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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / Cosas que pasan en la oscuridad

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Estaba a punto de emprender la aventura de mi vida: me iba a Senegal, a trabajar de voluntario en el Foro Social Mundial.

Andaba algo nervioso, pues era la primera vez que viajaba a África, y no es que sea hipocondríaco, pero antes del viaje me vacuné de tétanos, difteria, polio, fiebre tifoidea, hepatitis A y B y enfermedad meningocócica e inicié un tratamiento profiláctico contra la malaria. Además, cuando estuviera allí, pensaba cubrirme de los pies a la cabeza de repelente de mosquitos, no fuera a ser que se me acercara alguno con ganas de inocularme una enfermedad endémica.

A mis preocupaciones de índole sanitario se sumaba otra cuestión que me producía especial angustia. No sabía dónde iba a dormir. A veces tenías suerte y te tocaba una habitación individual, pero también era posible que te tocara dormir con otros ocho voluntarios y, a mí, eso de compartir mi espacio intimidad nocturno con otras personas no se me da muy bien. ¿Cómo explicarlo? No es una situación en la que me sienta especialmente cómodo... Vamos, que ronco.

Ronco como un oso, como un búfalo bicéfalo; dicen que pasar una noche conmigo es como intentar dormir en una serrería. Una mañana en un albergue mis compañeros de habitación me confesaron que nadie había podido pegar ojo por mi culpa. Nunca había sentido tanta vergüenza. Desde entonces lo paso fatal cada vez que comparto habitación. Me pongo de lado no roncar, pero siempre acabo tensándome y al final soy yo el que no duerme por miedo de que mis ronquidos no dejen dormir a los demás.

A nuestra llegada a Dakar nos dijeron que habían tenido problemas para encontrar alojamiento y que mi amigo Juan y yo íbamos a tener que compartir una cama doble. Aceptamos el arreglo con espíritu solidario, pero era evidente que a ninguno de los dos le entusiasmaba la idea. Aunque tampoco puede decirse que durmiéramos juntos. No creo que nunca dos personas hayan estado más lejos en una misma cama. Lo sorprendente es que ninguno de los se cayera por un extremo. Era como si tuviéramos miedo de lo que podía pasarle a nuestra amistad si, por casualidad, nos despertáramos abrazados el uno al otro.

Pero me estoy desviando de la historia, porque a mí lo que de verdad me preocupaba era que Juan no pudiera dormir por mi culpa. Previsoramente, me había traído un aerosol que, según el anuncio, eliminaba los ronquidos si, antes de dormir, pulverizabas la parte posterior de tu garganta con él. Me daba un poco de vergüenza reconocer que me había traído aquello, así que lo guardé en el cajón de la mesita para sacarlo una vez Juan se hubiera acostado.

Cuando apagamos la luz alargué la mano hasta el cajón, cogí el aerosol, introduje el difusor en mi boca y de repente…: ¡¡Dios!! ¿Qué es este sabor horroroso? ¡¡Aargh!! ¡¿Qué tengo en la boca?! Empecé a gemir, a gargajear y a carraspear para intentar expulsar aquella sustancia asquerosa. Entonces comprendí que, en lugar de spray antirronquidos, me había echado repelente de mosquitos en la boca.

—¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué pasa?! —preguntó Juan, alarmado al verme saltar de la cama profiriendo ruidos guturales.

Tras tragarme varias botellas de agua, le expliqué lo que me había pasado. Y aquello, que tanto apuro me daba, acabó convirtiéndose en una anécdota demasiado golosa como para que no se enterara el equipo entero de voluntarios del Foro Social Mundial. Me convertí en el hombre que se había echado spray antimosquitos en la boca pensando que era antirronquidos.

Y, la verdad, tampoco fue para tanto. La noche siguiente Juan se puso tapones y yo pude dormir a mis anchas roncando tranquilamente. Pero una cosa tengo que deciros, a partir de aquel momento, no se me acercó ni un mosquito.

Texto agregado el 08-04-2018, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2018-04-08 14:51:55 jajajaa.. vaya anécdota.. y sí, eso de los ronquidos puede ser fatal! sheisan
 
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