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Inicio / Cuenteros Locales / justine / Habitación mil ciento quince

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HABITACIÓN MIL CIENTO QUINCE






Cuando puse el dedo sobre la casilla número once del ascensor, mi corazón latió con más fuerza. Odiaba el hospital; el olor a muerte y desinfectantes. Odiaba los recuerdos que me afloraban a su antojo, los viajes cotidianos a este lugar cuatro años atrás; las noches de insomnio escrupuloso junto a mi esposa enferma; el viaje definitivo a la helada morgue: aquel no ser silencioso de ella, anunciada a rasgos grotescos sobre un papel, esperando el ataúd sobre la fría losa de mármol. Me abrió la puerta un hombre aburrido de custodiar a los muertos. Semejaba que el dolor de los otros se hubiera convertido ante sus ojos, en una parte más de aquel decorado gris. Él mismo era amímico, pálido; imperturbable como los demás muertos; siendo así, me animó su compañía en aquel momento de perentoria soledad. De nuevo, desde aquí, divisaba a través de los ventanales, la larga fila de coches negros, pacientes como carroñeros, esperando a sus muertos.

La mil ciento quince quedaba en el pasillo de la derecha. Sobre una puerta acristalada, un letrero avisaba que entraba en la “Unidad de Enfermedades Infecciosas”. Pude enumerar un sinfín de razones para quedarme o para marcharme; sin embargo, caminé sin titubeos hasta el control de la planta. Me presenté a la enfermera como un familiar. Hacía una semana que había recibido el mensaje de Rosa: desde un pasado que yo no me atrevía a recordar, su voz me rogaba que acudiera a visitarla al hospital. La perplejidad hizo que no la reconociera de inmediato. Aquélla Rosa, lejana, adolescente: el primer amor que no resistió el tamiz más austero del olvido... Llevado por un sentimiento, mezcla de curiosidad y lástima, me encontraba en la antecámara de aislamiento de su habitación. Me lavé las manos, me puse bata y mascarilla y atravesé el umbral. Me sentía ajeno y externamente aséptico, deseoso interiormente de que la asepsia hubiera alcanzado también a mi espíritu.





Rosa se encontraba recostada. Acababa de colgar el teléfono. Desde control le habían comunicado que tenía visita. “Un familiar suyo, Claudio Morillo, viene a visitarla” El aviso no arreglaba las cosas: el abandono físico al que le sometía su enfermedad, no podía ocultarse con unas abluciones; además hubiera tenido que levantarse y no estaba segura de poder hacerlo sin ayuda. Se conformó con incorporar el cabecero y recogió en la nuca su pelo ralo y descolorido. Estaba sorprendida. No pensó que él pudiera obedecer a aquel mensaje nervioso e inseguro, ni que le importara demasiado su vida, después de tantos años de haber vivido ajeno a su existencia (no así ella que tenía motivos importantes para seguir al tanto de la suya.) Había aceptado con cierta dignidad, tal vez resignación, la vida que le había tocado vivir. En el reducto de todas las ciudades las mujeres como ella se contaban por miles, singularidad que en sus inicios la ayudó a respetarse dentro de un mundo en el que la humillación y el ultraje eran el pan cotidiano. Conservó el recuerdo de Claudio atrincherado en su ser, un ingenio disimulado de amor a fuerza de nostalgias, que la restituía de su progresiva degradación. Por fin, después de tantos años, pudo contemplarle tras la puerta acristalada. Parecía asustado. Nada extraño por eso, pensó. No se había hecho viejo... Entonces la manilla descendió, pasó a la habitación, y tras cerrar la puerta como indicaba el letrero, se quedó callado recostado sobre ella. El aire se podía cortar. Su presencia la hizo pequeña cuando vio la confusión dibujada en el rostro de Claudio, se arrepintió. Claudio demudó la cara ante su estampa, le acometió la crudeza del recuerdo, la vileza de la enfermedad. Si antes no entendía las razones por las que ella le había reclamado, ahora el sinsentido superaba su entendimiento. ¿Qué podía ser aquello que instó a Rosa a llamarle, a exponerse derrotada, a arrebatarle un recuerdo hermoso, poniéndose a merced de la ignominia...? Si aquello tenía alguna respuesta, el comenzaba a temer...


-Hola Claudio... - Su voz titubea, ella sabe que él no se acercará.
-Te traje flores. Se las quedaron en recepción, no sabía que estaba prohibido...
-Gracias... - Rosa coge temblorosa el vaso de agua de la mesilla y lo acerca a su boca. Está violenta, pero sonríe ante la idea del ramo-.
-¿Son silvestres?
-No, son rosas... blancas.
-¿Y bien?...
-Eso tú... Me has llamado y aquí estoy. Yo no puedo explicarte porque he venido aquí...
-Estoy sola, Claudio. Enferma y sola... No quiero morir sin que nadie sepa de mí...

Claudio agacha la mirada. La respuesta de Rosa le ha erizado la piel. Después la contempla sin ambages, fijamente, no hay motivo para andarse con recato. Ve su rostro enjuto, su osamenta marcada, aquéllos ojos grandes perfilados por la tisis, pero ella al cabo, el rostro en su conjunto armoniza con el recuerdo que guarda en su memoria.

-Mujer... - Claudio arrastra las palabras, tratando de quitarle importancia al asunto- no seas derrotista...
-Ya llevo tiempo así... Es mi tercer ingreso. El maldito sida, ¿sabes?... A estas alturas ya lo habrás imaginado; las otras ocasiones escapé por los pelos. Mi cuerpo no responde a ningún tratamiento, ya lo han probado todo...
-Habrá otras cosas, Rosa... las investigaciones avanzan rápido.
-No en mi caso, creo... Ahora estoy en un ensayo, como una cobaya, ¿Sabes?... No quieren que me muera, los de fuera me han tomado cariño... Sé que no me funciona, lo noto, pero no quiero desilusionarlos. –Sonríe apenas.
-Dales tiempo...
-No hay tiempo... Cada día estoy más cansada, con más dolores... ya no puedo luchar más. No quiero luchar... Siquiera puedo incorporarme para ir al lavabo, ya no me valgo... ¡He tenido que recibirte con estas pintas! - Se señala a sí misma, mostrando su escote arrugado, los pechos que se insinúan caídos entre los cordones semilazados del camisón. Hace ademán de reír, pero es cinismo puro.
-¿Por qué me has llamado, Rosa? - La voz de Claudio se debate entre la compasión y la impaciencia.
-No quiero morir sola..., ya te lo dije..., alguien tenía que hacerse cargo de mí... y lo intenté contigo. ¿No te basta?
-¿Sola del todo...?
Claudio siente que algo calla, que algo encierran esos silencios. Después de tantos años de indiferencia, su llamada no la explica ni aún la terrible soledad. A la muerte al fin, siempre se llega solo.

-Del todo.

Sus palabras se clavan en el curso de su pensamiento. Él vuelve los ojos hacía ella, como si no hubiera esperado escuchar su voz. Si la palidez de su rostro no hubiera sido tan intensa, Claudio se hubiera percatado del imperceptible sonrojo.

-Yo no he tenido la misma suerte que tú. No soy una periodista famosa... ni estoy felizmente casada... ¿Tienes hijos?
-No, no tengo...

Claudio muerde la lengua. Ahuyenta la emoción que le produce el recuerdo de su esposa. Rosa no sabe que es viudo, no sabe en que clase de soledad está encerrado él. Por lo que parece, le ha perdido la pista en los últimos cuatro años, al igual que el resto de sus conocidos. Claudio toma aire y continúa:

-Alguien habrá, Rosa. Uno no pasa treinta y tantos años por la vida sin dejar huella...
-A menos que ese alguien sea una prostituta.
-¡Rosa! -Claudio se incomoda por el descaro de ella- ¡Vale ya! Me resisto a pensar que sólo exista yo, ni que ésa sea la única razón por la que me has llamado. No se despierta a un durmiente en medio de la noche para decirle que está durmiendo sobre las sábanas. ¿Has interrumpido mi vida, sin más, egoístamente, sin pensar siquiera que ni me acordaba de ti, porque vas a morir, porque estás sola? ¿En serio quieres decirme que creías que mi presencia te iba a reconfortar? Es obvio que yo vivía al margen de tu vida. Tu reclamo, traerme hasta aquí y a esta situación, ha de ser por algo... ¿Qué ocurre, dime? ¡La verdad es que no sé que hago yo aquí!

-Al menos has venido, eso ahora hace que cuentes. No me equivoqué contigo. No sé si hubieran venido otros... De todos modos tampoco les llamé. Ellos fueron clientes, tú no...
-Bien... ¿Y si no mueres, qué pinto yo ahora? No voy a quedarme a tu lado, si es lo que piensas...
-Te habré visto... -Se ríe, comprende el absurdo de la situación, la ira de Claudio raya en lo cómico, su análisis de la realidad no le deja otra opción que la ironía y tomar el camino de la tangente- ¡Yo que sé! Es improbable que no suceda.
- ¿Y eso es todo? ...

Claudio empieza a irritarse, esta conversación carece de sentido. Lleva una semana rumiando, sopesando las conveniencias e inconveniencias del asunto, pensando qué demonios habría llevado a ésta mujer, hasta entonces para él olvidada, a reclamar su presencia en una situación tan extraña como aquélla. No le había invitado a tomar una copa. Le había llamado a un hospital, a este maldito hospital para más señas, y por lo que parecía hasta ahora, la única razón parecía ser brindarle a él su propia muerte. Esto tenía tintes de locura.

-Claudio, -decide darle un giro a la conversación porque comprende que de otro modo no podrá retenerle- te olvidaste las calzas.
-¿Importa eso ahora...? -Claudio empieza a sentirse un esperpento.
-No, no demasiado... No a mí... Tus suelas no van a acelerar mi muerte. Acércate, ¡por favor! -Rosa le alisa un trozo de su colcha. Claudio titubea. No está preparado aún para su cercanía, no sabe si lo estará nunca. Rosa le coge la mano y a su contacto, comienza a llorar.

-No llores...
-No lo hago...
-Mientes. -sonríe -. La proximidad comienza a ablandarle.
-Tengo miedo... Le he dado muchas vueltas. Tienes que ser tú...
-¿Yo...? ¿Quién...?
-Bueno, no sé que pensará tu esposa... pero te las arreglarás. Siempre lo has hecho, no hay más que verte...
-¿Qué pensará mi esposa de qué? ¡Habla, por Dios, no te aguanto tanto misterio!
-Mira, estoy sola, no tengo que repetirlo. Sola y pobre. -Claudio intenta hablar, pero ella continúa haciéndole un gesto con la mano-. Quiero que cuides de mi entierro... que cuides de mis cosas, que me lleven al pueblo, a nuestro pueblo... al nicho de mis padres... Te lo pido por favor. –Rosa traga saliva.
-En esta dirección, dice acercándole un papel garabateado en lápiz, es dónde vivo. Hay un gato, hazte cargo de él, la vecina está vieja... te lo agradecerá... Hay más cosas... -parece que quiere añadir algo, pero calla de nuevo- Tal vez encuentres algo que merezca la pena... ¡cuídalas! Y por favor, tomes la decisión que tomes, ven al entierro...
-Rosa, vale ya. ¿Es que te ha dicho esta pandilla de “matasanos” que te vas a morir?
-No hace falta estudiar para saberlo...
Claudio está perplejo, se sorprende apretándole la mano con violencia, aunque su deseo es marchar. No quiere escuchar más. La situación le desborda.
-Rosa, me voy...
-¡Quédate! - Su voz ha sonado decidida-. Tráeme del baño la bolsa del aseo. -Claudio obedece sin ganas.
-Aquí están.- Saca una bolsita llena de pastillas- Hoy voy a terminar con esto... Eso es todo... Necesitaba a alguien para ultimar, y pensé en ti. Vives en esta ciudad, somos del mismo pueblo, una vez algo nos unió... Tal vez pienses que no tengo derecho, pero eras mi única opción.

La perplejidad de Claudio le ha clavado, parece un mimo encasquillado en la mitad de un gesto. Con toda impunidad, amparada en su ignorancia, le ha situado en la encrucijada de su remordimiento: vencido ante los ruegos de su esposa para que aplacara su dolor, le introdujo con una jeringuilla a través del gotero, la cantidad suficiente de aire para acabar con su vida. Y ahora Rosa, le venía con éstas; bueno, al menos en este caso, sólo participaría de testigo.

-¿De dónde lo has sacado? - le interroga elevando desmesuradamente las cejas. Trata de aparentar normalidad-
-Mis pastillas para dormir, hace tres meses que las guardo. Han sido noches inquietas, inconciliables, pero ha valido la pena. Esta noche dormiré tranquila y largamente.
-Rosa... –Claudio se siente fuera de lugar. No sabe que espera de él. Se siente irritado contra el papel que ella impunemente le ha obligado a representar. También siente lástima y se remuerde de no poder rescatar de su recuerdo ni un poquito de amor, que templara la atmósfera fría de esa despedida. Vuelve a nombrarla, y cuando ya está traspasando el umbral de la puerta, se dirige a ella:

-¿Y si yo no hubiera venido?... -Acto seguido, se arrepiente de su crueldad.





Todo esto ha sido demasiado para él. Sigue sin acertar las razones que le han puesto en el punto de mira de Rosa. Maldice a la vida misma, tan arbitraria en sus designios. Después de unas largas tribulaciones, coge un taxi y pide que le lleven a la dirección escrita en el papel. Cuando el taxista sube la bandera, se halla inmerso en una ciudad de inmundicia, en ese cuarto mundo tan tabicado y ajeno. Le hace un gesto al conductor y le manda arrancar de nuevo. Le da la dirección de su casa. Tiempo habrá para lo demás, para el gato y para lo que venga, si es que hay tiempo para más.



A las seis de la madrugada, suena el teléfono. Le comunican desde el hospital que la paciente de la mil ciento quince ha muerto. Le agradecerían que pasara para hacerse cargo del cadáver y demás formalidades. Él cuenta como familiar más cercano además de su hijo. Claudio empieza a temblar, dice que sí, que se hará cargo, que en un par de horas estará en el hospital. Siente una emoción confusa, turbación,... Así encajaría... así tendría sentido. Todo. Se precipita a la calle. En un taxi se llega de nuevo a la dirección del papel. Llama a la puerta: ante él aparece un muchacho joven, unos veinte años, difícil negar que su rostro repite sus mismos rasgos, difícil no verse a él mismo cuando tenía su edad. Entonces, ante la extrañeza de aquel, le dice con contundencia

- Vamos al hospital. Tu madre ha muerto.



Desde el momento en que se abrió la puerta mis ojos no se apartaron del muchacho. Su rostro no denotó sorpresa, sino dolor. Mi mente era un torbellino, ninguna de las preguntas que se agolpaban en mi mente permanecían más de un segundo en mi cabeza. Imposible hacer una reflexión. No sabía su nombre, tampoco pregunté. Se metió al interior, dejando la puerta entreabierta y presto volvió a encontrarse de nuevo conmigo: unos vaqueros raídos y una chupa de cuero fueron su rápida indumentaria; en silencio descendimos las escaleras hasta llegar al taxi. No sabía que hacer: dudaba si el conocía mi existencia, el tampoco hablaba, se dejaba llevar, todo su esfuerzo lo dedicaba en contener las lágrimas ante aquel extraño (¿O no...?) y a evitar que nuestras caras se encontraran. No sabía cómo salir de ese tupido silencio, e irreflexivamente, decidido a romper aquel bloque de hielo que amenazaba con aplastarnos, pregunté por el gato.

-¿Qué gato?

Y por primera vez, con una sonrisa cómplice, se encontraron nuestras miradas...


justine







Texto agregado el 09-10-2004, y leído por 602 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
2013-12-07 09:37:43 Qué gato? Ese grandecito, veinteañero, con vaquero y chupa de cuero... brutal desenlace. Una historia muy lograda, muy bien pensada, muy hábil ella y muy buena persona él. ikalinen
2012-02-19 18:55:14 Mucha sensibilidad y humanidad en tu manera de narrar, me gusta mucho que el primero y el último párrafo estén contados en primera persona, todo un acierto. loretopaz
2009-12-16 14:56:43 Tu escritura transmite perfectamente el sentimiento de tus personajes y me transporta a los pasillos del hospital. El final es algo que se espera, pero está escrito de una forma tan hermosa que, aún sabiendo que viene, nos impacta su llegada. Recibe mi admiración y respeto por tu inmenso talento. yomismosoy
2008-08-23 11:45:17 Tu narración y mi mundo están separados por un igual. Al leerte despejaste la ecuación que nos une, restándome de mi lado, para sumarme en tu cuento. Entonces aparecí en ese hospital y asistí atónito al drama de tus personajes. Me sumo al resto de elogios. byryb
2008-02-25 18:58:46 ¿Qué quieres que te diga? Me encantó. Rosinante
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