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Inicio / Cuenteros Locales / gmmagdalena / La Heredera

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Cuando esa mañana me comunicaron su muerte, quedé como atontada. Sabía que era anciana y que en cualquier momento ocurriría, aunque había evitado pensarlo engañándome a mi misma con la infantil idea de que ella estaría siempre para mí. No obstante considerarme una mujer fuerte, no pude evitar que una dolorosa punzada atravesara mi corazón. Hacía muchos años que no la veía, pero me apresté a viajar inmediatamente, era mi única familia.

En un par de horas llegué al pueblo, pasé frente al caserón familiar y me dirigí al cementerio.

Ya se disponían a sepultarla, los únicos presentes eran el sepulturero y la vieja María, su fiel ama de llaves y la única persona a la que la abuela permitía un tímido acercamiento. No tenía amigos, durante su larga vida había sido una mujer solitaria. Sin llantos deposité una rosa sobre su cajón, antes que lo cubrieran, sé que no le hubiera gustado verme llorar, para ella la muerte no era más que un simple trámite que todos debíamos cumplir para ascender a una vida mejor. Saludé en forma breve pero con mucho cariño a la anciana criada y me alejé, no quería ver como la tierra iba cubriendo su ataúd.

Me dirigí hacia la vieja casa, la de mi infancia, la que fuera siempre su hogar, el que durante años habíamos compartido. Era muy antigua, solía decirme que la había construido mi bisabuelo cuando aún el pueblo no existía y todo era una pampa bravía azotada por el viento. Los peldaños de acceso a la amplia galería, crujieron bajo mi peso.

Supe que desde algunas ventanas, ojos curiosos observaban. No me molestó. Como nunca me había molestado ser la nieta de la “bruja” del pueblo, como la apodaron los que nunca la conocieron a fondo y, realmente, nadie llegó a conocerla jamás como yo.

Temidas por todos, siempre solas, pero orgullosas y unidas más allá de la sangre.

Durante mi infancia los niños me rehuían. Al principio no entendía porqué, cuando lo supe, me reí en sus caras haciendo todo lo posible para ahuyentarlos. Cuando sabía que era observada, fingía hablar sola en un idioma extraño, mientras hacía exagerados gestos con los brazos. Eso los asustaba terriblemente y por supuesto, los alejó para siempre de mi lado.

En la escuela me sentaba solitaria en el último banco y hasta las maestras me miraban con recelo. Siempre me trataron bien, pero distantes; seguramente temían a los hechizos de la abuela.

Siendo adolescente, las cosas no cambiaron, sola pero nunca agredida. El miedo no es tonto.

Pero todo eso lo compensaba la compañía y sabiduría de mi abuela, nos divertíamos juntas. Nuestras risas llenaban los cuartos y las galerías de la casa, escapaban por las ventanas e invadían el jardín.

Su mayor placer era cantar. Lo hacía como una gran diva, prendía un viejo tocadiscos y, mientras se escuchaba la música de grandes orquestas, su voz se elevaba maravillosa logrando tonos increíbles. Un día observé una vecina colocarse tapones en los oídos, seguramente pensaba que en el canto se deslizaba algún maleficio.

Me educó en el conocimiento de la naturaleza, mostrándome la madriguera del zorro y su cría, allí pude ver al animal comer confiado de su mano. Nunca un habitante del bosque cercano huyó a su paso, por el contrario, se acercaban a ella y las aves la cortejaban, siempre la vi como una diosa de la naturaleza. Con infinita paciencia me mostró la sabiduría encerrada en cada especie. A su paso, hasta el umbrío bosque se iluminaba.

En las cálidas noches de verano, sentadas en la galería, me enseñaba el nombre y origen de las estrellas. Así me enseñó los misterios del Universo.

Nada de lo que nos rodeaba escapaba a su ojo y nada dejó que escapara al mío. Los libros, la naturaleza y la música, fueron nuestra compañía y por así llamarlos, mis compañeros de juego.

Terminados mis estudios secundarios, marché a la ciudad, quería ser médica. Aceptó mi decisión, alentándome en mi vocación. Ella sabía que yo regresaría.

Los primeros tiempos la visité regularmente, cada encuentro era una fiesta, jamás hablamos del porqué de su fama de misántropa y hechicera. A pesar de que las personas la rehuían, yo tenía la seguridad de que ella no se sentía sola, todo un mundo mágico la acompañaba.

Pasaron muchos años, me sumergí en mi carrera y aunque no perdí mis costumbres solitarias, permití que me atrapara el ritmo alocado de la ciudad y poco a poco, sin darme cuenta, fui espaciando mis visitas. Manteníamos largas charlas telefónicas, pero nunca escuché un reclamo de su boca, tampoco nunca comprendí que era demasiado tiempo para dejar pasar sin visitarla, pensé que era eterna y me equivoqué.

Cuando entré a la casa, un fuerte olor a encierro agredió mi olfato, rápidamente abrí los ventanales. Recorrí cada cuarto hasta llegar a su habitación. Sobre la vieja cama de bronce encontré un sobre cerrado dónde la mano firme de la abuela había escrito mi nombre. Seguramente María lo había dejado allí siguiendo sus indicaciones.

Sorprendida, me senté en el mullido lecho, tomé el sobre y rasgándolo, saqué una carta, no muy extensa, pero sí muy especial en su contenido. Siempre fue mujer de pocas palabras.

Después de leerla, quedé un largo rato sentada, con la carta entre mis manos, hasta que la noche ingresó a la casa oscureciendo todo, entonces me levanté y prendí las luces. Una brisa vivificante sacudía las cortinas.

Hurgué en la amplia cómoda sobre la que descansaba el antiguo tocadiscos hasta encontrar lo que buscaba; un negro y enorme disco de vinilo. Pronto una bellísima música invadió el lugar.

Comencé a cantar muy despacio, luego más y más alto, hasta que la voz de la abuela se escuchó potente y hechicera desde mi garganta, deslizándose en la noche, elevándose en la brisa, ingresando en los hogares, avisando a todos que La Heredera había regresado.

María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 14-11-2018, y leído por 0 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
2018-11-15 21:52:33 Una historia muy interesante, muy bien contada y con un final que es un remate perfecto para la misma. Solamente objeto algo, Magda: el título. Ojalá no le hubieras puesto La heredera. Un beso para ti. maparo55
2018-11-15 20:21:57 Maravilloso Magda. Mientras leía iba imaginandolo todo. Quizás todos nos hemos alejado de seres queridos en la vida,pensando justamente que son eternos y cuando parten pensamos en todo lo que nos dieron. La gente nunca ve lo bueno,sino que inventan maldad. El final,nos muestra aun mas el cariño hacia ella. Bello,belle,bello***** Te abrazo Victoria 6236013
2018-11-15 18:56:58 Estupendo cuento. Felicitaciones ***** grilo
2018-11-14 23:30:07 Excelente narración, con el sello que te caracteriza, feliz noche, abrazos nelsonmore
2018-11-14 22:15:31 —Excelente cuento, me atrapó desde el comienzo del relato de la convivencia entre nieta y abuela y sin darme cuenta llegué al inesperado final con la entrega total de la herencia a la nieta, para que las vecinas no se olvidaran de la abuela. —Mis cinco estrellas y rescato todas las que otros quitan. vicenterreramarquez
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