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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / That swing… (II)

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Coincidí de nuevo con ella en otro festival y me pareció una persona totalmente distinta. La vi al otro lado de la sala, escuchando al profesor al principio de la clase. Tenía el pelo más largo, pero esa no era la única diferencia. Lo noté de inmediato cuando empecé a bailar con ella. Todo fluía de manera increíble, como si alguna cosa mágica hiciera que todo funcionara. Para ambos era una alegría cuando nos tocaba bailar juntos. La risa florecía en sus labios en cualquier momento del baile. Tenía unos ojos preciosos. Había algo fascinante en aquella chica, una especie de brillo que la hacía destacar entre las demás. Me encantaba su forma de bailar, cómo se lanzaba sin miedo con la seguridad de que la iba a detener. Y al final del swing out, cuando su brazo estiraba del mío, hacía aquel twist extraordinario, aquel giro de cadera que me dejaba sin aliento. Y en sus labios siempre aquella sonrisa de puro disfrute, de niña inmersa en un delicioso juego. Y esta chica se llamaba Irene.

—¿Tú y yo no nos habíamos visto antes? —me preguntó al final de la clase.

—En Alicante. Me acuerdo muy bien, no hacías más que corregirme los pasos…

—¡Qué mal! ¡Lo siento! Por aquel entonces me lo tomaba tan en serio. Quería hacerlo todo bien a la primera. Ya no lo vivo así. Para mí ahora el baile no tiene que ver con saber más pasos que nadie o ejecutarlos a la perfección. Es otra cosa: una sensación, eso que sucede cuando conectas con alguien, cuando todo empieza a fluir y dejas de pensar, ¿sabes lo que quiero decir? Es como un resorte, algo que sientes dentro. Si eso no está es como si no tuviera sentido. Como eso que decía Duke Ellington —y empezó a cantar— «It don't mean a thing… if it ain't got that swing».

—Doo wah, doo wah, doo wah, doo wah... —continué cantando mientras chasqueaba los dedos.

Irene me agarró de la mano como por un impulso.

—¡Exacto! ¿Sientes ese swing, ¿verdad? ¿Lo sientes? —dijo, apretándome con fuerza.

Vaya si lo siento, me dije, escuchando el ritmo sincopado de mi corazón, mientras los dedos de aquella chica seguían rodeando mi mano.

En aquel momento Amparo se acercó a nosotros acompañada del chico con quien había estado bailando.

—¿Puedes enseñarle a Carlos cómo se haces el inside out?

Hicimos un par de demostraciones, pero Carlos no acababa de entenderlo.

—Mira, empieza igual que el swing out… —le expliqué.

—¿El qué? —dijo Felipe, un tipo de Albacete que se había quedado mirándonos.

—El swing out…

—¿Y eso qué es?

—¿No sabes lo que es el swing out? —pregunté perplejo.

El chico se encogió de hombros. Cuando se lo mostramos exclamó:

—¡Aaah! ¡El espatarrao!

—¿El espatarrao?

La gente empezó a desternillarse.

—Yo le llamo así para acordarme —contestó el chico, encantado con las risas que estaba provocando.

—¿Y cómo llamas al tuck turn?

—¿El tuck turn?

Amparo y yo se lo enseñamos.

—Eso es la vueltecica —afirmó seriamente, con su acento manchego.

Estábamos dándole un repaso a todos los pasos básicos del lindy —la vueltecica, el giraillo, los paticos, el paseillo…— cuando empezó la clase de jazz steps.

El profesor era un siciliano algo divo que aquella mañana parecía más interesado en hacer bromitas con su español lamentable, que en enseñarnos algo. La clase me resultó tremendamente frustrante. El profesor pasaba una eternidad enseñándonos los pasos más simples y cuando llegaban los complicados nos los explicaba a toda prisa, como si disfrutara viéndonos sufrir mientras intentábamos imitarle. Estaba deseando que acabara la clase. La coreografía avanzaba y yo estaba más perdido que un pato en alta mar. Entonces me fijé en Felipe y no pude creerme lo que vi. El chico del «espatarrao» no solo estaba consiguiendo seguir la coreografía, sino que estaba bailándola una gracia extraordinaria. ¿Cómo lo hacía? Era como si el mismísimo Frankie Manning se hubiera reencarnado en los pies del joven manchego. Me quedé absolutamente anonadado. Nunca había visto nada igual.

Aquella noche había una fiesta de disfraces en el Hotel Vincci. Era el 31 de octubre, la noche de Halloween. La fiesta que habían organizado tenía como tema «El último baile en el Titanic». Se suponía que tenía lugar en el fondo del océano. Contaba la leyenda que, en una ocasión, los viajeros del buque naufragado volvieron a la vida al escuchar una alegre música de jazz y pasaron toda la noche bailando sin parar.

Amparo y yo nos disfrazamos antes de salir del hotel. Ella llevaba un vestido negro, un tocado y un velo de encaje, yo llevaba un uniforme blanco y un gorro de marinero; ambos lucíamos profundas ojeras negras y un maquillaje malsano que delataba nuestro estado de descomposición. De esta guisa nos paseamos por las calles de Zaragoza hasta llegar a la entrada del hotel desde donde se oía el alegre ritmo de «Puttin’ on the Ritz» procedente de algún salón interior.

Por el hall se paseban marineros fantasmales, grumetes ahogados, camareros zombis y músicos putrefactos; había una chica vestida de violonchelo, varios icebergs y hasta un león marino. El salón de baile era el interior de un barco en el que los invitados bailaban con frenético entusiasmo al son de una gran banda con una cantante apasionada que llenaba la sala con su vibrante energía.

En cuanto entramos me puse a mirar a un lado y a otro, para intentar avistar a Irene. Me moría de ganas de bailar con ella, nada deseaba más que sentir otra vez aquella magia y, al mismo tiempo, en el fondo de mis sentimientos había un punto de ansiedad y miedo. Al fin la encontré en un lado de la pista hablando con la gente de clase. Iba disfrazada de pingüino. Estaba graciosísima con su traje blanco y negro, sus largos guantes y su simpático gorrito con ojos y pico. El rostro se le iluminó en cuanto me vio. Me acerqué a ella y no se me ocurrió otra cosa que decirle:

—¿De qué vas? ¿De pingüino?

—¡Sí!

—¡Pues te has equivocado de fiesta! ¡Que en el hemisferio Norte no hay pingüinos!

Vi como le asaltaba la inseguridad, pero yo seguí, por si no le había quedado claro.

—El Titanic se estrelló en Terranova. Te aseguro que allí no vieron ningún pingüino. Como mucho alguna foca. Podrías haberte vestido de foca.

Irene me miró horrorizada. Pero, ¿por qué no me callaba la boca?

—¡Me encanta tu disfraz! —dije entonces a la desesperada y, para no seguir metiendo la pata, le pregunté— ¿¿bailas??

—¡Sí!

De pronto todo que había dicho antes dejó de tener importancia. La cogí de la mano y llevé hasta el centro de la pista. Pero nuestros pies no estaban a la altura de nuestro entusiasmo. Por mucho que lo intentáramos, no conseguíamos entendernos. Cuando quería indicarle un paso ella entendía otro, aquello empezaba a parecer un combate de lucha libre. La segunda canción era mucho más lenta. Pensé que eso nos facilitaría las cosas, pero no fue así. Nos sobraba tiempo por todas partes. Aquello era como estar en una conversación incómoda en la que no sabías cómo llenar el silencio.

—¿Y si nos vamos a tomar algo? —le dije, deseando poner fin a aquel suplicio.

Cuando regresamos comenzó a sonar «On the sunny side of the Street», la canción favorita de Amparo. Me sacó a bailar enseguida y, la verdad, es que fue mucho mejor que antes. Nos entendíamos de maravilla, sabíamos los mismos pasos de haberlos aprendido juntos en clase. Estaba felizmente bailando con Amparo cuando, por el rabillo del ojo, vi a Irene con Felipe. Lo que vi un momento después terminó de hundirme en la miseria.

Desde el borde de la pista presencié algo extraordinario. Su baile no tenía nada complicado, apenas cuatro básicos y algunas pasadas, pero había una conexión increíble entre ellos. Más que bailar parecía que estuvieran jugando, un juego lleno de pequeños descubrimientos. Irene brillaba en la pista, con una sonrisa de ensueño que no se borraba de su labios. ¿Por qué narices le había dicho que en el Polo Norte no había pingüinos? Jamás hubiera pensado que un pingüíno pudiera resultarme tan sexy.

Intenté sacarme aquella visión de la cabeza, pero no hubo manera, para mí la noche ya había perdido el sentido. En un momento dado me di cuenta de que Irene y Felipe habían desaparecido de la fiesta.

Texto agregado el 22-02-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


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