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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / Jugando a la pelota

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Sus amigos no entendían por qué después de que cortara con él, Félix seguía yendo a verla todas las semanas para jugar con su hijo. Pero es que había estado tres años con aquel crío, la mitad de la vida del niño y, aunque ya no fueran pareja, la idea de alejarse de Pablo le resultaba insoportable.

La pelota se estrelló contra el cristal de la puerta. Tras ella apareció Pablo, bajando las escaleras a saltos. Llevaba un equipo completo de futbolista, con camiseta, pantalones y medias azules. Tras él llegó su madre y los tres anduvieron hasta un callejón peatonal donde podían jugar. Por el camino se detuvieron para hacerle una foto a Pablo. En niño estaba monísimo con su traje de futbolista. Félix se quedaría con Pablo mientras ella hacía unas compras. Luego se verían en casa cuando lo llevara a cenar.

Un niño de aspecto magrebí les preguntó si podía jugar con ellos. Se llamaba Jarem y no se le entendía muy bien cuando hablaba. Quien marcaba se ponía de portero. Félix jugaba flojito, dejando que los niños le robaran la pelota sin muchas dificultades. Jarem regateaba bastante bien, pero su puntería dejaba mucho que desear. Y, la verdad, es que Pablo era un portero bastante bueno. «¡No hay manera de meterle un gol este portero!», dijo Félix después de un paradón en el que Pablo acabó rodando por el suelo. El niño recibió el comentario con gran regocijo. Jarem se acercó a Félix y se puso a tirarle de la camiseta. Félix no entendía lo que le decía. Tras pedirle varias veces que lo repitiera, comprendió al fin que el niño le decía que, si se cansaban, podían sentarse en las escaleras de la iglesia para descansar. Claro que podemos, le contestó Félix.

Otros tres niños les pidieron unirse al juego. Dos de ellos tenían más o menos la edad de Pablo, uno pelirrojo y de aspecto nervioso, el otro rubio y con cara de bruto. El otro chaval era más grande, tenía la mirada cejijunta y un amago de bigote sobre el labio superior. El mayor se puso a organizarlo todo de inmediato. Jugarían tres contra dos. Él y el pelirrojo contra el rubio, Jarem y Pablo. Félix sería el árbitro. El pelirrojo se puso de portero del equipo contrario, pero, como eran solo dos, era un portero-mosca que podía salir de portería y jugar de delantero.

Jarem se acercó a Félix y le dijo que quería ayudarle a hacer de árbitro. A Félix no le extrañaba que no quisiera jugar con aquellos niños, la verdad es que daban algo de miedo. El mayor y el pelirrojo se pasaban el balón de uno a otro mientras Pablo corría tras ellos sin conseguir tocarlo. El grandullón chutó varias veces a portería, pero el niño rubio se las paraba siempre por muy fuerte que se las tirarara. Eso sí, se estaba impacientando al ver que Pablo no conseguía hacer nada de delantero. De malas maneras le gritó: «¡Ponte de portero!» y salió al campo. Entonces Félix oyó que Pablo decía: «Qué bien, es lo que quería desde el principio, pero no me dejaban», con una ingenua docilidad le recordó sí mismo cuando era niño.

A Félix siempre lo ponían de defensa cuando jugaba de pequeño y por nada del mundo hubiera querido ser delantero. Ahora, mientras veía a aquel niño rubio avanzando como un jabato con el balón entre los pies, pensó que el mundo de los hombres se dividía en delanteros y defensas. Ese era el papel del fútbol, poner a cada uno en su lugar, convertir a los niños en los hombres que iban a ser, en un proceso implacable de selección natural.

Félix veía a aquel niño, con quien hacía unos días había estado dibujando un cómic sobre una patata frita, expuesto a los cañonazos de unos bestias y tenía impulsos de saltar al campo a protegerlo, pero sabía que si lo hacía lo dejaría en ridículo delante de aquellos niños.

Por algún motivo, se acordó del torneo de fútbol en el que había participado de pequeño. Cuando se enteraron él y sus amigos, sus compañeros de clase ya habían formado un equipo sin elegirlos. Pero ellos querían jugar como los que más, así que se montaron su propio equipo. Se llamarían «Los cóndors». Los reconocían enseguida porque eran el único equipo que se había hecho una camiseta. «¡Ahí llegan los cóndors!», exclamaban siempre divertidos, pues sabían que con ellos el espectáculo estaba garantizado. El primer partido perdieron 5 a 0, el segundo 7 a 0 y el tercero 8 a 0. Jamás había vivido una experiencia tan humillante. No sabían que eran tan malos. Alguien les dijo que su problema era que no tenían entrenador, así que se buscaron uno, un niño de otra clase que a Félix no me caía muy bien. Su hermana fue a verlo a uno de los últimos partidos, pero a los tres minutos el entrenador sacó a Félix al banquillo. Félix se enfadó tanto, tenía tanta rabia y frustración acumulada, que se fue hacia él y empezó a darle patadas en el culo. Cuando salió del colegio, después del partido, unas niñas que estaban sentadas en la entrada le dijeron: «¿Tú eres de los cóndors, ¿verdad? Sois muy malos». Félix asintió, tratando de disimular el dolor que le producía todo aquello. El último partido se enfrentaron a los de su clase y solo perdieron 4 a 0. «Los cóndors» se quedaron bastante satisfechos con el resultado.

Después de aquel torneo Félix perdió su afición por el fútbol, pero la cosa se estaba poniendo interesante en el partido que estaba presenciando ahora. El chavalín rubio había esquivado al grandote y había chutado con todas sus fuerzas. Un segundo después, el balón se estrelló brutalmente contra la cara del pelirrojo. Félix se asustó, por un momento pensó que habría que llamar a una ambulancia. El golpe dejó al niño tambaleándose con la cara roja. Se notaba que le estaba costando contener las lágrimas, pero no iba a mostrar debilidad delante de sus amigos. Con un grito de rabia salió corriendo tras la pelota, mientras estos le miraban sin la más mínima empatía.

El balón volaba de un lado a otro, pasando peligrosamente cerca de carritos de bebés, cuyos padres miraban hostilmente a Félix haciéndole responsable del salvaje comportamiento de aquellos niños. A Pablo estaban metiéndole un gol detrás de otro. «¡Palo! ¡Palo!», gritaba desesperado, mientras buscaba a Félix con la mirada para que lo apoyara. Pero Félix no podía defenderle, porque no era palo, ni era alta, eran unos goles indiscutibles. Veía a Pablo cada vez más frustrado, casi al borde de las lágrimas, mientras los niños se acercaban de nuevo a su portería. «¡No te pongas a llorar ahora!», se dijo Félix para sus adentros, «¡Vamos, Pablo, no seas marica!». El niño rubio intentó quitarle el balón al grandullón, pero este se lo pasó al portero-mosca que chutó a portería y metió un golazo que Pablo ni siquiera vio venir.

El rubio se giró entonces a Pablo y empezó a gritarle:

—¡ES QUE ERES MALO! ¡ERES MALO DE COJONES! ¡ERAS MALO DE DELANTERO Y ERES AÚN MÁS MALO DE PORTERO!

Y, tras decir esto, lo sacó de un empujón para meterse él en la portería. Félix no pudo ver la expresión de impotencia en el rostro de Pablo, porque Jarem estaba tirándole de la camiseta y le estaba diciendo algo ininteligible.

Cuando levantó la mirada vio al pelirrojo —el niño que hacía un momento había recibido un balonazo en la cara y no había soltado ni una lágrima— retorciéndose por el suelo llorando a moco tendido. Decía que Pablo le había metido un patadón. ¿Podía ser verdad? ¿O estaba haciendo teatro? Pablo lo negó airadamente, pero los otros niños se sumaron a la acusación. Entonces Pablo rompió a llorar: «¡Yo no he sido! ¡Yo no he sido!», gritaba exasperado. Félix quería creerle, pero no había visto nada. El niño lloraba desamparadamente, acusado por todos, mirándole como si él también lo hubiera traicionado poniéndose del lado de ellos.

Volvieron a casa sin hablar. Pablo unos metros por delante de él, dándole la espalda. Cuando subieron al piso se fue de inmediato al sofá y encendió la pantalla de la tablet para encerrase en su mundo. Entonces ella salió de la cocina. Estaba bellísima, exultante. Con aquella sonrisa que arrastraba océanos, le preguntó:

—¿Qué tal ha ido?

Félix iba a contestarle pero notó un nudo en la garganta. Eso no se lo esperaba. Un momento después los brazos de su ex le rodeaban el cuerpo.

—¿Qué te pasa?

Félix no sabía que decirle, mientras sentía el olor de aquella mujer, la vergüenza de estar llorando, el cariño, la humillación, la sensualidad de aquel abrazo, el calor amargo e inoportuno de aquel hogar que ya no era el suyo.

Texto agregado el 15-05-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2018-05-17 15:19:44 Tu cuento esta maravilloso!! Felicitaciones, Un abrazo, sheisan
 
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