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Inicio / Cuenteros Locales / Pierre-Alain / La Braguita de seda

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La Braguita de seda

- No, no voy coleccionando conquistas, se equivoca. De toda forma, difícil me lo pondría yo. Vd me ha visto, no soy particularmente amable, ¿verdad? Además, para coleccionar tiene uno que sentir inclinación por lo coleccionado o por su búsqueda o por las dos cosas.
- Y ¿no es el caso?
- No del todo.
- Sin embargo, se murmura que...
- Tal vez, pero son murmuraciones equivocadas. No soy Don Juan, se ve claro, y aun cuando lo fuera, sería incapaz de tender esas redes suyas tan evidentes. Esos cumplidos, esas zalamerías, esas verdades a medias o esas mentiras descaradas me repugnan, me repelen, y para decírlo de una vez me quitan las ganas de seducir.
- Pero ¿cómo sabe que Don Juan no es sincero y no ama cada vez?
- Don Juan antes que todo arma los medios para lograr sus fines, promete el altar cuando hay que hacerlo, incluso a varias al mismo tiempo porque no sabe renunciar a una conquista posible, pero, créame, se exime de ello jubiloso en cuanto puede.
- Severo en demasía le veo. Así que, a sus ojos, ¿él no amaría nunca?
- Es posible que crea amar el objeto de sus ímpetus, en efecto, pero lo que ama por encima de todo, es el deporte o el arte, como quiera, de la seducción. Lo anima el instinto del cazador mucho más que el del macho y, si puedo usar un tropo vil que Vd me perdonará, le gusta mucho más la caza que lo cazado.
- Me dejan perplejo sus propósitos, se lo confieso.
- Demasiada gente ve en él un mero obseso sexual. No le tengo estima, pero lo respeto porque es mucho más que eso. Es un eterno insatisfecho. Un megalómano complulsivo. Que quisiera poder amar a toda mujer deseable que se presentara a sus ojos y pisaría para conseguirlo todas las leyes reunidas de la moral, de la conveniencia y de los usos sociales.
- ¿Un loco, en suma?
- Su locura no es la nuestra, nada más, pero todos tenemos nuestra pizca de locura y quien colecciona relojes de pared o conejitos de porcelana no es más cuerdo que Don Juan. Pero su obsesión se aplica a objetos inanimados y así nos parece más fácil de aceptar.
- Y ¿no lo es?
- Sí claro, desde el punto de vista de la moral y de la sociedad, tiene Vd la razón, pero desde la lógica, son cosas comparables.
-¿Es Don Juan un maniático, pues?
- Sin lugar a dudas. Pero no un coleccionador de verdad, porque, verá, ése se enamora de lo que colecciona, lo hace suyo a tal punto que quitárselo muchas veces es peor que arrancarle su tesoro a Harpagon, mientras que Don Juan no le cobra apego o tan poco a lo que pretende amar.
- Y, pues, pretende Vd...
- No pretendo nada pero, al cabo de tantos años, creo saber, a pesar de todo, que no tengo ninguna afición desaforada a las mujeres, objeto de los anhelos de Don Juan, ni tampoco a su conquista.
- Pero si eso queda fuera del entendimiento, le atribuyen, qué sé yo... decenas de aventuras, como mínimo y quisiera darme a creer que no fue voluntad suya, que, en cada ocasión no hizo más que dejarse amar. Le pido disculpas, pero Vd mismo lo dijo, no es ni Alain Delon ni Paul Newman y no puedo creer que en alguna que otra ocasión, no haya tenido que usar de zalamería, de persuasión, de coacción incluso tal vez para...
- Pues, desengáñese. Pero si no usé de ninguno de esos medios, no fue por virtud, grandeza de ánimo o elevación moral, como se le antoje llamarlo, sino por una especie de imposibilidad congénita, de mutismo amoroso, de desconfianza instintiva por las palabras de la seducción.
- ¿Así que nunca piropeó a mujer alguna?
- Para seducirla, nunca; después de seducida, unas cuantas veces.
- ¿Qué lenguaje le habla Vd, pues?
- Un lenguaje que todas entienden, el del deseo. Se lo digo, en materia de amores, hay que dejar hablar los ojos, la mano, los labios, el aliento, la lengua y el resto, porque el cuerpo no sabe mentir.
- ¡Hombre! ¡Así se rebaja Vd al nivel de la bestia!
- ¿Piensa Vd que somos mucho más? Bien sabrá que cuando están hastiados los cuerpos uno de otro, ya no hay amor; no digo que no queda nada, no, pero es otra cosa : ternura, costumbre, complicidad, miedo a la soledad...
- Así va negando las tres cuartas partes de la literatura mundial. Las palabras de amor existen, siempre han existido y seguirán existiendo.
- Probablemente. Lo mismo las religiones. Pero ¿han logrado probar la existencia de Dios? Es igual para el Amor. Le aseguro que el mayor de los juramentos muchas veces contiene menos amor que el más pequeño de los gestos. En eso del amor, importa más el gesto que el verbo y éste sin aquél para mí no es nada. Hasta le podría decir que el verbo engaña por esencia mientras que el gesto sólo lo hace por accidente.
- Así pues, ¿hace Vd el amor en silencio y sin que se lo reprochen?
- Es verdad, por lo que atañe a la primera parte de su pregunta, pero lo que quisiera hacerle comprender, es que no ha sido realmente decisión mía : es que no consigo hacer de otro modo.
- ¡Ah! ¿Lo intentó, pues?
- Intenté respetar la norma. Y no lo he logrado.
- ¿Tal vez porque no estaba enamorado de veras?
- Bueno, esa pregunta también me la planteé yo, claro. Y terminé contestando por la negativa, porque ocurrió que me abandonaran y mi cuerpo y mi alma tanto sufrieron por aquella ausencia que supe, a posteriori, que había estado enamorado de veras.
- Y ¿le sucedió muchas veces?
- Muchas, no. Algunas. Pero, con eso, no sabe nada todavía. Lo más importante está por venir. Mire, nos queda algo de tiempo antes de que empiece la función, pues, le voy a contar une pequeña historia que, mejor que una larga perorata, le hará comprender lo que le quiero decir.
- Con gusto, que me intriga.
- Todavía era un adolescente. Desde su campo natal, había venido mi familia a residir en un pueblo provincial, una ciudad muy pequeña. Con sus notables, sus comerciantes, sus gentes de toga o de espada y demás profesiones liberales. Mis padres habían tomado un pequeño comercio, y tenían entre sus parroquianos al Señor Juez. Él y su esposa estaban buscando un profesor particular para sus dos hijitas. Me contrataron a mí, no sé cómo, no importa.
- Ella era joven y hermosa...
- ¡No se burle! Lo era, por cierto, y más de lo que podría imaginarse. Era una italiana, a quien le pesaba el tedio provincial y por no poder satisfacerla a raíz de una grave enfermedad, su marido le dejaba la rienda suelta.
- Y pues fue ella su iniciadora...
- No, porque yo había levantado faldas ya y cometido algún que otro desliz, pero me enamoré locamente de ella. Se dejó seducir y se entregó a mí, una tarde, después de la lección, en la mesa taraceada de la sala de estudio.
- Bien imagino que se le haya quedado grabado en la memoria ...
- Fue memorable por el tiempo y lugar de aquella relación, pero sobre todo porque aquella tarde descubí lo que había de ser el secreto de mi vida amorosa...
- ¡Vaya! ¡Nada más!
- Se mofa Vd otra vez y sin motivo. Estoy hablando en serio. Ella llevaba poca lencería y aquella noche ni medias, ni siquiera un sujetador.
- Así que era una verdera emboscada aquella lección, si comprendo bien.
- Sin duda, tal vez, no sé, no importa. Lo que sí importa es que, desde aquel día, para mí el grado último del deseo viene ligado de manera indisociable a una braguita de seda.
- Significa que...
- Significa que sólo puedo desear y amar a una mujer que lleve bragas de seda.
- Dispense, pero antes de llegar a ese punto, bien tendrá que avanzar a ciegas, si me permite.
- ¡Éste es mi drama, precisamente!
- ¿Y eso?
- Si puede mi deseo ser despertado por cuanto halaga la mirada, el oído, el olfato y el gusto del hombre, no logra concretarse de veras más que con la peculiar percepción táctil de la materia de aquel último obstáculo por salvar.
- Y, ¿de no verse cumplida esa condición?
- ¡Es el fiasco mayúsculo!
- Me cuesta creérselo.
- Si multipliqué los intentos, fue para cerciorarme de ello, y pese a la buena voluntad y experiencia de algunas, no sirvió para nada. O por lo menos para nada satisfactorio. Mientras que en el caso contrario, soy un léon, soy un rey.
- ¡Si resulta imposible de creer!
- Que no, es una enfermedad, pero no tengo realmente ganas de sanar. Para dar y recibir placer, necesito escalar, desmantelar y salvar lo que he dado por llamar el baluarte de seda.
- y ¿sería capaz de darme una prueba de ello, aquí y ahora, en la penumbra de este palco?
- Corre por su cuenta y riesgo, amiga mía...

(Cuenta la crónica que aquella noche, la representación de tres de las obras en un acto de Marivaux, "la Disputa", "La Prueba" y "El Desenlace imprevisto" fue turbada por sobresaltos tan sonoros como lánguidos).

©P.-A. G., octubre 2004. Derechos reservados.
http://pierrealaingasse.fr/esp/

Texto agregado el 30-09-2004, y leído por 95 visitantes. (0 votos)


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