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Inicio / Cuenteros Locales / Clorinda / El primer indicio

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Cuento presentado en el concurso "ESCRIBA UN CUENTO RELACIONADO CON ALGUNA DE ESTAS FRASES......."

Frase elegida: "El primer indicio"



Perdida en la ciudad


Mi primer día en Houston fue bastante estresante. La emoción del aterrizaje, las idas y vueltas por el aeropuerto, la dificultad para responder las preguntas en la aduana, el retiro del equipaje, encontrar la salida y ante todo, la falta de comunicación con mi hijo que debía estar esperándome me tensionaron un poco. Y para colmo ¡maldito sea!, no lograba compaginar mi celular para comunicarme. Esas leyendas en inglés me sacaban de quicio y no me resolvían la situación.
Cuando por fin pude reunirme con mi hijo me olvidé de ese primer desencuentro, y pudimos abrazarnos después de tanto tiempo. Se sucedieron otras emociones. La más importante, conocer a mi nieta americana, que fue algo así como estar viviendo un sueño.

Me esperaban otras aventuras en ese apartado de la ciudad que se me antojaba casi mágico, con sus calles irregulares, la armonía en la forestación y la distribución de las casas, con sinuosos caminos de piedra, y rodeados de plantas y flores. Aquella misma tarde decidí conocer los alrededores, y de paso comprar algunos regalitos para mi nieta.

Las indicaciones que me había dado mi nuera eran claras; no parecía haber complicaciones para llegar al supercenter, por lo que disfruté del paisaje mientras recorría las interminables “cuadras” caminando por la senda peatonal de la calle Kirkwood hasta llegar a la Westheimer. Allí debía solicitar el corte del tránsito, que a esas horas era intenso. Por suerte pude encontrar con relativa facilidad la forma electrónica de solicitarlo, y me apuré a cruzar antes que se reinicie el tráfico interminable de autos. Con alivio divisé el HEB, en grandísimas letras luminosas, que sería el punto de referencia por si me llegaba a desorientar. Caminé en el otro sentido hasta llegar al complejo que debía sortear para llegar al Walmart.
No lo encontré tan fácilmente y el inmenso parque de estacionamiento dio varias vueltas en mi cabeza, por lo que en mi mal inglés solicité orientación.
Ya en el supercenter la variedad de galerías abarrotadas de productos dieron algunas vueltas más dentro mío y tuve que hacer un esfuerzo para orientarme.

Después de las compras el cajero me habló algo que por supuesto no entendí. Sin emitir palabra le extendí mi tarjeta de crédito y suspiré aliviada: por suerte el idioma del dinero, como el del amor, es universal.

Ya afuera estuve dando vueltas por el estacionamiento sin decidirme a tomar una dirección.
Al fin pudo llegar a la Whesthimer, pero no tenía la más remota idea de la dirección a seguir. Mientras caminaba prestaba atención esperando ver pronto a mi ángel salvador: el HEB, pero ya había caminado mucho rato –no tenía idea cuánto- y el dichoso HEB no aparecía.

Ya oscurecía y las luces de los autos se me antojaban estrellas fugaces, sin rumbo definido. A esta altura tuve el primer indicio de que me había perdido. Decidí volver sobre mis pasos pero luego me arrepentí. Ya ni siquiera sabía en qué dirección había caminado antes.
En mi cabeza resonaban las frases de mi hijo. -No vayas muy tarde porque acá es inseguro andar a pié de noche.
Sintí que el terror me invadía.

De repente sonó el celular. Era mi hijo, pero no pudimos intercambiar palabra alguna. En el maldito aparato aparecían indicaciones en inglés que por supuesto no supe interpretar.
Guardé rápidamente el celular cuando presentí que alguien me seguía. Pude verlo con el rabillo del ojo caminando a grandes zancadas detrás mio. Era un hombre bastante desaliñado, con rastas en la cabeza y deplorable vestimenta. El pantalón dejaba ver parte de su ropa interior de tan bajo que lo llevaba.
A esta altura yo estaba a punto de entrar en pánico.
Recordé, como en un pantallazo, una frase que había leído en alguna parte. “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”, entonces, resueltamente me di vuelta, y con una seguridad que estaba lejos de experimentar le pregunté en un mal inglés: -Señor, me he desorientado en la ciudad. ¿Usted podría ayudarme?
-Si no me habla en español no podré entenderla, señora. Soy latinoamericano.
Sentí algún alivio. A menos podría entenderle en el caso de que estuviera dispuesto a orientarme.
No solamente me orientó sino que me acompañó en el camino de regreso y se ofreció a llevarme la bolsa de las compras.
Se las entregué enseguida. A esa altura ya no me importaba si me robaba, así que le agradecí y le expresé mi seguridad por la mano que me estaba dando.
Noté que el hombre se sentía orgulloso por la confianza que le demostré, por lo que, una vez divisado el HEB le dije que ya me había orientado para llegar a mi casa, pero le agradecería que me acompañara, dado lo tarde que se había hecho.
Así fue que llegué sana y salva a la casa de mi familia.

Cuando me preguntaron cómo me había ido, les respondí:
-Muy bien. Ya me hice de un amigo.

Texto agregado el 16-06-2018, y leído por 0 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2018-07-31 21:15:15 Tu relato -que doy por cierto al 100%- es real como la vida misma. A medida que iba leyendo, recordaba aquellos versos de Fray Luis de León: "¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruïdo, y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido". La vida moderna es agobiante, pero es la que nos ha tocado vivir.+++++ crazymouse
2018-07-13 23:12:56 Creo que la tarjeta es mas conocida que el amor. Esta bella la narración, nada de juzgar, Gracias por compartirlo, abrazo y rosas y felicidades por el nieto. sendero
2018-06-20 17:05:20 Una historia que bordea la comedia y el drama, muy bien manejado el lenguaje que es ameno y entretenido; me encantó. Saludos desde Iquique Chile. vejete_rockero-48
2018-06-17 18:28:25 Muy buen contado y descripciones estupendas. Ya hasta sabría llegar al lugar sin el Google Map. ***** grilo
2018-06-17 16:34:43 Me gustó la historia y su moraleja. Desafortunadamente, la primera impresión es la imperante; así ha sido y seguirá siendo. Buen despliegue de descripciones que pone al lector en alerta como lo estaba la narradora. Sonreí con el símil del dinero-amor y el lenguaje universal. ¡Certeza absoluta! Un abrazo, amada amiga. Uno bien fuerte. SOFIAMA
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