganaran sobre la hierba tupida. La cercaban por todas partes setos boscosos, podados a lo corto o no, que proporcionaban trabajo para el invierno y darían abasto de leña, fajinas, escobas, varas y estacas. El tío Adolfo ahí producía leche, mantequilla y carne. Mediante una docena de vacas lecheras, sus terneros y algunos becerros que cebaba hasta los tres años. Con la ayuda de su mujer, de su hija en cuanto pudo llevar un cubo, de un jornalero con giba y pata coja, así como de una yegua mansa para tirar de la segadora, de la henificadora o del carro. Cuatro o cinco puercos y un corral con abundante número de gallinas, pollos, pavos, patos y pintadas completaban la explotación.Y, claro, estaba la sidra y el aguardiente, aquel "calvados" cuya ingestión marcaba el compás del día. Difícilmente encontraría un normando que no se confitara poco o mucho en él. El café de calceta, siempre a temperatura en la plancha de la cocina de leña, no era sino pretexto para brindar una y otra vez con cualquier visita, desde el cartero hasta el lechero, pasando por el veterinario o el vecino que venía para conducir la vaca al macho, comprar un becerro o negociar manzanas para la sidra. Y según fuese rico o pobre, de consideración o no, el tío Adolfo le ofrecía el alcohol pálido de una garrafa de vidrio o el líquido de ámbar de una garrafita de cristal.

Nada se perdía de cuanto se podía vender. Y, en tiempos de María, todavía se guisaba con manteca de cerdo, cuando dos grandes canastas rellenas de mantequilla. se llevaban al mercado cada semana. Pero, aquella mujer un poco frágil no se repuso de los horrores de la guerra, decían unos, de las infidelidades del marido pretendían otros; el caso fue que un día amaneció ahorcada en el desván, tras una última noche de insomnio. Cuando, un lustro después, el tío Adolfo contrajo segundas nupcias con Josefina, viuda y madre de tres hijos, la excelente cocinera que era le hizo descubrir los exquisitos sabores de la cocina con mantequilla. Ignoraba ella que así iba acelerando el paso del esposo hacia la tumba.

Alina, hija única del primer lecho, se desposó, cuando la Liberación, con un carpintero de la ciudad, venido a esconderse ahí durante la guerra para escapar del Servicio de Trabajo Obligatorio que impusieron los alemanes y el gobierno Laval. Él volvió a abrir un taller abandonado durante el conflicto, ella durante diez años llevó la pequeña finca del Bosque Renault que le había puesto el padre en la canasta de novia. Luego, cayó enfermo el yerno, de un mal incurable que le impidió seguir ejerciendo el oficio. Hubieron de venderse y la carpintería y la granja. Se fueron lejos, a la entrada de la bahía del Monte San Miguel, a llevar un quiosco-estanco en una pequeña ciudad encaramada en un promontorio.

El tío Adolfo entonces reportó todas sus esperanzas de sucesión en el primogénito de Josefina y le fue bien hasta que éste se casara con Teresa, una de la ciudad, encontrada en Bretaña cuando cumplía la mili. Por desdicha, día tras día, insidiosamente, iba la nuera metiendo en el coco de su marido la idea de dejar esa granja de mala muerte para otra mayor, con tierras de llano, más fáciles de mecanizar. Para vivir en una casa con agua corriente, téléfono y carretera en la extremidad del huerto. Se fueron a la planicie de Caen.

Iba entrando en años el tío Adolfo, se había ido su bracero de la mano de la bebida y había demasiado trabajo para dos en el Valle Hunou. Así se vio obligado a ofrecer su casa de adobe y entramado a unos parisinos con ansia de restauración, a arrendar parte de sus tierras y a ceder las demás a sus vecinos más cercanos. Su mujer y él fueron a jubilarse en la cumbre de una ladera escarpada que subía de la ciudad, en una pequeña finca que constaba de un huerto, una hectárea de vergel y una casita de ladrillo con torre achaflanada. En la aldea llamada de la Cruz Roja.

A estas alturas, el tío Adolfo juró que ya no se mudaría sino con los pies por delante. Y que no cambiaría nada a su existencia mientras lo pudiese. Levantarse, desayunarse, afeitarse, leer el periódico, ir a ver y dar de comer a su ganado en los prados, en su viejo camión Renault para transporte de animales; no perderse entierro alguno de cualquier conocido alrededor o de la parentela, bajar al mercado de V. cada lunes, vender sus becerros y sus bueyes, comprar terneros, cortar leña con sus últimas fuerzas, beber calvados con los amigos y visitas de paso, recibir a uno u otro de sus nietos para las vacaciones, reñir con su esposa por todo y por nada...
A poco de cumplir ochenta, Josefina de repente se secó y se fue a morir en casa de su primogénito, en los cuartos destartalados de un antiguo castillo transformado en cuerpo de granja.

Hasta aquel entonces, cada mañana de su vida de campesino normando que Dios le deparó, el tío Adolfo se había desayunado de la misma manera: con un plato de sopa, uno o dos huevos pasados por agua o fritos según se diera, paté, tocino o un trozo de algún embutido, sidra y un café con aguardiente. Las otras dos comidas del día siempre habían sido de la misma calaña. Hagamos caso omiso de los tenteenpie en los campos durante las faenas o en casa cuando el trabajo urgía menos. Mientras trabajó, no pasó nada.

Llegada la jubilación, contentandóse con cultivar el huerto y vigilar el ganado, no cambió nada.

Y ahora pasaba que por primera vez en su vida, conocía el tío Adolfo el peso de la soledad. Pronto, por pena, desocupación, aburrimiento, se otorgó deslices que otrora se esmeraba en reprimir su esposa. Poca cocina, comida grasa y bastante bebida. Costumbres todas que llegaron a cobrar fuerza de ley. Pero la ley quedó vencida porque, a los dos años, el roble que era conocía su primera derrota con una congestión cerebral que le dejó problemas para tragar y hablar.

Sus nietos le compraron su primera pizarra mágica.

Primero la rechazó, guardándola al instante en el cajón colmado de una mesa de madera blanca. Para él, que tan poco había escrito desde que volviera de la Gran Guerra, pero cuya conversación, marcada de buen sentido y finura de espíritu, la gente rebuscaba, era peor que todo verse reducido a comunicar con frases elementales como niñito de seis años. Pero se llevó su empeño la necesidad. A escondidas, pronto aprendió a manejar el lápiz de plástico en la superficie carbonada.

LLegó un tiempo en que, contra casa y comida, vino a vivir con él y cuidarlo la hija mayor de su nuera. Cursaba contabilidad o secretariado en la ciudad. Los dos se llevaban bien. Él ya no tenía ni el tono sin réplica ni la soberbia que antaño hicieron temblar a toda la casa, mujer, hija, jornalero, tantos como eran. Julita le plantaba cara con desfachatez. Él le cedía todo o casi todo. Ella pronto sacó novio, se puso a vivir en pareja y empezaron los dos a sacarle al viejo, a pesar suyo, más de un billete de cien francos.Todos eran normandos hasta los tuétanos. Y agarrados, según dicen. Por aquí, los actos de la vida siempre se rigieron por el interés económico y todavía son pocos los que cuestionan lo bien fundado de la norma. Así, debilitándose el patriarca, se despertaron los apetitos. Se pronosticaba una lucha encarnizada. Lo fue. Alina quedaba allá lejos en Bretaña. Acabó mal para ella. Si protegía la ley los bienes inmobiliarios que le tocaban, para el resto, ganado, valores, muebles, era harina de otro costal.

Cuentan las malas lenguas que la nieta usó su encanto para despojar al viejo de cuanto efectivo tenía. Que sus padres arramblaron con varias barricas de aguardiente añejo, un reloj de bolsillo de oro y varias cabezas de ganado que tenían al pasto. Que él les firmó un poder abusivo. Pero con todo, ¿no estaban ellos en el lugar? ¿no eran los más indicados para pagar las facturas? ¿en nombre de qué hubieran tenido que ser señalados con el dedo?

Una mañana, una ambulancia depositó en su casa al tío Adolfo, tendido en una camilla, sin afeitar, azorado y al borde de la inanición, llevando entre brazos la sopera en la que guardaba apilados sus papeles. Ya no se alimentaba y se había negado una vez más a entrar en el hospital. Su yerno había recogido a la madre, era deber suyo, pero nada lo obligaba a recoger al suegro sino la urgencia y la humanidad. Hubo que tomar partido. En el mismo corral, en pleno invierno de un frío lancinante, se acordó llamar a Alina para que tomara disposiciones. Entre tanto, ellos cuidarían de él.

Cuando llegó ella, al día siguiente, acompañada por el hijo mayor, se encontró al padre tendido en un lecho improvisado en un altillo, demacrado, a pesar de la barba cana de varios días, con perfusión y mirada alelada. Rechazaba todo alimento sólido y quería "arreglar asuntos". Le dictó, con voz firme todavía, instrucciones para cobrar un par de arriendos pequeños, dio la orden de vender algunas reses cebadas, le recordó los repartos que había dispuesto y le firmó un poder. También le habló en voz baja de varios títulos al portador del famoso empréstito del présidente Giscard d'Estaing, garantizado con oro y cuyos bonos de mil francos ahora cotizaban más de diez veces el valor nominal. Quedaban escondidos en alguna parte de la casa, pero él era el único en saber dónde.

Hecho esto, recobró más calma. Admitió ingresar en el hospital, ya era mucho; cerca de su hija, allá en Bretaña, ni se esperaba. Ya no tenía fuerzas para luchar. Logró sorber unas cucharadas de sopa, tomó las medicinas y se durmió como cualquier campesino normando más bien contento de la jornada.

El médico, que volvió a lo largo de la mañana siguiente, no lo encontró en peor estado que la víspera, autorizó el traspaso hacia otros cielos, firmó el bono de transporte y se fue hacia la siguiente visita bajo la lluvia del día. No fue fácil girar con la camilla en la estrecha escalera. Bajado ya al corral, su perro Didina , una hembra cocker de pelo rojo, a toda costa se quería subir a la ambulancia. Fue necesario arrastrarla por el collar hasta el coche de su dueño. El pobre animal corrió gimiendo a esconderse bajo el asiento delantero. Así fue como arrancó un extraño convoy para un recorrido de unos trescientos kilómetros: a la cabeza, en la ambulancia iban el tío Adolfo, con la perfusión puesta, su hija, el chófer, una maleta abollada y una sopera llena de papeles; detrás, en la vieja camioneta R4 azul del abuelo llevada por el nieto, su perro, de gemidos plañideros, como si presintiera la separación final.

Se recorrió el camino sin tropiezos, pero sí con velocidad moderada. Al llegar fue cuando se complicó todo. Se trataba de hacer que ingresara en una buena clínica de la capital provincial, que distaba de unos doce kilómetros de dónde vivía su hija. Así que lo llevó la ambulancia hasta las urgencias del establecimiento.

Cuando llegó, sobre las seis de la tarde, lo pusieron en una mesa de examen, en la sala de ingreso. Muros blancos, pavimento frío, ahí esperó largo tiempo. Vino un médico a reconocerlo rápidamente y salió sin decir ni fu ni fa. Media hora más tarde, caía el veredicto. El caso no era una real urgencia. Además, la clínica estaba a tope. En el hospital, tal vez... Se hubiera creído oír a un tendero lamentando no tener el artículo pedido. Demasiado desamparada, demasiado abatida estaba Alina para protestar. Decidió llevarse al padre a casa. Él, que nunca quiso venir a esa Bretaña allanada y ventosa, entró tendido en una camilla en una casa a la que debió haber venido hacía tiempo. El médico de turno, llamado con toda prisa, volvió a instalar la perfusión. Cuentan que aquella noche, el tío Adolfo intercambió con el nieto sus últimas palabras acerca de unos valores encerrados en una caja fuerte de banco. Preocupación irrisoria, pero que reflejaba una vida regida toda por el interés económico.

A la mañana hubo que rendirse a la evidencia: ese largo viaje por carreteras accidentadas, esa espera y esos traslados lo habían debilitado todavía más. Y volvió por tercera vez la ambulancia, para lo que había de ser la última estación del calvario del tío Adolfo.

Lo ingresaron en el hospital. Su hija se pasó el día entero con él. Iba y venía el personal, sin decir ni pío. Al atardecer, quiso ella tomar algún descanso y volvió a casa. Hacia las nueve de la noche, sonó el teléfono: la cara del enfermo había mostrado cianosis de repente y temía la enfermera un desenlace fatal próximo. A la familia no le hicieron falta veinte minutos para cruzar la ciudad, pero al tío Adolfo no le alcanzaron las fuerzas para esperar...


Yo estaba sin padre desde hacía años ya. De hoy para adelante, me quedo sin abuelo. Cerrados los ojos, descansa por un momento todavía, bajo una sencilla sábana blanca, en la luz tamizada de este cuarto de hospital. En el transcurso de unos minutos de recogimiento y un beso en su frente enfriada, van desfilando en la pantalla de mis párpados los momentos comunes de treinta años de vida: luminosos días de julio ocupados en segar, bochornosas tardes de agosto en el horno de los heniles, frescas veladas de setiembre pasadas en llenar cartuchos antes de la apertura de la caza... Los lunes de mercado y nuestra inevitable parada en la pastelería, el vareo y ensacado de las manzanas, la sidra nueva, la matanza del cerdo... Sus borceguíes para salir, impecablemente lustrados siempre, su reloj de bolsillo, las monedas de cinco francos que me daba... Su rostro, liberado ya del sufrimiento, tiene une expresión serena, pero más bien extranjera para mí: me cuesta reconocer en el perfil aguileño, la barbilla erguida, las mejillas descarnadas y las órbitas hundidas, al abuelo que conocí y amé. Pronto lo van a a bajar al depósito...

¡Adiós, yayo!

(1) Esta comarca, llamada en francés "Pays d'Auge", está delimitada al este por el valle del río Touques, al oeste por el del río Dives, al norte por la Costa Florida y al sur por los cerros de Argentan.

©Pierre-Alain GASSE, mayo de 2009 para la versión española. Derechos reservados.

Texto agregado el 12-01-2016, y leído por 27 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2016-01-12 17:27:48 Me agradó mucho este cuento, es tal cual lo escribes, en la vida real. Saludos ome
 
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