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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / Pili

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Aquella mañana Pili se despertó en la cama de la antigua casa de sus padres como todos los días, pero era como si algo fuera distinto..., porque aquella mañana Pili se sentía malvada.

Trabajaba como profesora de música en un instituto de las afueras. Esa mañana Pili se sentó ante sus alumnos de 4º de ESO, los miró tiernamente y con una dulce sonrisa les dijo: ¡examen sorpresa! Los alumnos la observaron desconcertados. ¿Cómo era posible que su profesora más amable y benévola les saliera con aquel golpe rastrero propio de los profesores más crueles? «¿Cuenta para nota?», se atrevió a preguntar un chaval de la última fila.

De camino a casa, una ancianita se subió al metro en la parada siguiente a la suya. En otro momento se habría puesto en pie de inmediato para que la señora se sentara, pero esta vez no le dio la gana. Mientras la anciana la miraba como si estuviera diciéndole: «Tú que tienes cara de buena, ¿verdad que me vas a ceder el asiento?», Pili se regodeaba en el delicado placer de hacer como si aquello no fuera con ella.

Antes de subir a casa pasó por la tienda de la esquina. Siempre había apoyado al comercio local. Pagó la compra, charlando animadamente con la tendera, pero, cuando miró las vueltas, se dio cuenta de que le había dado dos euros de más. Pili no tenía por costumbre quedarse con dinero que no le pertenecía, pero en esta ocasión no dijo nada y se lo guardó discretamente en la cartera. Al salir por la puerta sintió un cálido cosquilleo en el pecho.

En el portal se cruzó con su vecino, el señor Julián, que, como era habitual en él, a saludó con una galantería. En lugar de ruborizarse y bajar la cabeza, como solía hacer siempre, Pili pensó en contestarle con un comentario incitante, algo que fácilmente podía dar lugar a un encuentro sexual con su vecino. Sin embargo, luego lo pensó mejor, aquella tarde no le apetecía poner fin a un matrimonio de 15 años con tres hijos y un perro.

Al entrar en casa fue directamente a asomarse al balcón. El casal fallero de su calle estaba preparándose ya para las fiestas. Aquella noche tenían la primera cena de hermandad. Pili fue al estudio donde su padre guardaba la colección de armas de la Guerra Civil española. Sacó un fusil Mauser M1893 del aparador y lo cargó. Luego volvió al comedor y se asomó discretamente por la ventana. Los últimos falleros estaban entrando en el local. Solo era cuestión de horas, en cuanto salieran de la cena, los estaría esperando para recibirlos con todos los honores.

Texto agregado el 16-01-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


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