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Inicio / Cuenteros Locales / justine / Las cabinas

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Es la sexta vez que marco su número de teléfono, nadie contesta. Cada día al levantarme, o cuando el insomnio fatiga mi cuerpo recorriendo el limitado desierto de mi colchón, marco supersticiosamente las nueve cifras que antes me devolvían su voz. El corazón se me sube a la garganta cuando decido agotar todas las bazas que poseo; resuena en mis oídos el rítmico pitido que interrumpe la conexión y mis dedos repiten el ritual marcando los dígitos de su móvil: la voz monótona me repite cansina que el abonado no está disponible. Tres veces en los dos últimos meses me he desplazado a su ciudad. Paseo por los alrededores de su casa dándome de bofetadas con la nostalgia, tratando de aparentar una calma que no poseo. Algunos vecinos me saludan cuando me ven merodeando por las aceras. Todo está cerrado a cal y canto, la caseta de Guardián, el pastor alemán, está repleta de escombros y hojarasca. Desde la verja se ve la gran mesa de teca y las sillas recubiertas de espeso polvo gris, único signo que me anima a pensar que aquella vida que habitaba la casa no haya desaparecido para siempre. Me acometen los días de caluroso verano en el jardín... Arabela trajinando por la casa a paso ligero, de arriba abajo, de acá para allá, disponiéndolo todo para darle el pistoletazo de salida al nuevo día. Yo aún no había desayunado cuando ella, con un mohín pícaro de disculpa que no esperaba perdón, se servía su primera cerveza. Aquel día se la sirvió en el porche, la brisa del mar apenas servía para aliviar el tórrido sol de mediodía. No hacía mucho tiempo que nos habíamos conocido, pero tenía una habilidad natural para crear los climas apropiados, un prodigio que hacía sentirnos poseedores de una intimidad vieja, entramada. Las cosas se sucedían con un aire de improvisación que acababa siempre superando las expectativas de los sueños, como si respondiera a una obra teatral bien concebida y ensayada. Terminó la cerveza y se sirvió otra, comenzaba a reír, asomaba de sus ojos un descaro que yo ya discernía, no podía evitar sentir el vértigo del deseo que aquella mirada me provocaba. Me leía en voz alta su libro preferido. Semitumbada sobre el banco de madera, apoyaba sus piernas morenas y descubiertas sobre la mesa, sus faldas eran sólo un falso decorado de decencia. Entre risas cerró el libro y se sentó en la mesa frente a mí, sus piernas entre mis piernas, sus pies descuidadamente apoyados sobre mí miembro henchido, después su presión rítmica y continua; sólo en sueños me había atrevido a concebir un erotismo así. Cada encuentro con ella me situaba en un escalón más alto, cada momento satisfecho encendía unas ascuas que nunca terminaban de apagarse. Hasta entonces el sexo había cumplido la singular satisfacción de calmar un deseo, terminaba en el momento en que el orgasmo anegaba mi cuerpo y me abandonaba al goce del descanso. Disfrutaba, pero no dejaba de ser un sexo normativo y escaso; estaba sujeto a caprichosas leyes femeninas, se sustentaba en cierto convencionalismo social de lo correcto, que parecía igualar el rasero de la lujuria de los hombres; mis fantasías iban de la mano del pensamiento, nunca creí que pudieran realizarse de la mano de una mujer fuera del mercantilismo de los cuerpos o fuera de aquellas parejas (por lo demás afortunadas y exiguas) que no se libraban de una envidiosa duda razonable o del epíteto de perversas. Conforme su cuerpo se me regalaba y ella descubría los recónditos rincones del mío, el deseo me crecía ante la posibilidad de llegar a más, mis fantasías se liberaban del oscuro rehén de mis instintos y ella emprendía la tarea de hacerlas suyas: cuando una se cumplía, otra asomaba y mi deseo por ella nunca tenía fin. Ese era su secreto y mi trampa: un sexo sin trabas salpicado de amor, un amor que crecía con la complicidad íntima de nuestros seres desbordados más allá de un aparente límite. Otra vez me quedo sin respuesta. He roto mil teléfonos, he desconectado las líneas, quiero olvidar. Por unos instantes, tal vez horas, pues mi tiempo fluye a través de su recuerdo, me siento liberado. Sometido al Budú de su presencia eterna, agachado mi espíritu a la oscuridad de su silencio, me acerco a una cabina y comienzo de nuevo: los números bailan en mi cerebro y mis dedos se apoyan sobre las teclas: un ritmo conocido, lento, confuso como mi deseo. Rompo las esposas, persigo mi yugo, voy y vuelvo. Otra vez esa voz que me dice que ella no está. Doy una patada y arranco los cables del teléfono. La próxima cabina ya queda lejos. Mañana será mejor que cambie de lugar. Me vigilan. Cuando llego a mi casa, una pareja de guardias civiles flanquea la entrada. Trato de zafarme de su presencia, apresuradamente cruzo el umbral. Sospecho que han descubierto que soy el vándalo que está dejando a la ciudad sin cabinas. Por fin, aliviado, llego hasta el ascensor. Entonces me veo rodeado: otra pareja del cuerpo baja desde el primer descansillo de la escalera. Cuando voy a marcharme, los de la puerta ya se han puesto a mis espaldas. Nada que hacer. El hombre de aspecto más severo dirige su mirada hacia mí. Es capitán, por lo que indican sus galones. De su boca sale inequívoco mi nombre. Con cara de sorpresa digo que sí lo soy. “Queda usted detenido por el asesinato de Arabela Rodríguez” –escucho. “No, no, no... Eso es imposible...”–le digo. Cuando van a ponerme las esposas, un grito de súplica emerge de mi garganta: “Por favor, déjeme el teléfono, ¡tengo que llamarla!”. Justine

Texto agregado el 13-02-2005, y leído por 326 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2014-01-05 01:28:54 Qué golpe de efecto más tremendo! Qué arrebato del alma, qué desequilibrio tan grande como para no darse cuenta de por qué no le coge el teléfono! (o es que no ha sido él...) Se podía oler la rabia, la manera en la que destroza los teléfonos. Y se degusta la nostalgia, esa por la que vuelve una y otra vez al hogar donde fue feliz con ella y que, quizás, se convirtió en el lugar de sus horrores... Me ha encantado. ikalinen
2006-09-06 01:50:43 es este el otro lado del cuento llamadas telefónicas de roberto bolaño? saludos locosolo
2005-07-16 01:56:40 Tu prosa me encandila, me lleva por caminos esenciales, medidos, exactos. siento que nada falta, nada sobra. Leerte, para mi es un placer perpetuo... aukisa
2005-04-03 04:01:40 ¡qué barbaro! tienes un don inigualable, sabes mantener el suspenso y sabes hacer finales sorpresivos. Mis estrellas mujer. tobegio
2005-03-22 05:54:11 Menudo final... no se esperaba... Saludos. nomecreona
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