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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / That swing… (III)

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Aquel año el lindy se convirtió en una obsesión. Iba a todos los sociales, hacía todos los intensivos que podía y me apunté también a clases de jazz steps para mejorar mi musicalidad.

A veces me acordaba de Irene, aquella chica cuya sonrisa no podía olvidar. Todavía me estremecía al pensar en aquel terrible baile. Tal vez fuera esa mi motivación, el sueño de volver a verla algún día y bailar con ella un baile tan maravilloso que no pudiera más que enamorarse de mí. A veces también me volvía el recuerdo de Felipe e Irene en la pista, aquella imagen que tantas veces había intentado borrar de mi mente, pero todavía seguía atormentándome.

En septiembre había un festival ¡nada menos que en Roma! Aquello era otro nivel. Pero Amparo no tenía ningún interés en ir a Roma conmigo, acababa de descubrir el blues y ya no estaba tan interesaba por el lindy. No importaba, iría solo al festival. Sería una gran aventura.

Recuerdo cuando entré en la primera fiesta, que se celebraba en un palacio del siglo XIX que llamaban el Acquario Romano. Contenía un salón de baile de planta circular, con columnas y esculturas clásicas y una cúpula de exquisita decoración. Jamás había estado en un lugar tan suntuoso. La orquesta una canción de Glenn Miller, que las parejas bailaban magistralmente en la pista. Aquel lugar me resultaba tan intimidante. Cómo eché de menos a Amparo. Si ella hubiera estado allí nos habríamos puesto a bailar en cualquier parte, sin preocuparnos por los demás, pero estaba solo ante el peligro y empezaba a pensar que haber venido por mi cuenta no había sido tan buena idea.

De pie junto a una de las columnas observaba a la gente que había al borde de la pista buscando a alguna chica sola con la que pudiera bailar, pero todas tenían cara de profesoras de lindy. Sentí una gota de sudor por mi espalda, deslizándose bajo la camisa y el chaleco. Todavía no había empezado a bailar y ya estaba sudando como un pollo. ¿Por qué en los salones de baile hacía siempre este calor infernal? Seguía buscando alguna follower con la que bailar, cuando mis ojos se detuvieron en la entrada. Entonces los vi, como una presencia de otro mundo: Irene y Felipe. Estaban impresionantes. Aun en aquel sofisticado ambiente, llamaban la atención. Ella con melena ondulada y un vestido negro que la hacía parecer una diva de los años cuarenta; él alto y apuesto, con tupé engominado, y americana blanca y pajarita, parecía que acabara de salir de Ricky’s Club.

En ninguna de mis fantasías había aparecido ella con él. Estaba claro que eran pareja, un año después de aquel festival en el que se habían conocido. Me sentía tan ridículo. Todo aquel tiempo preparándome para ese momento soñado en el que volvería a bailar con ella, todo había sido para nada. No podía encontrarme con ellos. ¿Qué iba a hacer? ¿Acercarme y decirles: «Hola. Pues sí, he venido solo al festival»? Me horrorizaba pensar que iba a volver a verlos bailar, a presenciar de nuevo aquella magia. Y ahora sin duda sería peor, porque se habrían convertido en bailarines expertos.

Deambulé por las inhóspitas calles que rodeaban la estación de Termini, anduve sin rumbo, por entre iglesias y palacios y fontanas decadentes. Sentí que me abandonaban las fuerzas y me di cuenta de que no había cenado. Si no comía algo pronto corría el riesgo de desfallecer, así que me senté en una terraza y me pedí unos tortelini al fungui. El restaurante estaba en una plaza preciosa alejada de las rutas turísticas. En las mesas de mi alrededor las parejas de enamorados se miraban encandiladas a los ojos, cual dama y vagabundo compartiendo un plato de espaguetis. Lamenté no haberme parado en un Kentuky Fried Chicken en lugar de en aquel rincón tan romántico.

Un violinista se puso a tocar ante mi mesa. Por algún motivo había decidido torturar al único infeliz que se encontraba allí cenando solo. Dios, qué mal tocaba. La melodía me estaba resultando totalmente irreconocible hasta que empezó a cantar: «When the moon hits your eye like a big pizza pie... That's amore!» Intenté ignorarlo, hacer caso omiso de sus berridos y sus miradas de complicidad, pero el tipo no se largó de allí hasta conseguir que le diera diez euros. Cuando terminé la cena, me tomé cinco limoncellos y volví tambaleándome por las calles de Roma, sintiéndome un desgraciado, detestando mi vida, maldiciendo aquella ciudad, a los italianos y al lindy hop en especial. Pero no iba a irme ahora al hotel a encerrarme en la habitación. Ahora que tenía la pulsera del festival, al menos iba a ver que me tenían en el bar.
Cuando llegué al Acquario Romano la fiesta se encontraba en su máximo apogeo, la orquesta sonaba con una energía desbocada, los bailarines se desmelenaban en la pista, había una exaltación generalizada que contrastaba violentamente con mi funesto humor. Me alejé del salón de baile para entrar en el bar. Sentado en un taburete junto a la barra con un gin-tonic en la mano, contemplaba estoicamente el jovial ambiente que me rodeaba.

Entonces entró ella, pequeña pero hermosa como una femme fatal de los años 40, una Rita Hayworth en miniatura. Me vio de inmediato. Sorprendida, se acercó hasta donde estaba:

—¡Yo a ti te conozco! —me dijo.

—Estuvimos juntos en el Titanic.

—¡Sí! —exclamó entre risas— ¡Me encantó ese festival!

—Y a mí…

En ese momento se produjo una pausa, como si algo no expresado hubiera quedado en el aire.

—¿Qué bebes? —me preguntó.

—Gin-tonic.

—Pues yo también me tomaré uno.

Pero, ¿iba a quedarse conmigo? Mi corazón se puso a latir como un solo de batería. Por mi cabeza cruzaron mil pensamientos. ¿Qué recuerdo tendría de la última vez que nos vimos? ¿Habría estado pensando en mí? La tenía allí delante con una copa en la mano y no tenía ni idea de qué decirle.

—¿No estás con Felipe? —le pregunté, aunque era la última persona de la que apetecía hablar.

—¿Felipe? Ah, sí. Está en la pista bailando con todas. Seguro que no se ha dado ni cuenta de que no estoy.

Su respuesta me dejó aún más confundido. ¿Era aquello una confirmación de que estaban juntos? ¿O todo lo contrario? Preferí no preguntarle. Me quedé mirándola encandilado. Estaba distinta a la última vez que la vi, pero igual de arrebatadora, si no más, con aquella melena ondulada y aquellos preciosos ojos claros.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—Pensaba en que… ¿Sabes? Con ese peinado y el vestido negro que llevas, me recuerdas a las divas del cine negro.

—¿Sí? —contestó ella sonriendo alegremente— Es justo lo que buscaba. Me encantan todas esas actrices: Ava Gardner, Vivian Leigh…

Era una apasionada del cine negro, como yo. Hablamos de nuestras películas favoritas. Recitamos diálogos que ambos nos sabíamos de memoria. Su cabeza era una enciclopedia del séptimo arte donde cabían todos los géneros y estilos. La conversación comenzó a fluir con una facilidad increíble. Era un deleite escucharla y parecía que la admiración era mutua. Íbamos ya por el segundo gin-tonic cuando, en medio de una apasionada explicación sobre el neorrealismo italiano, los dedos de Irene rozaron los míos y tuve la misma sensación que había tenido un año atrás, cuando me cogió la mano justo después de la clase. Apenas fue un instante, pero me dejó sacudido, como una trepidación, una pequeña turbación, como cuando el piano y el contrabajo suenan en el mismo tiempo pero con una milésima de segundo de diferencia y entonces suena la batería y es como una sacudida, algo casi imperceptible, una sutil descarga eléctrica que te impulsa a mover los pies.

—¡Vamos a bailar! —me dijo.

—No, mejor no…

—¡Que te vengas!

Me sentía incapaz de bailar con ella, tenía miedo de volver a hacer el ridículo.

—¡Bájate de ese taburete y vente a bailar ahora mismo!

Ante mi negativa, me tiró del brazo con todas sus fuerzas, desequilibrando el taburete. Irene me detuvo antes de que cayera sobre la barra. Me encontré con sus ojos, con sus preciosos labios a escasos centímetros de distancia y entonces nos besamos: un beso dulce, seguido de otro mucho más apasionado.

—Vámonos —me dijo.

Nos dejamos llevar, como si estuviéramos dentro de una canción, olvidando la lógica y siguiendo solo las emociones. Nos lanzamos a las calles de Roma y un taxi nos dejo en el hotel. Cuando estábamos a punto de entrar, un wasap nos sacó de aquel sueño. La observé mirando el teléfono y comprendí que aquella historia estaba a punto de acabar. «No puedo hacerle esto a Felipe», me dijo. Tras abrazarme deprisa y se alejó corriendo calle abajo, pero de pronto se giró, volvió hasta donde estaba y me besó. Un beso infinito, hermosísimo, que representaba aquel universo que podría haber sido. Cuando abrí los ojos ya se había ido.

Texto agregado el 27-02-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2018-03-04 14:10:55 En el hemisferio norte no habrá pingüinos, pero Papagallos que bailan bien el swing con Irenes de aspecto de femme fatal de los años 40, si los hay. Y si encima escriben bien y me evocan recuerdos de la Roma eterna, la noche está hecha. Cinco gin tonics. -ZEPOL
2018-02-27 21:53:09 Esta pagina de los cuentos.net dejo de funcionar desde el 2014, de ahí para adelante los pocos que paramos por aquí somos zombies descontinuados! sigfrido
 
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