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Escrito para EL_RETO_GANADORES,22.05.2017


La confesión

Lo que voy a relatar sucedió durante mi internado en un colegio de monjas, cuando cursaba la enseñanza media, hace ya muchos años.

La monjas nos controlaban constantemente y vigilaban los más imperceptibles movimientos que hicieran suponer que estábamos “en pecado”, ya que el castigo sería implacable y, según ellas, dios podía vernos en todo momento; eso nos ponía en un aprieto, porque, como adolescentes que éramos, teníamos una gran imaginación, y si esos pensamientos eran consentidos –según decían -estaríamos en pecado mortal, a unos pasos del infierno tan temido. Lo malo era que había que confesarle al cura todos nuestros pecados, ante la amenaza de la muerte eterna.

Yo sentía terror de acercarme al confesionario, no por el grueso de mis pecados, sino porque me intimidaba el padre Smith, el confesor, tan alto y tan serio como era; por eso no me animaba a cumplir con el cuarto sacramento de la ley de dios, que es la penitencia, y tengo que decir que tampoco comulgaba porque parece que comulgar sin confesarse era un terrible sacrilegio.

He aquí que las monjas ya habían empezado a mirarme mal, y mi remordimiento y terror aumentaban, hasta que un día junté coraje y decidí cumplir con el dichoso sacramento, aunque me invadía un miedo tan atroz que sentía que se me estrujaba el corazón.

Me acerqué al confesionario, arrodillándome y poniendo cara de arrepentimiento para impresionar al cura; enseguida comenzó el protocolo de la señal de la cruz y una letanía pidiendo perdón por anticipado, a la que yo debía contestar en riguroso orden un estudiado repertorio.

Yo temblaba como una hoja y no me animaba a mirar al cura que, cumplido el protocolo, me lanzó en un tono dulzón su primera pregunta: “¿Qué pecados tienes, hija mía?

Se me revolvió el estómago cuando me pegó en la cara un repugnante aliento a ajo y a dientes mal higienizados; no supe qué contestarle ya que no me acordaba de ningún pecado digno de mencionar. Entonces comencé a decir algunas faltas que no estaba segura si eran graves, como que no me había lustrado bien los zapatos y no me aliñaba bien, cayendo, según nos habían enseñado, en el séptimo pecado capital: la pereza.

El cura me escuchó, pero no conforme por el tenor de mis pecadillos, arremetió acentuando su voz melosa, y largándome otra bocanada de su fétido aliento me preguntó abiertamente: ¿Alguien acarició tu cuerpecito…?

Hubiera querido decirle que sí, que una vez un “jueputa” dentista me manoseó, y que, mientras con una mano apretaba mi boca esperando que se solidifique una amalgama, con la otra mano manoseaba mi incipiente pubertad, produciéndome un terror indescriptible; o mencionar aquella otra vez en la que el papá de una compañera, a quien le había pedido que me ayude a inflar las ruedas de mi bicicleta, se cobró el servicio con unos inesperados pellizcos en mi zona prohibida.

Pero no me animé a decirle nada. Entonces, horrorizada, salí corriendo a esconderme detrás de las balaustradas de la iglesia. Allí esperé el castigo de dios.

Pero no fue dios quien me castigó, sino las monjas, que consideraron que era una rebelde consentida, y fui expulsada del colegio, porque no cumplía con los preceptos de la iglesia.

Puedo asegurarles que más que castigo fue una bendición, y hoy día voy feliz por la vida con todos mis pecados a cuestas.

Texto agregado el 10-06-2017, y leído por 97 visitantes. (16 votos)


Lectores Opinan
2017-06-11 18:29:42 Acabo de ver un documental: "The Keepers", que muestran eso y mucho, mucho más. Es impresionante lo que algunos curas han hecho y siguen haciendo. Te invito a mirarlo. Un beso dulce. MujerDiosa
2017-06-10 17:51:20 Tu cuento me trajo recuerdos de niñez, pecados y mentiras y al pensar en todo aquello llego a pensar que gracias a mis "pecados" he escrito lo que he escrito. vicenterreramarquez
2017-06-10 16:39:53 No eras tú sola quien sentía temor de confesarse.Yo sufrí del mismo mal y todavía lo padezco,gracias a que en mi pubertad di con un curita malicioso y perverso que me hacía narrarle ciertos pecadillos propios de la edad (No digo con pelos y señales,porque pelos no había aún) o eran muy incipientes.UN ABRAZO. gafer
2017-06-10 16:15:41 Siiiii, la vida es delicioso peligro, que aburrido de otra manera... Cinco aullidos osados yar
2017-06-10 15:28:34 y que bien se llevan esos pecados seroma2
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