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Inicio / Cuenteros Locales / papagayo_desplumao / That swing... (IV)

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Ese año, cuando abrieron la inscripción en la escuela, me di cuenta de que me apetecía tanto apuntarme a lindy como empezar un curso de jota aragonesa. Así que lo dejé. Y me resultó realmente fácil. Cuando iba paseando por la ciudad y escuchaba una alegre melodía de jazz proveniente de alguna plaza, no sentía ningún deseo de acercarme a ver quién estaba por allí bailando.

Sin embargo, unos meses después, fue Amparo quien me pidió que volviera. La mitad de los leaders de su grupo se lo habían dejado y estaba harta de pasarse las clases esperando a que le llegara el turno. Así fue como, sin realmente pretenderlo, volví a bailar lindy. Esta vez fue muy distinto, porque ya no me iba la vida en ello. Volvimos a ir a sociales y empezamos a disfrutarlos como nunca, gozando del sol y de la gente sin preocuparnos de si íbamos o no dentro de compás. Por primera vez, estábamos en la misma onda. Aquel año nos apuntamos al festival de swing de nuestra ciudad.

En la fiesta de inauguración Amparo y yo bailamos al son de «Duke’s Place» de Ella Fitzgerald. Nos lo pasamos pipa metiendo las variaciones más chorras que se nos ocurrían al final de cada swing out. Todavía nos estábamos riendo cuando me fijé en un chico alto que nos miraba desde el borde de la pista. Vestía una estilosa americana a cuadros, pajarita roja y zapatos blancos y tenía la raya del pelo perfectamente delineada. Me asaltó el pánico cuando lo reconocí: era Felipe.

¿Qué hacía Felipe allí? ¿Y por qué me estaba mirando? ¿Le habría confesado Irene lo que había pasado entre nosotros? Después de nuestra escapada clandestina no volví a pisar el festival de Roma. Ahora era demasiado tarde para fingir que no lo había visto.

—Hola. He visto que nos mirabas…

—Sí —contestó, asintiendo en silencio—. ¿Cuánto tiempo lleváis bailando?

Solo con esa pregunta consiguió hacerme hervir la sangre. Aquel tipo que iba vestido como un fantoche, había estado mirándonos desde la columna evaluando nuestra forma de bailar. Sabía que llevábamos bailando tanto tiempo como él. Seguro que pensaba que nos movíamos como monos oligofrénicos y sentía un placer inmenso al constatar su superioridad.

Tras él apareció Irene y con su menuda presencia volvió el recuerdo de todo: el inesperado primer beso, la aventura por las calles de Roma, la despedida, infinitamente dulce, a las puertas de un universo en el que podríamos habernos perdido; un vendaval de sentimientos atravesó mi interior desordenándolo todo. Nos miramos paralizados sin decir palabra. Felipe seguía apoyado en su columna, mirándome con petulancia.

Allí estaba Irene, su delicado cuello, sus preciosos ojos azules, pero había algo que hacía que no pareciera ella. Iba maquillada como una patinadora olímpica antes de salir la pista; llevaba un vestido de lentejuelas y el pelo recogido en un elaborado moño. Aquella artificiosidad no se correspondía con la chica que yo había conocido.
Sonaron las primeras notas de «Puttin’ On The Ritz» y, haciendo un elegante gesto, Felipe la invitó a bailar. Mientras avanzaba hacia el centro de la pista, Irene se giró y me miró un instante, como disculpándose por tener que irse.

Los vi bailando en el centro de la pista. Se movían con una seguridad extraordinaria. Combinaban lindy hop, con pasos de balboa, shagg, tango y otras cosas que no había visto en mi vida. El corazón se me encogió, como se me había encogido la primera vez que los vi bailar. Lo de Felipe era algo de otro mundo. ¿Cómo no iba a enamorarse de aquel talento? Al final del interludio instrumental hicieron un swing out espectacular. Me pregunté si Felipe seguiría llamándolo el «espatarrao».

Sin embargo, me di cuenta de que el que más había cambiado era yo. Los veía en la pista como algo totalmente ajeno a mí, la personificación de un mundo con el que ya no identificaba. A mi alrededor las parejas bailaban sintiéndose los protagonistas de alguna película de Hollywood. Yo también me había sentido así. Los compases de una trompeta me habían embriagado la mente. El pulso se me había acelerado al pisar la entrada de un salón de baile. Aquel glamour me había cautivado. Pero mis aspiraciones, mis sueños, mis emociones, ya no eran los mismos que los de la gente que tenía a mi alrededor. Veía aquel ambiente desde fuera y me parecía que se le notaban las costuras por todas partes: allí estaban los bailarines clásicos, que llevaban allí desde el principio de los tiempo; el grupo de fantásticos, tan divinos y altivos como siempre; los novatos, bailando en alguna esquina, intimidados por aquel mundo que acababan de descubrir, algunos de ellos terminarían brillando, puede que hasta se codearan con los profesores, otros nunca llegarían a nada; luego estaban los adictos, aquellos cuyas vidas orbitaban de inmediato exclusivamente alrededor del lindy, y no había curso o social que se perdieran, ni sabían hablar de otra cosa, hasta que en un momento dado, a lo sumo a los dos o tres años, perdían súbitamente el interés y se lo dejaban, tal vez para cambiarlo por otra afición, por otra adicción, tal vez el forró…, dicen que es el nuevo swing. Aquello pasará, como todo pasa. Sin embargo, mientras pensaba esto, me di cuenta de que para las parejas que bailaban arrebatadamente a mi alrededor era como si aquella aquella música, aquella emoción, no fuera a acabar nunca.

Entonces bajaron las luces y un foco iluminó a un tipo de esmoquin que, con ademanes de showman y un fuerte acento americano, anunció el inicio del Jack and Jill, el concurso de baile de los festivales de lindy hop. Un gran espacio se abrió en el centro de la pista. Sentí a la gente agolpándose a mis espaldas. Al darme la vuelta me di cuenta de que estaba atrapado en la primera fila del público.

Hicieron pasar a los bailarines que participaban en el concurso. Como no podía ser de otra manera, allí estaban Irene y Felipe. Los organizadores colocaron a los participantes en una fila de leaders y una de followers, mirándose frente a frente. Irene se había quedado unos puestos de distancia de Felipe.

—En el Jack and Jill se asignan las parejas al azar—explicó el presentador—, para asegurarnos de que el baile se está creando en el momento y nadie trae una coreografía de casa. Por eso quiero pedirle al público que me diga un número del 1 al 10.

—¡El 3! —gritó una chica.

Hicieron a followers moverse 3 puestos hacia la izquierda y, por uno de esos giros del azar, Irene quedó justo delante de Felipe. Iba a tener la oportunidad de ver a Felipe e Irene comitiendo juntos en una Jack and Jill. Es que tenía una suerte que no me la merecía.

Comenzó el baile, con todos los participantes en la pista. Felipe e Irene tenían una presencia carismática. Irene volaba como una pluma haciendo maravillas con las sorprendentes figuras que proponía Felipe, como un mago con infinitos trucos en la chistera. Mis ojos los seguían fascinados, con el reflejo del bailarín principiante que todavía quería aprender de los maestros. Sin embargo, en un momento dado, empezó a parecerme que había algo que faltaba.

Pensé en la primera vez que los vi bailar, cuando presencié aquella conexión extraordinaria. Más que un baile, parecía un juego lleno de pequeños descubrimientos, en los que ellos eran los primeros sorprendidos. Aquello era lo que me había cautivado, aquella conexión íntima, intransferible, entre dos personas, aquello que Irene llamaba el «swing», lo que sentí cuando sus dedos rozaron los míos en la barra de aquel bar en Roma, una descarga eléctrica que no sabías a dónde iba a llevarte, lo único que realmente valía la pena del baile; ya lo decía la canción «it ain’t worth a thing if it ain’t got that swing…».

En aquella demostración de virtuosismo todo pasaba de cara la galería. Eran dos acróbatas actuando en una pista de circo. Aunque, si te fijabas bien, lo que veías detrás de todo era a un tipo que deseaba epatar al público en todo momento y a una chica que le seguía de la mejor forma que podía. Felipe disfrutaba poniéndole retos cada vez más difíciles. Si al final de un paso la follower tenía que dar un giro, Felipe la hacía dar veinte (y qué bonito spin tenía Irene). Y de cada desafío, de cada propuesta inesperada de Felipe, Irene siempre salía airosa, con la sonrisa perfecta, con el brillo en los ojos, como la criatura celestial que era. Y aun así, viéndola seguir las ocurrencias de aquel energúmeno, tenía la sensación de que una parte de ella no estaba allí.

Y, con todo, el espectáculo que ofrecían era extraordinario. Brillaban mucho más que cualquier otra pareja sobre la pista. Tan solo había otra que también llamaba la atención: una pareja formada por un tipo que llevaba los pantalones casi a la altura de las axilas y una bailarina con aspecto de gimnasta rusa, que habían dejado al público boquiabierto con un par de pasos aéreos.

Tras un interludio, las luces volvieron a bajar y el presentador americano anunció con voz profunda la final del concurso de baile. Esta vez me pilló detrás del público. Con una multitud por delante, tuve que ponerme de puntillas, para llegar a ver apenas las cabezas de los bailarines.

En esta segunda parte, las parejas salían individualmente y bailaban ocho compases de la música antes de salir para dejar paso a la siguiente pareja. Por lo que veía, parecía que Irene y Felipe lo estaban bordando. Estaban aún más inspirados que en la ronda anterior. Sin embargo, el chico de los pantalones en las axilas y la rusa andaban pisándoles los talones. El público recibía con gritos de admiración las acrobacias de cualquiera de las dos parejas. Aquello se había convertido en un pique personal entre ambas. Si Felipe e Irene hacían un back flip, el italiano y la rusa les respondían con un moon roll; si hacían un knickerbocker, los otros hacían un slip and slide seguido de un piggyback.

Pero Felipe tenía un as guardado en la manga, algo que sin duda que los distanciaría de sus rivales. Iban a darle al público un final que no olvidaría, antes de coronarse como los Jack and Jill de la noche. Entraron en su último turno de baile con una energía espectacular, cuando la canción estaba en su punto más culminante. Lo que sucedió después ya forma parte de la historia del festival.

Felipe había pensado terminar su gran número con un aéreo espectacular que combinaba el flying lemur y con el lindy flip hellicopter (algo que algunos expertos consideraban imposible). Se oyó cómo a los espectadores se les cortaba la respiración. En unos segundos pasaron de la admiración al espanto. La banda todavía tocó un par de compases antes de detenerse al entender que algo muy grave acababa de suceder.

Texto agregado el 11-06-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2018-06-11 15:20:42 imagino el ohhhh y el posterior silencio reinante... sheisan
 
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