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		<title>sinecdoke en loscuentos.net</title>
		<link>/cuentos/local/sinecdoke/</link>
		<description><![CDATA[Yo no he hecho nada. A nada ni a nadie. Hay que cambiar eso, creo.
Pero estoy en la U de Chile, estudiando lengua inglesa.
No he publicado nada aÃºn ni estÃ¡ entre mis prioridades a corto plazo.
Tampoco he ganado nada aÃºn, asÃ­ que soy un frustrado mÃ¡s o mi vanguardia en este rincÃ³n del mundo no se vende.]]></description>
		<language>es-es</language>
		
		<item>
			<title><![CDATA[Sobre los miserables]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/770/77082/</link>
			<description><![CDATA[I)

Estoy aburrido de ser hombre. eso debe ser como estar aburrido de existir. Yo soy hombre, se supone. Mi hoja, mi certificado de nacimiento, tiene oscurecido el cuadrito que dice H al lado. Un Alpha, un semental, un reproductor. D&eacute;jame como hombre nom&aacute;s y d&eacute;jame all&iacute;, sobre la mesa, junto con los papeles que me sentencian a morir o a tener bienes innecesarios para cubrir mi desnudez. Me da un tir&oacute;n. Llevo largo rato sentado. Microcosmos. Microbelleza. &iquest;La belleza de lo microsc&oacute;pico? o la cosmetolog&iacute;a de los microbios. Juegos de palabras in&uacute;tiles y sin sentido. La luz se tambalea con el chirrido de la cama. Hay una caja de f&oacute;sforos sin nada m&aacute;s que aire y pelusa en su interior. Garrapateo, o m&aacute;s bien escribo, en una libreta, mientras alguien susurraen la habitaci&oacute;n de al lado. A fin de cuentas, estoy solo. A lo lejos escucho mi nombre y un &quot;se fue&quot;. Una mujer preguntaba. La que suena como sonajero de ni&ntilde;o. La que quiere que yo sea hombre. No es real, me digo mientras recuerdo mis palabras y los rincones mientras otra persona jugaba con un arma entra sus piernas con el sol a punto de aparecer por el horizonte, o por la ventana, en otras palabras. Como el caf&eacute; que beb&iacute; el otro d&iacute;a, contemplando el jard&iacute;n, cuando las calas de la plaza ya estaban listas para ser transplantadas al macetero. Es que las pobres se aburren de estar en la tierra . Se reproduce como las papas. Le salen abajo, son blancas o algo as&iacute; las v&iacute;, necesitan agua de vez en cuando. Yo me aburro de ser hombre en la tierra. Necesito aire, sol, agua. Tal vez, lo mejor ser&ntilde;ia irme a la playa y sembrarme. Y esparcirme, florecer. La hoja de mi curr&iacute;culum no sirvi&oacute; y deb&iacute; buscar un certificado de residencia. A fin de cuentas, s&oacute;lo soy un n&uacute;mero.

II)

Al fin puedo respirar, tranquilo, en paz con el oc&eacute;ano de dudas que me rodea. Al anochecer escucho voces y me tapo la cara con la s&aacute;bana. Una tertulia, gente, papeles de papas fritas quebrando el silencio, vasos, pasos, carcajadas un poco retorcidas por el alcohol. Cierro los ojos y recreo la escena. S&oacute;lo que estoy all&iacute;, con una copa en la mano, sentado con un cigarrillo en la derecha. Me siento atrapado entre un vaso y una colilla.
   Alguien me dijo que le servir&iacute;a mejor si no daba l&aacute;stima. Te busqu&eacute; entre los arbustos, pero me qued&eacute; pegado contemplando el amanecer ficticio de un foco que acend&iacute;a una colina. Era el auto rojo con el logotipo verde que ya hab&iacute;a visto pasar. Alguien me dijo que los escritores no so&ntilde;aban. Yo digo que los escritores no duermen ni lloran. Eso son&oacute; como el vaso cuando cay&oacute;. Mis calcetines tienen rombos, azules y rojos, como el auto, sangre hecha movimiento y cruzando la colina a la siga de la mujer que vi desnuda alguna vez. La de piel blanca, la que me hizo sangrar tantas veces. Los labios, encerraban dientes amarrillos de nicotina. Alguien me dijo que los muertos no se levantaban. Parece que fue el mismo que vio a la misma mujer desnuda que yo vi. Supongo que la vio despu&eacute;s, porque el embarazo no fue culpa m&iacute;a. La donna &egrave; mobile. &iquest;Culpa o obra? &iquest;Pecado o bendici&oacute;n?. Da lo mismo a estas alturas, ella ya tiene una redondela donde antes s&oacute;lo hab&iacute;a piel plana. La bes&eacute; entre los om&oacute;platos y baj&eacute; a besos por sus piernas. Yo no fui. Mis zapatillas ya est&aacute;n gastadas, mi lengua tambi&eacute;n, alguien susurr&oacute; que los so&ntilde;adores no son buenos escritores, quiz&aacute; quiso decir que si so&ntilde;aba no iba a poder ser un buen escritor. Yo no soy eos. Eso tampoco. Menos. Tu tal vez lo seas. Despu&eacute;s de todo, hazlo leyendo. Despu&eacute;s de todo, el muerto s&iacute; se levant&oacute; y se uni&oacute; a la fiesta con un vaso y un cigarro.

III)

El otro d&iacute;a me dorm&iacute; y no despert&eacute;. Las calas ya no florecer&aacute;n hasta el pr&oacute;ximo invierno. Las flores ya se murieron. Las iglesias y los cementerios ya no son grises. El que me despert&oacute; no me mir&oacute; la piel. El mirar por la ventanilla del tren no me dijo nada salvo que no sab&iacute;a franc&eacute;s. El me dijo que la clase no fue buena ni larga. Estamos a mano. Las hojas de los &aacute;rboles ya est&aacute;n en el suelo, y yo no las bot&eacute; por que no vi cuando cayeron.

IV)(Palito - &quot;be&quot; corta)

La pel&iacute;cula no marchaba muy bien. Las rayas de las cebras eran borrosas y la mona chita parec&iacute;a Tarz&aacute;n y &eacute;ste parec&iacute;a Jane. Me dije que ten&iacute;a el alma sucia entre los pantalones y un viejo que me escuch&oacute; ri&oacute;. La muchacha era blanca y de pelo corto, y la bes&eacute; a la semana de conocerla. Ten&iacute;a dientes blancos aqu&eacute;l entonces. Hoy no tiene y est&aacute; durmiendo. Ojos negros, como su cabello. La evaluaci&oacute;n de los cuerpos en descomposici&oacute;n en la tierra con altos &iacute;ndices de nitrito y sentimiento nunca me gust&oacute;. Mi trabajo era m&aacute;s suave, como la piel de la bailarina que viaj&oacute; al otro lado de la cordillera y que yo s&oacute;lo desped&iacute; con la mano. Me bes&oacute; con su verguenza arremolinada en el suelo y enfrentando el sol con los hombros desnudos. No me mir&oacute; mientras los autom&oacute;viles pasaban  por la Alameda. No dijo adi&oacute;s sino hasta pronto. No v&oacute;mite el alcohol de la noche que sigui&oacute;. S&oacute;lo cuid&eacute; de las calas con ah&iacute;nco y a&uacute;n no florecen. Es que la canci&oacute;n era triste y los pescados nunca le gustaron, al menos mientras le dur&oacute; la estad&iacute;a conmigo. Me arrim&eacute; a ella y temo que dorm&iacute; mucho, mucho tiempo. Ella tambi&eacute;n durmi&oacute; tras observar mi pelo corto porque a&uacute;n nadaba los fines de semana en esos tiempos. La s&aacute;bana de blanco transparente no distingu&iacute;a entre simas y cimas. La noche se acerca y con ella el fin de mis pensamientos. La vida se me escap&oacute; por los p&aacute;rpados,con un beso y un autom&oacute;vil rojo que sub&iacute;a con pasi&oacute; escapando del amanecer. Desde entonces busco el anochecer, como cuando la luna golpe&oacute; mi espalda en una habitaci&oacute;n. Los cigarrillos, los malditos cigarrillos, se acabaron r&aacute;pido y yo escap&eacute; rumbo al pozo que conoc&iacute;a como hogar. &quot;Cu&iacute;date&quot;, &quot;Te comer&iacute;a a besos la piel&quot;, &quot;El desconocido de todos los d&iacute;as muere de amor con su botella en la vereda&quot;, &quot;Prefiero que te odies antes que me ames&quot;. Ya no escucho al viejo Serrat, ni al m&aacute;rtir de Victor Jara. Miel de la noche h&uacute;meda de sue&ntilde;os transtornados y labios delgados. Yo mor&iacute; una noche y regres&eacute; al otro d&iacute;a al devolver el envase en una botiller&iacute;a, Jes&uacute;s se muri&oacute; de envidia al caerse de la cruz y desde entonces comenz&oacute; a drogarse ante la vista at&oacute;nita de su padre que trabajaba para la comunidad internacional. Temo que ya no lo hace. L&aacute;stima.

V)

La mano se detuvo donde estabga el error geogr&aacute;fico. De fondo, un Jazz lejano, tocado al otro estremo de la tierra. Los dedos largos y morenos se deslizaron hacia otro lugar con la rapidez de una sombra. Algo se mevi&oacute; lento y estremeci&oacute; la oscuridad creciente que rodeaba las figuras. Un susurro caprichoso y anhelante se elev&oacute; como una plegaria sorda. Los caminos s&oacute;lo conduc&iacute;an a recovecos interminables. Los recovecos s&oacute;lo llevaban al final de la matriz y la matriz me tiraba al infierno de s&oacute;lo verla. Los reflejos mudos del rinc&oacute;n se mojaban entre una estepa incre&iacute;blemente enredada. Supongo que hubo algo que hizo contacto y la luna se quebr&oacute; entonces. Un grito agudo pero ahogado por un yo que ya no reconozco me dio lo &uacute;nico que buscaba. Sal&iacute; y camin&eacute; por los pasillos hasta llegar a la belleza del humo en un balc&oacute;n sobrevolando la ciudad y supe que una parte de mi morir&iacute;a pronto. Estaba muy feliz...

VI)

V corta, uve, paito. Palos eternos. &iquest;&iquest;Un mill&oacute;n de palitos para escribir un mill&oacute;n en n&uacute;meros romanos??. Mi padre es un oso que me besa y abrasa e inverna cuando siente el invierno. El romadizo me corre por la nariz y mi fiebre va en crescendo. El tenor ya no canta m&aacute;s o m&aacute;s bien ya no ha vuelto a escucharle. Hoy habl&eacute; con el Goyo, el que tiene espinillas rojas como rosas y voz de drogadicto. Espiritual, Siddharta, algo as&iacute; dijo. Yo me qued&eacute; fumando en la vereda mientras se alejaba paso a paso con su bolso rumbo al infierno del ocaso. Yo me qued&eacute; y el cigarrillo se me hizo eterno y lo respir&eacute; sin mi madre. Las calas florecer&aacute;n en septiembre.

VII)

El foco no iluminaba lo suficiente para ver en la oscuridad de la habitaci&oacute;n la dulzura que ella me ten&iacute;a reservada para un momento tan ameno como &eacute;ste entre nosotros dos callados e inevitablemente unidos en los juegos ajenos a nuestra edad innoble y de completo desconocimiento de lo que seres como yo ten&iacute;amos en aquel entonces en nuestros inacabados pechos morenos como madera destrozada en un choque de carretas en lo m&aacute;s profundo del coraz&oacute;n de la muchacha que ve&iacute;a el foco de la Alameda por la ventana mientras yo la as&iacute;a entre mis brazos con ganas de fusionarme en su piel. La muerte es un lugar mejor, temo.

VIII)

Agosto. Cumplo a&ntilde;os. Mi viejo tambien. Ayer o el s&aacute;bado alguien llor&oacute;. Amargo. Mi mano en su rostro. Rasgu&ntilde;os. No quiero volver a verte. Las soluciones para decir adi&oacute;s y no morir en el acto. Ni gracias siquiera. Llevo tres d&iacute;as sin dormir. Temblores. Taquicardia. Hablo solo y sufro alucinaciones. La mirada, vaga, confunde conceptos y gente. La mirada sin hogar. Hace a&ntilde;o y un mes. Cuerpos. Blanca ella era. Ahora para otro. Llanto amargo sin l&aacute;grimas en un ba&ntilde;o p&uacute;blico. Vuelvo, amor vuelvo, a vivir para m&iacute;. Barco sin puerto. Al menos no hay tormentas. Luna vagabunda, se escapa entre sombras nocturnas. No veo con el rabillo del ojo. Depresi&oacute;n. Te hacen falta vitaminas. Nadie contesta al tel&eacute;fono. Flores al costo en una plaza. Calas. No son m&aacute;s que eso, plata. Todo se reduce a ello. Money, cash, con eso har&iacute;a todo. Todo. La respiraci&oacute;n me falla. Fumar es respirar. Hay algo que se desprendi&oacute; de mi interior y por m&aacute;s que miro atr&aacute;s no le encuentro. Vac&iacute;o, vac&iacute;o, vac&iacute;o. No lleno, insano. Tal vez adelgace. Tal vez llore m&aacute;s seguido. Tal vez caiga. La muerte es una palabra frecuente y c&aacute;lida. Extra&ntilde;o la piel, el roce. Locura en un sill&oacute;n. Llanto. &iquest;&iquest;qu&eacute; pas&oacute; entre nosotros?? La tierra se abre, las llagas tambi&eacute;n. No amar. No ames, no sue&ntilde;es y seras feliz, est&uacute;pidamente feliz. No leas, no escribas, no hagas poemas a la luna. S&oacute;lo queda fumar. La luna se ocult&oacute; completamente y desde ah&iacute; que no la veo. No volver&eacute; a verla. Ni de lejos, siquiera. Llanto. Las l&aacute;grimas cayeron desde mis ojos, recorrieron mis mejillas y escaparon a abrasar el suelo con su candor. De all&iacute; somos todos. Suelo, infierno, llanto, aspereza, ca&iacute;da, pinchos, innoble, Animal idiota, infeliz, miserable, mu&eacute;rete y p&uacute;drete entre las calas y as&iacute; quiz&aacute;s alg&uacute;n d&iacute;a ser&aacute;s flor.

IX)

El sol sale todos los d&iacute;as. De todas maneras, de todas formas, de cualquier forma. Todo en ti me encanta. Pero t&uacute; no. Tu cuerpo de arpa fino y suave. Que los lobos lo devoren. Largo mi alma al viento y me voy a buscar nubes m&aacute;s blancas.

X)

A fin de cuentas, apesar de todo, despu&eacute;s de todo, me qued&eacute; con la mujer m&aacute;s fiel que encontr&eacute; con dinero. La botella. M&aacute;s bien la caja. Vino cigarrillos, el aroma en la piel. Gracias por el olvido, ahora s&iacute; que ya no soy nada m&aacute;s. Placer al sentirme desnudo ante el fr&iacute;o del existir, ante el viento y la bruma. El calor de tus brazos ya era abrasante, santa de pueblo olvidado. Necesito lluvia, o ver el mar o un amanecer para reexistir. Purificaci&oacute;n mediante los procesos alcalinos del alcohol en las venas. Las canciones antiguas no me saben a nada. Sensaci&oacute;n de despertar el domingo con el sol en lo alto, la resaca y mi h&iacute;gado sonriente mir&aacute;ndome desde el suelo, c&oacute;modamente arremolinado en la alfombra. Boca a boca, beso a beso con el w&aacute;ter. C&aacute;llate vieja, que mi vida es mi herida, ya es una cosa perdida y sin ni una puta salida. tu coraz&oacute;n no es m&aacute;s que la borra del vino y tu alma nada m&aacute;s que el humo del tabaco. La ebriedad es el mejor lugar en este peque&ntilde;o asteroide...&iquest;no es cierto, principito?. Antes que tu piel, extra&ntilde;aba la belleza sensual del licor desliz&aacute;ndose suavemente por mi paladar.

XI)

]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2005-01-02</dc:date>
			<pubDate>Sun, 02 Jan 2005 17:25:52 CET</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Volver&eacute;]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/858/85883/</link>
			<description><![CDATA[Despues de los cientos de silencios amenos
y de un roce amortiguado por la noche
no volver&eacute; a verte
Cuando ya vuelva a mi antigua vida
y sea lo que siempre he tenido que ser
no volvere a sentirte
Cuando el d&iacute;a entre en escena
y rebane nuestro d&eacute;bil lazo
no volver&eacute; a hablarte
Cuando la luna desaparezca de un soplido
y el ruido vuelva a nacer
no volver&eacute; a oirte
Cuando el ma&ntilde;ana llegue y me mate
y as&iacute; pasen mis horas alargadas
no volver&eacute; a cantarte
Cuando te levantes y sueltes tu cabello
y en su brillar mis ojos queden
no volver&eacute; a tocarte
Cuando escuches otro cantar en tu cuello
y provoque el nacer de tu sonrisa
no volver&eacute; a rozarte
Cuando ya me calle y entienda
y una lagrima muera abortada
no volver&eacute; a llorarte
Cuando mi andar me lleve a callar
y tu a&uacute;n sigas cantando sola
no volver&eacute; a escribirte
Cuando tu y yo s&oacute;lo seamos dos
y parezca que nunca fuimos uno
no volver&eacute; a odiarte
Cuando la pena me desguace
pero luego r&iacute;a de mi locura
no volver&eacute; a extra&ntilde;arte
cuando de l&aacute;stima sonr&iacute;a al alba
y sepa que no alcanc&eacute; a amarte bien
no volver&eacute; a volver]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2005-02-15</dc:date>
			<pubDate>Tue, 15 Feb 2005 11:25:10 CET</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Nocturno]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/975/97505/</link>
			<description><![CDATA[
Voy a comenzar. Iba un tipo por una calle con la que hab&iacute;a sido m&iacute;a alguna vez. Ten&iacute;a varios cent&iacute;metros de estatura m&aacute;s que yo, y era muy blanco y delgado. Llevaba una de &eacute;sas gabardinas oscuras t&iacute;picas de un tipo de cuento de Lovecraft, o al menos como yo me imagino a los personajes, y la sonrisa m&aacute;s c&iacute;nica y grande y alba que puedas imaginar. Su sonrisa se tragaba la noche, las luces, todo. No estoy seguro de que su acompa&ntilde;ante fuera mi mujer o no, o si en realidad fuera algo m&iacute;o, no estoy seguro. De lo que s&iacute; estoy seguro es que era muy delgado, y que su blancura contrastaba con todo a su alrededor, incluyendo el brillo verde p&aacute;lido de los postes. Los focos anaranjados de la calle, extra&ntilde;amente, esa noche hac&iacute;an ver todo verde, un verde espantoso, lim&oacute;n, &aacute;cido. Pero caminaba, por una calle vieja, de edificios altos iluminados por &eacute;sas luces extra&ntilde;as, con una mujer, dej&eacute;moslo as&iacute;, mejor. Con los brazos cruzados, o en los bolsillos de su abrigo. Todo en silencio, s&oacute;lo se oye su conversaci&oacute;n y al parecer, una risa femenina a lo lejos.
   Entonces, temo que se abre el infierno. Un hombre corre desesperado tras ellos. Como si le hubieran quitado algo o les llevara un mensaje muy importante. Es delgado, casi con la piel pegada a los huesos, tiene el pelo claro y corto, y lleva un su&eacute;ter y unos pantalones. Y zapatillas blancas, con las, que a pesar de lo fren&eacute;tico de su carrera, casi no hace ruido. Algo brilla en su mano mientras corre hacia la pareja por aquella calle tan larga. Es un tubo de acero, una ca&ntilde;er&iacute;a, peque&ntilde;a pero contundente. Les da alcance, y sin decir nada, derriba al tipo alto y de gran sonrisa. De un solo golpe en la nuca, lo tira al suelo, ella sale corriendo, en p&aacute;nico. El del tubo, o ca&ntilde;er&iacute;a, es lo mismo, creo, comienza a darle golpes salvajemente en el suelo a nuestro sonriente personaje. Al comienzo el atacado intenta poner las manos, volverse, levantarse, pero ante la violencia del ataque se desvanece. Y el otro contin&uacute;a con los golpes, partiendo el cr&aacute;neo, llegando al cerebro y manchando la calle de sangre, que corre, lenta, pero oscura, m&aacute;s oscura que la noche, hacia la cuneta, y se desliza calle abajo, con una mueca de cierto placer del homicida. Lo ladea para que la sangre escurra mejor. El arma homicida ya no es una ca&ntilde;er&iacute;a, sino que un garfio, pero un garfio recto, un arma en 90&deg;, me entiendes, si, estoy escribiendo borracho, como siempre, como siempre despu&eacute;s del amor, despu&eacute;s de que me dejaste por otro tipo m&aacute;s alto y m&aacute;s cuerdo que yo. El caso es que el mani&aacute;tico carnicero, tras deleitarse, y de haber habido tiempo se hubiera masturbado, con el cuadro de su v&iacute;ctima muerta, parte corriendo tras la mujer. Va pensando cosas como “corro mucho m&aacute;s r&aacute;pido que ella, as&iacute; que puedo alcanzarla”. Pero no piensa en que va a hacerle. Le da alcance, y se pone a trotar tras ella. En el camino, se cruzan con un hombre gordo, muy alto y macizo, que intenta detenerle, mas, el delgado homicida lo golpea con el garfio en la nuca y se pone a correr, pensando cosas como; “no va alcanzarme ni con una bala, corro mucho m&aacute;s r&aacute;pido de lo que &eacute;l pueda reaccionar”. Pero mientras corre tras la mujer, escucha los disparos del gordo y como &eacute;stos se pierden en la oscuridad sin herirle, en su carrera inconsciente hacia la gloria o la paz. 
  La mujer se detiene, extenuada, enfrente de un gran muro de madera, iluminado por la calle principal, verde por los focos, fantasmal, enfrente de una gran f&aacute;brica que se extiende a lo lejos, como una gran matriz entre las dos finales de calle. La mujer cae, entre lamentos y maldiciones, mas el flaco la toma en el suelo. Sin pensarlo, comienza a sodomizarla, para lo cual le quita los calzones y le levanta el vestido rojo que se ve verde por la luz. La mujer levanta la grupa y se deja,  entre gimoteos y sollozos, en cierta medida, cooperando con su violaci&oacute;n.
   Cuando el delgado asesino est&aacute; cerca de alcanzar el &eacute;xtasis, se oyen unos disparos. Era el tipo gordo que &eacute;l hab&iacute;a derribado, y que, celoso de venganza, les hab&iacute;a seguido. De los tres disparos, uno pega en la pared de madera, otro le acierta en la nalga derecha al asesino, y el &uacute;ltimo se va derecho contra la cabeza de la mujer, haci&eacute;ndola estallar y esparciendo su contenido en la cerca de madera podrida. En la noche la sangre se ve negra, como si fuera brea. El asesino se levanta, salta la cerca y corre, subi&eacute;ndose los pantalones, en direcci&oacute;n a la f&aacute;brica. No se detiene, hasta alcanzar un muro y parapetarse tras &eacute;l. Silencio, s&oacute;lo se escucha la respiraci&oacute;n entrecortada del delgado personaje y lo &uacute;nico que se mueve es su pecho, bajando y subiendo agitado y el vapor que sale en r&aacute;pidas r&aacute;fagas desde su boca y se disipan poco despu&eacute;s. Se palpa el culo y se ve la mano sangrante, hace una mueca de dolor y se revisa con cuidado la herida, torciendo el cuello y examin&aacute;ndose con la mirada.
   Espera unos minutos y comienza a caminar, lento, sin hacer el menor ruido. Sabe que est&aacute; a salvo, que el gordo no pudo saltar la cerca, pero debe escapar del terreno de la f&aacute;brica. Aprovecha las sombras y sabe como moverse en la oscuridad, como una serpiente en el musgo de la selva. Como todo buen ladr&oacute;n, le teme a los perros, as&iacute; que mira a su alrededor fren&eacute;ticamente, casi como un p&aacute;jaro, buscando verlos antes que ellos le vean. Encuentra una reja, no muy alta, por la que cree poder ver al gordo, si es que sigue al otro lado del cerco, y huir luego, si es que la calle est&aacute; libre. Sube. Lento, como un ar&aacute;cnido de s&oacute;lo cuatro patas, sin ruido, sin que la reja se mueva siquiera. Observa a su alrededor como un vig&iacute;a y encuentra al gordo. Sabe que, en su huida, se alej&oacute; mucho del cad&aacute;ver de la chica, as&iacute; que lo ve peque&ntilde;ito, como una “O” en un libro. Parece arrodillado enfrente de la muchacha. 
   Extra&ntilde;ado, nuestro asesino salta al otro lado, arriesg&aacute;ndose a ser o&iacute;do, pero debe de tener patas de gato, pues ni polvo levanta su ca&iacute;da. Camina pegado a la calle opuesta a la luz verdosa, enfermiza; camina por la vereda de un edificio peque&ntilde;o, de varios departamentos y muy viejo, que se repite a su alrededor en todas las calles que ha recorrido, con el mismo n&uacute;mero de ventanas y de pelda&ntilde;os antes de llegar a la puerta. 
   Llega a la altura del gordo y se extra&ntilde;a de la escena. Se agacha, como un felino acechando y sus ojos se entrecierran y sus m&uacute;sculos se tensan. El gordo est&aacute; continuando lo que &eacute;l no pudo terminar. El problema es que resulta casi risible el ver al gordo intentando penetrar y levantar al mismo tiempo, entre quejidos, al culo inerte de la chica muerta, que colorea un riachuelo que baja por la calle y amenaza con llegar a una alcantarilla, con su sangre que escurre desde su cabeza, de reflejos verdes p&aacute;lido debido a las luces, verdaderos fuegos fatuos urbanos.
   El asesino se desespera. Una gota de sudor corre por su sien, cae r&aacute;pidamente y llega hasta su ment&oacute;n, quedando colgando por unos instantes, causando un peque&ntilde;o destello en la oscuridad. Sus dientes rechinan por el nerviosismo y sus manos est&aacute;n sudorosas, su coraz&oacute;n late fuertemente, casi movi&eacute;ndolo con cada palpitar.
   La luna en el cielo no se ve, s&oacute;lo llega su luz destrozada por una pared de nubes oscuras. Una estrella solitaria se mostr&oacute; un instante antes de ser devorada por la oscuridad de las nubes de lluvia para ma&ntilde;ana. Los cables de electricidad en sus postes resonaban con un rumor imperceptible, que se perd&iacute;a con el silencio. El asesino tiene un pito en el o&iacute;do. La luz verdosa no lo toca y s&oacute;lo sus ojos brillan mientras ve ese acto tan horrible con el ce&ntilde;o fruncido.
   De pronto, tras una sombra que se mueve y un golpe sordo como el que hace una sand&iacute;a al partirse, el gordo est&aacute; muerto, con el gancho enterrado en la sien y apoyado en la cerca, todav&iacute;a sosteniendo con sus manos a la muchacha que parece un harapo. La mirada del gordo refleja sorpresa y temor. Sus ojos ya no brillan, tampoco la sangre de la muchacha, que acaba de juntarse con la del gordo un poco m&aacute;s all&aacute;, donde camina tembloroso un hombre delgado con el pelo casta&ntilde;o, pero pintado completamente de verde por las luces de la calle. La f&aacute;brica queda en silencio, quieta como una bestia al acecho, mientras los pasos del asesino se pierden calle abajo. Aparece la niebla, tranquila, como una novia, tapando todo con su velo. El perd&oacute;n no es necesario, ni el hombre que camina rumbo al ocaso tiene intenciones de buscarlo.
   Todo ha terminado. El silencio cae como un tel&oacute;n al finalizar la funci&oacute;n y la calma llena todo. La sangre corre, tranquila como un riachuelo, y cae lentamente en una canaleta, a gotas pegajosas que se pierden en el vac&iacute;o de las alcantarillas, todo con d&eacute;biles destellos verdes. Ma&ntilde;ana el rictus mortis, y pasado, el estallido silencioso y las v&iacute;sceras esparcidas del gordo decorar&aacute;n la calle de mil tonos de rojo y colores sin&oacute;nimos de homicidio.
   Todo est&aacute; bien en la tierra, Dios est&aacute; en su cielo. Eso lo sabe el caminante y &uacute;nico sobreviviente de una noche de sangre y sexo impuro, que va con su inconsciencia tranquila y sosegada. Ya amanecer&aacute; y la luz ver&aacute; lo que sucede en su ausencia.
   La sangre hablar&aacute; por s&iacute; sola al amainar la oscuridad. Las gotas que escurrieron por el pantal&oacute;n del asesino no ser&aacute;n m&aacute;s que indicios de la locura y la brutalidad de una noche, que como un puzzle, parecer&aacute; imposible de armar. Y de amar.
]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2005-04-06</dc:date>
			<pubDate>Wed, 06 Apr 2005 10:42:38 CEST</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Mujer de perfil]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/975/97506/</link>
			<description><![CDATA[MUJER DE PERFIL

La pared color amarillo oscuro, su poler&oacute;n negro, lo casta&ntilde;o opaco de su cabello y la falta de luz en la habitaci&oacute;n, y especialmente bajo la mesa, contrastaban de sobremanera con la blancura de su di&aacute;fana piel. Sus lentes y cierto orden en sus ropas y pelo, le daban un aire de intelectual o de estudiosa. La botella de vino, los dos vasos y una bebida cola; el como estaba inclinada en la silla, mirando al otro extremo de la mesa en actitud perceptiva, con la mirada atenta y su mano derecha sutilmente sosteniendo su cabeza, muy erguida, me indicaban a gritos de que ella no estaba sola en aquel sitio. En la pared que alcanzaba a ver, un cuadro con una foto blanco y negro, con el rostro de un hombre que yo no conoc&iacute;a, pero que encontr&eacute; parecido a Carlos Gardel,(despu&eacute;s vine a saber que era &eacute;l) vestido a la antigua, de traje, corbata y sombrero, me observaba con cierta sospecha a pesar de su mirada clara y sincera. 
   En una repisa, alta y oscura, hacia un rinc&oacute;n e, iluminado por la luz de la ventana, un reloj marcaba las tres y cuarto con sus fr&aacute;giles manecillas. Al lado de &eacute;ste, una peque&ntilde;a artesan&iacute;a con forma de casa o una casita de artesan&iacute;a, no s&eacute; como explicarlo.
   Imagin&eacute; como ser&iacute;a el tono de voz de aquella ni&ntilde;a, con quien estar&iacute;a hablando, d&oacute;nde quedaba aquel lugar, su aroma, la suavidad de su piel, y as&iacute; se me fue escapando el d&iacute;a. Tras un rato, volv&iacute; a concentrarme en ella. &iquest;Cu&aacute;l ser&iacute;a su nombre, su situaci&oacute;n social, sus gustos, de qu&eacute; color ser&iacute;an sus ojos, cu&aacute;ntos a&ntilde;os tendr&iacute;a, qu&eacute; tan alta ser&iacute;a, qu&eacute; acababa de comer, qu&eacute; hac&iacute;a all&iacute;, qu&eacute; era, en resumen, todo eso?. Las preguntas se me ocurr&iacute;an tan r&aacute;pidamente y ten&iacute;a tan pocas respuestas que hasta llegu&eacute; a pensar que yo no exist&iacute;a verdaderamente y no era m&aacute;s que un fantasma, un recuerdo que de repente obtuvo conciencia, un ser ajeno, extra&ntilde;o, tan d&eacute;bil al extremo que hasta una imagen lo pod&iacute;a doblegar.
   Deber&iacute;a eliminarme, ubicarla, apaciguarme, asesinarla, dormirme, olvidarla, degollarme, estrangularla, sentirme, traicionarla, despertar de este mal sue&ntilde;o, apreciarla, erradicarme, emborracharla, tomar algo fuerte, balearla o simplemente agarrar, sutilmente, delicadamente, mi cabeza y lanzarla una y otra vez con inusitado &iacute;mpetu contra la pared, una y otra y otra vez hasta reducirla a una masa de carne ardiente y vaporosa que no vuelva jam&aacute;s a tener conciencia. Por que estoy seguro que todo esto no es m&aacute;s que una pesadilla y la misma narraci&oacute;n que hago en este momento es falsa y no pertenece a lo real y lo que ocurra aqu&iacute; no importar&iacute;a, pues no tendr&iacute;a consecuencias en el mundo real.
   Que alivio. Suspirar&iacute;a, pero no s&eacute; d&oacute;nde est&aacute; mi respiraci&oacute;n. Al fin comprend&iacute; todo y fue como ver las decenas de amaneceres de los que hablaba el principito. De pronto intento cerrar mis ojos, o al menos eso creo, pero es como si no tuviera p&aacute;rpados y se me hace imposible sacar aquella imagen de mi mente y a cada instante que pasa la encuentro m&aacute;s bella y cada vez me importa menos el pensar en c&oacute;mo volver a pensar con claridad. Aunque pudiera ocurrir que lo que en realidad me pasa es que estoy empezando a pensar con claridad y toda mi existencia lo hab&iacute;a hecho de forma incorrecta, como si tuviera niebla en mis pensamientos, una niebla espesa que no me dejara expresarme como deb&iacute;a o como quer&iacute;a, quiz&aacute;s eso era la verdad, todos tenemos niebla en nuestro interior, movi&eacute;ndose, la que provoca que nos mintamos y enga&ntilde;emos unos a otros en un c&iacute;rculo vicioso que no tiene ning&uacute;n fin, y que s&oacute;lo nos lleva inexorable e inevitablemente al principio, a mi locura instant&aacute;nea. Gracias a todos, el show ha terminado por hoy, gracias, menos a la ni&ntilde;a de la imagen porque ha sido ella la responsable de todo esto, me ha confundido y deber&iacute;a venir a limpiar todo este desorden que hay entre los huesos de mi cr&aacute;neo. Es ella y s&oacute;lo ella por la que comenz&oacute; este inconsecuente acto, que como ya dije, no tiene un final definido m&aacute;s que la colisi&oacute;n violenta contra algo o alguien. Como con una est&uacute;pida e ilusa concepci&oacute;n fatalista de la vida, estamos destinados y en realidad no somos due&ntilde;os de nada, ni siquiera de nosotros mismos, porque de una u de otra manera, sin importar lo que uno hiciera o obligara a otros a hacer se salvar&iacute;a de un fin como del que se nos supone inevitable, lo que nos convierte en borregos imb&eacute;ciles que estiran la lengua para que otro humano les coloque un pedazo de pan plano y blanco y nos diga que estamos salvados o nos hagan cantar o colaborar con dinero o flagelarnos o abstenernos de algo, todos nos conducen a bajar la cabeza y seguir mam&aacute;ndonos la misma serie de elementos o actos con el fin de ubicar una ilusa sensaci&oacute;n de satisfacci&oacute;n, todos nos usan para sacarnos la lana y hacernos borregos rosados que ellos devorar&aacute;n llegado el momento y te mandar&aacute;n la factura despu&eacute;s.
   Todo por culpa de la ni&ntilde;a que estaba sentada en aquella mesa conversando o fingiendo que lo hace, intentando en vano olvidar que existen m&aacute;s personas en este lugar, que su existencia no es solitaria, que tarde o temprano uno se encuentra con gente que, extra&ntilde;amente, nos parecen id&oacute;neos para nuestros deseos y afinidades, lo que nos envuelve y nos toca y nos mira y luego, de la ilusi&oacute;n, nos mata. Amor puro.
   Sue&ntilde;o con los muertos de mi patio trasero, con mi delirio amargo, provocado tal vez por el alcohol, por la noche o por una mujer que alguna vez conoc&iacute; en un lugar tan lejano y ajeno como un sue&ntilde;o. Tal vez, alguna vez para m&iacute; los sue&ntilde;os me fueron interesantes, mas hoy, prefiero deleitarme con mi simple placer de so&ntilde;ar despierto entre comidas. Por que as&iacute; la monoton&iacute;a se quiebra, por que as&iacute; ya me parece que tengo algo entre mis manos abiertas, algo que no corre como si de arena se tratase, no algo que se mantiene all&iacute;, corp&oacute;reo, material, como una cr&iacute;a de animal, algo tibio que me suena a comienzo. Pero basta un susurro para romper una maquinaci&oacute;n en mi mente, y lo que alguna vez me pareci&oacute; interesante o hermoso, se descascara como invadido por el &oacute;xido, y me quedo con cenizas entre mis sue&ntilde;os, o quiz&aacute;s era entre mis manos, que m&aacute;s da.
   Cierro los ojos,(o tal vez los abro) y vuelve a mi pensamiento la ni&ntilde;a de perfil inm&oacute;vil, con la mirada fija, con sus lentes extra&ntilde;os, por que no encuentro otra palabra para referirme a ellos, y creo que la misma palabra la describe a la perfecci&oacute;n, por que me es ajena o irreconocible si alguna vez la conoc&iacute;. Es rara, fuera de lo com&uacute;n pese a su m&aacute;scara c&iacute;nica de normalidad. Y pienso si ella es real o si yo soy un sue&ntilde;o que se le ha escapado a su imaginaci&oacute;n y sin querer, me he rebelado contra el orden existente de que es ella la que ordena lo que yo soy, y ahora yo mismo me creo a m&iacute; mismo, sin que ella pueda hacer nada para evitarlo, por que no soy tangible, por que aunque ella se destroce el cr&aacute;neo y esparza sus sesos sobre una mesa, no conseguir&aacute; encontrarme (debo de tener alguna fijaci&oacute;n man&iacute;aca en este lugar con el hecho de destrozarse la cabeza). Ahora imagino o recuerdo que alguna vez vi su sonrisa, pero eso es imposible, de ella no s&eacute; m&aacute;s que alguna vez estuvo hablando con alguien ense&ntilde;&aacute;ndole su perfil insolente y ciertamente altanero, pero, a&uacute;n as&iacute;, la sensaci&oacute;n de conocer de alg&uacute;n sitio su sonrisa vuelve a m&iacute; con fuerza y choca contra m&iacute; como si de las olas del mar se tratasen, llev&aacute;ndome en cada golpe sordo y seco, la imagen de sus dientes, muy cerca de mis ojos, como si alguna vez nos hubi&eacute;semos besado o intimado. Recuerdo su silueta saliendo de entre el humo de tabaco y la luz de un foco en una plaza, recort&aacute;ndose contra la oscuridad envolvente que la abrigaba. Sus piernas se extend&iacute;an mientras andaba, coqueta y orgullosa, sabi&eacute;ndose vista, pero me produc&iacute;a una contradictoria sensaci&oacute;n de pena gigantesca, pues su mirada se perdi&oacute; un momento, sin que ninguno de los que la acompa&ntilde;aba lo notase, y pareci&oacute; querer irse, escapar, pero no pudo hacerlo, o tal vez tuvo un impulso de cometer un acto que nadie entender&iacute;a pero que ella sent&iacute;a que deb&iacute;a hacer. En otras palabras, era una bella pero triste ni&ntilde;a que parec&iacute;a muy feliz y entretenida al enga&ntilde;arse a s&iacute; misma hablando con gente que supon&iacute;a que le agradaban y  que se sab&iacute;a conversando lo mismo que hace una semana atr&aacute;s, cayendo en un instante de remordimiento por darse cuenta de lo anterior. Temo que mi vista se encontraba lejos, y ella de seguro no me vio, aunque quiz&aacute;s s&oacute;lo me la so&ntilde;&eacute;. 
   Sus secretos son misterios insondables, incalculables, tan profundos como el pozo m&aacute;s oscuro, y me parece que si alguna vez llegase a saber uno, ser&iacute;a como ver la punta de un iceberg, como si sus secretos fueran comienzos por descubrir, comienzos que generan sensaciones de fr&iacute;o y calor, que dan un sentimiento de estar desnudo frente al porvenir, frente a lo que se descubrir&aacute;, miedo en resumen, miedo al dolor que se prev&eacute; en la oscuridad. Secretos que son &aacute;rboles invertidos, uno toma la ra&iacute;z y cree saberlo todo al llegar al tronco, pero todo se magnifica, ramifica y complica al ver las ramas, expandi&eacute;ndose como un brote primaveral. Recuerdo susurros indescifrables al o&iacute;do que parecen gemidos o aullidos de animal herido, y la voz que me los dice es de mujer. 
   Todo el problema por verla, por imaginarla, por que indescriptiblemente todo parece que gira en torno a su piel, que adivino suave, tanto as&iacute; que veo como mi mano resbalar&iacute;a sobre su piel sin ning&uacute;n roce, como una gota de aceite sobre un vidrio. Asimismo imagino el como mis latidos se sincronizar&iacute;an con los suyos,( una vez so&ntilde;&eacute; con un tubo v&iacute;treo que un&iacute;a los pechos de los enamorados en una macabra tortura) y por un momento, ser&iacute;amos uno, un ser que lleva en sus hombros el peso de dos almas, un ser que no comprende c&oacute;mo se puede amar a s&iacute; mismo y odiarse tanto al mismo tiempo, por que la uni&oacute;n es el comienzo de la separaci&oacute;n y porque desde el instante en que yo me uniera con ella ya ansiar&iacute;a el recobrar la libertad y sentir mi piel sola jugando con el viento arremolinado, por que el calor corporal no est&aacute; hecho para compartirse, por que naces solo y as&iacute; te ir&aacute;s y nadie refuta eso. Nadie que est&eacute; vivo, por lo menos.
   En un instante, inconcebiblemente, no entiendo nada m&aacute;s all&aacute; de lo que siento y es poco lo que siento y m&aacute;s lo que intuyo. Los minutos pasan y con ellos el tiempo, pero nada queda y mis pensamientos se desordenan en la oquedad de mi cabeza y de pronto todo estalla y se revuelve y se junta para caer en una lluvia de vidrio molido sobre un mont&oacute;n de carne fresca, pero muerta, y a &eacute;sta se le producen laceraciones y cortes y parece que va a desaparecer bajo la mancha que la invade, cubri&eacute;ndola de rojo, rojo por todos lados y por ninguno, que incoherente y surrealista suena eso, pero ya no importa, por que ya enloquec&iacute; de sobremanera, con un esc&aacute;ndalo ejemplar, y la salida del laberinto no se ve en la cruel soledad, que agobia como si de calor se tratase y trata de estrangularme y me resisto y en el forcejeo, que me destroza la piel, vuelvo a encontrarme con la imagen extra&ntilde;a de la ni&ntilde;a de perfil insolente como una exclamaci&oacute;n de placer sexual en un funeral, anhelante como ojos de ni&ntilde;o y aterradoramente ajena como el dinero en mis manos y la ambici&oacute;n en sus ojos. Explota el cielo y de &eacute;l caen miles de peque&ntilde;os puntos brillantes que no dicen nada y que parecen llevar en ellos todas las preguntas del mundo y parecen ni&ntilde;os con ojos llorosos por que se han quedado solos en el mundo y gritan o chillan con bocas abiertas sin dientes y enc&iacute;as amarillentas, y c&oacute;mo no oyes sus gritos, de animal casi, que gritan en los pozos de la ignorancia porque no entienden la muerte, ni el enojo, ni el odio, ni el oro, ni siquiera el existir en un mundo nuevo que se cae de viejo y como no se imaginan el d&oacute;nde llegar&aacute;n, est&aacute;n de pie solos y desnudos frente al cruel destino que maneja sus d&eacute;biles miembros huesudos con hilos de marioneta, y por ello es mejor que no sue&ntilde;en con cambiar el mundo, porque sino no tendr&aacute;n la oportunidad de ver a la diosa con la que llevo siglos alucinando, y que hoy reci&eacute;n encontr&eacute; en medio de las cosas normales que hago cada d&iacute;a. El amanecer golpea con una luz d&eacute;bil en una ventana que no logro ver, pero que adivino por su blancura. Ruidos lejanos recuerdan la poca soledad que tengo y la  rabia por no poder llorar en paz. La humedad es de sangre o l&aacute;grimas o baba pero por m&aacute;s que lamo o creo lamer no identifico. Lloro callado con l&aacute;grimas largas.
   Parece que todo se disuelve, como humo de tabaco en la oscuridad, con un reflejo inconfundible. Algo se quiebra o termina y la imagen vuelve, gira, baila ante mis ojos, se esconde, se ilumina, se funde y se rearma. A&uacute;n as&iacute; sigue siendo la misma, la misma ni&ntilde;a, ella, de perfil insolente, segura de s&iacute; misma, como ese tipo de compa&ntilde;&iacute;a del que vale la pena enamorarse y luego esperar el tren,  para, sin decir adi&oacute;s, largarse a morir bajo el peso de la bota del recuerdo, como final de pel&iacute;cula gringa.
   Es imposible el prever algo en este estado subjetivo de la existencia. Ni siquiera s&eacute; donde estoy, y mis dudas van en aumento sobre si algo est&aacute; bien o funciona, y tengo la leve sospecha de que algo sali&oacute; mal. Me parece que me expando, que me achico, que mi cuerpo es llevado por una marea que le mueve a su antojo, que no poseo voluntad alguna para oponerme a tal fuerza. Soy una hoja en un riachuelo que baja danzando entre rocas. De a poco las ideas se me van aclarando y me parece que no estoy despertando, sino que vengo llegando de muy lejos, de m&aacute;s lejos de lo que jam&aacute;s he ido. Lentamente recobro conciencia de mi cuerpo, que en un momento me pareci&oacute; una materia et&eacute;rea e inconsistente, y siento mi espalda apoyada en mi cama, aunque por un momento, supongo que mientras mis ideas se ordenaban con la realidad, pens&eacute; que sentir&iacute;a el peso del cuerpo de la ni&ntilde;a sobre el m&iacute;o. Era sangre lo h&uacute;medo. Me mord&iacute; el labio.  
   Despierto un poco m&aacute;s. Intento incorporarme, pero s&oacute;lo consigo sentarme. Ya no me siento tan bien, escalofr&iacute;os me recorren y tengo ganas de ir al ba&ntilde;o. La luz viene de una ventana que me brinda un poco de atenci&oacute;n de parte de un sol p&aacute;lido No es algo muy agradable. Tomo mi cabeza entre mis manos e intento fijar mi vista, pues todo parece girar como un carrusel. No me hab&iacute;a dado cuenta de lo da&ntilde;ino que son las pastillas. 
   Lo juro. No volver&eacute; a imaginar cosas antes de dormir para so&ntilde;ar con ellas. No volver&eacute; a ver esa foto al acostarme. No volver&eacute; a probar estas drogas sin compa&ntilde;&iacute;a, no volver&eacute; a tener depresi&oacute;n, ni a despeinarme ni a comer menos de lo debido. Tal vez simplemente no deber&iacute;a volver a vivir.


]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2005-04-06</dc:date>
			<pubDate>Wed, 06 Apr 2005 10:47:06 CEST</pubDate>
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			<title><![CDATA[Astrid]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/975/97507/</link>
			<description><![CDATA[Aqu&eacute;l d&iacute;a despert&eacute; con un &aacute;nimo excelente, salt&eacute; de la cama un instante antes de que el despertador comenzara a sonar, de un s&oacute;lo golpe lo hice callar, corr&iacute; al ba&ntilde;o, me di una ducha de diez minutos y cant&eacute; todo el rato, cuando sal&iacute; de &eacute;l, despert&eacute; a mi amiga y compa&ntilde;era, Astrid, que, para variar, segu&iacute;a durmiendo, con varios golpes y arroj&aacute;ndole mi toalla h&uacute;meda sobre la cara. Al rato, desayun&aacute;bamos de lo m&aacute;s contentas mientras ve&iacute;amos las noticias por televisi&oacute;n. Sal&iacute; rumbo a mi trabajo, y ni me di cuenta cuando ya hab&iacute;a llegado a el mediod&iacute;a y con &eacute;l, la hora de almuerzo que disfrut&eacute; de lo m&aacute;s bien conversando con mis colegas de aqu&eacute;l c&eacute;ntrico centro dental, pero, con tanta excitaci&oacute;n, derram&eacute; un par de gotas de ketchup sobre mi falda. Me limpi&eacute; en el ba&ntilde;o y continu&eacute; trabajando. Mi novio me llam&oacute; mientras realizaba una extracci&oacute;n que me ten&iacute;a muy complicada, la ra&iacute;z estaba muy profunda, y la anestesia no surt&iacute;a efecto. “ll&aacute;mame despu&eacute;s, &iquest;ya?, un beso, chau” La maldita muela sali&oacute; al cabo de un rato de forcejeos y mi ce&ntilde;o fruncido de esfuerzo se relaj&oacute; al verla ensangrentada frente a mis ojos. “&iquest;Quieres llev&aacute;rtela?” Su cabello desapareci&oacute; tras la puerta llevando en una mano una bolsa con una muela y la boca llena de algod&oacute;n y puntos de sutura. “Al menos, lo &uacute;nico que comer&aacute;s ser&aacute; helado” &Eacute;se era el consuelo de los que ten&iacute;an que pasar por las molestias de una extracci&oacute;n.
   Mi novio no volvi&oacute; a llamar. No me preocup&eacute;, total, estaba de viaje, un viaje largo, en busca de no s&eacute; que cosa en no s&eacute; que parte. Astrid me reprochaba el que yo mostrase tanto relajo respecto a &eacute;l y su viaje a ning&uacute;n lugar. Que un d&iacute;a estaba en Cuba, al siguiente llamaba desde Argentina y d&iacute;as despu&eacute;s, al revisar mi correo electr&oacute;nico, un mail de &eacute;l me daba saludos desde Veracruz, M&eacute;xico. A m&iacute; tambi&eacute;n me preocupaba el que no me preocupase la situaci&oacute;n de la persona con la que vivir&iacute;a dentro de un par de meses. No hab&iacute;a caso, por m&aacute;s que me concentrase, no lograba causarme preocupaci&oacute;n alguna. “Con alguna cochina debe estar” Las voces de Astrid me carcom&iacute;an la cordura, a veces. Pero s&oacute;lo a veces, la mayor&iacute;a del tiempo lo &uacute;nico que me distra&iacute;a era la m&uacute;sica y las pel&iacute;culas en el cine que estaba a un par de cuadras de mi departamento. Por eso cuando llegu&eacute; a casa, puse mi m&uacute;sica favorita, fum&eacute; un par de cigarrillos mirando como atardec&iacute;a por la ventana y me acord&eacute; del principito. Mi novio me dijo una vez que antes de conocerme estaba como el borracho de &eacute;se cuento de Saint Ex&uacute;pery, inmerso en un c&iacute;rculo vicioso con su soledad y sus pensamientos como &uacute;nica compa&ntilde;&iacute;a. Pero que tras conocerme, de a poco, paso a paso, como un beb&eacute; que aprende a caminar, pas&oacute; a sentirse, y a ser, mejor dicho, como Il R&eacute;nard, el zorrito amigo del principito, y comenz&oacute; a apreciar todo lo que lo rodeaba. Ahora, combat&iacute;a sus demonios.
   “Se fue hace m&aacute;s de dos semanas”. Rumbo a qui&eacute;n sabe d&oacute;nde. S&oacute;lo &eacute;l lo sab&iacute;a con certeza, lo &uacute;nico que yo entend&iacute;a era que por toda Am&eacute;rica hab&iacute;a gente que lo conoc&iacute;a, y que se sent&iacute;a en la obligaci&oacute;n, m&aacute;s que nada por salud mental, supongo, de atar sus cabos sueltos, de reparar los da&ntilde;os que hab&iacute;a causado y de terminar con lo que lo atormentaba, se encontrase donde se encontrase. “Alg&uacute;n d&iacute;a lo sabr&aacute;s todo” S&iacute;, s&iacute; lo s&eacute;, Fabi&aacute;n, alg&uacute;n d&iacute;a me confesar&aacute;s todo, pero igual vas a tener que contarme algunas cosas a tu regreso, tal vez la idea general para imaginarme por d&oacute;nde van las l&iacute;neas del fantasma que te atormenta tanto. “Mi mayor secreto es que no tengo secretos, mis secretos no son de tu gusto, mis secretos son simples, tanto que ya los conoces, no son los que tu imaginas, no; lo lamento, pero no tengo los secretos que tu querr&iacute;as que tuviera” &iquest;Por qu&eacute; demonios ten&iacute;as que pelearte conmigo antes de irte? Tu disculpa y la m&iacute;a por tel&eacute;fono suenan como el rumor del viento entre las hojas de un bosque desconocido, nadie sabe d&oacute;nde terminan, d&oacute;nde comienzan, todo es tan falso. “Donde voy nadie puede acompa&ntilde;arme” Claro, resulta que no pod&iacute;a ir contigo, y encima, eres tan pagano como para poner las palabras de Jes&uacute;s en tu sucia boca. A ratos te odio de verdad, Fabi&aacute;n, pero tienes la suerte que se me pasa. Como cuando me llamas “gata” al hacer el amor entre las s&aacute;banas que se llenan de manchas amarillas las ma&ntilde;anas de domingo que comienzan un s&aacute;bado en la noche, y as&iacute; se nos escapa, as&iacute; se me va el enojo, con una palabra tuya, maldito enamorado m&iacute;o.
   “Gatita m&iacute;a, preciosa, ojos de esmeraldas perdidas, piel de azahar a la luz de la luna” Y tu boca se entreabre antes de llenarme de ti. Si no fueras as&iacute;, si te desviaras s&oacute;lo un poco, si este viaje te cambiase, morir&eacute; de desilusi&oacute;n, porque no cambi&eacute; contigo, porque preferiste largarte a arreglar tus asuntos y crecer super&aacute;ndote para superarme y relegarme a la soledad.
   “Amiga m&iacute;a, si estos hombres no merecen confianza alguna, si hay que estar continuamente dando y quitando, si les das la mano, te tomar&aacute;n el pie, si los dejas, te dominan, si no, te desprecian. El punto est&aacute; en el equilibrio” Astrid, mi amiga de a&ntilde;os, descarada consejera, flor coqueta consiente de su belleza, que no aguantas a un hombre por m&aacute;s de un par de meses, a no ser por un poeta que amaste m&aacute;s de un a&ntilde;o, que te destroz&oacute; porque t&uacute; lo dejaste por miedo a que sent&iacute;as que te enamorabas completamente y no lo pod&iacute;as controlar y vaya que necesitaste voluntad para no dejarlo, porque yo dorm&iacute;a al lado tuyo y escuchaba tus sollozos mientras intentabas borrar los mensajes que &eacute;l te dejaba en tu celular sin leerlos, pero igual los le&iacute;as porque a&uacute;n lo sent&iacute;as tuyo, y como lloraste el d&iacute;a en que lo viste pasar con otra, y eso que s&oacute;lo pas&oacute; caminando rumbo al horizonte conversando con esa mujer extra&ntilde;a y tan ajena que lo &uacute;nico especial que ten&iacute;a era un crucificio dorado en su pecho cubierto de lana negra. Y con qu&eacute; pasi&oacute;n te lanzaste sobre tu pobre y joven profesor ayudante de agronom&iacute;a, y con que gracia rechazaste luego sus llamadas y mensajes, que dulce consuelo para ti y que agrio trauma para el pobrecito de ojos grises, que te juro, perdieron el brillo desde entonces. Eres muy cruel, pero igual te quiero, porque por m&aacute;s que intentaste destrozar a ese pobre poeta que te am&oacute; como nadie, tu ya estabas destrozada desde el d&iacute;a en que le dijiste que ya no lo quer&iacute;as y todas esas estupideces que se dicen al matar un amor. “Vete al diablo, maldito miserable” Eso fue fuerte, pero ganaba el que dec&iacute;a la &uacute;ltima palabra y se iba caminando sin mirar atr&aacute;s, &iquest;no?.
   “Si tu quisieras, si yo quisiera ser &eacute;l que t&uacute; quieres” Malditos poetas y su alocada b&uacute;squeda por musas como cazadores furtivos matando cr&iacute;as de focas, albas de nieve, para sacarles la piel y hacer abrigos. Amor, tema insano del que pueden hablarte horas sin aburrirte, o simplemente dejarte llevar por sus voces profundas (pobrecitos los poetas de voz afeminada o aflautada, poco pueden hacer al recitarte sus poemas al o&iacute;do) y contestarles s&oacute;lo lo m&iacute;nimo para dejar que ellos sean los que llenen los espacios vac&iacute;os, los silencios poco solemnes que se crean mientras a tu alrededor todos bailan pero tu no, porque tienes un poeta como sost&eacute;n, y lo dejas hablar para que se desahogue, o se deshoje, mejor dicho, para recibir ciertos roces de placer furtivo entre tus o&iacute;dos y tu pecho. Poetas amigos tuyos que, a&ntilde;os atr&aacute;s, llenaban la alfombra con el murmullo de sus versos, para caerle en gracia a la due&ntilde;a de casa, t&uacute;, s&oacute;lo t&uacute;, Astrid, la reina de los condenados a contemplar amaneceres sin luz, la &uacute;nica flor que nace entre los cardos y los mata. Mi amiga. No dir&eacute; que no me asombr&eacute; al ver a tu poeta tras las cortinas de un caf&eacute;, pero m&aacute;s me asombr&eacute; cuando estuve frente a &eacute;l y una taza de chocolate caliente, conversando sin nombrarte, no como era costumbre cuando estabas con &eacute;l, que de lo &uacute;nico que habl&aacute;bamos era de ti, y lo hac&iacute;a re&iacute;r con mis historias sobre tus caprichos y secretos, d&aacute;ndole pistas para sorprenderte, para deleitarme con los momentos cuando dec&iacute;as lo mucho que te agrad&oacute; que &eacute;l supiera que te gustaba tal m&uacute;sica o que te haya llevado a ver la obra de teatro de la que me hab&iacute;as estado hablando durante m&aacute;s de un mes al acostarnos y apagar la luz, &eacute;sa a la que no pod&iacute;as ir porque tus escu&aacute;lidos sueldos no te lo permit&iacute;an. Pero el poeta no es pobre, su apellido te remonta a antiguas eras, cuando llegaron inmigrantes europeos a colonizar tierras que s&oacute;lo ten&iacute;an el nombre puesto, tierras que parec&iacute;an no existir pero que ellos hicieron salir de la imaginaci&oacute;n de los hombres mediante el esfuerzo de un arado y las obstinadas paladas que le dieron al suelo buscando armar los cimientos de sus hogares. Y recibieron los frutos de la tierra y los exportaron y se hicieron ricos para terminar dando a luz a v&aacute;stagos inoperantes, pero con el dinero de los antiguos, como tu poeta que a cada palabra que me regalaba aquella tarde se hac&iacute;a un poco m&aacute;s m&iacute;o y dejaba de ser tuyo. Me lo llev&eacute; a nuestro apartamento, y tu no estabas, t&uacute; tambi&eacute;n decidiste, no s&eacute; si porque sab&iacute;as que Fabi&aacute;n pronto llegar&iacute;a, y por un extra&ntilde;o sentimiento de orgullo, no quer&iacute;as ver c&oacute;mo yo me postraba frente a mi hombre y le perdonaba su viaje existencial tan lleno de misterio.
   Ten&iacute;a a tu poeta en el sof&aacute; del living, contemplando la luna entre las cortinas, con una atm&oacute;sfera llena de tabaco y jazz, con las luces a medio apagar y con un calor de noche de verano que se agolpaba entre los pliegues de cada mueble en la habitaci&oacute;n y en las pieles de los dos seres humanos que en ella estaban; yo y tu poeta.
   “Nunca le hagas el amor a otro hombre con el que no hayas estado por lo menos una semana, te lo ruego” Astrid, no suelo ser tan tonta, aunque Fabi&aacute;n me lo hizo en menos de eso, tu poeta estaba cayendo bajo gracias a los efectos del alcohol. No te negar&eacute; que lo dese&eacute;, pero ver la triste cirrosis de tu pobre rapsoda detuvo mis impulsos carnales. Lo dej&eacute; dormir all&iacute; hasta el otro d&iacute;a y lo desped&iacute; con un caf&eacute; y un par de galletitas con mermelada en su est&oacute;mago.
   “Te amo, no volver&eacute; a estar lejos de ti, ya todo pas&oacute;, ya no tengo pasado que me persiga”. Y as&iacute; lleg&oacute; Fabi&aacute;n cargado de historias y cansado de matar recuerdos a derramarse en m&iacute; y luego llegaste t&uacute; y me encontraste unida a &eacute;l, aunque no me diste tiempo de vestirme, aunque sab&iacute;a que realmente lo que quer&iacute;as era a m&iacute; y que yo era lo que te hab&iacute;a hecho botar al poeta, aunque sab&iacute;a que tu viaje s&oacute;lo era una excusa para sacar una visa y huir luego de tu crimen, pese a todo, tonta que soy, no pens&eacute; nunca en ti hasta que fue demasiado tarde. No me diste tiempo de despertar bien siquiera, apretaste el gatillo varias veces y nos dejaste fr&iacute;os, desnudos y ensangrentados, como p&eacute;talos de rosa resecos en medio de un lodazal, entrelazados para siempre, hechos estatuas en estado de putrefacci&oacute;n, y as&iacute; fue c&oacute;mo nos encontr&oacute; la polic&iacute;a a la semana de habernos ido de este cochino mundo, y nunca te encontraron y tu seguiste con tu laboriosa obra; encantar para luego escapar, como una brisa de cristal que llama la atenci&oacute;n de los cuervos, como una dorada pompa de jab&oacute;n que no estalla y que pasa sobre las cabezas de los ni&ntilde;os para guiarlos a la carretera. Y tan inocente que eras, mi rosa del principito con tus espinas para matar tigres.
   “Eres mi mejor amiga”. Sin comentarios. 
]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2005-04-06</dc:date>
			<pubDate>Wed, 06 Apr 2005 10:49:58 CEST</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[Matutino]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/977/97794/</link>
			<description><![CDATA[Mi cantar es el de la flor ahogada por el humo de la ciudad,
es el ave muerta al lado del camino,
que parece revivir con el viento que la mece.
Mi voz es del viento de los callados y de la lluvia,
es lluvia que cae y agua que sube a los cielos.
Mis pasos son de cortejo nocturno en una plaza, son los del gato al corretear la luna en los tejados.
Mi letra es de m&eacute;dico. Mi padre es uno.
Mi letra no es de m&eacute;dico. Yo jam&aacute;s ser&eacute; uno.
Mi letra abarca un grano de arena, pero caben en ella,
todas las playas y los &aacute;ridos desiertos.
Mi sombra es la de la tarde, de los focos
y de cualquier parte, es fantasma esclavo,
un ser pegado a m&iacute; queriendo bailar con los faroles.
Mi llanto es el de la flor segada en medio del trigal,
es la canci&oacute;n olvidada de toda memoria, 
es el &aacute;rbol que cae y nadie oye.
Mas a veces se confunde con la risa de cualquiera.
Mis ojos suelen ser de los detalles,
de los adornos rococ&oacute; que nadie quiere ver.
Mi regreso y mi ida se asemejan al amanecer 
y el pobre ocaso que se desangra en negrura.
Mi mujer.
Mi mujer es del aire, del recuerdo,
de grabados en sepia, de hojas amarillas
y de l&aacute;grimas secas en papel escrito.
Mi poes&iacute;a es ecl&eacute;ctica, el&eacute;ctrica y el&aacute;stica,
pero nunca la he podido nombrar a gritos.
Este poema, este hombre y este sue&ntilde;o,
son tuyos y de nadie m&aacute;s, te lo juro,
son de &eacute;sos que no llevan a ning&uacute;n lado,
s&oacute;lo marcan un punto donde comenzar,
s&oacute;lo son un trompetista que se deshoja en notas dispares,
mientras busca, por piedad, un o&iacute;do amigo.
Yo soy el mismo de ayer, y el mismo de ma&ntilde;ana.
Deber&iacute;a cambiar de lugar con el moai inc&oacute;lume.
]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2005-04-07</dc:date>
			<pubDate>Thu, 07 Apr 2005 14:12:27 CEST</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[En el rio]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/111/111223/</link>
			<description><![CDATA[Las noches de alcohol, pastillas de uso m&eacute;dico y un par de inyecciones definitivamente me hab&iacute;an desviado de lo que se llama el buen camino. Mis vacaciones en aquella zona rural de Chile se estaban acabando, y mi drogadicci&oacute;n y desvar&iacute;os me hab&iacute;an causado la p&eacute;rdida de mis compa&ntilde;eros de viaje, que, de seguro, no estar&iacute;an muy preocupados por m&iacute;. Mi decadente andar me hab&iacute;a conducido, llevado a duras penas m&aacute;s bien, hacia el &uacute;nico lugar donde se escuchaba m&uacute;sica decente. Dvorak sonaba a todo volumen, y cuando el silencio se impuso por unos breves instantes en la negrura de la noche sure&ntilde;a, fue el mism&iacute;simo Mozart el que me gui&oacute; hasta una casa de madera, iluminada por completo a orillas de un r&iacute;o cuyo nombre no recuerdo ahora.
   Encontr&eacute; sin mayor dificultad el camino que guiaba hasta la puerta, y en un acto de demencia, toqu&eacute; la puerta. Un amigo me hab&iacute;a mencionado aquella casa, en caso de que necesitara refugio en mi desventurado y drogado vacilar. Una mujer de unos cuarenta a&ntilde;os me abri&oacute; la puerta sin mayor parsimonia y me hizo pasar. No me pregunt&oacute; nada, ni se fij&oacute; en mi penoso estado. Est&aacute; de m&aacute;s decir que si hubiera querido iniciar una conversaci&oacute;n conmigo hubiera sido in&uacute;til, pues mi sistema nervioso, con su carga pastillosa no funcionaba del todo bien, con lo que se me hubiera hecho dif&iacute;cil pronunciar palabra alguna. Camin&eacute; hasta una terraza y me tir&eacute; en una poltrona apolillada, pero muy c&oacute;moda por sus cojines multicolores, con demasiadas ganas de dormir y reponerme para irme a la ma&ntilde;ana siguiente. El r&iacute;o pasaba tranquilo e invitaba con su suave murmurar al descanso, as&iacute; que le hice caso y me dorm&iacute;.
   No pas&oacute; mucho rato, pues una taza de un brebaje caliente, que al beberlo identifiqu&eacute; como chocolate, me despert&oacute;. La mujer ten&iacute;a puesto una camisa de hombre que le quedaba muy grande, y unos pantaloncillos cortos. Con un par de sorbos al chocolate, reponedor y que extra&ntilde;amente me puso l&uacute;cido como antes de comenzar mi via crucis a la perdici&oacute;n, logr&eacute; escuchar sus preguntas. Al cabo de un lento y penoso proceso de comunicaci&oacute;n de mi parte, logr&eacute; comprender algo. Ella era la t&iacute;a de uno de mis compa&ntilde;eros de viaje, ten&iacute;a esa casa fruto de un divorcio, trabajaba en no s&eacute; que compa&ntilde;&iacute;a telef&oacute;nica y estaba descansando de su trabajo en aqu&eacute;l id&iacute;lico lugar. Le pregunt&eacute; si estaba sola; la camisa de hombre me extra&ntilde;aba. Dijo que s&iacute;, o al menos eso cre&iacute; o&iacute;r. La camisa era de un hermano de ella, y se le hab&iacute;a quedado all&iacute; hace ya mucho tiempo y hab&iacute;a decidido usarla de pijama aquella noche. Me lo cre&iacute; y continu&eacute; bebiendo, a sorbitos, mi chocolate. Todo ten&iacute;a un ambiente familiar, hogare&ntilde;o, relajante y de quietud. La m&uacute;sica suave a nuestras espaldas, el r&iacute;o con su murmullo, la noche enferma de estrellas que miraban con su &uacute;nico ojo, los grillos, las d&eacute;biles luces de la casa y del cuarto menguante de luna, el chocolate, todo estaba en su sitio, todo dispuesto para una velada agradable con esta se&ntilde;ora, un buen sue&ntilde;o y un mejor despertar. Hasta se me pasaron las ganas de suicidarme que ten&iacute;a.
   De pronto, ella se levant&oacute;. La conversaci&oacute;n hab&iacute;a entrado en esa etapa odiosa, donde se tranca y se producen largos silencios que no son amenos, sino que muestran la falta de un tema com&uacute;n. Volvi&oacute; al rato, suficiente para no dormirme y lo justo para que me entrara el sopor de la fatiga et&iacute;lica. Tra&iacute;a dos vasos y una botella de vino blanco. Por un momento pens&eacute; en rehusarme y decirle que no beber&iacute;a, pero vi un brillo en sus ojos que me hizo dudar, y termin&eacute; con una vaso llena de vino en la mano. Prendi&oacute; un cigarrillo y me dio uno. Hablamos largo y tendido. Yo era un tanto mayor que su sobrino, y eso parec&iacute;a agradarle. Fue de &eacute;l de quien hablamos primero. El alcohol me despertaba y volv&iacute;a a sumergirme, lentamente, en el sopor, pero hac&iacute;a que estuviese m&aacute;s amable y comunicativo. Ella estaba encantada, y sus ojos brillaban pl&aacute;cidamente al o&iacute;rme hablar. No s&eacute; c&oacute;mo, no me di cuenta, pero pasamos de hablar de su sobrino a su familia, y de all&iacute; a sus ancestros, alemanes y otros europeos llegados en distintas &eacute;pocas, hasta el temible golpe de estado y la situaci&oacute;n pol&iacute;tica del pa&iacute;s en &eacute;se entonces. All&iacute; intent&eacute; no mostrarme muy enf&aacute;tico en mis comentarios y seguir sus ideas para evitar problemas, no quer&iacute;a que se disgustara y ya estaba tan bien puesto en la poltrona que levantarme me hubiera causado una incomodidad tremenda. Me dijo que no hab&iacute;a huido, que se hab&iacute;a quedado y que pas&oacute; de las juventudes comunistas a ser mirista, y que hab&iacute;a participado en varias operaciones, como informante y escondiendo materiales y armas. Me incomodaba un poco, mi &eacute;poca no era &eacute;sa, yo era un representante de la generaci&oacute;n holgazana, de los nacidos en dictadura, de los que la pol&iacute;tica nos importaba lo mismo que la religi&oacute;n. Sigui&oacute; narr&aacute;ndome sus acciones de aguerrida militante de izquierda, con sus amor&iacute;os rotos por el exilio, las muertes y las desapariciones. Ten&iacute;a un novio, Marcos, por aqu&eacute;l entonces. Hab&iacute;a llegado de Espa&ntilde;a a hacer la revoluci&oacute;n, y ten&iacute;a entrenamiento militar. Hombre culto y estudioso, gran te&oacute;rico y estadista, visionario y, en el fondo, pacifista. Todo un intelectual que la encant&oacute; por su belleza y acento. La noche antes de su desaparici&oacute;n, hicieron el amor en una camioneta, entre fusiles y bombas, donde &eacute;l le recit&oacute; al o&iacute;do los m&aacute;s tiernos poemas de amor que ella hubiera escuchado jam&aacute;s. Tras la abrupta separaci&oacute;n, ella se desquici&oacute;, cay&oacute; en una depresi&oacute;n que la transform&oacute; y cambi&oacute; por completo. No volvi&oacute; a enamorarse en varios a&ntilde;os, baj&oacute; de peso, su pelo y hasta su actitud frente al resto se volvi&oacute; m&aacute;s agresiva. Su &uacute;nico objetivo era ver el d&iacute;a en que la revoluci&oacute;n triunfara y se hiciera un monumento a los ca&iacute;dos, a los que dieron su existencia por lograr el sue&ntilde;o de un pa&iacute;s m&aacute;s justo y donde no exist&iacute;a la opresi&oacute;n del hombre por el hombre, y el nombre de su amado figurara entre ellos. Y vengarlo, sobre todo vengarlo, asesinar a los malditos que le negaron el amor y silenciaron los carnosos labios de poeta de Marcos y le condenaron a no tener digna sepultura. Yo la escuchaba atento y no pronunciaba palabra, cre&iacute;a que era el vino lo que la hac&iacute;a sincerarse con un desconocido y que se le pasar&iacute;a en un rato. Contin&uacute;o su relato, dici&eacute;ndome que se entren&oacute; en el manejo de armas, aprendi&oacute; a hacer bombas y a manejarse en tiroteos y situaciones que “t&uacute;, burguesito, jam&aacute;s ver&aacute;s m&aacute;s que por televisi&oacute;n”. Al tiempo, asesin&oacute; por primera vez. Era un polic&iacute;a, un guardia de un cuartel donde un par de agentes de su bando hab&iacute;an sido confinados a esperar la llegada de militares que los ajusticiar&iacute;an, eso fue en un pueblo del sur, de nombre largo y complicado. Le dispar&oacute; de lejos y recuerda su cuerpo cayendo lentamente, mientras balas enemigas silbaban a su alrededor y sinti&oacute; la embestida de los sentimientos encontrados, el c&oacute;mo todo su pasado en un colegio de curas y el amor por el pr&oacute;jimo, toda la educaci&oacute;n adquirida en casa, profundamente cristiana, mor&iacute;an al caer ese hombre y se le escapaban como la sangre que sal&iacute;a a borbotones de su v&iacute;ctima. Sinti&oacute; como todo lo que hab&iacute;a sido alguna vez mor&iacute;a y en su lugar nac&iacute;a el odio y la incomprensi&oacute;n frente a sus enemigos. “Ni perd&oacute;n ni olvido”, me dijo, con la vista fija en el correr del r&iacute;o, y con los ojos brillosos, no s&eacute; si por alcohol o emoci&oacute;n.
   Luego vinieron m&aacute;s asesinatos, “ojo por ojo, diente por diente”, a otros guardias, a militantes nacionalistas, un par de empresarios ligados al gobierno bastardo, pocos, pero los suficientes para se&ntilde;alarle a los que se proclamaron amos que exist&iacute;a un pu&ntilde;ado de valientes dispuestos a darles batalla antes de caer. Y cayeron, y cayeron hasta que los pocos que quedaron escaparon y ella tuvo que huir a Europa, despreciada por su familia y siendo perseguida por los militares. Huy&oacute; entre l&aacute;grimas de rabia y sinti&eacute;ndose cobarde por no cumplir su promesa a su amado. De Europa lleg&oacute;, casada y con un marido empresario, que la amaba y que ella dej&oacute; de amar como quien deja de fumar, y se hizo con un puesto vitalicio en una compa&ntilde;&iacute;a, con la casa al lado del r&iacute;o y con otro par de propiedades tras un jugoso divorcio. Ahora, en su descanso, se dedicaba a escribir y estudiar la teor&iacute;a econ&oacute;mica vigente, para criticar su individualismo y su mediocridad mediante escritos que publicaba en un diario, con el fin de incentivar a las nuevas generaciones a la lucha de las furiosas banderas rojas agit&aacute;ndose. Yo me re&iacute; un poco y le dije que era tarde y ten&iacute;a sue&ntilde;o. Ella me mir&oacute; y me pregunt&oacute; si yo estaba dispuesto a hacer el intento por construir un mundo mejor. Ah&iacute; fue cuando supe que deb&iacute;a suicidarme de todos modos, que no ten&iacute;a sentido mi existencia y que ni siquiera el so&ntilde;ar con un ma&ntilde;ana mejor me atra&iacute;a. Le di las gracias por todo. Ella pregunt&oacute; algo as&iacute; como ad&oacute;nde iba a dormir, y yo le respond&iacute; que no dormir&iacute;a. Ella me mir&oacute; y me dijo que lo que yo iba a hacer no era necesario. &iquest;Por qu&eacute;?. Porque t&uacute; ya est&aacute;s muerto, est&aacute;s vencido incluso antes de luchar. Llor&eacute; de rabia. Sent&iacute; como sus brazos me rodeaban y su cuerpo peque&ntilde;o junto al m&iacute;o, y supe que faltaban un par de cosas que vivir, y que, por desgracia o suerte, ten&iacute;a que buscarlas. Lo &uacute;ltimo que supe de m&iacute; aquella jornada fue cuando ella revis&oacute; mis bolsillos y me quit&oacute; las pastillas con las que iba a morir. Marcos exist&iacute;a a&uacute;n , despu&eacute;s de todo. 

]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2005-06-02</dc:date>
			<pubDate>Thu, 02 Jun 2005 18:25:38 CEST</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[El potro de tortura]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/111/111226/</link>
			<description><![CDATA[La abrac&eacute; cinco segundos y la levant&eacute; sobre mi cabeza. La mir&eacute; a los ojos y me pareci&oacute; que por un instante se hab&iacute;a re&iacute;do, como si un fogonazo de alegr&iacute;a le acabara de cruzar el rostro, mas, sus labios no me dieron la respuesta que yo quer&iacute;a. Las ganas de matarla fueron en aumento de manera tal que si hubi&eacute;ramos estado solos la hubiese ahorcado. Cientos de malas palabras e insultos para con ella cruzaron mi mente y se agolparon en mi garganta esperando salir, sin embargo, me relaj&eacute;, no me quise cansar, sonre&iacute;, me desped&iacute; sin mirar atr&aacute;s y ella tampoco lo hizo. Me fui como el viento, a mi casa, a mi encierro, a mi locura. L&aacute;rgate, l&aacute;rgate, vete, corre, escapa, que hay una bruja que quiere usar tu coraz&oacute;n de adorno en su pecho y exponer tu vida rota en mil pedazos como un trofeo, que quiere mostrarle al mundo lo tonto y malvado que fuiste y decir entre l&aacute;grimas falsas que sufri&oacute; mucho y que no le dejaste m&aacute;s remedio y tuvo que romper los lazos que los un&iacute;an. La culpa siempre ser&aacute; tuya, no hay porqu&eacute; insistirle, los dados est&aacute;n cargados, las cartas marcadas, la carrera arreglada, no importa lo que digas, siempre saldr&aacute;s mal parado frente a lo que digan los dem&aacute;s, siempre ser&aacute;s tu el culpable, nada de lo que digas va a ser utilizado en tu favor, todas las mujeres que est&eacute;n por ah&iacute; cerca se enterar&aacute;n, tendr&aacute;s que mudarte de barrio, m&aacute;s de alg&uacute;n amigo te abandonar&aacute; y m&aacute;s de alguno te traicionar&aacute; cayendo en la piel en la que alguna vez reinaste, lo m&aacute;s de seguro es que pueda ocurrir, pues ella, en tu encierro se ha promocionado muy bien, como la pobre v&iacute;ctima que necesita consuelo, o sea, en otras palabras; distracci&oacute;n, en otras; salidas al cine, a los bares, bailar, comer, tomar algo, ir al teatro al que jam&aacute;s la llevaste por falta de dinero y cuando se harte de toda esa buena vida, meterse con el tipo que m&aacute;s le revolucione las hormonas y m&aacute;s dinero tenga y largarse con &eacute;l y dejarle hacer las cosas que t&uacute; no le hiciste, por incauto, por r&aacute;pido, por feo, por ingenuo, por quiz&aacute;s qu&eacute;.
   No digas las malas palabras fuerte, no en voz alta, tr&aacute;gatelas, escupe en tu interior, no sue&ntilde;es con causarle da&ntilde;o, acost&uacute;mbrate a la triste comedia de ir pasando por una calle lluviosa, con el viento y el fr&iacute;o acuchill&aacute;ndote, y verla pasar en un auto como el que quisiste alguna vez conducir, acompa&ntilde;ada de aqu&eacute;l tipo con m&aacute;s plata, belleza y blancura que t&uacute;. Ella ir&aacute; sonriente, y t&uacute; te limitar&aacute;s a tan s&oacute;lo apretar m&aacute;s tu chaqueta mojada contra tu cuerpo. Come, ella no se merece ni una pizca de tu sufrimiento, no llores, sobretodo, no llores, las l&aacute;grimas no son lo m&aacute;s bello, no brillan en realidad, he visto a gente llorar por ambici&oacute;n, por estupideces, as&iacute; que no lo hagas, menos en p&uacute;blico, s&oacute;lo hazlo si llevas una botella de tu licor preferido en tu mano, y droga en los bolsillos o en la sangre, es casi lo mismo, de todos modos terminar&aacute; por hacerte sentir mejor; tiene que ser uno de &eacute;sos licores que siempre haz querido probar, uno que para comprarlo tengas que ahorrar, &eacute;se que hasta tu padre envidiar&iacute;a, b&eacute;betelo r&aacute;pido, solo, sin hielo, sin nadie a tu lado, solos t&uacute; y tu preciosa botella helada entre las piernas, sentado en una cuneta con el alma hecha pedazos pero con el trasero tibio en el asfalto, si la llegas a ver s&oacute;lo dir&iacute;gele una mirada de man&iacute;aco psic&oacute;pata depresivo incurable y si se acerca, respira fuerte para que el alcohol la aleje, que te vea como un despojo humano, con tu cabello desordenado, el cuerpo laxo, la mirada rojiza y rebosante de odio, y ante todo, no importa lo que ella diga, no importa que te toque, que intente golpearte, insultarte o consolarte, no la toques, s&oacute;lo camina rumbo al amanecer glorioso de los borrachos an&oacute;nimos sin calle y sin religi&oacute;n, con todas las ganas de vomitar en sus zapatos de tienda derechista, camina a duras penas, detente para mirarla por &uacute;ltima vez con la luna a tus espaldas como escenograf&iacute;a y luego emp&iacute;nate la botella hasta el quinto infierno y deja que se escurra entre tus labios y que llegue a tu pecho inmundo de tabaco. 
   Gracias, mi amor, por dejarme, por acostarte con &eacute;l, por mostrarme que tener coraz&oacute;n no es necesario, que amar es est&uacute;pido, que los sue&ntilde;os se hacen pedazos con un susurro, gracias por mostrarme que exist&iacute;a el infierno, que la droga era la &uacute;nica salida, gracias por dejar de amarme y darle espacio a mi odio. Gracias, dios, por que s&eacute; que me matar&aacute;s a los treinta y cinco. O a los veinticinco. O a los veinte, o menos. Gracias por tus sacerdotes que violan ni&ntilde;os, por los que se sodomizan entre ellos, por los que viven mejor que m&aacute;s de la mitad de la poblaci&oacute;n y manejan autos europeos, por los curas que apoyan a los asesinos que degollaron a toda una generaci&oacute;n. Gracias, padre, por ense&ntilde;arme como golpear a mi mujer y a mis hijos y luego ir a misa y mostrar mi sonrisa y acariciar ante el cura a todos a los que, embrutecido por el alcohol, golpeo cuando llego por las noches a mi hogar, gracias por mostrarme c&oacute;mo sacar sangre con el cintur&oacute;n, c&oacute;mo amoratar la piel a golpes. A ti, madre, gracias por no dejar que nada me pasara, por no dejar que ning&uacute;n mal me alcanzara y ning&uacute;n bien tampoco, gracias, por intentar hacerme vivir en tu mundo encerrado entre tus brazos y tu pecho lacio. Gracias, escuela, por humillarme, por meterme una forma de pensar a la fuerza, por  condicionarme al modo de vida americano, por evitarme el razonar, por sacarle dinero a mis padres para lograr sacar de m&iacute; a un producto refinado y robotizado con sentimientos mutilados. Gracias, sociedad, por permitirme ser discriminado por mi color, por mi estatura, por mi cuerpo,  por hacerme amar lo rubio, lo nuevo, la moda, las &uacute;ltimas tendencias, por dejar que los pobres mueran como ratas, que no tengan ni viviendas dignas, ni comida, ni salud ni educaci&oacute;n, infinitas gracias por limpiar todo y dejarlo reluciente para que los poderosos defequen  sobre nosotros. Gracias, querido gobierno y presidente, por dejar en libertad a los asesinos que mataron a todo un ideal pol&iacute;tico y encarcelar a los que se les opusieron, gracias por privatizar todo y dejar al neoliberalismo tomarse todo, mil gracias, mundo, por tener hambre y sufrimiento para m&aacute;s de la mitad de la poblaci&oacute;n mundial, gracias a todo el universo por ser tan perfecto.
   No la vuelvas a mirar a los ojos. Nunca m&aacute;s. S&eacute; como un esclavo negro con su amo. No llores, sobretodo, no demuestres sentimientos, eso es debilidad, corres el riesgo de caer en depresi&oacute;n, no te preocupes que la droga sale cara, pero se parece al soma, ya hay sustancias as&iacute;. No sue&ntilde;es con ella, con su cabello al viento, o desnuda sobre ti, con sus olores impregnados en tus manos, no recuerdes su perfume, su forma de besar, su cara de llanto o de risa, m&aacute;s bien no recuerdes su rostro; no te preocupes, sobrevivir&aacute;s al invierno y ma&ntilde;ana puede brillar el sol igual como lo hizo alguna vez cuando te despertaste a su lado. Si no pas&oacute; nunca, entonces tienes algo menos que olvidar. No pienses en lo que te falt&oacute; hacer con ella, en lo que no hicieron juntos, en lo que iban a hacer en los d&iacute;as venideros, los proyectos que ten&iacute;an, las cortinas del departamento, no pienses jam&aacute;s, ya no pienses, todo est&aacute; all&iacute;, en la cabeza, no pienses, s&oacute;lo act&uacute;a, bebe si tienes sed, besa si quieres besar, mata si lo sientes, hace lo que un animal har&iacute;a, vu&eacute;lvete derechista, o m&eacute;tete a una organizaci&oacute;n revolucionaria izquierdosa o busca un convento.
   
Vomit&eacute; y me alej&eacute; con pasos indecisos. Ya ha pasado un a&ntilde;o, este ha sido mi a&ntilde;o de libertad, de fin del sufrimiento. Beb&iacute; todo el licor que estuvo a mi alcance, y contin&uacute;o siendo inteligente, oh, demonios, soy el mejor en lo que hago, al&aacute;benme, soy el resultado de milenios de evoluci&oacute;n humana, soy el nuevo mes&iacute;as, el nuevo producto que sale en televisi&oacute;n, el &iacute;dolo que canta y transpira en los escenarios, el sue&ntilde;o que hace que a miles de mujeres se les empape la entrepierna, el ser m&aacute;s refinado, el hombre con m&aacute;s dinero en el mundo, el que si quiere puede ir a defecar a las estrellas.
   Vamos, vamos, vamos. El d&iacute;a se est&aacute; acabando y a medida que el sol se esconde mi &aacute;nimo va en picada, lo que me anuncia una noche m&aacute;s en la c&aacute;rcel del alcohol, que comparto con varios tipos que no tienen ni un pelo de inteligencia y con los que me siento est&uacute;pidamente bien. Si supieras como te extra&ntilde;o, como me encantar&iacute;a retroceder el tiempo y volver a ser tu esclavo, tu rey y tu mascota. Mas, es la hora de ponerle fin al sufrimiento y dejar que mi memoria se vaya al infierno envuelta en risotadas ajenas que me contagian y llaman a vivir en este mundo con la m&aacute;scara de lo que no soy ni quiero ser, pero que tengo que ser porque sino estar&iacute;a en la m&aacute;s fr&iacute;a soledad y s&oacute;lo me quedar&iacute;an tus recuerdos en un caj&oacute;n llam&aacute;ndome en las noches para ser le&iacute;dos, olidos, sentidos y observados. Tus fotos las llevo en la retina, o en la letrina, tu aroma en los pulmones y tu sonrisa en el centro del pecho. Tus recuerdos no me matar&aacute;n, pero me ense&ntilde;ar&aacute;n a ser m&aacute;s fuerte, a pesar de que, despu&eacute;s de la hoguera que hice con todo eso, ya no sean m&aacute;s que cenizas apestosas.
   Nunca alcanc&eacute; la gloria, nunca fui lo que quise ser, as&iacute; que me conformo siendo lo que tengo que ser. Que el futuro me traiga nuevos vientos para echar al mar mi barca y buscarte recorriendo playas de distinto color, hasta encontrarte y hacer mi colonia en tu ser, que ojal&aacute; no haya sido descubierta por nadie a&uacute;n. La tierra es un lugar tan peque&ntilde;o que no creo que logres esconderte de m&iacute; con facilidad. Ten cuidado, un merodeador nocturno te sigue en la oscuridad y ve cada instante de tu vida, compartiendo tu felicidad como un Cyrano de Bergerac moderno muerto de amor por no entender el sistema amoroso del capitalismo. Pero si es tan simple, ten relaciones con todo el mundo como un animal y luego qu&eacute;date con la hembra que m&aacute;s sepa aguantar los continuos enga&ntilde;os de los que la har&aacute;s parte. Cuida a tus hijos en un sistema opresor como el que te ense&ntilde;aron tus padres para que sean unos salvajes que morir&aacute;n de SIDA alg&uacute;n d&iacute;a.
   Me r&iacute;o de m&iacute; mismo frente al espejo y veo como los a&ntilde;os no pasan en vano por este intento de hombre. Cada d&iacute;a tengo la cara m&aacute;s desfigurada y escribo con mayor n&uacute;mero de adjetivos, todos los d&iacute;as me acuesto pensando en lo que deber&iacute;a hacer y no en lo que estoy haciendo. Todos los d&iacute;as sale el sol y pienso en cambiar, en crecer, envejecer entre libros viejos y burlarme del mundo en el que me toc&oacute; nacer. Siempre tengo presente que las ETS est&aacute;n presentes a cada movimiento p&eacute;lvico que hago sobre una mujer que desconozco totalmente pero que est&aacute; al alcance de mi escu&aacute;lido bolsillo. Te agradar&aacute; saber que a&uacute;n hoy s&oacute;lo poseo poder adquisitivo para la mugre y me juro un escritor aunque s&oacute;lo sea capaz de escribir un par de p&aacute;ginas diarias y que enamoro mujeres dici&eacute;ndoles poemas que hice para ti. Las saco de mi vida luego de verlas bajo o sobre m&iacute; retorci&eacute;ndose de innoble placer. Amo la vida que perd&iacute;. Amo lo que ya no tengo, amo lo que odio en realidad, los sue&ntilde;os rotos que, pese al tiempo, no me dejan dormir bien. 
   Has de estar en Francia, feliz, con un tipo que te respeta y que te enga&ntilde;a sin que te des cuenta o con uno que en verdad adoras por ser tan inteligente, de seguro que tienes tiempo para ti, y que posees un auto o un objeto de lujo en tu habitaci&oacute;n. Debes de tener buenos orgasmos y llevar una vida sexual muy alegre y entusiasta, tradicional. Los hijos has de verlos como algo lejano, son obst&aacute;culos que impiden los estudios o el trabajo y los viajes al extranjero, a los lugares que yo nunca te hubiese llevado. Es que eras un conjunto de dicotom&iacute;as tal, que no pude entender tus conceptos de amor nunca, m&aacute;s bien creo no haberme interesado nunca en ellos o los ignor&eacute; el suficiente tiempo como para darte esperanzas de encontrar lo que yo no te daba en otros brazos. Si eres feliz, bien, sino, bien tambi&eacute;n, total creo en el tiempo que limpia los recuerdos y los vuelve difusos, &eacute;sos que t&uacute; nunca recuerdas porque tienes memoria de gato. Cuantos postgrados has de tener, cuantos diplomas en tu estudio, y cuantos a&uacute;n por recibir. Tal vez nos veamos y ya no haya nada que decir ni sentir m&aacute;s que desearnos suerte.
   Que el infierno nos llegue, nos trague y nos escupa, para llevar la marca de los que sobreviven en la frente, que el cielo nos ignore y que hasta el mismo dios nos declare un caso perdido y una amenaza p&uacute;blica. Gracias por haberle mostrado otro mundo a este borracho, uno tal vez m&aacute;s puro y recto, pero siempre la botella y su mirada seductora me incitaron m&aacute;s a la locura y a los actos sexuales. Aparte, yo quer&iacute;a una novia drogadicta y no una mam&aacute;, que una de &eacute;sas ya tengo. Adi&oacute;s y pi&eacute;rdete entre las piernas del franc&eacute;s o espa&ntilde;ol o nacional que te tratar&aacute; mal alg&uacute;n d&iacute;a para que te acuerdes de lo loco que estaba yo.
   Porque la locura la llevo en los dedos, en el l&aacute;piz con el que garrapateo en una libretita llena de poemas inconclusos como oda a tu amor desaparecido en el r&eacute;gimen de lo contempor&aacute;neo. Porque por lo menos estoy feliz de que hayan sido los tiempos en los que viv&iacute;amos los que nos vencieron y te hicieron odiarme por ser m&aacute;s subjetivo que racional. Tu odio es tan est&uacute;pido que ni me viene ni me va. No me toca, es agua que no nutre. Tu lengua insolente, tus gestos, tu arrogancia y egocentrismo aprendidos mientras jugabas a ser revolucionaria mientras sosten&iacute;as tu contradictorio celular que costaba varios sueldos de una familia pobre, te llevar&aacute;n justo a donde quiero, al glorioso abismo. Gracias al destino y a mi buena estrella, que nunca me falla, y que hace que todos los seres que odio u odi&eacute; caigan tarde o temprano. Te condenaste sola y la soledad ser&aacute; tu castigo.
   R&iacute;o sobre tu tumba, y me excita el verte putrefacta y manchada de esta sociedad, mientras yo, el lobo estepario que siempre he sido, corro libre por las llanuras de las amplias alamedas. Mi risa llega hasta tus marchitas aspiraciones. El triunfo, para variar, es m&iacute;o, sin mover ni un dedo y sin preocuparme.        ]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2005-06-02</dc:date>
			<pubDate>Thu, 02 Jun 2005 18:28:58 CEST</pubDate>
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			<title><![CDATA[EL GUAT&Oacute;N &Aacute;LVARO]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/132/132092/</link>
			<description><![CDATA[El VENDEDOR DE LA PLAZA DE LA GLORIA

Conoc&iacute; al Guat&oacute;n Manco hace ya unos 5 a&ntilde;os, una soleada ma&ntilde;ana en la plaza de la Gloria, en V., &eacute;sa que tiene un monumento, m&aacute;s bien la fachada de una capilla, hecha por un imitador de Gaud&iacute; (&iquest;o era una catedral pintada a acuarela vista en un sue&ntilde;o?). Ten&iacute;a un negocio ambulante, uno de &eacute;sos carritos que parecen barcos y vend&iacute;a golosinas y man&iacute; confitado. No eran, ni son, muy comunes en Europa, as&iacute; que cuando le vi me pareci&oacute; un anacronismo familiar. Le compr&eacute; una bolsa y sin querer descubrimos que &eacute;ramos compatriotas. Llevaba un delantal de cocina sucio y ra&iacute;do, unos enormes pantalones oscuros a cuadros y remendados entre las piernas, una gorra igual de sucia y unos lentes de &eacute;sos de polic&iacute;a de carretera gringo. Era moreno, con la piel llena de cicatrices de acn&eacute;. Llevaba el gui&ntilde;apo que era su mano izquierda envuelto en un pa&ntilde;uelo bordado, lo &uacute;nico limpio que ten&iacute;a. Ol&iacute;a a sudor, a gato mojado, y a cebolla. Le faltaban varios dientes y se com&iacute;a las eses, aparte de cierta man&iacute;a que ten&iacute;a de levantarse de su asiento, un pobre taburete de tres endebles patitas, (que de un momento a otro tragar&iacute;a con su enorme trasero)y acerc&aacute;rseme, para mi disgusto, hablando muy bajo y mirando para todos lados como si temiera que alguien lo escuchara, a pesar de que est&aacute;bamos solos en aqu&eacute;l lugar, a no ser por un anciano cojo, que mostraba sus v&aacute;rices a quien pasara, y un tipo que vend&iacute;a diarios atr&aacute;s de una estatua de una santa que yo en mi ate&iacute;smo furioso no conoc&iacute;a, (hace poco vine a saber que se trataba de una tal Santa Violeta, muy desconocida y que hab&iacute;a defendido esta ciudad de los moros durante las invasiones Isl&aacute;micas en el medioevo) y que el gordo se empe&ntilde;aba en llamar enemigo, traidor y “mu&ntilde;equito del diablo”. A m&iacute; me pareci&oacute; m&aacute;s peligrosa la estatua de la santa, por endeble, que el pobre vendedor que hasta ya se estaba quedando dormido y que ten&iacute;a la cara roja por el alcohol de la noche anterior. A lo menos &eacute;l, en aqu&eacute;l estado, ofrec&iacute;a mejor mercader&iacute;a que aqu&eacute;l obeso. Era una parodia de Buda, una copia mal hecha, un despojo humano o m&aacute;s bien un conjunto de despojos, tanto por su tama&ntilde;o y por la ropa.
   Me tendi&oacute; un termo con caf&eacute; que rechac&eacute;, me pod&iacute;a echar a perder mi intento de pasar desapercibido como sudaca con resaca matutina que pretende encajar entre miles de europeos. Al rato, tras hablar de lo bonito que le parec&iacute;a V., me mir&oacute; y me dijo qu&eacute; mal nos trata la vida. Yo lo mir&eacute;, y todo su ser hac&iacute;a juego con la frase. Comenc&eacute; a preguntarle el porqu&eacute; me dec&iacute;a aquello, cuando me interrumpi&oacute; y me pidi&oacute; que lo siguiese. Mir&oacute; para todos lados, y a un trote realmente pat&eacute;tico y risible, mezcla de Winee the Pooh con piglet, me condujo a una banca en la que se proyectaba la sombra de un &aacute;rbol. Se sent&oacute; en ella, ocupando tres cuartos, sac&oacute; un chocolate de su carro, lo engull&oacute; en un par de mordiscos, me hizo sentarme, y tom&oacute; aire, como si estuviera nervioso o emocionado. Luego, con parsimonia, el Gordo hizo un gesto que no s&eacute; si fue sacarse algo de la nariz o santigiarse, y comenz&oacute; a hablar con su lengua de trapo y abundante baba. Por supuesto su historia est&aacute; alterada por efectos de mi resaca y adicci&oacute;n a la marihuana. Extra&ntilde;amente narraba mirando a la estatua de la Santa.

El Guat&oacute;n se llamaba en realidad &Aacute;lvaro Molanda Espinoza, hab&iacute;a nacido en mi pa&iacute;s y ten&iacute;a  m&aacute;s de treinta a&ntilde;os. Hasta los 18 vivi&oacute; con sus padres en un lugar bastante bueno, una casona muy acogedora en las afueras de la capital. Ten&iacute;a un hermano mayor y una hermana 2 a&ntilde;os menor, pero que hab&iacute;a muerto peque&ntilde;a. Iba a un  colegio pagado y ten&iacute;a buenas calificaciones. Dice que nunca la gordura le impidi&oacute; hacer vida social, que le encantaban las fiestas, conversar animadamente y el trago. Bailar tambi&eacute;n, pero no pod&iacute;a hacerlo con regularidad por su peso. Era fan&aacute;tico del f&uacute;tbol, pero no jugaba sino que pasaba los domingos viendo partidos por la tele. Sol&iacute;a frecuentar una biblioteca por seguir a una ni&ntilde;a que le gustaba en la secundaria, no por su gusto por la lectura, bastante escueto. Ah&iacute;, seg&uacute;n &eacute;l, escribi&oacute;, bajo el seud&oacute;nimo de “Salvador Volant&iacute;n”, sus primeros poemas, que aparecieron en una antolog&iacute;a hecha por una universidad, pero prefiri&oacute; no seguir escribiendo porque tem&iacute;a que su c&iacute;rculo de amistades lo supiera. El tema era evidente; gordura, soledad, desilusi&oacute;n y comida. Uno de los poemas que escribi&oacute; en &eacute;se entonces (andaba con un cuadernillo negro, ajado y lleno de rayas, tapa dura) dec&iacute;a as&iacute;: Cuando las monta&ntilde;as bajen,/ cuando la tierra se contraiga,/ cuando los &aacute;rboles se endurezcan/ y nada tenga surcos,/ estaremos juntos encajados. La tierra y todo eso era su cuerpo, que ten&iacute;a que enflaquecer y endurecerse para ser aceptado. Este tipo realmente ten&iacute;a un problema de autoestima tremendo por aquellos a&ntilde;os.
   Luego de tanto tiempo intentando aceptarse, dio el primer paso hacia la libertad. La muerte de su madre y hermano mayor en un accidente de tr&aacute;nsito, adem&aacute;s de un nuevo trauma para su ya maltratada existencia, report&oacute; una fuerte suma de dinero a la familia Molanda, por lo que el Guat&oacute;n pidi&oacute; ir a Espa&ntilde;a a estudiar ingenier&iacute;a. Ten&iacute;a buenas notas, a pesar de su tendencia a no estudiar; dominaba el espa&ntilde;ol, como todo latinoamericano; sab&iacute;a un poco de catal&aacute;n y dos palabras en Vasco; y por los videojuegos, sab&iacute;a bastante de computaci&oacute;n.
   En aqu&eacute;l lugar la vida le ten&iacute;a reservado un brusco giro, no uno de vals, sino que uno fren&eacute;tico de salsa o de rumba. Entr&oacute; a estudiar lo que quer&iacute;a a una universidad, la de B., donde vivi&oacute; a su llegada al pa&iacute;s, mas, con el pasar de los meses, que se hicieron casi dos a&ntilde;os, se dio cuenta que aquello no era lo suyo. Su desinter&eacute;s se hizo evidente, y la noticia y sus calificaciones le fueron hechas llegar a su padre, que las ley&oacute; sentado en una solitaria mesa con su joven novia que m&aacute;s tarde ser&iacute;a su segunda esposa. La respuesta no se hizo de esperar, y una ma&ntilde;ana en que el Gordo iba saliendo de su habitaci&oacute;n en la pensi&oacute;n que lo acog&iacute;a, fue interceptado por un mensajero, de gorrito rojo y casaca con botones dorados, que tras entregarle un telegrama firmado con la grave firma de su padre, se qued&oacute; con la mano estirada. All&iacute; se qued&oacute; esperando una propina que jam&aacute;s lleg&oacute;, pues el Gordo s&oacute;lo tuvo ojos para el sobre amarillento con letras de m&aacute;quina de escribir. Crey&oacute; que los telegramas no exist&iacute;an en el ocaso del el siglo XX, y menos los mensajeros. La carta, corta, concisa y precisa como una estocada certera, le dio de lleno en el orgullo. Deb&iacute;a regresar y decirle adi&oacute;s a su mesada y al mundo que hab&iacute;a logrado armar en aqu&eacute;l sitio.
   El Gordo ya no era el mismo. Algo ard&iacute;a en su pecho con la fuerza de un cicl&oacute;n. Bueno, tal vez no tanto, pero lo suficiente para mandarle una respuesta muy poco caballerosa a su padre. Algo as&iacute; como que tomara la carta que le enviaba, la enrollara y se la ensartase en cierto sitio bajo y posterior. Su padre respondi&oacute; con un tremendo corte en su presupuesto. El Gordo mand&oacute; otra carta, pero esta vez la que deb&iacute;a introducirse la carta era la novia de su padre. El padre, inducido tal vez por el cari&ntilde;o que le ten&iacute;a a su nueva conquista y probablemente seducido por los consejos susurrados suavemente al o&iacute;do que la misma le daba, entre jadeos, mientras &eacute;l la penetraba con frenes&iacute; debido a la misteriosa fuerza entregada por una min&uacute;scula p&iacute;ldora azul, entre s&aacute;banas de seda, ropa interior de encaje desgarrada a tirones y mordiscos, y perfume para mujer proveniente del pa&iacute;s m&aacute;s mam&oacute;n y supuestamente ultra rom&aacute;ntico, Francia; recort&oacute; totalmente la mesada y el pago de la pensi&oacute;n, y le envi&oacute; un sobre con un pasaje de avi&oacute;n inconvertible en dinero. A los pocos d&iacute;as recibi&oacute; un sobre que conten&iacute;a el pasaje, pero sucio y manchado de abundante excremento. Nunca m&aacute;s volvieron a verse ni hablarse.
   Aqu&iacute; el Gordo dijo algo as&iacute; como que se imaginaba a su padre sentado en una mecedora, en el solar de la casa iluminada por el sol matutino, con un jugo de naranja en la mano, bata y pantuflas de conejito rosadas, pensando un momento en su hijo mientras escucha a su mujer chapoteando en la piscina. Luego le daban ganas de ir all&aacute; y mutilarlo. Yo me asust&eacute; cuando susurr&oacute; lo &uacute;ltimo y entrecerr&oacute; los ojos de puro rencor, pero me reconfort&eacute; pensando en lo f&aacute;cil que pod&iacute;a ser escapar corriendo de una rechoncha bestia enfurecida como &eacute;l, a&uacute;n en mi estado.
   Luego, continu&oacute;. Las cosas no le fueron f&aacute;ciles, la visa se le acabar&iacute;a en unos meses y se convertir&iacute;a en ilegal, por lo que ten&iacute;a que conseguir dinero r&aacute;pido para renovarla. Al menos eso pensaba &eacute;l. Tras infructuosos intentos, portazos en la cara y humillaciones por su gordura, se dio cuenta que no conseguir&iacute;a un trabajo digno con los estudios que ten&iacute;a en la populosa y competitiva ciudad de B. De ayudante en una oficina logr&oacute; trabajar perfectamente, pero los empleadores al verlo lo ve&iacute;an m&aacute;s como una carga que como una ayuda, y no pudo aguantar las vejaciones e insultos, como los que pon&iacute;an en las paredes del retrete sobre su gordura. S&oacute;lo lograr&iacute;a sobrevivir en un trabajo bruto, pero era flojo y fl&aacute;cido. En otras palabras, estaba entre la espada y la pared. Decidi&oacute; caminar hasta V., una ciudad m&aacute;s peque&ntilde;a y con playas, donde cre&iacute;a conseguir empleo aprovechando la &eacute;poca de verano, donde el turismo alimentar&iacute;a la ciudad unos meses. Pero, en el camino, a las afueras de V., agotado, hambriento y empapado por la gar&uacute;a nocturna, encontr&oacute; una mansi&oacute;n enorme que en realidad era una casa de reposo. A pesar del miedo de ser encontrado por la polic&iacute;a, se qued&oacute; dormido en una abandonada caseta de vigilancia, en la que apenas cab&iacute;a, pero estaba seco, pensando en los siguientes pasos de su b&uacute;squeda de supervivencia y dignidad. Las luces de V. se ve&iacute;an esplendorosas, formando una peque&ntilde;a mancha que romp&iacute;a la oscuridad, como un faro de esperanza. Mir&aacute;ndolas, se qued&oacute; dormido al fin.
   
CUANDO despert&oacute;, un hombre alto y delgado, de unos sesenta a&ntilde;os, seco y arrugado, le apuntaba con un oscuro punz&oacute;n de medio metro de largo. Lev&aacute;ntese gordito, le dijo, sin dejar de amenazarle. La verdad es que el Gordo en aquellos a&ntilde;os era un poco m&aacute;s delgado que ahora, pero igual intimidaba con su porte y grosor. Intent&oacute; hablar con el anciano, pero &eacute;ste lo condujo a pinchazos hasta la mansi&oacute;n, lo hizo subir las escaleras y lo dej&oacute; en una habitaci&oacute;n muy amplia, donde hab&iacute;a un escritorio enorme y un tipo de bigote le observaba atentamente desde &eacute;l. El Gordo estaba a punto de llorar y r&aacute;pidamente le explic&oacute; gimoteando y moqueando pat&eacute;ticamente su situaci&oacute;n. El tipo ni se inmut&oacute;. De pronto, se baj&oacute; de la silla, de un salto, y se le acerc&oacute; con rapidez. Era un enano, caminaba como pato y su cabeza era casi tan ancha como sus hombros. Le susurr&oacute; un “s&iacute;game”, con un acento que el Gordo identific&oacute; como italiano o franc&eacute;s y lo llev&oacute; a otra habitaci&oacute;n, escaleras abajo. Comenzaron a recorrer largos pasillos blancos, parecidos a los de un hospital. M&eacute;dicos de albas batas caminaban de aqu&iacute; para all&aacute;, portando blocs de notas. De vez en cuando, enfermeros musculosos pasaban pavone&aacute;ndose y balance&aacute;ndose con sus tremendas fisionom&iacute;as. El enano abr&iacute;a, de improviso, una puerta, y le ense&ntilde;aba el interior, donde distintos enfermos, todos dementes o con distintos tipos de retraso mental, le observaban con ojos de carnero. &iquest;Te gusta?, le susurr&oacute; el enano, con una sonrisa que en su cara pareci&oacute; una mueca horrible. 
   As&iacute; fue c&oacute;mo consigui&oacute; trabajo y protecci&oacute;n el Gordo, que en aqu&eacute;l tiempo a&uacute;n no era manco. Al cabo de unos d&iacute;as, y conforme progresaba en sus tareas diarias, que eran limpiar los ba&ntilde;os de la planta baja y trapear unos pasillos vestido con un oberol celeste, inevitablemente fue involucr&aacute;ndose con los enfermos, en parte para alejar la soledad de su voluntarioso destierro y por otro lado, cre&iacute;a poder conseguir informaci&oacute;n sobre mejores trabajos o c&oacute;mo escapar de la polic&iacute;a cuando dejase de trabajar all&iacute;. Algunas veces conversaba largamente con &eacute;stos, sacando extra&ntilde;as conclusiones o dej&aacute;ndose convencer por ellos. Poco a poco, tal vez, la locura que se respiraba en aqu&eacute;l lugar, debi&oacute; pasar a la cabeza del Gordo, y comenz&oacute; a sentir que los locos eran los de batas blancas y, los sanos y cuerdos, los cuasi cad&aacute;veres u seres olvidados con los que hablaba.
   Luego me di cuenta que por la descripci&oacute;n que el Gordo hac&iacute;a, hab&iacute;a ido a parar a una casa de reposo o un manicomio. Me habl&oacute; de varios de los enfermos, ensalzando, supongo, las diferentes historias, o trenz&aacute;ndolas. Ahora pienso que tal vez las confund&iacute; yo. Hab&iacute;an casos extra&ntilde;&iacute;simos, como un anciano que aseguraba haber estado con extraterrestres rubios y de vestidos plateados, los que le ense&ntilde;aron a amar y solucionar problemas de fontaner&iacute;a en el lado oscuro de la luna; una tarotista de 30 a&ntilde;os que, seg&uacute;n ella, hab&iacute;a predicho la ca&iacute;da de las torres gemelas y el fin del mundo; un ni&ntilde;o que pod&iacute;a haber sido un genio, pero que las matem&aacute;ticas y su viol&iacute;n atraparon y s&oacute;lo viv&iacute;a para tocarlo y hacer ejercicios aritm&eacute;ticos muy complicados (el Gordo, a&uacute;n con sus dos a&ntilde;os de estudios de Ingenier&iacute;a le costaba hacerlos); un hombre que gustaba de hacer escalofriantes dibujos en las paredes, como gigantescos &oacute;rganos humanos destrozados y fetos torturados, que se hab&iacute;a cortado la lengua con los dientes y otro, un negro gigantesco que sufr&iacute;a de acromelagia, con quien el Gordo jugaba videojuegos y conversaba de computaci&oacute;n, pero con ligeras desviaciones, de seguro debidas a la bipolaridad de aqu&eacute;l se&ntilde;or y por &uacute;ltimo, una ni&ntilde;a de 14 a&ntilde;os que dibujaba flores que casi parec&iacute;an de verdad, con ultrarrealismo. 
   &Eacute;sta &uacute;ltima era con la que m&aacute;s sol&iacute;a hablar el Gordo. Ten&iacute;a el cabello corto y desordenado, como si se lo hubieran cortado a navajazos, la piel blanca y los ojos verdes. Parec&iacute;a mayor y su cuerpo era, seg&uacute;n el Gordo, “como las calas al sol del mediod&iacute;a”, y hablaba, por lo com&uacute;n, de flores que le gustaban. Ten&iacute;a varios libros con ilustraciones o fotos de flores, y en un par de ocasiones, este obeso, poni&eacute;ndose en riesgo,(si lo agarraba un polic&iacute;a y le ped&iacute;a los documentos lo mandar&iacute;an de vuelta a su pa&iacute;s) fue hasta V. caminando y le compr&oacute; algunos libros de jardiner&iacute;a. El Gordo aprendi&oacute; con ella los nombres de las flores de buena parte del mundo y sol&iacute;a llevarle el almuerzo y comer con ella. La joven se llamaba Natalie y era francesa, de padres desconocidos y con muy pocos deseos de comunicarse con la gente, a excepci&oacute;n de &eacute;l, pues era el &uacute;nico con la habilidad de hablarle y obtener de ella respuestas coherentes. Cuando ella le contaba acerca de las rosas que cultivaba en su jard&iacute;n, casi parec&iacute;a normal, a no ser por cierta mirada, como de buscando aprobaci&oacute;n, con la que terminaba cada frase. A veces no com&iacute;a en varios d&iacute;as, y se dedicaba a dibujar con ah&iacute;nco, mas, a menudo, a pesar del esfuerzo que representaba hacer uno de tales dibujos, pues pod&iacute;a demorar d&iacute;as, rasgaba la hoja como si nada, a&uacute;n si estaba a punto de terminar. El Gordo recog&iacute;a los pedazos de tales arranques de furia y los archivaba. Sol&iacute;a mostr&aacute;rselos, pero Natalie no los reconoc&iacute;a como suyos. 
   Lo peor de conocerla eran las noches de algunos mi&eacute;rcoles. El Gordo al comienzo, dorm&iacute;a en el subterr&aacute;neo de aqu&eacute;l lugar, entre unos archivadores que llegaban hasta el techo, pero luego fue enviado a una habitaci&oacute;n pegada a la de Natalie. All&iacute; pens&oacute; en que hasta podr&iacute;a visitarla algunas noches y hablar con ella hasta el amanecer, pero jam&aacute;s se le ocurri&oacute; lo que en realidad suceder&iacute;a. El enano, especie de administrador y al parecer, jefe absoluto del lugar, ser asqueroso que “parec&iacute;a un rat&oacute;n de alcantarilla”, sol&iacute;a entrar a la habitaci&oacute;n de la ni&ntilde;a algunas noches, sobretodo los mi&eacute;rcoles, y entre palabras de apoyo, falsas promesas y susurros indescifrables, proced&iacute;a a violarla. La primera vez el Gordo se levant&oacute;, pero descubri&oacute; estar encerrado, la cerradura ten&iacute;a la llave puesta. A la ma&ntilde;ana siguiente, el enano, que ten&iacute;a un nombre italiano o algo as&iacute;, le habl&oacute; y le dijo que su silencio le conven&iacute;a a ambos, que si le acusaba o se enteraba de que planeaba algo, bastar&iacute;a una llamada suya para que fuera deportado. O sencillamente “silenciado”. “&iquest;Me entendiste, gordito?”, le dijo al final, y como vio que el Gordo asent&iacute;a, le dio un par de cari&ntilde;osas palmaditas en las mejillas estirando a lo m&aacute;ximo su ratonil cuerpo.
   As&iacute; fue como tuvo que aguantar las noches en vela. Entre los gritos de Natalie, que poco a poco, iban desfalleciendo hasta llegar a un llanto amargo y sordo, que repercut&iacute;a en las paredes hasta llegar a sus o&iacute;dos, y los movimientos del muro, que, como estaba pegado a la cama donde tales actos ocurr&iacute;an, se mov&iacute;a r&iacute;tmicamente con los bufidos del enano. El llanto amargo llenaba los ojos del Gordo y la impotencia crec&iacute;a con cada nueva incursi&oacute;n nocturna de su jefe, verdaderas pesadillas despierto. Llegaba a morder las s&aacute;banas de rabia cada vez que sent&iacute;a los libidinosos pasos en puntillas del malnacido y asqueroso ser que, rastrero y c&iacute;nico, entraba con sus susurros melosos en la habitaci&oacute;n de la peque&ntilde;a Natalie. 
  Intent&oacute; infructuosamente hablar con ella al respecto, pero &eacute;sta ten&iacute;a alg&uacute;n trastorno de la memoria, o su sistema de protecci&oacute;n frente al abuso era el olvido sistem&aacute;tico e instant&aacute;neo. “Ten&iacute;a memoria de gato”, dijo. Simplemente lo ignoraba mirando por la ventana, poni&eacute;ndose a dibujar o cambiando el tema; “&iquest;viste como me qued&oacute; esta margarita que hice el otro d&iacute;a?”. Nunca le contest&oacute; algo al respecto y ni siquiera se refer&iacute;a al enano con rencor, hac&iacute;a como si no lo conociera. 
   Otra cosa le parec&iacute;a extra&ntilde;a. Hab&iacute;an d&iacute;as en que una ambulancia llegaba y se llevaba a uno o varios enfermos, y &eacute;stos no regresaban jam&aacute;s, sino que llegaban otros. Averiguando, descubri&oacute; que el sanatorio era una pantalla para el tr&aacute;fico de enfermos mentales. Pero, &iquest;para qu&eacute; traficar enfermos mentales?. La raz&oacute;n de todo se la cont&oacute; el portero, el anciano que lo hab&iacute;a amenazado con el punz&oacute;n en la caseta, una noche en la que, provisto de una botella de aguardiente, lo emborrach&oacute; e interrog&oacute;. El viejo lo solt&oacute; todo y el licor result&oacute; m&aacute;s efectivo que un el&iacute;xir de la verdad, a pesar de la dificultad para entenderle algunas palabras. El sanatorio compraba enfermos a otras cl&iacute;nicas, la mayor&iacute;a de &Aacute;frica del norte o de Europa oriental, a bajo precio, luego, los ofrec&iacute;a como animales a millonarios o a prost&iacute;bulos. O inclusive a f&aacute;bricas textiles, donde un operario que no reclame por sus derechos y acate los maltratos es bien recibido. O como mayordomos, porteros, esclavos sexuales para org&iacute;as, estibadores, etc. Las ganancias eran incre&iacute;bles y se trataba de un excelente negocio patrocinado por distintas mafias, como la rusa, la rumana y la italiana. Incluso hasta el mism&iacute;simo Vaticano  y la realeza europea estaban enterados de tal comercio y lo aprobaban. El Gordo qued&oacute; helado. &iexcl;As&iacute; que la bella Natalie pod&iacute;a terminar en una mansi&oacute;n, para ser violada diariamente por un millonario exc&eacute;ntrico o en un burdel!. La telara&ntilde;a del enano italiano no ten&iacute;a por donde ser atrapada, pagaba al gobierno sus impuestos puntualmente, ten&iacute;a amigos poderosos como pol&iacute;ticos, empresarios y religiosos y se caracterizaba por ser un manicomio modelo para la regi&oacute;n. Con el tiempo, al ver que era poco lo que pod&iacute;a hacer en su actual situaci&oacute;n, y como ve&iacute;a la depresi&oacute;n o el suicidio como un mal muy cercano, decidi&oacute; marcharse. La pena se agolpaba en &eacute;l, as&iacute; que pidi&oacute; permiso al enano para irse de ese lugar, y tras una solemne promesa de no contar nada, le fue permitido largarse. No pudo llevarse con &eacute;l a Natalie, y con eso, la conden&oacute; a seguir siendo usada por el enano, que no perd&iacute;a noche de mi&eacute;rcoles para violarla. El Gordo se fue entre l&aacute;grimas y termin&oacute; viviendo entre los tachos de basura de un callej&oacute;n y las voces incultas de los que all&iacute; viv&iacute;an.
   El callej&oacute;n aleda&ntilde;o a la calle de las furias, en el barrio, contradictoriamente llamado “Esperanza”, en V., se convirti&oacute; en su hogar. All&iacute;, entre cartones y colchas muy livianas para el invierno, el Gordo se instal&oacute;. Sol&iacute;a llorar de rabia, y caminar por las noches volcando a patadas los tachos de basura. A pesar de lo poco que com&iacute;a, no adelgazaba casi nada, como si estuviese condenado a ser una bola de sebo de por vida.
   Pero a&uacute;n en las peores condiciones, siempre sale el sol. Aunque a veces sale de extra&ntilde;as formas. Una noche cualquiera, mientras el Gordo compart&iacute;a su b&uacute;squeda de alimentos con otros vagabundos, bromeando y charlando animadamente, como si de un paseo se tratase, un grito los sorprendi&oacute;. Corriendo, pues en las calles, frente al peligro, todos se un&iacute;an para vencer, llegaron al lugar desde donde, como una alarma, proven&iacute;an los gritos, en un sitio llamado “el subterr&aacute;neo”, pues un puente y un paso bajo nivel en construcci&oacute;n desde hace a&ntilde;os, lo dejaban en tinieblas, ideales para esconderse en casos como una repentina aparici&oacute;n de la polic&iacute;a o un ajuste de cuentas entre narcotraficantes. Un grupo de skinheads, rapados y armados de bates, palos y estacas, golpeaban a unas prostitutas. Las ten&iacute;an en el suelo, y las pateaban, escup&iacute;an e insultaban sin piedad alguna. El Gordo se abalanz&oacute; sobre ellos seguido de los otros, y tras una corta, pero sangrienta refriega, lograron que los nazis se retiraran. Ayudaron a llevar a las prostitutas a la posta de V., r&aacute;pidamente, por si volv&iacute;an los vencidos. Entre las mujeres hab&iacute;an varios transexuales, e incluso ni&ntilde;os. El Gordo estaba asombrado de encontrar gente tan joven dedicada a tales actividades. “Es que una cosa es saber que la prostituci&oacute;n infantil existe y otra distinta es vivirla”, me dijo, apesadumbrado. La noche termin&oacute; con las putas muy agradecidas, prometiendo visitarlos en el barrio de las furias. Para ellos fue una noche larga, pues debieron volver a buscar comida al amanecer, temerosos de un nuevo enfrentamiento.
   D&iacute;as despu&eacute;s las prostitutas les llevaron comida, cigarrillos y varias damajuanas llenas de vino. Todo termin&oacute;, hacia la madrugada, en una org&iacute;a colectiva en la que nadie se qued&oacute; sin su parte, a excepci&oacute;n del Gordo y varios ni&ntilde;os, que at&oacute;nitos e inocentes observaban el espect&aacute;culo. El Gordo se retir&oacute; hacia un puente abandonado que las hac&iacute;a de techo cuando llov&iacute;a, provisto de una generosa cantidad de vino y con las l&aacute;grimas preparadas para beber y olvidar con tragos amargos su pasado. Cuando comenzaba a embriagarse, apareci&oacute; una de las putas a hacerle compa&ntilde;&iacute;a. Se llamaba Jeanne, aunque su verdadero nombre era Rodolfo F. Alto, delgado, espigado, operado por doquier, en resumen, toda una mujer con un leve aire de masculinidad. Pero apenas una brisa, mejor dicho. Se qued&oacute; con &eacute;l, y a la ma&ntilde;ana siguiente, el Gordo, con el culo adolorido, se levant&oacute; para darse cuenta de que no recordaba nada de lo sucedido la noche anterior. Mareado a&uacute;n, sali&oacute; de su cubil de cartones para encontrar a Jeanne, que le estaba preparando, como desayuno, unos huevos en una fogata. Despu&eacute;s de beber un litro de agua mineral, comprendi&oacute; todo.
   A pesar de los dolores al sentarse, la vida comenz&oacute; a sonre&iacute;rle, aunque de manera extra&ntilde;a. Se fue a vivir con Jeanne en un piso que “ella” ten&iacute;a cerca, en los suburbios de V. Las calles eran enredad&iacute;simas, fruto de los distintos alcaldes y sus planes de expansi&oacute;n de la ciudad. All&iacute;, el Gordo inici&oacute; una nueva vida como el “hombre” de Jeanne. Consigui&oacute; trabajo en una oficina, como ayudante de redacci&oacute;n, y con el dinero que hac&iacute;an entre los dos, ten&iacute;an una vida bastante c&oacute;moda. Pero al Gordo no le gustaba mucho recibir la pasi&oacute;n de Jeanne, ni tampoco le agradaba darle de la suya, pero prefer&iacute;a esta &uacute;ltima pr&aacute;ctica para ponerse en el papel de dominador y no usar el papel higi&eacute;nico para limpiarse cierta zona que le doler&iacute;a al ver una silla. En el fondo, segu&iacute;a siendo heterosexual, nunca hab&iacute;a sentido deseos homosexuales ni nada por el estilo, sino que se aprovechaba de la situaci&oacute;n para elevar su nivel de vida, buscar la manera de establecerse y comenzar una vida digna. Sin embargo, no pod&iacute;a evitar que su conciencia lo reprochase por pensar as&iacute; al sentir que abusaba de la generosidad y sinceridad de su “pareja”.
   Un d&iacute;a, cuando llevaba m&aacute;s de dos meses viviendo con ella, Jeanne no lleg&oacute; a la hora que acostumbraba, al mediod&iacute;a. El Gordo se extra&ntilde;&oacute; bastante, pues el transformista gustaba de preparar el almuerzo y contarle sus peripecias nocturnas. Tampoco lleg&oacute; a la noche siguiente, sino que en la ma&ntilde;ana. Cuando iba a abrirle la puerta, El Gordo estaba preparado para armar un gran esc&aacute;ndalo, y aprovechar esa situaci&oacute;n para largarse de ah&iacute;, con fingido despecho, pero, cuando atrajo hacia s&iacute; la hoja de la puerta, no crey&oacute; al principio en lo que ve&iacute;a. Era ver una caricatura de Jeanne hecha por Picasso o Mir&oacute;. La hab&iacute;an golpeado, pero con una crueldad inconcebible, con ganas de matarla, pero dej&aacute;ndola viva. Un cad&aacute;ver andante. Ten&iacute;a los ojos amoratados, negros los labios, hinchados de dolor; las manos, los brazos, el cuello, toda su piel ennegrecida por los moretones y un par de quemaduras de cigarrillo en un hombro. En el cuello y en el pecho, sangre seca proveniente de la boca y la nariz. Incluso le faltaba una u&ntilde;a en la mano. Lloraba y moqueaba, como una ni&ntilde;a, y susurr&oacute; un d&eacute;bil “ay&uacute;dame”. El Gordo la abraz&oacute; y se ech&oacute; a llorar.
   &iquest;Qu&eacute; m&aacute;s pod&iacute;a hacer? &iquest;Irme y dejarlo as&iacute;?, me dijo el Gordo, con los ojos brillosos. Era comprensible, en realidad, m&aacute;s que su amante, era su amigo, alguien con quien pod&iacute;a conversar durante horas, alguien de quien estaba preocupado y que sab&iacute;a que se preocupaba por &eacute;l. El Gordo continu&oacute; su relato, tras sacar una oblea chocolatada y devorarla.
   Fueron d&iacute;as de mucha tristeza. Compraba los remedios, curaba sus heridas, lo cosi&oacute; donde hab&iacute;a que coser, era un m&eacute;dico sin haber estudiado jam&aacute;s medicina. Incluso Jeanne ten&iacute;a un desgarro anal, fruto de las violaciones que recibi&oacute;. Confuso, El gordo intentaba hacerle recordar, que le narrara qui&eacute;n le hizo eso, pero el transformista lo miraba, se mord&iacute;a los labios, meneaba la cabeza, lloraba, pero ni una palabra dec&iacute;a. Era como cuando intentaba convencer a Natalie de que abandonara el manicomio. 
   Volvi&oacute; a llorar por las noches, se sent&iacute;a atrapado en una celda, rodeado de una oscuridad densa, brea pura, impotente, sin poder vengar a su amigo o denunciar a los que lo hicieron a la justicia. No, no pod&iacute;a denunciarlos, le preguntar&iacute;an cosas, qu&eacute; de d&oacute;nde viene, si es ciudadano, y se dar&iacute;an cuenta de su condici&oacute;n de ilegal y lo sacar&iacute;an del pa&iacute;s y ya nadie cuidar&iacute;a de Jeanne. Tambi&eacute;n &eacute;ste lloraba en las noches o ten&iacute;a pesadillas y chillaba que no le pegasen, que basta, que s&oacute;lo soy un maric&oacute;n, dejadme en paz, hijos de puta. El Gordo se levantaba, se sentaba a su lado y lagrimeaba en silencio, sec&aacute;ndole de vez en cuando el sudor de la frente.
   Un d&iacute;a en que Jeanne ya estaba un poco mejor, decidi&oacute; aprovechar la siesta que sol&iacute;a hacer los domingos para recopilar informaci&oacute;n. Sab&iacute;a que ser&iacute;a dif&iacute;cil, y que los que lo hab&iacute;an hecho pod&iacute;an estarle vigilando, sab&iacute;a que ya hab&iacute;an pasado casi dos semanas desde la paliza de Jeanne, pero el Gordo no era un cobarde ni un desagradecido. Parti&oacute; con las prostitutas amigas de su amigo, y poco consigui&oacute;. La mayor&iacute;a ni sab&iacute;a, o m&aacute;s bien, hac&iacute;an como que no sab&iacute;an. Bastaba con verles los ojos, los gestos, eran como peque&ntilde;os destellos, luces que ocultan la verdad, un silencio con el que buscaban protegerse. Poco iba a exigirles el Gordo. Era comprensible, estas mujeres sab&iacute;an que, en las calles, sus vidas penden de un hilo, y que en cualquier momento pueden ser violadas, golpeadas, asaltadas o asesinadas. Viven con el miedo en los ojos, pero son excelentes fingiendo. As&iacute; como r&iacute;en en cualquier ocasi&oacute;n, asimismo lanzan gemidos ensayados en el ba&ntilde;o cuando hacen su trabajo. 
   Luego les toc&oacute; el turno a los otros transformistas. Juan Carlos (Samanta) no sab&iacute;a nada. Que hace tiempo que ya no trabajaba con Jeanne, que se hab&iacute;a puesto desagradable desde que viv&iacute;a con el Gordo, que no quer&iacute;a problemas con nadie y que ya lo ve&iacute;a venir, porque Jeanne andaba muy descuidada y se andaba metiendo en barrios de otras chicas.
   La Flaca Cindy, (Augusto Ugarte) rubia platinada, con p&oacute;mulos marcados por su adicci&oacute;n a la marihuana y operada del busto y del trasero, no ten&iacute;a mucho que decir. Era la &uacute;nica puta transformista culta, y en su bolso siempre se pod&iacute;a encontrar algunos libros, principalmente de marxismo o de pol&iacute;tica, o panfletos de agrupaciones de izquierda radical que ella se encargaba de repartir por los barrios. Ten&iacute;a un discurso lleno de palabras t&iacute;picas de un pol&iacute;tico de izquierda y siempre andaba con sus ideas de establecer contacto con otros grupos de travestis espa&ntilde;oles para poder crear una organizaci&oacute;n que les permitiese luchar por una legislaci&oacute;n que solucionase sus problemas, ideas que al Gordo siempre le parecieron ut&oacute;picas y sin sentido. Cindy le dijo que Jeanne era muy tranquila y que se hab&iacute;a extra&ntilde;ado mucho de lo sucedido, que este caso era uno de los riesgos que se corr&iacute;an en esta profesi&oacute;n y que era una agresi&oacute;n que deb&iacute;a ser tomada como un llamado de atenci&oacute;n para lograr la integraci&oacute;n de un movimiento social transformista, unific&aacute;ndose con las compa&ntilde;eras lesbianas y los enfermos de SIDA insertos en la sociedad  y se larg&oacute; en un discurso que al Gordo poco y nada le interesaba.
   Paula, (Rodrigo Vel&aacute;squez) fue la que m&aacute;s extra&ntilde;eza le caus&oacute; y se convirti&oacute; en la primera de una larga lista que el Gordo denomin&oacute; como “las silenciadas”, que eran las que al hablar se contradec&iacute;an, se pon&iacute;an nerviosas o le hac&iacute;an notar su disgusto, disfrazando su temor. Paula fue la que comenz&oacute; con las evasivas que se convertir&iacute;an, como si lo hubieran acordado entre todas, en la maniobra t&iacute;pica de las interrogadas. La gran mayor&iacute;a, por desgracia, pertenec&iacute;a a este conjunto, y fueron las causantes de que el Gordo decidiera cambiar de estrategia. 
    El Gordo no hallaba c&oacute;mo comunicarse con &eacute;stos seres. Bueno, todos se parec&iacute;an un poco a Jeanne, pero cada uno era un mal intento de travesti. Jeanne era el &uacute;nico que se pod&iacute;a decir m&aacute;s mujer que hombre, tanto f&iacute;sica como psicol&oacute;gicamente. Que algunos ten&iacute;an pelos en la cara o en los sobacos, que otros ten&iacute;an la voz muy ronca, otros hablaban de f&uacute;tbol o de pel&iacute;culas de acci&oacute;n o simplemente no eran femeninas y eran extra&ntilde;os esperpentos h&iacute;bridos. “Un travesti es un caracol, tanto por ser hermafrodita como por esconder su verdadera apariencia bajo un caparaz&oacute;n, una dura coraza de mentira, enga&ntilde;o, silicona, perfume y depilaciones. En lugar de babear, dejan regueros de l&aacute;grimas y sangre por donde pasan” susurr&oacute; el Gordo, mirando al suelo, como si recitara. No me qued&oacute; otra m&aacute;s que reconocer lo que dec&iacute;a.
   Cuando la investigaci&oacute;n del Gordo llevaba una semana, y Jeanne mostraba paulatinamente mejoras en su &aacute;nimo, la flaca Cindy se le acerc&oacute; mientras oteaba el enrojecido horizonte de la ciudad de madrugada. Fumaba con boquilla, llevaba un peque&ntilde;o bolso met&aacute;lico, y sus morenas piernas se exhib&iacute;an en toda su longitud gracias a una minifalda cort&iacute;sima. Le roz&oacute; un codo con sus dedos, demasiado anchos como para parecer de mujer. Se puso a sus espaldas, y con una voz b&iacute;fida, le susurr&oacute; al o&iacute;do: “No sigas averiguando, que te van a matar. D&eacute;jalo as&iacute; y olv&iacute;date del asunto, t&iacute;o, que la deuda de Jeanne ya est&aacute; saldada”. La palabra matar le son&oacute; como un insulto, no tuvo miedo, sino rabia por lo que consideraba una amenaza sin fundamentos. &iquest;Qui&eacute;n iba a matarle, a &eacute;l, que hab&iacute;a visto el infierno de la calle cara a cara y se hab&iacute;a burlado? El Gordo iba a agarrarla, cuando vio tres sombras, tres abrigos, tres seres que pertenec&iacute;an a la raza de animales nocturnos de los que en aquellos barrios se hablaba en secreto, por miedo a que alguien oyese, protagonistas de las historias que hac&iacute;an palidecer y querer desertar de su condici&oacute;n de pari&auml;h a putas y travestis. Los cafiches, los proxenetas, los cuidadores, los perros, los guardianes, los machos, mil nombres ten&iacute;an seg&uacute;n el lugar, verdaderos due&ntilde;os por derecho y de hecho del negocio de placer y dinero que la noche amparaba.
   Le explicaron lo de Jeanne, para que “dejase de hurgar en asuntos que no lo compromet&iacute;an”. El Gordo temblaba de pura rabia mientras o&iacute;a &eacute;sas palabras que ca&iacute;an de bocas que no se ve&iacute;an en la oscuridad, y las recib&iacute;a como pu&ntilde;aladas en su orgullo. Eran tres voces. Las tres se completaban entre s&iacute;, lo que una comenzaba, la otra lo terminaba.  
 “Jeanne s&oacute;lo tuvo mala suerte. Se meti&oacute; donde no deb&iacute;a. Uno de nuestros chicos se encontraba conversando un precio con un cliente. Hasta all&iacute;, todo estaba bien. Pero Jeanne pas&oacute; por all&iacute;. Tal vez no tan s&oacute;lo pas&oacute;, m&aacute;s bien se meti&oacute; all&iacute;. Como es bella para ser un travesti, nuestro cliente, al verla pasar, la pidi&oacute;. El travesti le dijo que no pertenec&iacute;a a su gremio. Intent&oacute; detenerle, entre maricones se protegen, &iquest;ves?. Pero el viejo califa simplemente fue y la contrat&oacute;. Y te hablamos de un buen cliente, lleno de dinero. Tal vez le hayas visto en televisi&oacute;n. He all&iacute; el error de tu amigo, estar donde no deb&iacute;a. Craso error. Horrible. Agradece que no muri&oacute;. Y nuestras reglas son simples. Simpl&iacute;simas. Hay territorios libres para el comercio independiente. Desde hace tiempo. Pero los mejores barrios son nuestros. Y lo seguir&aacute;n siendo. &iquest;Entiendes?”
   No dijo nada. La verdad era una luz simple y suave aquella noche. Su silencio pareci&oacute; agradar a esos seres sombr&iacute;os. Los escuch&oacute; irse, en medio de carcajadas y palmadas en la espalda, y cada paso que daban aumentaba su ira, llev&aacute;ndole a tramar de inmediato una mara&ntilde;a de pensamientos, en los que la idea de la venganza se repet&iacute;a una y otra vez.
   Los d&iacute;as transcurr&iacute;an y Jeanne volvi&oacute; a salir; necesitaban dinero despu&eacute;s de todo, y ya hab&iacute;an conversado varias veces el tema de retirarse a vivir a otro sitio m&aacute;s decente y donde, tras una operaci&oacute;n de cambio de sexo, pudieran vivir como una pareja “normal”. Era Jeanne la que llevaba esa idea, no El gordo, que, en su interior, se sent&iacute;a mal viviendo con este ser que era algo que no era, y cada d&iacute;a pasaba m&aacute;s tiempo pensando en el balc&oacute;n que con su compa&ntilde;ero. Ya no ten&iacute;an relaciones, a pesar de que Jeanne ya no ten&iacute;a ni un vendaje y insist&iacute;a en estar preparada para volver a tenerlas. Lo &uacute;nico cierto estaba en la grasienta mente del Gordo, en forma de un pensamiento. Se trataba de la imagen de una ni&ntilde;a sentada en una cama, iluminada por un rayo de sol que se confund&iacute;a con su piel y hac&iacute;a brillar su corta cabellera negra, mientras sus delicadas manos, laboriosas, dibujaban con un l&aacute;piz formas ininteligibles al principio, que terminaban convirti&eacute;ndose en las m&aacute;s puras im&aacute;genes de flores nunca vistas. El brillo del sol en sus ojos verdes. Natalie, simplemente Natalie. Un nombre que resbala en la boca, que se disipa, fr&aacute;gil como un silencio, como un sue&ntilde;o o una utop&iacute;a. Un nombre que resonaba en su cabeza en todas partes, al ver algo blanco o brillante, al sentir una brisa refrescante, al ver las flores de los maceteros de los balcones o al lado de los caminos, y sobretodo, al ver el mar. Porque era el mar la esperanza. Huir, escapar, volar rumbo a Am&eacute;rica, otro nombre, otra realidad, un lugar donde un hombre y una ni&ntilde;a podr&iacute;an perderse f&aacute;cilmente, en alg&uacute;n pueblo olvidado de Centroam&eacute;rica, entre selva, color y r&iacute;o.
   El coraz&oacute;n del Gordo no lat&iacute;a entre las s&aacute;banas al dormir con ese cuerpo de mujer con &oacute;rganos sexuales de hombre,  lo hab&iacute;a dejado olvidado aqu&eacute;l d&iacute;a en que se march&oacute; del sanatorio, y ahora s&oacute;lo recordaba. 
    
Era noche cerrada cuando el Gordo decidi&oacute; buscar a Natalie. Jeanne hab&iacute;a ido de visita a la casa de sus padres y se ausentar&iacute;a varios d&iacute;as. Camin&oacute; y camin&oacute;, y el alba lo sorprendi&oacute; en la carretera que llevaba al sanatorio, cerca de V. La loma que lo ocultaba desapareci&oacute; debido a sus pasos empujados por la emoci&oacute;n, y el blanco de la estructura en medio del verde le pareci&oacute; una paloma posada en una llanura. Record&oacute; cada entrada, cada hueco en la reja, cada lugar por donde se pod&iacute;a eludir la seguridad del lugar, por su mente pasaron pasillos subterr&aacute;neos eternos y una entrada en el patio posterior, entre unos &aacute;rboles. Tambi&eacute;n, fugaz, pas&oacute; el miedo de recordar que hab&iacute;a escuchado a alguien antes de irse hablando sobre una remodelaci&oacute;n de tales pasillos. Un escalofr&iacute;o, y luego puso su mole en marcha.
   No le fue dif&iacute;cil entrar. Simplemente derrib&oacute; una reja oxidada en el gran patio trasero, y recorri&oacute; la distancia que lo separaba hasta la entrada al subterr&aacute;neo ente unos arbustos. No puedo evitar imaginar lo c&oacute;mico de la escena de ver a una pelota de playa enorme jurando pasar inadvertida escondida entre unas ramas raqu&iacute;ticas. Tras varios cortes y laceraciones, sus manos sujetaron una manilla y luego ya estaba en la oscuridad del subterr&aacute;neo. No necesitaba m&aacute;s luz que la de una linterna de bolsillo que llevaba. Tales pasillos hab&iacute;an sido su hogar durante un tiempo, y en ellos era una rata m&aacute;s. Calcul&oacute; que deb&iacute;a de estar cerca del sector de los enfermos gracias a algunos gritos que oy&oacute;. No escuch&oacute; ninguno que recordase, y ello le alarm&oacute;. “ los vendieron a todos, los mataron” pens&oacute; un momento mientras su linterna titilaba en la oscuridad. Comprendi&oacute; que era una locura aparecer de d&iacute;a en los pasillos, y decidi&oacute; aguardar a que oscureciera, tap&aacute;ndose con unos sacos vac&iacute;os y arrincon&aacute;ndose.
   Pas&oacute; el d&iacute;a sin comer m&aacute;s que una barra de chocolate que llevaba en un bolsillo. Durmi&oacute; bastante, y cuando dieron las doce de la noche, decidi&oacute; salir de su escondrijo. Hab&iacute;a estado pensando, y se dio cuenta que era mucho m&aacute;s f&aacute;cil buscar la ficha m&eacute;dica de Natalie que aventurarse en la oscuridad gui&aacute;ndose por sus recuerdos, que no le ser&iacute;an muy &uacute;tiles si la hab&iacute;an cambiado a otro pabell&oacute;n o si &eacute;stos hab&iacute;an sido remodelados. Adem&aacute;s en la ficha saldr&iacute;a d&oacute;nde ubicarla o si la trasladaron. Recorri&oacute; un par de pasillos, sigiloso, hasta encontrar una peque&ntilde;a sala llena de archivadores, donde, en un proceso artesanal para la &eacute;poca, a&uacute;n se segu&iacute;an haciendo las carpetas a mano en lugar de usar computadoras. De seguro lo hac&iacute;an as&iacute; porque luego les era m&aacute;s f&aacute;cil el destruir la informaci&oacute;n de los enfermos al hacerlos desaparecer.
   Luego de un rato de desesperaci&oacute;n por no hallarla, encontr&oacute; la ficha. Qu&eacute; alivio sinti&oacute;, al menos parec&iacute;a estar en el sanatorio y no en casa de un millonario ped&oacute;filo, y su pabell&oacute;n estaba bastante cerca de donde se encontraba. Volvi&oacute; a sumergirse en las sombras como un besugo en un lodazal y as&iacute; se encontr&oacute; frente a una puerta cuyo n&uacute;mero no recuerda pero era uno entre el 2600 y el 3000, con una cifra repetida tres veces. Abri&oacute; la puerta y fue como volver atr&aacute;s dos a&ntilde;os. Camin&oacute; en direcci&oacute;n a una cama que albergaba un bulto entre sus albas s&aacute;banas iluminadas por la luna. All&iacute; estaba, fresca, crecida su cabellera, tan negra como el luto m&aacute;s maldito, con su blanca cara de ni&ntilde;a agudizada por el pasar de los a&ntilde;os y durmiendo profundamente. En el suelo, un par de dibujos de flores, ya no ultrarealistas, sino que pasando al surrealismo, pues entre lo que parec&iacute;an ser p&eacute;talos de rosa se pod&iacute;an apreciar siluetas de ni&ntilde;os jugando a la ronda, parejas bes&aacute;ndose y largas colas de gente. El Gordo se sent&oacute; al lado de ella y la acarici&oacute;, y tras un rato, Natalie despert&oacute; entre gru&ntilde;idos. Al comienzo se asust&oacute;, y el Gordo se dio cuenta que se jugaba el pellejo por una ni&ntilde;a y que en ese momento, si ella gritaba, todo para &eacute;l estar&iacute;a terminado, lo acusar&iacute;an de acoso sexual, no podr&iacute;a dar ni una excusa, se sabr&iacute;a que era un ilegal y lo deportar&iacute;an o lo encarcelar&iacute;an. Por suerte, los ojos negros de la ni&ntilde;a lo miraron con extra&ntilde;eza despu&eacute;s del miedo, y as&iacute; su mirada se transform&oacute; en una de sorpresa y de j&uacute;bilo. Se sent&oacute; en la cama, y ladeando la cabeza como anta&ntilde;o, susurr&oacute; &iquest;&Aacute;lvaro? Y al Gordo casi se le sale el coraz&oacute;n de dicha.
   Luego de un abrazo y un beso en la mejilla, ven&iacute;a la parte m&aacute;s complicada. Explicarle una situaci&oacute;n a una esquizofr&eacute;nica bipolar con tendencia al autismo y que seg&uacute;n algunos tambi&eacute;n era &iacute;ndigo, resulta complicado. Aunque sea de peligro, la ven como un juego o simplemente no les interesa, pero nuestro h&eacute;roe no por nada estuvo varios meses trabajando en aqu&eacute;l lugar y por gordo que sea, no es un est&uacute;pido, as&iacute; que aplic&oacute; lo mejor de su sicolog&iacute;a y, con algunos remanentes de cuento de hadas, arm&oacute; una historia con el suficiente poder de coerci&oacute;n como para que Natalie sonriera y aplaudiera emocionada con lo que su amigo promet&iacute;a si escapaban del sanatorio. Aparte que afuera hab&iacute;an flores frescas para dibujar y tambi&eacute;n, seg&uacute;n dijo, ella deseaba fervientemente encontrar a su hermano menor. Esto lo dijo sin ning&uacute;n asomo de locura, por lo que al Gordo le pareci&oacute; que, o bien en realidad se trabajaba con los enfermos en el sanatorio o que esta ni&ntilde;a saltaba de fantasiosos estados de locura a una cordura demasiado real y sorprendente. Aparte que ella nunca hab&iacute;a mencionado que ten&iacute;a un hermano. El Gordo la tom&oacute; en brazos y se la llev&oacute; en vilo.
   No tuvieron ni un problema para salir, y al cabo de unos minutos, ya estaban caminando por el borde de la carretera, atentos a esconderse si aparec&iacute;a un veh&iacute;culo, y despu&eacute;s de un par de fatigosas y largas horas caminando, la mano del Gordo sujetaba un manojo de llaves para hacer girar la cerradura y abrir la  puerta del departamento en que viv&iacute;a con Jeanne. Desayunaron de buena gana y luego Natalie, sin pudor alguno, se desnud&oacute; y se dirigi&oacute; al ba&ntilde;o, donde, sin importarle que el Gordo la observara, se dio una larga ducha. El Gordo estaba impresionado con su belleza y miraba cautivado c&oacute;mo el agua recorr&iacute;a su cuerpo. Tras secarse y vestirse con ropas que a Jeanne le quedaban peque&ntilde;as, la ni&ntilde;a le explic&oacute; que ya no se sent&iacute;a tan loca como estaba hace dos a&ntilde;os, que el confinamiento y la soledad la hab&iacute;an hecho progresar y que s&iacute;, estaba segura de tener un hermano perdido en alg&uacute;n lugar del pa&iacute;s. El Gordo le dijo que a&uacute;n recelaba de su cordura, y que lo mejor era que se quedaran. Luego se sincer&oacute; con ella y le relat&oacute; su historia desde que sali&oacute; del manicomio, el c&oacute;mo hab&iacute;a conocido a Jeanne y entre los dos tramaron una historia para que &eacute;sta no se enfadase.
   Fueron tres d&iacute;as hermosos, rayando en lo irreal. Sal&iacute;an temprano, para que nadie los viese, y recorr&iacute;an los caf&eacute;s y bibliotecas de V., conversando sin parar y contemplando los peque&ntilde;os detalles de los edificios y estatuas, que Natalie ve&iacute;a sin problemas. La chica ten&iacute;a una forma de ver las cosas tan ca&oacute;tica, tan subjetiva, era una artista en potencia. Todo con ella cobraba nuevos significados, todo era algo m&aacute;s que lo que se ve&iacute;a, era capaz de encontrar en lo cotidiano lo que pocos percibir&iacute;an
   Cuando Jeanne lleg&oacute;, el gordo comenz&oacute; a hablarle suavemente, meloso, y cari&ntilde;oso como la serpiente del jard&iacute;n del ed&eacute;n, luego hizo entrar a Natalie, la present&oacute; como una sobrina en segundo grado o algo as&iacute; y luego, mientras su compa&ntilde;era dudaba de la veracidad de las palabras de su pareja, lanz&oacute; una broma y as&iacute; fue como aprovech&oacute; el desconcierto para que el travesti aceptase a la peque&ntilde;a en la casa. Y as&iacute; quedaron tres donde antes s&oacute;lo hab&iacute;an dos.
   Luego comenzaron los inconvenientes. Jeanne un d&iacute;a le reproch&oacute; que mirara a Natalie con ojos de deseo, y el Gordo, para que no siguiera molestando, simplemente le hizo el amor varias veces aquella noche para que no le quedasen dudas sobre su fidelidad. Las cosas marchaban bien, Jeanne hab&iacute;a encontrado alguien a quien, en cierta manera, pod&iacute;a imitar para parecer m&aacute;s “femenino” en su vida diaria, Natalie llevaba dinero a la casa vendiendo algunos de sus dibujos en la plaza de la Gloria, El Gordo aprend&iacute;a m&aacute;s de su oficio en la oficina como ayudante de redacci&oacute;n y acababa de cumplir tres a&ntilde;os en Espa&ntilde;a, s&oacute;lo le faltaban dos para poder reclamar la carta de nacionalizaci&oacute;n y vivir tranquilo y buscar un empleo decente, aunque no le iba del todo mal en la oficina.
   Hasta antes del accidente de Jeanne, el trabajo del Gordo consist&iacute;a s&oacute;lo en llevar montones de hojas de un lado para otro en la oficina, dejar sobres en el correo, comprar caf&eacute;, s&aacute;ndwichs o cigarrillos seg&uacute;n se lo pidieran los empleados del lugar e incluso, limpiar autos o lustrar zapatos o trapear el ba&ntilde;o si es que alguien se lo ped&iacute;a. Pero tras el accidente, El Gordo necesitaba m&aacute;s dinero, pues &eacute;l aportaba s&oacute;lo un tercio de lo que Jeanne pon&iacute;a para los gastos en el departamento. As&iacute; fue como conoci&oacute; a Ra&uacute;l Zubizarrieta, el jefe del departamento de bienestar de la compa&ntilde;&iacute;a. Grande, corpach&oacute;n, y generoso como un buen samaritano, era el primero en llegar a la oficina, saludaba a todos de un generoso apret&oacute;n y repart&iacute;a besos en las mejillas como una metralleta enloquecida entre las secretarias del lugar. Sol&iacute;a dar grandes palmadas en la espalda con sus manotas, que m&aacute;s parec&iacute;an de minero o levantador de pesas que de un inocente contador tras un escritorio. Sus lentes y su calvicie le daban un aire rid&iacute;culo, pero su simpat&iacute;a y car&aacute;cter demostraban su capacidad y fortaleza en el puesto. No ten&iacute;a ni un prejuicio contra nadie ni nada, se defin&iacute;a como “liberal&iacute;simo”, era divorciado dos veces y casado tres y sol&iacute;a hablar de las bondades del sistema liberal, el consumismo, la econom&iacute;a de mercado, el libre comercio y la libertad de expresi&oacute;n, afirmaba que deber&iacute;a ense&ntilde;arse en los colegios a manejar autom&oacute;viles, jugar f&uacute;tbol, usar computadores, escribir poes&iacute;a y a tener buenas relaciones sexuales en lugar de todas las estupideces, como la qu&iacute;mica y las reglas de acentuaci&oacute;n, que simplemente, s&oacute;lo constitu&iacute;an obst&aacute;culos para el desarrollo del ser humano. Pero a pesar de tales declaraciones, siempre sal&iacute;a bien parado, pues conoc&iacute;a las reglas de la compostura y recato, por lo que jam&aacute;s se le iba a ocurrir hacer comentarios muy radicales en frente de alguien susceptible. El Gordo era alguien f&aacute;cilmente impresionable, o por lo menos, el se&ntilde;or Zubizarrieta lograba tal impresi&oacute;n en &eacute;l, que no pod&iacute;a evitar el dejarse encantar por aquella verborrea y quedarse pegado escuch&aacute;ndole. Fue con &eacute;l con quien habl&oacute; para saber si pod&iacute;a hacer algo m&aacute;s en la empresa y fue &eacute;l quien lo encomend&oacute; como su asistente personal, con un jugoso aumento de sueldo que dej&oacute; sorprendido al Gordo y del cual nadie sab&iacute;a nada. “S&oacute;lo es una salida de dinero m&aacute;s, cr&eacute;eme, nadie nota peque&ntilde;eces como &eacute;stas en los presupuestos finales”, le dijo cuando el Gordo, en un asomo de nobleza, le reclam&oacute; por lo alto de su sueldo. Ahora ganaba tres veces m&aacute;s, y hac&iacute;a la mitad del trabajo. S&oacute;lo deb&iacute;a redactar cartas, hacer peque&ntilde;os presupuestos y socorrer a su jefe cuando &eacute;ste sufr&iacute;a “calores en le bajo vientre”, lo que lo obligaba a buscar en los diarios n&uacute;meros de prostitutas y, tras contactarlas, notific&aacute;rselo para que su jefe las “usase”. De com&uacute;n acuerdo, el Gordo aprovechaba de conseguir peque&ntilde;os favores en su barrio, un hervidero de trabajadoras sexuales y travestis, habl&aacute;ndoles a ellas para que atendiesen los extra&ntilde;os pedidos de su superior. “Hoy quiero una mujer mayor que yo”, y all&iacute; iba el Gordo a contactar a las putas tristes que ya nadie quer&iacute;a porque sus mejores a&ntilde;os ya hab&iacute;an pasado, “Necesito una mujer trigue&ntilde;a, de ojos azules y gran sonrisa”, o “quiero una ni&ntilde;a, de catorce o quince a&ntilde;os”, y el Gordo, apartando sus valores y su asco en pos de su supervivencia, recorr&iacute;a las sucias calles de lo peor de la ciudad para no dejar a su jefe de apetito sexual exacerbado, insatisfecho. De m&aacute;s est&aacute; decir que seg&uacute;n lo que &eacute;l dijo, las prostitutas se lo agradec&iacute;an de las m&aacute;s diversas formas; algunas se le ofrec&iacute;an para “lo que quisieras”, otras le dejaban comisiones en su buz&oacute;n, y hasta, las m&aacute;s j&oacute;venes e inocentes en el negocio, le iban a dejar a su casa pasteles y dulces.
   Jeanne no se percataba de tales negocios, y cuando el Gordo le cont&oacute;, ella le dijo que el d&iacute;a que su jefe necesitara un travest&iacute;, ya sab&iacute;a a quien llamar. Aqu&iacute; es donde se produjo un peque&ntilde;o quiebre en su relaci&oacute;n debido a este indebido uso de palabras de parte de su pareja. Entre ellos exist&iacute;a el trato de no referirse a ninguna experiencia sexual anterior, y en el caso de “ella”, a que &eacute;sta no narrase sus aventuras con mucho lujo de detalles. Temo que &eacute;ste es el momento en que el Gordo se dio cuenta de algo: que los a&ntilde;os en compa&ntilde;&iacute;a de ese ser al que tanto despreciaba en su subconsciente, en realidad hab&iacute;an dejado su huella, y tuvo que reconocer, que un ofrecimiento como &eacute;se, en plena mesa, lo hab&iacute;a tocado. &iquest;ser&iacute;a que, a pesar de toda su voluntad por no mezclar sus sentimientos con su relaci&oacute;n, a fin de cuentas, se hallaba enamorado de un ser h&iacute;brido, una alienaci&oacute;n a su gusto?.
   La noche despu&eacute;s de esas peque&ntilde;as palabras, cuando Jeanne ya acababa de salir en busca de sustento, el Gordo sali&oacute; al balc&oacute;n del departamento, y con un poco de esfuerzo, subi&oacute; al techo. Natalie a&uacute;n no llegaba, pero no estaba preocupado por ella, sab&iacute;a que estaba de novia con un supuesto artista que tambi&eacute;n trabajaba en la plaza. Esa noche, solo y contrariado, el Gordo supo que algo estaba mal, que en su pecho hab&iacute;a algo lastimado, y entre las luces de la ciudad y la botella de licor que consigui&oacute; en una botiller&iacute;a, pens&oacute;, llor&oacute;, vomit&oacute; y hasta cant&oacute; su desdicha. Natalie lo encontr&oacute; cuando estaba entrando por el balc&oacute;n, entre suspiros y tropiezos. Ella ya no ten&iacute;a ni un pelo de locura, y con unos meses fuera del sanatorio, ya daba se&ntilde;as de estar completamente repuesta de su antiguo mal. Se sent&oacute; con &eacute;l y el Gordo, y tal vez esto sea lo mejor que este ser tenga, el reconocer que cuando las cosas van mal es bueno desahogarse con alguien, le narr&oacute; el c&oacute;mo le hab&iacute;an afectado las palabras de Jeanne aquella tarde, el cu&aacute;n dolido estaba, y el c&oacute;mo hab&iacute;a sentido desgarrarse su coraz&oacute;n tras descorrer el velo de la dolorosa verdad: se hab&iacute;a enamorado de un travest&iacute;, y fing&iacute;a ignorar lo que &eacute;ste hac&iacute;a para ganarse la vida. Natalie lo consol&oacute; como pudo, pero al final, fue ella la que termin&oacute; sufriendo m&aacute;s, pues tambi&eacute;n ven&iacute;a herida, su novio se hab&iacute;a reconciliado con su novia anterior, y cuando ella fue a verlo a su departamento, lo encontr&oacute; en la cama con ella. Ven&iacute;a deshecha, y no se hab&iacute;a suicidado en el camino porque olvid&oacute; llevar dinero, y que si hubiese llegado a la casa y &eacute;l no hubiera estado, se habr&iacute;a quitado la vida con las pastillas que a&uacute;n guardaba de su tratamiento. Lloraron amargamente, pero, al cabo de un rato, el Gordo le dijo que se pusiera su mejor tenida, que esta noche iban a pas&aacute;rsela en grande.
   As&iacute; fue c&oacute;mo aquella noche se pudo ver a Natalie y al Gordo un poco mejor vestidos, recorrer bares y restoranes, ir a bailar, y completamente borrachos, regresar al amanecer al departamento, ya fortalecidos y decididos a largarse cuanto antes de ese lugar y buscar algo mejor. Todo eso hasta que lleg&oacute; Jeanne y los encontr&oacute; dormidos sobre su colch&oacute;n, con el v&oacute;mito del Gordo manchando sus mejores s&aacute;banas. Los despert&oacute; y comenz&oacute; su interrogatorio, con el que fue saliendo a la luz la verdad de aquella noche, y, tras un rato, con Jeanne llorando por su error, y pidiendo perd&oacute;n, &eacute;sta prometi&oacute; dejar su oficio, y les anunci&oacute; lo que ella consideraba una gran noticia: al fin hab&iacute;a conseguido el dinero para su operaci&oacute;n de cambio de sexo y para ello iba a viajar a Alemania, para volver al cabo de un mes, ya convertida en lo que siempre, seg&uacute;n ella, debi&oacute; ser: una mujer.
   
La historia se pon&iacute;a ca&oacute;tica, no tan s&oacute;lo por el hecho que el Gordo me la contaba en una mezcla de idiomas, palabras rebuscadas y espa&ntilde;olismos vulgares que yo ignoraba, sino que tambi&eacute;n por mi resaca que no me permit&iacute;a seguirle el hilo o analizarla bien. Por ello le ped&iacute; por favor, que me ten&iacute;a que dejar ir, puesto que su historia me era interesante y yo no me hallaba en las mejores condiciones para escucharla. As&iacute; fue como termin&eacute; caminando hacia la escalinata de la plaza, rumbo a mi hogar en aquellos a&ntilde;os, un cuartucho asqueroso que yo insist&iacute;a en llamar como mi sue&ntilde;o de escritor en V., que a fin de cuentas igual era parte de Espa&ntilde;a y me pod&iacute;a servir para lograr despegar como artista y lograr el reconocimiento que no me dar&iacute;a mi pa&iacute;s. Cuando me iba, me volv&iacute;, y a lo lejos, pude ver a una mujer que abrazaba al Gordo. Temo que me bast&oacute; con s&oacute;lo verla para entender qui&eacute;n era. S&iacute;, he de decir que su piel s&iacute; era como las calas, pero no al sol del mediod&iacute;a, sino que a la luz de la luna llena. Natalie, la ni&ntilde;a de la que tanto sab&iacute;a pero que poco conoc&iacute;a en realidad, y que sali&oacute; de mi imaginaci&oacute;n convertida en mujer para abrazar a aqu&eacute;l ser seboso y hediondo, para luego mirarme a m&iacute; y acerc&aacute;rseme mientras yo pensaba en que no ten&iacute;a cigarrillos y qu&eacute; reseca ten&iacute;a la boca y en el c&oacute;mo pod&iacute;a hacer desaparecer el aroma a vino que desde la noche anterior, producto de una borrachera por despecho, me acompa&ntilde;aba. Cuando me salud&oacute; qued&eacute; en blanco y s&oacute;lo atin&eacute; a ver c&oacute;mo su pelo se mov&iacute;a con el viento y me sonre&iacute;a esperando una respuesta.

NATALIE O LOS ALAMBRES DE P&Uacute;AS

He de decir que llevaba tiempo sin hablar con una mujer tan extrovertida. Yo me la imaginaba t&iacute;mida, incapaz de presentarse por s&iacute; misma, siempre en grupos, evitando ser el centro de atenci&oacute;n y escondi&eacute;ndose sigilosamente tras alguien para que nadie la viese bien. Tal vez cuando alguien se acercase a hablarle usara evasivas t&iacute;picas, como “voy apurada”, “ahora no puedo”, “tengo algo muy importante que hacer”, no s&eacute;, cualquiera de &eacute;sas frases que se dicen de excusa para evitar un mal rato o a un ser desagradable. De seguro, no usar&iacute;a ropa ce&ntilde;ida al cuerpo, y ser&iacute;a asidua a las faldas largas y blusas sueltas y deber&iacute;a tener muchas chalas y pocos zapatos de tac&oacute;n o muy formales. Una persona relajada, que se dejaba llevar por la brisa suave de las tardes de domingo despu&eacute;s de almuerzo, no por un vendaval de d&iacute;a lunes por la ma&ntilde;ana. Ay de m&iacute; que jam&aacute;s le he hecho o deseado mal a nadie que el destino o lo que sea me acerc&oacute; a esa mujer que yo, hasta cierta parte del relato del Gordo, me causaba profunda compasi&oacute;n e impotencia frente al abuso de los poderosos. Por que no fue con la Natalie del Gordo con la que yo me encontr&eacute; aqu&eacute;l d&iacute;a frente a una opaca y endeble estatua de una Santa a la que nadie quer&iacute;a. Encontr&eacute; a una mujer, no una ni&ntilde;a con piel de recuerdos y de inmediato quise que fuera “Mi Natalie”, ni tuya ni de &eacute;l ni de nadie, s&oacute;lo m&iacute;a.
   Pero eso ten&iacute;a que esperar, eso era un proceso largo y trabajoso. Porque se me abalanz&oacute; encima con un discurso imparable mezclado con un interrogatorio digno de la KGB, con el cual, como un preso temeroso, le solt&eacute; todo y en menos de media hora, ya sab&iacute;a todo de m&iacute; y ya me ten&iacute;a encasillado dentro de ella como “pat&eacute;tico ser antropomorfo con se&ntilde;as de misantrop&iacute;a y un leve toque de latino humilde”. Esto no me lo dijo pero lo intu&iacute; cuando logr&eacute; zafarme de sus ojos verdes que me miraban directo a los m&iacute;os, negros como pozos as&eacute;pticos. Pero cuando me mir&oacute; entre las piernas por un instante y me recorri&oacute; entero fugazmente, de manera imperceptible para los humanos normales, me di cuenta que acababan de atraparme, pero que preso m&aacute;s contento iba a ser.
   Cuando tuve control de m&iacute; mismo aquella ma&ntilde;ana que se mor&iacute;a de ganas por ser un atardecer esplendoroso, la invit&eacute; a un caf&eacute; en el que nunca hab&iacute;a estado. Pero, no s&eacute; porqu&eacute;, le coment&eacute; sobre &eacute;l algunas cosas, como que era uno muy bueno y que deb&iacute;a probar el caf&eacute; con amaretto, que era exquisito, o el caf&eacute; con licor de cacao, que a m&iacute; me encantaba. Le habl&eacute; de sabores y de olores y de c&oacute;mo &eacute;stos nos llevaban a recordar personas, lugares o momentos de nuestras vidas. Ella me dijo que el chocolate y la colonia de hombre le recordaban a su padre, especialmente una que ten&iacute;a olor a pino, y nombr&oacute; una marca francesa que yo no conoc&iacute;a y que ni siquiera entend&iacute; por mi ignorancia del franc&eacute;s. As&iacute; que era francesa. Mejor, pens&eacute;, genial, ahora s&iacute; que puedo hacer algo grande. &iquest;Algo grande?. &iquest;Qu&eacute; demonios era hacer algo grande con Natalie, una francesa de la cual sab&iacute;a mucho de su pasado pero ignoraba completamente su actual vida?. 
   Nunca fui bueno disimulando, y estaba frente a un ser altamente perceptivo. &iquest;Te pasa algo?. No, nada, que me va a pasar, menos mal que lleg&oacute; el camarero y me salv&oacute; de m&aacute;s indagaciones por parte de mi compa&ntilde;era de mesa. Ah&iacute; me di cuenta de algo, dado que nunca he tenido mucho dinero, y que siempre mis bolsillos van livianos y con migas y pelusas en su interior, &iquest;me alcanzar&iacute;a lo poco que ten&iacute;a para pagar nuestro consumo?. A m&iacute; nom&aacute;s se me ocurre decir cosas como “yo invito” o “no, las damas no pagan”. Animal est&uacute;pido, dominado a&uacute;n por impulsos procedentes de lo profundo de su escroto, educado por libros de camarader&iacute;a y buenos modales que dejaban ense&ntilde;anzas sobre ser caballero y el hombre universal &iquest;cu&aacute;ndo aprender&eacute; a dejar que el juego se d&eacute; y no intentar imponer mis reglas antes que &eacute;ste empiece? Ordenamos y me relaj&eacute; al contar mentalmente los billetes arrugados al interior de mi billetera y percatarme de lo holgado de mi presupuesto. Suspir&eacute; y busqu&eacute; cigarrillos en mis bolsillos, y me desesperaba el pensar que pod&iacute;a encontrar s&oacute;lo uno y no iba a poder convidarle a Natalie si es que &eacute;sta fumaba.
   Ella sab&iacute;a que yo estaba nervioso, as&iacute; que comenz&oacute; a hablarme, sin previo aviso de lo bonita que encontraba V., y de lo mucho que le gustaba la historia de Santa Violeta, la patrona del lugar. Supongo que cuando se qued&oacute; callada, esperaba que yo le pidiera que me contase esa historia, pero justo encontr&eacute; mis cigarrillos, algo arrugados en su cajetilla, y con uno en la boca, le ofrec&iacute; fumar. Lo encend&iacute; y expir&eacute; una hermosa voluta que se perdi&oacute; en lontananza. Me qued&eacute; mir&aacute;ndola alejarse, y pens&eacute; en que alguna gota de lluvia llevar&iacute;a parte de m&iacute; al caer desde el cielo alg&uacute;n d&iacute;a. Luego mir&eacute; adelante y la vi de perfil. Y no pude sacar mi vista de su piel blanca en la sombra de un toldo en un caf&eacute; de V.. No le pregunt&eacute; nunca lo de la Santa, yo no iba a pensar en algo m&aacute;s sagrado que ella de perfil. Suspir&oacute; mirando al horizonte, algo molesta. “Perdona que te pregunte, pero &Aacute;lvaro te cont&oacute; algo de m&iacute;?”. No es momento para contestar preguntas, es momento de contemplar tu ser, al menos eso iba a contestar, pero termin&eacute; diciendo que s&iacute;, pero que era bien poco lo que sab&iacute;a de ella. “&iquest;qu&eacute; sabes exactamente?”. Que viviste con &eacute;l y Jeanne. “&iquest;Nada m&aacute;s? &iquest;No dijo nada de mi locura en esos a&ntilde;os?”. No s&eacute; si deba decirte lo que me cont&oacute;, pudieras molestarte conmigo o con &eacute;l. “Tengo que recordarte que estaban hablando de m&iacute;”. &iquest;y que tiene eso?. La conversaci&oacute;n arroj&oacute; un signo de tensi&oacute;n por un momento y yo y mis cejas arqueadas esper&aacute;bamos que desapareciese. “Si hablan de m&iacute;, me gusta saber que es lo que se dijo sobre m&iacute;. Simple curiosidad, aparte de que es casi un derecho, si lo piensas bien”. Buen punto, respond&iacute; y me largu&eacute; en una de esas narraciones que pod&iacute;a hacer por aquellos a&ntilde;os y que no estoy seguro de poder reproducir bien. Es que hace tiempo que no me drogo ni bebo en exceso, lo &uacute;ltimo que beb&iacute; fue una copa de vino blanco en un almuerzo hace m&aacute;s de una semana, y creo que mi forma de razonar estaba distorsionada por tales elementos que tuve que dejar por razones de salud y por respeto a mi ser y otras estupideces.
   Bueno, aqu&iacute; va lo que, m&aacute;s menos, le dije a Natalie esa tarde: “No s&eacute; si deba contarte esto, porque por lo menos a m&iacute; me molestar&iacute;a sobremanera que alguien me contase cosas como las que te voy a decir en un caf&eacute; como &eacute;ste, donde cualquiera puede o&iacute;r las conversaciones de las mesas vecinas sin mayor esfuerzo, pero si t&uacute; quieres es tu problema, lo que pas&oacute; fue que anoche estuve bebiendo y como no pude llegar a casa me fum&eacute; un porro en la plaza de la Concordia, y me dorm&iacute; ah&iacute;, bajo una banca, hasta que me despert&oacute; un pordiosero que intentaba sacarme la billetera, y ando con bastante dinero, por lo menos para m&iacute;, aunque a ti podr&iacute;a parecerte poco, lo digo porque est&aacute;s bien vestida y el perfume que utilizas debe ser caro, aparte que se nota que es perfume y no colonia, y yo apenas uso desodorante, como el Gordo que me cont&oacute; todo esto, que en realidad se llamaba &Aacute;lvaro y que fue el que te conoci&oacute; en un sanatorio que supuestamente est&aacute; a las afueras de V., pero que yo en mi vida he visto y eso que llevo tiempo viviendo aqu&iacute;, aparte que tengo mis sospechas de la cordura de tu amigo, pues &eacute;l puede ser el loco y tu bien puedes no haberlo sido nunca, y eso es una posibilidad, pero si me baso en lo que me cont&oacute; &eacute;l; s&iacute;, se supone que estuviste loca o algo as&iacute; cuando eras una ni&ntilde;a y estuviste en aqu&eacute;l horrible lugar hasta que te rescat&oacute; el tipo aqu&eacute;l que es mi compatriota, y te sac&oacute; porque pod&iacute;as terminar en un burdel o algo as&iacute; y porque hab&iacute;a un enano italiano que parec&iacute;a rata que gustaba de follarte, perd&oacute;n, de abusar de tu persona durante las noches de los mi&eacute;rcoles, el que de seguro te debe haber buscado por cielo, mar y tierra y me parece extra&ntilde;o que siendo tan poderoso te haya dejado escapar, a ti que hubieras reportado una buena cantidad de dinero por tu belleza, y no estoy intentando seducirte o algo as&iacute;, simplemente lo dije y basta, y despu&eacute;s viviste con &eacute;l y el transexual o transformista o maric&oacute;n o lo que haya sido ese tipo, no s&eacute; por qu&eacute; tu amigo hablaba de &eacute;l como “ella” y yo no entiendo eso y me confunde bastante e incluso, temo que me asusta un poco el no saber el sexo de alguien con seguridad por que no sabes que cara poner porque si no te has dado cuenta la mayor&iacute;a de los hombres, o por lo menos los heterosexuales; nos, y me incluyo, por que lo soy, solemos adaptarnos a la gente que nos rodea seg&uacute;n su sexo y as&iacute; somos m&aacute;s suaves en nuestras maneras con las mujeres y m&aacute;s rudos y toscos cuando estamos frente a un hombre por que compartimos con ellos nuestra idiosincrasia, al menos en cierta forma, no creo que entiendas, pero seguir&eacute; como si lo hubieras hecho y t&uacute; sab&iacute;as dibujar muy bien y tuviste un novio con el que terminaste y la noche en que lo hiciste terminaste saliendo con &Aacute;lvaro por puro despecho y a la ma&ntilde;ana siguiente Jeanne les dijo que se iba a cambiar de sexo y todos quedaron sorprendidos y de una pieza y la historia iba buena, genial, pero yo ya comenzaba a desmayarme cuando llegaste y yo ya me hab&iacute;a ido pero me volv&iacute; para verte y te vi caminar hacia m&iacute; para saludarme, algo que nadie hace, pues soy un desconocido para ti y terminamos en un caf&eacute; que dije que conoc&iacute;a pero que es primera vez que veo y...”
   Ah&iacute; me hizo parar con un gesto. Su mano abierta, en se&ntilde;al de detenerme, me record&oacute; a Buda, al Sakyamuni, en los tiempos que yo intent&eacute; seguir tal religi&oacute;n. Aunque Buda era un guat&oacute;n feminoide y Natalie no ten&iacute;a nada de gorda. Comparaciones como &eacute;stas acabar&aacute;n por hacerme mal alg&uacute;n d&iacute;a, pens&eacute;, mientras ve&iacute;a sus labios moverse lentamente, s&oacute;lo sus labios, rojos, poderosos, pura carne inmortal que...&iexcl;No me est&aacute;s escuchando! 
   S&iacute; era verdad, no la estaba escuchando. Ah&iacute; me concentr&eacute;, pero nunca supe lo que me quer&iacute;a decir o preguntar mientras yo miraba sus labios. Despu&eacute;s que su ce&ntilde;o fruncido se relaj&oacute;, me pregunt&oacute; que qu&eacute; cre&iacute;a que pasar&iacute;a m&aacute;s adelante en la historia, y si cre&iacute;a si era real o se trataba de una invenci&oacute;n alocada de un gordo paranoico. Me qued&eacute; helado unos instantes, mir&eacute; a mi alrededor y no vi m&aacute;s que palomas y gente y m&aacute;s gente y edificios antiguos a lo lejos y una gran avenida atestada de m&aacute;s personas que caminaban de un lado a otro y ya era m&aacute;s que mediod&iacute;a y ten&iacute;a hambre y era probable que pagase un almuerzo para los dos. Luego le dije lentamente que hubiera cre&iacute;do que todo era mentira si no la hubiese visto aparecer, porque ella era la prueba de la verdad de la historia y que no estaba seguro de lo que pod&iacute;a pasar despu&eacute;s, porque la historia era impredecible, pero ten&iacute;a cierta idea; Jeanne se opera, vuelve, el Gordo vive con ella, t&uacute; te vas en busca de tu hermano perdido, Jeanne deja al Gordo, &eacute;l se va contigo, saca la nacionalidad espa&ntilde;ola, no encuentran a tu hermano, pierde una mano en un accidente, vuelven y viven juntos hasta que ya tienes la suficiente edad para irte a vivir sola, consigues un compa&ntilde;ero y vives con &eacute;l y visitas a &Aacute;lvaro de vez en cuando y &eacute;ste cae lentamente en decadencia, no s&eacute; porque no quiere que lo ayudes y termina vendiendo golosinas en la plaza de la Gloria y tu tienes una buena situaci&oacute;n despu&eacute;s de tanto sufrimiento.
   “Bien, pero la historia no es as&iacute;, mi amigo” &iquest;Dijo mi amigo? Eso es apartar la distancia, me dije entonces sin comprender bien que la distancia nunca existi&oacute; entre ella y yo. Luego comenz&oacute; a narrar lo que era su parte de la historia, se desnud&oacute; literalmente frente a un desconocido para que &eacute;ste la contemplase sin poder acercarse, porque sent&iacute; en mi pecho el peso de a&ntilde;os de martirio de un ser que no entend&iacute;a el porqu&eacute; era castigada sin haber vivido siquiera, para salir purificada, como un trozo de carb&oacute;n que se transforma en diamante. &Eacute;stos son los trozos de vida que Natalie me dio una tarde en V. 

NATALIE  Dubois Ananiashvili, era hija de la extra&ntilde;a uni&oacute;n de un obrero franc&eacute;s con una cocinera rusa pero nacida en Kazajast&aacute;n. De rasgos ininteligibles, mezcla de la gallard&iacute;a gala con la ostentaci&oacute;n pretenciosa de los sovi&eacute;ticos y una pizca de la rebeld&iacute;a de los mongoles que habitaron en Yurtas hace cientos de a&ntilde;os, con la certeza de que los astros cuando ella naci&oacute; no estaban ni siquiera medianamente alineados, sino que completamente en desorden, Natalie naci&oacute; para quedarse, comenzando su lucha al inhalar su primera bocanada de aire. Naci&oacute; prematura, la dieron por muerta, por lo que cuando el practicante de medicina que atendi&oacute; su parto proced&iacute;a a practicarle una autopsia sobre una improvisada mesa de operaciones aprovechando que a&uacute;n estaba caliente, y el peque&ntilde;o pero afilado bistur&iacute; se acercaba al pecho que se cre&iacute;a que nunca albergar&iacute;a vida, &eacute;ste se movi&oacute; con una fuerza irrefrenable y el practicante abri&oacute; los ojos al punto de que &eacute;stos se desorbitaron, y con una mano temerosa toc&oacute; el cuello de la peque&ntilde;a para gritar o m&aacute;s bien anunciar: &iexcl;Vive!.
   No fue f&aacute;cil, Natalie no tiene recuerdos de infancia, todo lo ha construido bas&aacute;ndose en un viejo &aacute;lbum de fotos y los relatos de su madre, muerta cuando ella ten&iacute;a seis a&ntilde;os, al dar a luz a su hermano Basile, el &uacute;ltimo de una serie de tres fracasos, de tres partos dif&iacute;ciles que no hab&iacute;an dado frutos, por lo que Natalie conoci&oacute; la muerte de cerca desde antes de tener uso de raz&oacute;n. Su padre no pudo con el dolor y a los pocos meses se extirp&oacute; la vida con un innoble coma et&iacute;lico, y ella no sinti&oacute; mayor dolor por comprender la poca val&iacute;a de su padre, y lo despreci&oacute; profundamente y tal vez hasta lo odi&oacute; cuando lo vio muerto a la luz del alba, vestido de negro, de cabeza gacha y manchado de v&oacute;mito y verg&uuml;enza. &iquest;&Eacute;se ser&aacute; el momento en que la cordura de Natalie se resquebraja y cae a un abismo? Para ella no es momento de perder la cabeza, es momento de tenerla bien sujeta para recibir los golpes dirigidos a su hermanito que le da su t&iacute;o paterno quien supuestamente llega para cuidarlos y termina apoder&aacute;ndose y bebi&eacute;ndose los escasos bienes que hab&iacute;a dejado su hermano, para luego dejarlos con la abuela, la madre de su padre, que es la &uacute;nica que entrega afecto a su desprotegida infancia, justo a tiempo para salvarla del cruel destino que la aguardaba agazapado al llegar a la adolescencia, por la falta de caricias y el ansia de besos que la peque&ntilde;a tendr&iacute;a para aqu&eacute;l entonces, ansiedad que su abuela control&oacute; mediante cari&ntilde;os y largas conversaciones, adem&aacute;s de inculcarle el gusto por la pintura y el arte en general mediante la lectura y la compra de algunos pinceles y pinturas para dejarla expresarse, cosa que no hab&iacute;a hecho nunca.
   Es a los nueve a&ntilde;os cuando ella da sus primeros pasos en la pintura bajo la atenta mirada de su abuela, y, entre muchas otras, crea un par de obras que a&uacute;n la desconciertan, pues duda que haya sido capaz de crearlas y las atribuye a pinceladas nocturnas de su protectora y mecenas; &eacute;stas obras son “El Cristo del ojo bizco”, un retrato de la cara del nazareno agonizante en la cruz, con un ojo mucho m&aacute;s grande que el otro, cuadro que causa verdadero dolor al espectador por la espantosa deformidad que aqueja al ungido, lo que crea una ca&oacute;tica lluvia de sentimientos encontrados ante la profanaci&oacute;n de lo sagrado mediante la hip&eacute;rbole de un rasgo; y  “Autorretrato de perfil”, donde su cabello largo y negro se confunde con el fondo, oscuro y ensangrentado, y en el que se puede apreciar su figura, d&eacute;bil, pero ya ondulante como un destello de c&oacute;mo ser&iacute;a su cuerpo al llegar a la juventud, con trazos delicados y suaves, que contrastan con la sensaci&oacute;n de maldad y odio profundo que emana de la mirada de la muchacha, cuyas pupilas no se notan y s&oacute;lo se destacan por sus profundas ojeras. Tambi&eacute;n llama la atenci&oacute;n su pierna desnuda que emerge de entre lo opaco de su vestido y el fondo, como una luna llena. Cuando los vi, junto con sus otras obras, al tiempo despu&eacute;s, comprend&iacute; verdaderamente el dolor de la peque&ntilde;a, el sentir las vejaciones, el hecho de no entender porque le toc&oacute; una vida llena de despojos y putrefacci&oacute;n si ella era la rosa. Pero no se daba cuenta que era la flor que fue a nacer entre cardos envidiosos.
   Poco antes de cumplir los once a&ntilde;os, y cuando se aprestaba para participar en su primer concurso de pintura, su abuela fallece y Natalie cae en el m&aacute;s profundo estado de depresi&oacute;n. Casi catat&oacute;nico. &Eacute;stos son sus a&ntilde;os oscuros, los a&ntilde;os del olvido, una edad media en su corto existir donde apenas sobrevive aferr&aacute;ndose a la vida como &uacute;ltimo recurso. All&iacute; es cuando se separa de su hermano, y lo &uacute;ltimo que recuerda de &eacute;l es su abrazo, que la despierta de una pesadilla y reconforta, luego, sus l&aacute;grimas infantiles resbalando por sus mejillas para caer en sus hombros virginales, y ella postrada, mirando el techo, para dirigirle una &uacute;ltima mirada mientras le ve caminar con sus cortos pasitos hacia la puerta, recorrer un oscuro pasillo y desaparecer, tomado por una mano femenina enfundada en gris. Dio un alarido y despert&oacute; en el manicomio, nunca supo como lleg&oacute; all&iacute;, de seguro la vendieron, su t&iacute;o u otro pariente, pero conservaba su peque&ntilde;o tesoro; el crucificio de su abuela y sus pinturas, sus amadas pinturas.
   De a poco despertaba, y ve&iacute;a pasar los d&iacute;as, lentos, por su ventana en aqu&eacute;l peque&ntilde;o cuarto. Tambi&eacute;n recuerda una mano, de un hombre muy viejo, que le revisaba los dientes y que la toc&oacute; por todas partes, como quien revisa un animal, y la mirada del enano italiano en un rinc&oacute;n, siempre all&iacute;, conspirando en la oscuridad como una ara&ntilde;a asesina, esperando el momento para lanzarse sobre su presa. Y pasaron los a&ntilde;os, y sus piernas cambiaron por la falta de ejercicio, y recuerda unos d&eacute;biles rayos de sol, extra&ntilde;os para su piel, y un girar alrededor del sol describiendo c&iacute;rculos, para finalmente dejar que su mirada se posase como una mariposa, sobre un peque&ntilde;o jard&iacute;n, donde flores raqu&iacute;ticas intentaban crear su hogar al lado del mar y del mal. As&iacute; es como volvi&oacute; a dibujar, a expresarse, reproduciendo esas flores con ayuda de un l&aacute;piz y una croquera vieja, y contemplando atardeceres sentada, ya en una silla de ruedas, ya echada sobre el pasto, con su bata celeste que ya casi era parte de su piel.
   Pero cuesta escapar del infierno cuando has nacido all&iacute;. Sucedi&oacute; por primera vez cuando Natalie ten&iacute;a catorce a&ntilde;os reci&eacute;n cumplidos, y el enano italiano entr&oacute; furtivamente a su habitaci&oacute;n una noche, y mediante detestables movimientos espasm&oacute;dicos, le quit&oacute; uno de sus pocos tesoros, su virginidad. Por a&ntilde;os, la ni&ntilde;a hab&iacute;a so&ntilde;ado con amar, y en su pecho albergaba la secreta esperanza de, alg&uacute;n d&iacute;a, salir de aqu&eacute;l lugar y volverse mujer en los brazos de un hombre amado, pero en cambio fue un monstruo, un mal intento de ser humano, lo que la hab&iacute;a privado de la libertad de elegir con quien sentir el amor carnal por vez primera. Llor&oacute; amargamente mientras acariciaba su vagina herida a la ma&ntilde;ana siguiente, y vio con desesperaci&oacute;n que se hab&iacute;a hecho mujer hace tiempo, que su sangrar ya era habitual y peri&oacute;dico, pero tambi&eacute;n vio dibujarse entre las s&aacute;banas, con su propia sangre, a una serpiente de colmillos gigantescos, que anunciaba los futuros dolores a los que estaba condenada por haber nacido hembra. Ah&iacute; grit&oacute; amargamente, pero nadie de los que lleg&oacute; a socorrerla crey&oacute; su historia.
   Para evitar parecer mujer, Natalie se cort&oacute; el pelo con un trozo de vidrio, recogido en uno de sus paseos alrededor de su prisi&oacute;n, un albo palacio antiguo, de belleza sobrenatural, pero que era como la fruta fresca carcomida por el gusano, una bella fachada para los cr&iacute;menes que all&iacute; ocurr&iacute;an, sin que nadie llegara a repartir consuelo. Tambi&eacute;n se deja adelgazar, y con ello logra hacer que su juvenil figura desaparezca, que sus turgentes pechos se vuelvan simples planicies y sus curvas sean reemplazadas por el dolor del hueso pr&oacute;ximo a salir de su cuerpo como estacas, y la piel demasiado tirante. De esta &eacute;poca logra pintar, con mermadas energ&iacute;as, su “Autorretrato Ag&oacute;nica”, una pintura cuyo &uacute;nico semejante ser&iacute;a “El Grito” de Munch, por los rasgos de su personaje; es la imagen del rostro de un ser esquel&eacute;tico, en cuyos p&oacute;mulos sobresale la carne viva, cuyos ojos est&aacute;n insertos profundamente en la b&oacute;veda craneana, como si de una calavera se tratase, con jirones de pelo colgando de su cr&aacute;neo abombado, y tiene la vista fija en el cielo, como rogando por una esperanza divina. Su boca abierta deja ver una lengua b&iacute;fida, y el fondo es rojo, amarillo y verde, colores putrefactos que la calavera comparte. Tambi&eacute;n cabe destacar su serie de trece obras llamadas “Amaneceres”, reproducciones de amaneceres vistos desde su ventana u otros lugares, donde uno de lo que m&aacute;s llama la atenci&oacute;n es el n&uacute;mero once, por mostrar todo el horizonte con barrotes met&aacute;licos con espinas y filos, como para dar la sensaci&oacute;n de lo imposible del escape, de la alocada carrera hacia la libertad &uacute;nica que vendr&iacute;a a ser la muerte; y otra obra, el “Amanecer cero”, que cierra la serie y va despu&eacute;s del n&uacute;mero doce, y el n&uacute;mero trece tal vez se relacione con los ap&oacute;stoles y Jesucristo sentados en la &uacute;ltima cena, o por la mala suerte que va acompa&ntilde;ado a &eacute;ste. Representa un amanecer al rev&eacute;s, y el sol se ve como un ojo de gato, es m&aacute;s largo que ancho, y domina desde el centro, rojo y penetrando el mar, como el &uacute;nico color c&aacute;lido en el cuadro, pues el resto son distintos tonos de azul y verde para la tierra. Tal vez tenga una interpretaci&oacute;n desde un punto de vista carnal; puede ser que el sol alargado sea la representaci&oacute;n de un &oacute;rgano sexual femenino, ultrajado por el entorno y oponi&eacute;ndose a la frialdad de &eacute;ste, posiblemente por las violaciones de las que fue v&iacute;ctima Natalie.
   As&iacute; se libr&oacute; del enano, con un esfuerzo estoico, pero eso no la libr&oacute; de pasar casi tres a&ntilde;os drogada. Despertaba de un sue&ntilde;o para caer en otro, y &eacute;stos le mostraban mundos en los que poco o nunca vivi&oacute;; paseos con la familia, comidas abundantes, risas, juegos, abrazos de su madre y su padre y su hermano, su abuela y las tardes escuchando los ensayos de m&uacute;sica cl&aacute;sica del conservatorio que estaba al frente, su hermanito esbozando notas con el viol&iacute;n de su abuelo, su t&iacute;o llegando a casa con galletas y leche, el calor del fuego de una chimenea, aromas que se confunden y que no llevan a ning&uacute;n lugar, y un hombre, un muchacho, que la toma entre sus brazos y ella apoya su cabeza en su pecho, y es capaz de escuchar los latidos de su coraz&oacute;n, fuertes y briosos.
   No distingu&iacute;a la realidad de los sue&ntilde;os, y se sent&iacute;a continuamente flotando, la habitaci&oacute;n dando vueltas a su alrededor, la sangre entre sus piernas producto del per&iacute;odo, que la hac&iacute;a chillar enloquecida por saberse mujer, su odio a todo, a todos, menos a sus pinturas, que se agolpaban en un rinc&oacute;n y a las que nadie osaba acercarse por temor a provocarle un ataque de nervios. El sonido de una m&uacute;sica lejana, proveniente quiz&aacute;s de su cabeza pero que ella recuerda como proveniente de alguna de las otras habitaciones, la hac&iacute;a caer en constantes deja v&uacute; que no exist&iacute;an, en sue&ntilde;os falsos y pesadillas.
   Sus pesadillas se repet&iacute;an, una y otra vez, ve&iacute;a morir de nuevo a todos sus muertos, y una vez so&ntilde;&oacute; con sus tres hermanitos muertos que la contemplaban desde los pies de su cama con ojos como los del italiano, y vio con pavor como se le echaban encima en la oscuridad, haciendo brillar sus u&ntilde;as afiladas en sus raqu&iacute;ticas manos de muerte. Otra era ser violada una y otra vez, por el enano, por su padre, por su t&iacute;o, o ver como el enano violaba a su abuela hasta matarla. 
   La fiebre la agobiaba, y un d&iacute;a despert&oacute;, sencillamente, no sabe c&oacute;mo. Fue como caer del cielo a la tierra, de improviso. Se vio a si misma por primera vez en mucho tiempo, vio su cuerpo da&ntilde;ado por el abuso, el tiempo y la falta de movimiento; pero a&uacute;n con la gracia juvenil de una quincea&ntilde;era. Luego, record&oacute; al Gordo, pues &eacute;ste ya se hab&iacute;a ido del manicomio, y le qued&oacute; un sabor amargo de su compa&ntilde;&iacute;a, pues de alguna forma, vio en &eacute;l la esperanza de abandonar aqu&eacute;l lugar. Es extra&ntilde;o, pero el Gordo nunca habl&oacute; con la verdadera Natalie en su estad&iacute;a en el manicomio, sino que con un p&aacute;lido espectro, drogado y confundido, que era la muchacha en sus pocos instantes de lucidez. Cuando despert&oacute; no recordaba sus dibujos de flores, e incluso, no pudo hacerlos de nuevo con la misma t&eacute;cnica, como si en su anterior estado su creatividad y talento aumentaran.
   Pas&oacute; el tiempo, y Natalie planeaba su fuga, y enga&ntilde;aba a los doctores con preguntas incoherentes y evitando tomar sus medicamentos. Mientras, no cesaba de producir nuevos dibujos, pero ya, como estaba m&aacute;s consiente, gir&oacute; hacia el surrealismo, de seguro como un sistema de defensa al transformar la realidad en algo irreal, donde sus flores eran personas, y la figura humana volv&iacute;a a surgir en vez de p&eacute;talos y pistilos. Fueron tiempos dif&iacute;ciles, en los que poco o nada pod&iacute;a hacer, excepto pensar y dibujar, y a veces, pasear por los jardines mirando el horizonte como un prisionero jud&iacute;o en Aushwitz.
   Para no enloquecer, inventaba juegos infantiles, como esconderse o jugar a que era invisible y los doctores no pod&iacute;an verla; hablarles jerigonza, o hacer extra&ntilde;os juegos de palabras para confundirles. Estos juegos la mantuvieron cuerda, le daban el peque&ntilde;o espacio de relajo para descansar de la lluvia de pensamientos en las que se sumerg&iacute;a cada noche antes de dormir, y prosegu&iacute;an en sus sue&ntilde;os y luego al despertar. Aqu&iacute; tambi&eacute;n debe enfrentarse a algunos casos de insomnio, en los que, tal vez por efecto de la oscuridad, sus pensamientos se atrofiaban, mutaban en pesadillas y enfermedad. La desesperaci&oacute;n se le hac&iacute;a frecuente, pero su voluntad f&eacute;rrea la manten&iacute;a en pie y le evitaba caer en las trampas que la soledad y el encierro persist&iacute;an en ponerle.
   Todo su sufrimiento termin&oacute; una noche en la que se vio despertada a caricias por un ser que conoc&iacute;a. &Aacute;lvaro Molanda Espinoza, el Gordo, cuando la liber&oacute;. Sab&iacute;a que no confiaba en ella, a&uacute;n as&iacute; no pudo evitar el hablarle atropelladamente y contarle sus recuerdos, su estad&iacute;a, sus impresiones, simplemente, dej&oacute; derramar toda su rabia en un ca&oacute;tico discurso, lleno de &iacute;mpetu y ansias de ver, por vez primera tras su largo encierro, un glorioso amanecer en libertad, como el que vio mientras caminaba hacia la casa del Gordo por el borde de la carretera, con sus pies descalzos y el fr&iacute;o, que no sinti&oacute; por su embeleso al sentir que sus cadenas por fin estallaban y romp&iacute;a con todo su pasado de humillaci&oacute;n y castigo sin haber cometido delito alguno. La vida al fin, comenzaba a sonre&iacute;rle.
   La verdad es que le cost&oacute; habituarse al hecho de tener que hacer las cosas por s&iacute; misma, pero su entusiasmo la guiaba y as&iacute; fue como aprendi&oacute; a cocinar y a hacer el aseo en menos de una semana, y se maravillaba con lo mucho que el mundo ten&iacute;a por ofrecerle. Estaba consciente que no iba a poder hacer muchas cosas que hubiera querido hacer, como estudiar o tomar clases de pintura, pues no pod&iacute;a depender del Gordo y de su bolsillo, pero ten&iacute;a la convicci&oacute;n que mediante el esfuerzo y su sacrificio iba a lograr hacerlas alg&uacute;n d&iacute;a. Tras conocer a Jeanne y comprender lo atrapado que estaba su anfitri&oacute;n, decidi&oacute; que no pod&iacute;a ser una carga y que ten&iacute;a el deber y la obligaci&oacute;n de ser capaz de valerse por s&iacute; misma en el menor tiempo posible. Como lo &uacute;nico que sab&iacute;a hacer bien era dibujar, sali&oacute; a la calle a vender sus dibujos, los que menos apreciaba, aunque como toda artista, sus obras eran casi sus hijos, y cada vez que lograba vender uno, sent&iacute;a que una parte de s&iacute; se le escapaba en las manos del comprador. 
   La plaza de la Gloria, lugar de reuni&oacute;n los fines de semana de toda la elite de artistas que V. albergaba, se convirti&oacute; en su centro de operaciones, y en parte importante de su mundo, pues en ella se hallaba en su ambiente; rodeada de pintores, escultores, escritores, actores, acr&oacute;batas, en resumen, con todos los seres con los que hab&iacute;a so&ntilde;ado estar. La plaza durante los s&aacute;bados y los domingos bull&iacute;a de vida, especialmente al caer la tarde y acercarse el anochecer, que era cuando la mayor&iacute;a de los artistas despertaban e iban a ofrecer los frutos de su trabajo al mejor postor, en un ambiente casi de universidad, pues el intercambio de conocimientos, t&eacute;cnicas y secretos era constante, a todos los un&iacute;a el saberse distintos al resto de la gente que habitaba la ciudad, el ser creadores y part&iacute;cipes de un proceso de evoluci&oacute;n art&iacute;stica en pos de una nueva concepci&oacute;n del concepto de arte, como &uacute;nico medio de expresi&oacute;n de la humanidad en a&ntilde;os oscuros donde impera la imagen sobre la esencia, para la cual las ideas poco valen si no est&aacute;n cubiertas de un velo de frases clich&eacute;s y mentiras piadosas. En tal atm&oacute;sfera de ebullici&oacute;n intelectual, llena de pasi&oacute;n, Natalie se encontr&oacute; con su verdadero destino, ser la receptora de toda la sabidur&iacute;a que tal oasis creativo pod&iacute;a ofrecer, gracias a sus ganas de aprender y su inagotable curiosidad. Pero no tan s&oacute;lo se dedic&oacute; a la pintura, pues gracias a su personalidad, que de golpe se volvi&oacute; extrovertida, consigui&oacute; hacer teatro en una peque&ntilde;a compa&ntilde;&iacute;a tras conocer a su director, y as&iacute; tambi&eacute;n se interes&oacute; en otras formas de arte, como la escultura, para aplacar su apetito creador.
   Al tiempo, tras ganar cierta fama entre sus colegas por su escasa edad y creatividad, conoci&oacute; a Rodrigo, un pintor espa&ntilde;ol que hac&iacute;a paisajes de la ciudad. Se dec&iacute;a que no hab&iacute;a nadie que conociera mejor V. que &eacute;l, y eso era un logro, pues eran contados los capaces de ir a las calles m&aacute;s rec&oacute;nditas y peligrosas, como el final del puerto o las calles donde viv&iacute;a Jeanne y volver. Pero lo que m&aacute;s diferenciaba a Rodrigo del resto era su situaci&oacute;n econ&oacute;mica; era hijo de un banquero barcelon&eacute;s, y tanto su madre como su padre ten&iacute;an t&iacute;tulos de nobleza. Mas, como todo renegado, &eacute;l hab&iacute;a elegido el bajo perfil y el arte como medio de vida, por lo que, tras estudiar en la universidad, compr&oacute; un piso cerca de la plaza, donde sol&iacute;a invitar a sus amigos, un piso sin m&aacute;s lujo que una poltrona gigantesca, que le serv&iacute;a tanto de cama como sill&oacute;n, y sus cuadros, que llenaban una de las tres habitaciones que ten&iacute;a. Natalie comenz&oacute; hablando con &eacute;l tras una de las funciones que la compa&ntilde;&iacute;a a la que pertenec&iacute;a, “El Culelebre Azul”, acababa de estrenar en la plaza, con ella, al fin, en uno de los papeles principales tras casi un a&ntilde;o de carrera teatral. &Eacute;l a&uacute;n estaba pintando, a la luz de un farol, con su barba reci&eacute;n afeitada y su largo cabello negro cubierto por un gorro de lana, pues arreciaba el oto&ntilde;o y el viento hac&iacute;a caer a la poblaci&oacute;n de la plaza catastr&oacute;ficamente. A&uacute;n as&iacute;, estaba empe&ntilde;ado, a pesar del temblor de sus dedos helados, a terminar su “Nocturno Sacr&iacute;lego”, con la estatua de la santa en primer plano y la capilla al fondo, con el aire fantasmal que su escasa luminosidad le confer&iacute;a. M&aacute;s atr&aacute;s, los cerros, m&aacute;s luces y el cielo rojizo por un atardecer que se desped&iacute;a lentamente, como si no quisiera dejar a los hombres en la oscuridad, como todo un prometeo.
   Natalie, muy abrigada, esperaba al Gordo, que hab&iacute;a ido lejos a buscar un taxi para llevarlas a ella y a Jeanne, que estaba algo resfriada, rumbo a casa, cuando esta &uacute;ltima la invit&oacute; a caminar por la plaza por que deseaba que le ense&ntilde;ase como distinguir un buen dibujo de uno malo. Tras un rato, se toparon con el &uacute;nico tipo que pintaba a&uacute;n, Rodrigo, que fue interrumpido por una preocupada Jeanne, que ten&iacute;a un instinto maternal a veces ofensivo, por lo que el joven debi&oacute; explicarle que no ten&iacute;a fr&iacute;o, que muchas gracias por preocuparse, pero estaba apurado por terminar antes que el cielo se volviese completamente negro. Luego sigui&oacute; pintando, pero no pudo evitar decirle a Natalie que la hab&iacute;a visto bailar en el escenario, y que su vestido era muy bonito. De entre su abrigo ajado extrajo una libreta, y la hoje&oacute; hasta mostrarle el boceto de una bailarina, que la joven reconoci&oacute; como ella. “Ll&eacute;vatelo, de seguro podr&iacute;as ocuparlo en una de tus obras. A mi no me gusta dibujar personas”.
   Natalie lo llev&oacute; en su regazo mientras el taxi recorr&iacute;a las calles de la ciudad, y ve&iacute;a como la bailarina parec&iacute;a moverse con el reflejo de las luces de la calle. Jeanne la mir&oacute; por el espejo retrovisor, y le gui&ntilde;&oacute; un ojo, mientras el Gordo roncaba en el asiento del lado. Cuando llegaron a casa, Natalie comenz&oacute; a dibujar bas&aacute;ndose en el boceto, mientras el Gordo se tiraba en el sof&aacute; y comenzaba a narrar la historia de su d&iacute;a y Jeanne cocinaba silbando y asintiendo de vez en cuando, haciendo como si oyera a su compa&ntilde;ero, pues sab&iacute;a que al rato caer&iacute;a dormido y ella lo despertar&iacute;a con una cena caliente, como todos lo d&iacute;as.
   El departamento estaba m&aacute;s limpio que nunca, pues dos personas lo limpiaban, ya eran tres los que tra&iacute;an dinero a casa, s&oacute;lo uno ensuciaba, y ninguno de los tres era flojo o desordenado. Adem&aacute;s, al fin ten&iacute;an un televisor, que rara vez prend&iacute;an, no as&iacute; con la radio, que pasaba todo el d&iacute;a encendida, a menudo chillando a todo lo que daba con la energ&iacute;a sabrosa de la cumbia y la salsa que Jeanne apreciaba, lo que cambiaba en las noches, cuando la m&uacute;sica selecta de los cassettes grabados de Natalie inundaba el sal&oacute;n a un volumen apenas audible, pues la joven prefer&iacute;a trabajar en las noches unas tres o cuatro horas, antes que molestar a Jeanne en las ma&ntilde;anas levant&aacute;ndose temprano. S&oacute;lo el Gordo no la usaba, a no ser para o&iacute;r algunas noticias las tardes de domingo para quedarse dormido. En cuanto a la comida, nunca hab&iacute;an comido mejor, y los licores, sobretodo vino, sidra y jerez se hac&iacute;an frecuentes, con lo que los due&ntilde;os de casa se pon&iacute;an muy cari&ntilde;osos, lo que provocaba que Natalie durmiese con aud&iacute;fonos para no o&iacute;r sus resoplidos nocturnos.
   La verdad es que Rodrigo no era un tipo tan limpio. A sus veinticuatro a&ntilde;os, era viudo, y su esposa hab&iacute;a sido una conquista de una noche, en una fiesta cuando &eacute;l ten&iacute;a diecisiete y ella dieciocho, con la mala suerte que la dej&oacute; embarazada, y como los dos pertenec&iacute;an a familias conservadoras, los obligaron a casarse, en un matrimonio que ocup&oacute; varias portadas de las revistas de alta sociedad de la &eacute;poca. El verdadero problema fue que nadie se preocup&oacute; de la escasa estabilidad de la pareja, lo que hizo que antes que naciera el beb&eacute; ya estuviera desarm&aacute;ndose, por lo que la muchacha cay&oacute; en depresi&oacute;n y se suicid&oacute; antes de dar a luz. Fue un caso muy comentado en todo el pa&iacute;s y uno de los principales motivos para que Rodrigo terminara estudiando en Francia, lejos del barullo de su promiscuo pasado. Tras recibirse, volvi&oacute; a su tierra, donde vag&oacute; de ciudad en ciudad, ayudado econ&oacute;micamente por su padre, hasta establecerse en V., donde viv&iacute;a hace unos meses. All&iacute; se rumoreaba que estaba relacion&aacute;ndose con Pen&eacute;lope, una bailarina de flamenco que hab&iacute;a hecho de la plaza de V. un verdadero tableado durante varios meses gracias a su habilidad y sus compa&ntilde;eros, pero que se hab&iacute;an tomado unas vacaciones durante el oto&ntilde;o y el invierno, por lo que las malas lenguas dec&iacute;an que ella estaba alojada en casa de Rodrigo, pues extra&ntilde;amente era la primera en llegar cuando se hac&iacute;an fiestas en aquel lugar, siempre se quedaba a dormir, y nadie sab&iacute;a con seguridad donde dorm&iacute;a supuestamente. Eso s&iacute;, si Rodrigo estaba con ella ser&iacute;a un tipo con suerte, pues Pen&eacute;lope no ten&iacute;a nada de fea; era la agraciada poseedora de un cuerpo moreno largo y sinuoso, unas piernas interminables, un rostro insolente donde se dibujaban se&ntilde;as de antepasados moros, como en su cabello negro ensortijado, enredo indescifrable en el que los hombres so&ntilde;aban con verse inmersos alguna noche, al verla pasar o bailar con en&eacute;rgicos movimientos bajo las luces de los faroles que ten&iacute;an la dicha de rozar los gentiles pechos de esa moza, mientras el resto se afiebraba al verlos dibujarse en su perfil o asomarse, suaves y lustrosos, de entre su escote. S&iacute;, se tratar&iacute;a de un tipo muy suertudo, sin duda.
   Natalie pudo hablar con &eacute;l cuando &eacute;ste la invit&oacute; a una fiesta en su casa. Dichos encuentros eran esperados por buena parte de los artistas de la plaza, y los envidiosos que quedaban afuera hubieran deseado que las miradas matasen para mirar a Rodrigo. Su piso se convert&iacute;a en un lugar agradable gracias a las velas, los pocos muebles, el alcohol y la amplia terraza de la que dispon&iacute;a. Por suerte &eacute;sta ten&iacute;a una reja alta, pues no eran pocos lo que hubieran intentado saltar, gracias a los efectos de la gran cantidad de drogas que corr&iacute;an como manantiales entre los asistentes. Quiz&aacute;s por ello era tan apreciado entre todos los drogadictos de la plaza de la Gloria, el que consegu&iacute;a entrar a su piso, ten&iacute;a droga asegurada, pues Rodrigo era un consumidor en las sombras, que jam&aacute;s beb&iacute;a siquiera en p&uacute;blico, pero que sol&iacute;a tener maratones de f&aacute;rmacos y yerbas para impulsar su genio creativo o simplemente experimentar nuevas sensaciones.
   La noche en la que Natalie estuvo, la hero&iacute;na fue la &uacute;nica estrella en medio de la pista. Por aqu&iacute; y por all&aacute; se contaban los ca&iacute;dos, balbuceantes, con el cuerpo laxo, la mirada perdida, algunos siendo ultrajados por sus compa&ntilde;eros, como una actriz que hab&iacute;a compartido escena con Natalie un par de veces, y que era escandalosamente besada por un escritor joven, que no ten&iacute;a el m&aacute;s m&iacute;nimo sentido del pudor y tocaba los pechos de la muchacha con frenes&iacute; aprovechando la oscuridad, hasta que Rodrigo lo sac&oacute; a empujones. &Eacute;ste era un verdadero se&ntilde;or nocturno, se mov&iacute;a entre la carne ardiente que decoraba el piso de su sala, e iba echando a los m&aacute;s entusiasmados, aunque sus m&aacute;s cercanos pod&iacute;an usar un ba&ntilde;o que estaba en la azotea, peque&ntilde;o pero c&oacute;modo y que cumpl&iacute;a con los requerimientos de buena parte de sus usuarios. Rodrigo iba de aqu&iacute; para all&aacute;, llenando vasos con licor, ofreciendo m&aacute;s droga a quien viese triste, opinando de los m&aacute;s distintos temas al interrumpir conversaciones con su presencia, parec&iacute;a querer dominar a todos disfraz&aacute;ndose con una fachada de preocupaci&oacute;n. Que no hubiera alg&uacute;n romance o secreto que ignorase. Natalie err&oacute;neamente  vio en &eacute;l a un ser puro entre toda la putrefacci&oacute;n de la noche, y cay&oacute; en la telara&ntilde;a de mentira de un don Juan de tercera, que vio en ella una presa f&aacute;cil, a la que se le pod&iacute;a seducir f&aacute;cilmente para disfrutar de sus alegres diecisiete primaveras. As&iacute; fue como se les pudo ver hablando lentamente y en voz baja en el balc&oacute;n bajo la luz de una luna que observaba aterrada como una de sus embajadoras en la tierra iba a ver devorado su coraz&oacute;n.
   Esa noche Natalie lleg&oacute; de madrugada al departamento donde el Gordo la aguardaba dormido en un sill&oacute;n, de seguro vencido por el sue&ntilde;o entes de su llegada, lo que le evit&oacute; un reto y quiz&aacute;s un castigo, pues su obeso anfitri&oacute;n se hab&iacute;a tomado en serio una conversaci&oacute;n en la que Jeanne le hab&iacute;a hablado de la importancia de la figura paterna para una adolescente como Natalie, y lo esencial que era el que aprendiese normas y costumbres, a pesar que en aquella casa no hab&iacute;a ninguna salvo la hermandad y fidelidad entre sus integrantes.
   Al cabo de una semana Natalie estaba en las nubes y sent&iacute;a como en su pecho nac&iacute;a un sentimiento que debi&oacute; conocer antes pero que la vida le hab&iacute;a prohibido durante mucho tiempo. Dibujaba menos, pasaba buena parte del d&iacute;a con &eacute;l, a pesar que el Gordo se hab&iacute;a empe&ntilde;ado en que volviese a estudiar, para lo cual estaba asistiendo a una escuela para adultos y repitentes incurables. Le adoraba, a pesar que &eacute;l no le prestaba tanta importancia como ella deseaba, y el tiempo dio paso a largos besos y abrazos que pretend&iacute;an arrancar trozos de piel, hasta la tarde oscura y nublada, en la que Natalie entr&oacute; al piso de &eacute;l con pasos entorpecidos y con calor en el cuerpo, y poco a poco, su piel de luna deslumbr&oacute; la habitaci&oacute;n mientras el moreno pintor hac&iacute;a un mapa sobre ella a punta de besos y caricias apasionadas. Pas&oacute; la tarde, lleg&oacute; la noche y Natalie descubri&oacute; el placer oculto entre sus piernas ayudada por su joven instructor, que la llev&oacute; de aqu&iacute; para all&aacute;, de la poltrona a la cama, de la cocina al balc&oacute;n, a punta de miradas y quejidos ardorosos. Natalie cay&oacute; rendida, con su presa sobre ella, y se sinti&oacute; vencedora y vencida a la vez, con esa satisfacci&oacute;n que ni el abuso ni el sentirse abusado brindan, y no pudo evitar el verter una l&aacute;grima de agradecimiento para su compa&ntilde;ero y tambi&eacute;n para la m&oacute;yera que al fin cambiaba su funesto destino. Luego, ya sola en el autob&uacute;s que la llevaba de vuelta a casa, se abraz&oacute; a s&iacute; misma, buscando sentirse, buscando encontrar en ella el aroma de su amado. Fueron d&iacute;as luminosos, donde incluso el ruido de la calle parec&iacute;a bello, mientras ella se desnudaba con frenes&iacute;, envuelta en pasi&oacute;n, s&oacute;lo para un espectador que no aguantaba las ganas de ser protagonista y se le lanzaba encima, entre gritos y s&aacute;banas alegres de ser usadas para tales fines. Pero la quimera est&aacute; destinada a morir, y as&iacute; sucedi&oacute;, una tarde, un par de meses despu&eacute;s de iniciado su idilio, cuando tras forzar la puerta mediante una ma&ntilde;a que s&oacute;lo ella cre&iacute;a conocer, se encontr&oacute; con el aroma de su hombre mezclado con jazm&iacute;n, un perfume invasor que se expand&iacute;a por todos los rincones de lo que ella reclamaba como suyo. Camin&oacute; con la respiraci&oacute;n entrecortada, sintiendo en su pecho una mara&ntilde;a de sentimientos, en la que se mezclaba el despecho, el odio, el desamor y la desilusi&oacute;n, misma que se volv&iacute;a cada vez m&aacute;s intrincada a medida que se iba internando en lo que alguna vez fue su para&iacute;so y ahora era un reino pesadillesco. Todo se quebr&oacute; definitivamente al mirar por la puerta entreabierta y ver la delgada espalda desnuda de Pen&eacute;lope sobre las s&aacute;banas que s&oacute;lo hace unos d&iacute;as hab&iacute;an sido usadas por ella y Rodrigo. All&iacute; tambi&eacute;n estaba &eacute;l, bajo el cuerpo de la bailarina, con su rostro dibujando una mueca de placer que a Natalie le pareci&oacute; asquerosa. Sali&oacute; de all&iacute; corriendo, y se detuvo a vomitar en el pasillo, para luego seguir corriendo bajo la noche que ya hab&iacute;a ca&iacute;do sobre V., con sola una idea en su cabeza, llorar, simplemente, desahogarse y dejar su pena plasmada en humedad salada sobre su almohada por un buen rato. Extra&ntilde;amente, a pesar del dolor, sent&iacute;a que deb&iacute;a ocurrir, que algo en ella le hab&iacute;a dicho que Rodrigo no era un buen hombre, por lo que nunca dej&oacute; de usar condones cuando ten&iacute;a relaciones con &eacute;l, y no se descuid&oacute; ni un d&iacute;a para tomar los anticonceptivos que consigui&oacute; con una prostituta del barrio.
   Cuando lleg&oacute; a casa, y se preparaba para tomar unas cuantas pastillas para dormir y descansar del recuerdo, encontr&oacute; al Gordo canturreando en el balc&oacute;n, completamente borracho, cosa rara pues no sol&iacute;a beber tanto, s&oacute;lo lo hac&iacute;a hasta que se sent&iacute;a achispado, pues dec&iacute;a que el alcohol lo hac&iacute;a ponerse melanc&oacute;lico. Ella le habl&oacute; y &eacute;l se larg&oacute; en un discurso ininteligible, en medio de sollozos, luego cay&oacute; de rodillas, donde la chica lo abraz&oacute; y pudo entender la historia. Jeanne hab&iacute;a hecho un comentario que no debi&oacute; decir, y no sab&iacute;a c&oacute;mo, al Gordo le hab&iacute;a importado, le hab&iacute;a llegado, fue como una sentencia recibida tras salir de la c&aacute;rcel. Al rato, ya m&aacute;s relajados, siguieron hablando, pero Natalie no pudo evitar el ir soltando de a poco su herida, por lo que le cont&oacute; todo, desde el principio hasta el fin, y termin&oacute; sollozando amargamente con el rostro entre las manos. El Gordo se levant&oacute; y decidi&oacute;, con aires de conquistador de nuevas tierras, que deb&iacute;an hacer algo, y que lo mejor en casos de penas amargas era salir a divertirse y ver aparecer el sol luego de una grandiosa noche de juerga. Ella se lav&oacute; la cara y se puso su mejor tenida, &eacute;l tambi&eacute;n se arregl&oacute;, y al cabo de un rato, partieron rumbo al bar m&aacute;s cercano.
   Fue una noche maravillosa. Como ella hab&iacute;a vendido uno de sus cuadros, ten&iacute;a una buena cantidad de dinero, y el Gordo estaba reci&eacute;n pagado, as&iacute; que no escatimaron en gastos. Bebieron los mejores tragos, comieron los m&aacute;s exquisitos platos, y para hacer la digesti&oacute;n, entraron a una discoteca e hicieron de la noche d&iacute;a.
   Volvieron al departamento y se lanzaron sobre la mullida cama del Gordo. No hab&iacute;a nada sobre que hablar, acababa de descubrir un lado de la vida que ignoraba un poco tambi&eacute;n. Para Natalie todo era nuevo, era especial, brillante, todo estaba dentro de un velo de ensue&ntilde;o, a&uacute;n no pod&iacute;a creer que hab&iacute;a salido del sanatorio para volver a vivir. Mir&oacute; a su salvador mientras &eacute;ste dorm&iacute;a con grandes ronquidos y la boca abierta, lo abraz&oacute; y le dijo “gracias, pap&aacute;”.
   Jeanne lleg&oacute; al otro d&iacute;a. Anunci&oacute; la gran noticia. Su cambio de sexo, el pasar de ser una oruga a volar con alas de mariposa, aplaudiendo con sus manos de hombre haciendo tintinear sus brazaletes de mujer. Fueron un par de meses extra&ntilde;os. El Gordo llamaba a Jeanne todos los d&iacute;as a Alemania, donde adem&aacute;s de la operaci&oacute;n iba a hacer un tratamiento con hormonas y otras sandeces que Natalie no comprend&iacute;a.
   Natalie iba a la escuela para adultos, y aprend&iacute;a sin cesar. Al fin supo cu&aacute;nto hab&iacute;a cambiado el mundo desde su encierro. Hab&iacute;an m&aacute;quinas extra&ntilde;as, car&iacute;simas, y las que ella cre&iacute;a que deb&iacute;an serlo, eran modelos antiguos que hab&iacute;a conocido. Sacaba buenas notas, y ya so&ntilde;aba con llegar a la universidad y cursar Artes en Barcelona, y caminar como si nada, completamente independiente, con el cabello al viento, presta para conocer a un hombre cari&ntilde;oso, pero fuerte para que le proteja, y lo suficientemente d&eacute;bil para protegerle de vez en cuando con su mirada de leona que alguna vez estuvo en cautiverio. Pero para eso hab&iacute;a que estudiar y ella le&iacute;a o so&ntilde;aba a veces, pero le iba bien, como si se esforzara mucho. “esa ni&ntilde;ita tiene la venia de Dios, &Aacute;lvaro, acu&eacute;rdate” dec&iacute;a Jeanne por tel&eacute;fono cuando su pareja acusaba a Natalie por su desidia frente a los estudios.
   Pero el coraz&oacute;n de la muchacha estaba desocupado, sin mayor deber que amar a la humanidad, a sus “padres”, respetar y otras funciones que no se comparaban con lo que le pasaba cuando recordaba a Rodrigo, y volv&iacute;a a ver una y otra vez su rostro entre las s&aacute;banas, o sus cuerpos pegados y sus bocas en contacto, o las paredes de su departamento. Todo le hac&iacute;a da&ntilde;o, a veces iba por la calle, y lo ve&iacute;a, e intentaba acerc&aacute;rsele, mientras se dec&iacute;a “tonta, tonta”, por saber que estaba haciendo un acto ingenuo y sumiso, para darse cuenta que la persona s&oacute;lo se le parec&iacute;a un poco y, en resumen, no era su malvado Karma. O si no, era una voz en la calle, que se parec&iacute;a a la suya, o un cuadro que ella cre&iacute;a que pod&iacute;a ser de &eacute;l, o el ver un objeto que alguna vez vio en su departamento, o ropas, o canciones, o gestos, en fin, bastaba incluso con leer su nombre en un libro para verse asaltada por los recuerdos. Pero lo que no mata hace m&aacute;s fuerte, y Natalie en ning&uacute;n momento perdi&oacute; el brillo en sus ojos, y su mirada de gata joven segu&iacute;a haciendo que algunos incautos se acercaran m&aacute;s de lo necesario. Sabi&eacute;ndose bella y sin un pelo de tonta, aprendi&oacute; muy r&aacute;pido el c&oacute;mo dominar al sexo opuesto, como una cazadora autodidacta, pero jam&aacute;s, se prometi&oacute;, los har&iacute;a sufrir, no; ella no ser&iacute;a una devoradora de hombres, una mujer que se vanaglorie de sus conquistas y se haga valer frente a otras por ellas; no, ella iba a amar y a entregarse en la medida que la amaran y se le entregasen.
   As&iacute; empezaron los buenos a&ntilde;os. Cuando logr&oacute; terminar sus estudios en la escuela para adultos, uno de sus clientes en la plaza de la gloria, le consigui&oacute; una beca para estudiar en Barcelona. Luego averiguar&iacute;a que se trataba de uno de los decanos de la facultad de Artes de dicho lugar. El Gordo llor&oacute; al despedirla, y Jeanne, ya toda una mujer, incluso con un par de arrugas, la despidi&oacute; afectuosamente ba&ntilde;&aacute;ndole la cara con su maquillaje corrido por las l&aacute;grimas. Natalie no pudo evitar emocionarse al verlos cada vez m&aacute;s lejos, hasta que desaparecieron por la ventana del bus que la llevar&iacute;a a la gran ciudad. 

Natalie me miraba insistentemente, y yo m&aacute;s. La noche y su manto ya hab&iacute;an ca&iacute;do sobre V., y la calle reluc&iacute;a con sus faros blancos. Me pregunt&oacute; si quer&iacute;a acompa&ntilde;arla a su casa un rato, as&iacute; que no quise contrariarla y partimos. Al caminar me pregunt&oacute; si ten&iacute;a auto. Yo me re&iacute; de buena gana, y le respond&iacute; que no sab&iacute;a siquiera conducir. Lo supon&iacute;a. Caminamos r&aacute;pido, sin hablar mucho, yo mirando el cielo de vez en cuando, fumando mis cigarrillos, ella miraba al suelo y de vez en cuando alzaba el rostro. La noche estaba cargada de fr&iacute;o y niebla, todo no eran m&aacute;s que fantasmas y apariencias. Ella se detuvo y susurr&oacute;: aqu&iacute; es. Abri&oacute; una reja con un llavero multicolor y me condujo por un pasillo que llevaba a un patio interior. Una casa acogedora en uno de los barrios del casco viejo de V., un conventillo rectangular, refaccionado, donde viv&iacute;an, por supuesto, mucha menos gente que anta&ntilde;o. Abri&oacute; una puerta y entr&eacute; a su casa, acogedora, tibia, con luces bajas, sillones extra&ntilde;os, todo de un estilo muy postmodernista, colorido, ordenado y con un par de detalles kitsh, como una l&aacute;mpara con flecos de pl&aacute;stico y un par de envases de bebida deformados y colocados en un aparente precario equilibrio. Su dormitorio se ve&iacute;a desde el living, y todo era un solo gran ambiente separado por paredes huecas, que supuse as&iacute; ser&iacute;an, y lo comprob&eacute; al golpear una con mis nudillos, por supuesto, sin que ella se diese cuenta. Me ofreci&oacute; caf&eacute;, yo le pregunt&eacute; si pod&iacute;a fumar. Me dijo que s&iacute;, y me volvi&oacute; a ofrecer caf&eacute;. Yo le pregunt&eacute; si ten&iacute;a un cenicero. Trajo uno desde la cocina, y al entrar en ella volvi&oacute; a preguntarme lo mismo y yo le pregunt&eacute; si no ten&iacute;a cerveza o algo as&iacute;. Asom&oacute; su cabeza oscura desde la puerta de la cocina y me dijo que era un confianzudo. Gracias, contest&eacute;.
   Al rato beb&iacute;amos cerveza tirados sin zapatos alrededor de una mesa muy baja. Ella hablaba de su admiraci&oacute;n por la civilizaci&oacute;n oriental, mientras me se&ntilde;alaba algunos libros de su biblioteca, que, desde donde est&aacute;bamos, yo no alcanzaba a ubicar pero como ella lo daba por hecho, yo s&oacute;lo asent&iacute;a, obediente. Me coment&oacute; algo de un vino que ten&iacute;a y cuando iba a comenzar a parlotear de las bondades de &eacute;ste, le suger&iacute; que lo trajese. Al momento se levant&oacute;, y antes de que yo pudiera estirarme, lleg&oacute; con un sacacorchos y un par de copas. Luego, fum&aacute;bamos y beb&iacute;amos tinto a sorbos grandes, como si nos lo fueran a quitar en cualquier momento. Su mirada se pon&iacute;a vidriosa y habl&aacute;bamos cada vez m&aacute;s despacio y perdiendo el hilo, o estallando en grotescas carcajadas que nos hac&iacute;an caer de espaldas. Ella se acercaba poco a poco, arrastr&aacute;ndose, y al cabo de un rato, estaba muy cerca de m&iacute;, con las piernas recogidas y el cabello revuelto. Ca&iacute;mos a la alfombra celebrando el &uacute;ltimo chiste y all&iacute; nos quedamos, mir&aacute;ndonos con la mitad del rostro embutido entre los pelos rojizos de una alfombra de procedencia desconocida. La acarici&eacute;, como un padre a su hija. Le pregunt&eacute; si estaba sola. Ella respondi&oacute; lo que yo necesitaba o&iacute;r. Ella suspiraba y su pelo se mov&iacute;a. Tal vez vernos de nuevo no era mala idea. Ahora no hab&iacute;a mucho que hacer, que ni t&uacute; ni yo podemos hacer algo respecto a eso que de seguro estamos pensando. La bes&eacute;, aunque puede que me haya besado. Me acariciaba la mejilla con su mano suave. Estaba sobre ella. Ella estaba sobre m&iacute;. No podemos. O sea, podemos, pero no debemos. La habitaci&oacute;n no da vueltas, somos nosotros. Me mordiste. Que no me toques el trasero, me susurra al o&iacute;do. Entonces t&uacute; tampoco. Se ri&oacute; en mi boca. Luego dijo un par de palabras en franc&eacute;s. Yo sent&iacute;a que deb&iacute;a irme. Nos levantamos el uno al otro. Nos besamos abrazados en la puerta. Sent&iacute;a su palpitar en mi pecho. Mi coraz&oacute;n no hac&iacute;a ruido alguno. Vuelve pronto, tal vez pasado ma&ntilde;ana. &iquest;Lunes?. S&iacute;, Lunes. Cu&iacute;date. T&uacute; tambi&eacute;n. La puerta se cerr&oacute;.
   Camin&eacute; silencioso hacia la noche. &iquest;Borracho? Bueno, tal vez un poco. Pero no pod&iacute;a evitar el sentirme extra&ntilde;ado. No entend&iacute;a c&oacute;mo una mujer tan bella pod&iacute;a interesarse en un latinoamericano de trabajos espor&aacute;dicos, empobrecido, aspirante a escritor y enflaquecido por el alcoholismo y, quiz&aacute;s, hasta por la lombriz solitaria. Me quedaban pocos cigarrillos, pero igual, el humo me acompa&ntilde;&oacute;, como una capa protectora, hasta que llegu&eacute; a las calles m&aacute;s concurridas de V. La costanera, bulliciosa, a&uacute;n a estas horas de la madrugada. Lejos de mi hogar, yo calculaba un par de horas caminando hacia ella, as&iacute; que sal&iacute;a mejor apresurarme. 
   Iba a paso r&aacute;pido cuando escuch&eacute; que alguien gritaba mi nombre. Era &Aacute;lvaro, el Gordo. Yo iba a decirle que estaba muerto, que lo &uacute;nico que quer&iacute;a era irme a casa, pero &eacute;l se larg&oacute; en uno de sus discursos estramb&oacute;ticos y me vi conducido hasta un bar cercano. Me llevaba pr&aacute;cticamente arrastrando. Entramos por una puerta giratoria que ten&iacute;a unas luces que flasheaban y que me marearon bastante. Entr&eacute; a un ambiente de aire fresco, pero que apestaba a tabaco. No hab&iacute;a m&aacute;s luces que las de una pista de baile a cuyo alrededor las mesas se ordenaban. Como estaba oscuro, tropec&eacute; un par de veces en unos escalones que aparec&iacute;an de la nada. Cuidado, me dec&iacute;a &eacute;l, sujet&aacute;ndome con sus manos regordeta. De pronto una sensaci&oacute;n muy desagradable me recorri&oacute; y un espasmo me hizo sacudirme. Comprend&iacute; que iba a vomitar, as&iacute; que le grit&eacute; al Gordo, sobre los sonidos electr&oacute;nicos de aqu&eacute;l lugar, que si no me llevaba al ba&ntilde;o, iba a botar hasta el h&iacute;gado all&iacute;. Al instante, ten&iacute;a una franca conversaci&oacute;n con el w&aacute;ter, el que se iba ti&ntilde;endo de burdeo con rapidez. La imagen de mi v&oacute;mito rojizo adquir&iacute;a mejor definici&oacute;n a medida que yo me iba vaciando de lo que me hac&iacute;a mal. Igual, me invad&iacute;a la tristeza porque se trataba de un buen vino y yo no hab&iacute;a sido capaz de retenerlo en mi interior. Cuando el caudal de mi v&oacute;mito ces&oacute;, y respir&eacute; aliviado, el Gordo me lav&oacute; y orden&oacute; un poco. Luces horrible, me se&ntilde;al&oacute;, &iquest;D&oacute;nde estuviste? Como estaba algo ebrio a&uacute;n, no ment&iacute;. Con Natalie. Sent&iacute; un golpe en mi est&oacute;mago que casi me parte en dos y fui lanzado violentamente contra la pared. Algo de sangre me corri&oacute; por la boca. &iquest;Qu&eacute; bicho le pic&oacute; a este mierda? Me pregunt&eacute;. Mientras me ca&iacute;a de rodillas, intentando que no me flaquearan las piernas, &eacute;l me sujet&oacute; y me mantuvo un rato a la altura de su rostro, donde sent&iacute; su hedor a alcohol, mucho peor que el m&iacute;o. Que yo no era de su altura. Que eso lo decida ella, repliqu&eacute;. Una bofetada me cruz&oacute; la cara. La nariz me doli&oacute; como si me hubieran metido algo caliente dentro, pero al tocarla comprob&eacute; que no estaba rota. Apenas sent&iacute; la patada en el est&oacute;mago que me propin&oacute; cuando estaba en el suelo, supongo que fue porque ya estaba perdiendo el conocimiento y por la mala borrachera. Cuando todo se me iba a negro sent&iacute; que alguien entr&oacute; al ba&ntilde;o y le grit&oacute; algo al Gordo. Pero no supe si fue un hombre o una mujer.

 EL CARACOL

Despert&eacute; de a poco. La nariz apenas me dol&iacute;a, pero ten&iacute;a la cara y el pelo llenos de trozos de sangre seca. Comenc&eacute; a limpiarme mientras me despertaba. Estaba en alg&uacute;n lugar que ignoraba por completo, pero que por lo menos se ve&iacute;a mejor que cualquier lugar donde hubiera estado. Sillones de cuero, una alfombra blanca muy densa, mullida y suave y con muchos m&aacute;s adjetivos que &eacute;sos pero yo no tengo mucha imaginaci&oacute;n, luces en las paredes, algunos cuadros surrealistas y una reproducci&oacute;n de la Gioconda de Da Vinci en una pared que dominaba la mesa del comedor, supuse. Me sent&eacute;, e intent&eacute; levantarme, pero un dolor en el vientre me record&oacute; la paliza que el Gordo me hab&iacute;a dado. Est&aacute; de m&aacute;s decir que aunque hubiese estado sobrio, el resultado no hubiera variado mucho. Yo estaba delgado y d&eacute;bil, hace poco que hab&iacute;a estado enfermo, y encima el Gordo era varios cent&iacute;metros m&aacute;s alto y mucho m&aacute;s grande y fuerte que yo. Mi labio inferior estaba cortado, pero la sangre ya estaba seca, lo que no hac&iacute;a que me doliera menos. Me miraba y tanteaba por todos lados, buscando nuevas heridas, sobretodo en las costillas, pues tengo la extra&ntilde;a fobia a que se me quiebre una. Tal vez por que una vez escuch&eacute; de un tipo al que le quebraron una y le qued&oacute; un pedazo de hueso incrustado en un ri&ntilde;&oacute;n o el h&iacute;gado y se desangr&oacute; por dentro, literalmente. Supongo que por eso, pero ninguna ten&iacute;a se&ntilde;as de estar torcida siquiera. 
   Un ruido me sobresalt&oacute; y vi avanzar a una sombra por el &uacute;nico pasillo iluminado. Apareci&oacute; en el marco de la puerta una se&ntilde;ora morena y alta, con el pelo te&ntilde;ido brutalmente de amarillo, no rubio, con ropas ce&ntilde;idas al cuerpo y muchos collares y pulseras, que sonaban como cascabeles mientras caminaba. Yo no sab&iacute;a que cara poner, ignoraba por completo quien era. Tra&iacute;a un tiesto con agua hirviendo y un botiqu&iacute;n con una grotesca cruz roja pintada encima con plum&oacute;n.
   Se me acerc&oacute; y, lentamente, me limpi&oacute; la sangre pegoteada a la piel con un trapo h&uacute;medo en agua caliente. Se llamaba Jeanne, y estaba con el Gordo cuando &eacute;ste me encontr&oacute;. Yo le dije que no me hab&iacute;a dedo cuenta. Luego me explic&oacute; que cuando escuch&oacute; los ruidos fuera del ba&ntilde;o de hombres se resolvi&oacute; a entrar para encontrarme medio muerto, seg&uacute;n ella, mientras mi verdugo se lavaba las manos.
   Decidi&oacute; llevarme a su departamento. Y all&iacute; estaba, entonces. Aprovechando su silencio, le pregunt&eacute; si ya no viv&iacute;a con el Gordo. Respondi&oacute; que no, que hac&iacute;a tiempo que hab&iacute;a cambiado, se hab&iacute;a vuelto quisquilloso, bueno para beber y que hab&iacute;a comenzado a salir con otra mujer. Pero que la gota que hab&iacute;a rebalsado el vaso fue una vez que le dio una bofetada cuando ella le recrimin&oacute; el llegar tan tarde. Si lo desea, no me cuente nada, no tiene porqu&eacute; contarme esto. No te preocupes, &Aacute;lvaro me cont&oacute; que hab&iacute;a hablado contigo, hoy nos hab&iacute;amos juntado porque quer&iacute;a volver conmigo, pero como pudiste apreciar, sigue igual de brutal. No s&eacute; que pudo hacerlo cambiar tanto, era tan dulce. Recuerdo que cuando nos conocimos fue, como si algo hubiera abierto una nueva ventana por la que ver el mundo. Un cari&ntilde;o y una dulzura que ignoraba por completo, a pesar que yo sab&iacute;a muy bien que me despreciaba, &eacute;l lo disimulaba muy bien, y yo era feliz, muy feliz, incluso, dir&iacute;a que los mejores a&ntilde;os de mi vida los pas&eacute; con &eacute;l, que antes de conocerle poco sentido ten&iacute;a mi existencia, que no lograba hallar algo o alguien por lo que vivir. Desde que nac&iacute;, el amor me fue esquivo, mi padre muri&oacute; cuando yo era peque&ntilde;a, bueno, m&aacute;s bien peque&ntilde;o, y me cri&eacute; entre mi madre y mis cinco hermanas. Como has de pensar, no ten&iacute;a un modelo masculino al cual imitar, as&iacute; que adopt&eacute; el de las que me rodeaban. Sol&iacute;a jugar con ellas, me pon&iacute;an vestidos, me maquillaban, yo era la mu&ntilde;eca de unas muchachas pobres de un pueblo espa&ntilde;ol que no aparece en los mapas siquiera. Cuando hice la primera comuni&oacute;n, me vistieron con un vestido de una de mis hermanas, y la iglesia entera se silenci&oacute; mientras yo caminaba muy campante hacia el altar. Est&aacute; de m&aacute;s decir que nos volvimos unas pecadoras y unas paganas a ojos de todos, al punto que recuerdo las afrentas que los muchachos del sector escrib&iacute;an en el portal de mi casa, o las piedras que nos lanzaban los m&aacute;s insolentes, sobretodo cuando yo sal&iacute;a a comprar al almac&eacute;n con vestido corto y sombrilla. A pesar de todos esos malos ratos, fui muy feliz en mi ni&ntilde;ez, y la adolescencia me encontr&oacute; con la sonrisa bien puesta. Nunca dud&eacute; que yo era, como decirlo, diferente a los dem&aacute;s, que mi sensibilidad, de una u otra forma me hubiesen alejado de los dem&aacute;s como los hice. Cuando ten&iacute;a catorce a&ntilde;os, una de las mujeres del pueblo me llev&oacute; a su casa, y all&iacute;, con la excusa que ten&iacute;a un encargo para mi madre, me viol&oacute;. Fue fuerte, y desde entonces que las mujeres para m&iacute; se volvieron algo extra&ntilde;o, quer&iacute;a ser una de ellas, pero m&aacute;s que nada para no poseer una, para que nunca tuviera que hacer algo tan horrible como lo que me hizo esa mujer. Al cabo de un tiempo, descubr&iacute; que lo que me hab&iacute;a pasado hab&iacute;a sido arreglado por mi madre. &iquest;Con que derecho, ella, que era la que m&aacute;s celebraba mis bailes y mis desfiles de moda al interior de la casa con ropa de mis hermanas, ella, la que ten&iacute;a toda la culpa que yo no me comportara como hombre a pesar de serlo, se volviese en mi contra de forma tan vil?. Abandon&eacute; mi casa a los diecis&eacute;is, y desde entonces que no s&eacute; nada de mi familia. Nunca me buscaron, tampoco. Tuve la suerte, o la desdicha, tal vez, de encontrarme con Juan Carlos, un hombre afeminado, muy cat&oacute;lico, de profesi&oacute;n barbero, que me acept&oacute; en su negocio en Barcelona y que me cuid&oacute; como a una joya preciada. Una noche, que recuerdo muy bien, entr&oacute; en mi cama, y se apret&oacute; contra m&iacute;, suavemente. Esa noche la recuerdo como una de las m&aacute;s bellas de mi vida, aunque no se comparan a algunas de las que viv&iacute; con &Aacute;lvaro. As&iacute; pas&oacute; el tiempo, un par de a&ntilde;os. Despu&eacute;s supe que yo no era el &uacute;nico con el que Juan Carlos ten&iacute;a relaciones, aunque creo que siempre lo supe, o al menos lo intu&iacute;a, as&iacute; que poco a poco, me fui distanciando de &eacute;l, primero no acost&aacute;ndome con &eacute;l, luego llegando tarde a casa o qued&aacute;ndome a dormir en otros lugares, y finalmente, larg&aacute;ndome a vivir en una pensi&oacute;n para estudiantes. Intent&eacute; estudiar administraci&oacute;n. Pero al mismo tiempo, yo ya era toda una mujer, al menos en lo exterior, as&iacute; que opt&eacute; por el camino f&aacute;cil, y as&iacute; llegu&eacute; a la prostituci&oacute;n – una forma f&aacute;cil de ganar dinero, a pesar de dejar de lado la dignidad – y estaba en eso cuando apareci&oacute; &Aacute;lvaro. Deber&iacute;a confesar que lo viol&eacute;, que &eacute;l en realidad estaba demasiado borracho como para distinguir mis verdaderas intenciones y mi particular naturaleza. Debiste ver su rostro al verme a la ma&ntilde;ana siguiente. Yo estaba fuera de su refugio, una construcci&oacute;n endeble hecha de cartones h&uacute;medos y malolientes, entre otras cosas, haciendo unos huevos fritos en una fogata. &Eacute;l apareci&oacute; gateando, se me acerc&oacute; y me dijo algo as&iacute;, no lo recuerdo bien, como que le dol&iacute;a mucho el trasero. Yo no dije nada, s&oacute;lo me levant&eacute; y fui al ba&ntilde;o, o sea, en otras palabras, me&eacute; en un pared&oacute;n que hab&iacute;a cerca, alz&aacute;ndome la falda. Cuando me di vuelta, &eacute;l estaba titubeando entre, tampoco lo sabremos nunca, salir corriendo o asesinarme, supongo, aunque termin&oacute; aceptando todo con un suspiro y comiendo los huevos que le hab&iacute;a preparado.
   Supongo que es in&uacute;til repetirte la historia de todos. Ya hablaste con &Aacute;lvaro, con Natalie, yo no tengo mucho que decirte. Salvo quiz&aacute;s, mi vida despu&eacute;s de la operaci&oacute;n de cambio de sexo, en Bohn, Alemania. Compart&iacute; habitaci&oacute;n con un, bueno m&aacute;s bien una, travest&iacute; como yo. Al fin las dos &eacute;ramos mujeres. Jug&aacute;bamos ajedrez, ve&iacute;amos televisi&oacute;n, todo con mucho cuidado, ya que las cicatrices eran profundas y ten&iacute;amos que andar en sillas de ruedas, evitar hacer fuerza, re&iacute;rnos muy fuerte o comer cosas pesadas. A pesar de todo lo pas&aacute;bamos muy bien juntas, y fue una buena compa&ntilde;&iacute;a. No, no me puedo acordar de su nombre, pero como hombre debe haber sido atractivo, puesto que como mujer realmente qued&oacute; hecho una obra de arte, yo la envidiaba con toda el alma. Rubia, alta, esbelta, con todo bien puesto gracias a la magia del bistur&iacute; eso s&iacute;, y mucho, mucho ejercicio. Com&iacute;amos bien, dorm&iacute;amos bien, todo estaba bien. Tres meses, tres maravillosos meses, s&oacute;lo opacados por el hecho de extra&ntilde;ar a nuestras, por decirlo de alguna forma, “familias”. Yo hablaba con &Aacute;lvaro casi todos los d&iacute;as, y me dec&iacute;a cu&aacute;nto le dol&iacute;a el no tenerme a su lado, y yo le dec&iacute;a que hab&iacute;a quedado lind&iacute;sima, y que apenas llegara mandar&iacute;amos a Natalie a alg&uacute;n lugar por una semana para que pudi&eacute;ramos comprobar si la operaci&oacute;n hab&iacute;a resultado entre los dos. He de decir que me cost&oacute; mucho aguantar las &uacute;ltimas semanas, puesto que me qued&eacute; sola cuando mi compa&ntilde;era, que se hab&iacute;a operado antes que m&iacute;, se fue de vuelta a su casa. Sol&iacute;a vagar, al fin caminando, por los jardines de la casa de reposo, lento, muy lento, contemplando los atardeceres, sintiendo los rayos del sol, que me hac&iacute;an cosquillas en mi nuevo sexo, de espaldas leyendo las novelas que no sol&iacute;a leer por falta de tiempo. Roberto Bola&ntilde;o, el idolatrado Pedro Lemebel, Jaime Baily, Carlos Fuentes, Manuel Puig, algunos de los mejores latinoamericanos estaban en la biblioteca del lugar, y devor&eacute; sus libros como quien come despu&eacute;s de semanas sin probar bocado alguno.
   Finalmente, llegu&eacute; a casa la tarde de un domingo, sin avisarle a nadie para que fuera una sorpresa. Los encontr&eacute; durmiendo la siesta. &Aacute;lvaro dorm&iacute;a en nuestra cama pl&aacute;cidamente, y me enterneci&oacute; sobremanera el hecho que sobre su c&oacute;moda tuviera mi fotograf&iacute;a, como quien tiene un santo custodio. Lo abrac&eacute; – pude comprobar que hab&iacute;a enflaquecido un poco – y &eacute;l, lentamente, susurr&oacute; un “Natalie”. Luego me mir&oacute;, grit&oacute; mi nombre y se lanz&oacute; sobre m&iacute; dando gritos de alegr&iacute;a. Pero el da&ntilde;o estaba hecho, bueno, quiz&aacute; un poco, a nadie le gusta llegar a casa del que casi es tu marido, abrazarlo y que &eacute;ste te diga el nombre de otra mujer. Porque Natalie ya no era una ni&ntilde;a, hace tiempo que, a pesar de los arrumacos de &Aacute;lvaro y su insistencia en llamarle ni&ntilde;a y otros nombres que no dir&eacute; porque los encuentro degradantes y verdaderos insultos a la inteligencia humana, ella estaba completamente desarrollada, y a mi modo de ver, “ya ten&iacute;a pelito en todas partes”. Al poco tiempo supe lo que le hab&iacute;a sucedido con Rodrigo, &eacute;se maldito que se las daba de artista, pero igual me sent&iacute; con ellos porque no me hab&iacute;an querido contar para que no me preocupase estando lejos. Cuando me lo contaron supe cu&aacute;nto quer&iacute;a a Natalie. No pod&iacute;a sentir celos por ella, a pesar de lo que &Aacute;lvaro me hab&iacute;a contado tiempo atr&aacute;s, que &eacute;l en realidad se hab&iacute;a sentido atra&iacute;do por ella y la hab&iacute;a ido a buscar para huir con ella y abandonarme. Todav&iacute;a no entiendo porqu&eacute; no me puse a llorar aquella vez cuando &eacute;l me dijo eso. Supongo que lo analic&eacute; muy anal&iacute;ticamente, o no me lo tom&eacute; a mal simplemente, pero lo m&aacute;s probable es que, a pesar de todos mis esfuerzos por ser una mujer, en algunos detalles, como los sentimientos, no lograba ser una. Lo que s&iacute; hice fue buscar a Rodrigo y tenderle una peque&ntilde;a trampa. A&uacute;n me pesa un poco en mi conciencia, pero hice lo que ten&iacute;a que hacer, lo que cualquiera... bueno ya, lo que nadie har&iacute;a. Consegu&iacute; a algunas amigas retiradas de mi antigua profesi&oacute;n por motivos de salud; una ten&iacute;a herpes genital, pero se le estaba pasando seg&uacute;n ella (pobre tonta, como si no supiera que lo m&aacute;s probable es que lo tenga de por vida) y la otra ten&iacute;a s&iacute;filis. Les pagu&eacute; bien, las vest&iacute; con ropas llamativas y (parec&iacute;an tigresas cazando, me quedaron divinas simplemente) luego las acompa&ntilde;&eacute; a la Plaza de la Gloria, les mostr&eacute; a Rodrigo y las envi&eacute; con la firme misi&oacute;n de acostarse con &eacute;l. Al cabo de una semana, el pobre ya estaba infectado, as&iacute; que para avivar a&uacute;n m&aacute;s el incendio de su reputaci&oacute;n, ech&eacute; a correr el rumor, tambi&eacute;n auxiliada por mis colaboradoras, de su enfermedad. Y en V. las noticias vuelan, y trat&aacute;ndose de alguien como &eacute;l, que despertaba el amor y el odio, aunque m&aacute;s &eacute;ste &uacute;ltimo, volaban m&aacute;s r&aacute;pido. Al cabo de un mes, Natalie pod&iacute;a pintar sin mayor preocupaci&oacute;n en la Plaza, puesto que su antiguo amante, molesto por la falta de conquistas, el poco respeto que se le ten&iacute;a y su reputaci&oacute;n manchada, hab&iacute;a tenido que vender su apartamento y largarse de V. Supongo que debe de estar en otro sitio, pero no creo que las ven&eacute;reas se le quiten tan f&aacute;cil. Es un peque&ntilde;o mal comparado con lo que hizo, aprovecharse de la inocencia de una ni&ntilde;a, porque Natalie, a pesar de todo su mal pasar, a&uacute;n era una ni&ntilde;a en varios aspectos. Ahora me estoy contradiciendo, y lo s&eacute;, pero es dif&iacute;cil no hacerlo cuando ella en realidad casi se ha convertido en mi hija, es lo m&aacute;s cercano que tendr&eacute; a una, supongo, porque nunca voy a tener una hija, no importa cuantas operaciones me haga. La quiero. Y llor&eacute; cuando se fue, y la casa estaba silenciosa y se sent&iacute;a mucho m&aacute;s grande y por eso la vendimos y nos mudamos al otro lado de la ciudad y yo comenc&eacute; a estudiar y todo parec&iacute;a ir bien, pero, maldito &Aacute;lvaro, no s&eacute; que le pas&oacute;, parece que Natalie ejerc&iacute;a cierto freno en &eacute;l, como que se fue y este gordo maldito se degener&oacute;, y ni siquiera fue de a poco, sino que un d&iacute;a llegu&eacute; al apartamento a una hora en la que a&uacute;n estaba en la universidad y lo encontr&eacute; con una puta barata, joven, sucia pese a todo, de m&aacute;s est&aacute; decir que la ech&eacute; a patadas, que puse el grito en el cielo, que lo insult&eacute;, que todos se enteraron y que al d&iacute;a siguiente ya estaba viviendo en la casa de una vieja amiga. T&uacute; dir&aacute;s que se trata de un amigo porque tambi&eacute;n es trasvertido pero no me interesa indagar en tus prejuicios. Y despu&eacute;s conoc&iacute; a H&eacute;ctor, que es mi compa&ntilde;ero ahora, pero que estamos separados porque &eacute;l a&uacute;n es un hombre casado, y tiene dos hijitas maravillosas que su madre no me deja tocar, ni hablarles siquiera y yo envidio tanto a &eacute;sa desgraciada porque puede tener hijos y yo no. De haber nacido mujer, de serlo verdaderamente, ser&iacute;a tan feliz. Eso debe ser lo que m&aacute;s me duele, pero m&aacute;s me duele &Aacute;lvaro, que al tiempo despu&eacute;s insist&iacute;a en llamarme, en aparecerse en mi universidad, en intentar hacerme entrar en raz&oacute;n, seg&uacute;n &eacute;l, que estaba loco por m&iacute; que no pod&iacute;a estar tranquilo si yo no estaba a su lado, pero no entend&iacute;a que yo ya no pod&iacute;a perdonarle, que no pod&iacute;a dejarle pasar a mi apartamento y que hici&eacute;ramos lo que sol&iacute;amos hacer en las noches, no ya no. Nunca m&aacute;s. Todo hab&iacute;a muerto, pero no se daba cuneta que con sus intentos m&aacute;s lograba alejarme que lograr que yo lo volviese a querer. No se dio cuenta entonces e insiste a&uacute;n, si cejar en su &iacute;mpetu. S&oacute;lo se quiere a s&iacute; mismo, cerdo egoc&eacute;ntrico, animal infeliz. Y sigue molest&aacute;ndome, a pesar que yo estoy con H&eacute;ctor, a pesar que yo s&eacute; que se sigue acostando con putas j&oacute;venes que logra engatusar con favores para nada santos. Y Natalie, ella es la &uacute;nica que logra apaciguarlo. Cuando ella est&aacute; ac&aacute; en V. &eacute;l se transforma, me dan ganas de volver, pero basta con que deje de verla para que vuelva a ser el animal que siempre ha sido. Le amo a&uacute;n, y me duele verlo alcoh&oacute;lico, drogado, desenfrenado, con &eacute;sa actitud prepotente, y con su apetito sexual imp&uacute;dico que s&oacute;lo le llevar&aacute; a caer en el Sida o en alguna enfermedad de las que yo me salv&eacute; por suerte. Gracias  a Sta. Violeta, patrona de V., y tambi&eacute;n de los oprimidos y, por supuesto, de las prostitutas, como no. Si su vida es tan ejemplar, tan llena de errores igual, porque es la &uacute;nica santa verdaderamente humana, que sin estar beatificada, resulta milagrosa y eficaz. Cuantas veces le rogu&eacute; por amigas, que, enfermas de s&iacute;filis y gonorrea, ten&iacute;an hijos que iban a quedar irremediablemente solos, para que las salvase, para que las cuidase, y nunca me defraud&oacute;, nunca dej&eacute; de llevarle flores frescas a su estatua. Pero nada de eso sirve en estos tiempos, su estatua, que era tan bella hace unos a&ntilde;os, hoy est&aacute; derruida, oxidada, y su plaza, a pesar que es el &uacute;nico lugar representativo, a mi parecer, del casco viejo de V., est&aacute; pr&oacute;xima a ser achicada por una calle que la partir&aacute; irremediablemente en dos, para agilizar el tr&aacute;nsito. Ya no quedan flores para los santos, ya no quedan cruces, ya no hay escaleras para bajar al nazareno, ni l&aacute;grimas de redenci&oacute;n. Es una &eacute;poca extra&ntilde;a, en la que seres como t&uacute;, yo, Natalie, &Aacute;lvaro y muchos m&aacute;s, proliferamos, nos reproducimos, desde el error, desde las falencias, con todos nuestros pecados y todos nuestros deseos frustrados. Quiz&aacute;s algo nos salve alg&uacute;n d&iacute;a, pero Dios ya lleva mucho tiempo muerto, &iquest;cierto?
   No te cont&oacute; Natalie sobre su hijo, &iquest;cierto? Debes saberlo, sino, deber&iacute;as. &iquest;C&oacute;mo &Aacute;lvaro perdi&oacute; la mano? &Eacute;sa es una historia muy triste y yo no te la voy a contar. Natalie, s&iacute;, est&aacute; casada. No te lo dijo, no me preguntes porqu&eacute;. No vuelvas a verla, ya eres el segundo en lo que va de &eacute;sta semana. No te preocupes, eres un buen chico, ya encontrar&aacute;s a alguien mejor. Si quieres puedes quedarte aqu&iacute;, o ir a tu casa, si es lo que deseas. Pero si quieres un consejo, y aunque ya no quieras seguir oy&eacute;ndome te lo voy a decir igual; corre, escapa, huye de V., est&aacute; ciudad es donde el infierno se conecta con la tierra, y seres como t&uacute;, inocentes a pesar de la pinta de duro que puedan tener, duran poco. No te quedes aqu&iacute;, no hay nada para ti. Huye hijo, y nunca mires atr&aacute;s. Ahora descansa.

Sali&oacute; por donde entr&oacute;, meneando su culo operado, antes de hombre, ahora de mujer, como toda ella. Me dej&oacute; solo con mis pensamientos. Le hice caso, sal&iacute; de aqu&eacute;l lugar y me encontr&eacute; de nuevo con la noche, fr&iacute;a, negra, pero extra&ntilde;amente consoladora. Llov&iacute;a. Me dirig&iacute; a casa, a mi casa, pensando, calculando cu&aacute;nto me saldr&iacute;a vender algunas cosas y comprar un boleto hacia cualquier lugar. Cualquier lugar menos aqu&iacute;. Pod&iacute;a no ser verdad lo de Natalie. Lo averiguar&iacute;a despu&eacute;s. Y s&iacute;, era cierto. Pero lo m&aacute;s cierto, fue que esa noche, camino a casa, a mi humilde departamento de escritorzuelo, llor&eacute;. Pero gracias a la lluvia, nadie se dio cuenta. Nadie.
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			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2005-08-19</dc:date>
			<pubDate>Fri, 19 Aug 2005 16:18:52 CEST</pubDate>
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			<title><![CDATA[K.]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/144/144410/</link>
			<description><![CDATA[A&uacute;n lo recuerdo bien. Sentado en la biblioteca, siempre leyendo, con sus anteojos y sus su&eacute;teres oscuros con pelos de gato, con su barba rala, sus cigarrillos americanos del persa, los cordones viejos y amarrados a duras penas, con su delgadez y su caminar medio cojo, medio cansado. Al comienzo de todo, yo lo miraba de lejos entre p&aacute;rrafo y p&aacute;rrafo, y &eacute;l segu&iacute;a igual, en la misma posici&oacute;n, en un estado que no se pod&iacute;a llamar tranquilidad, sino que era desesperaci&oacute;n, pero una desesperaci&oacute;n controlada, fr&iacute;a, racional. Se le notaba en los nudillos, que a veces se le pon&iacute;an blancos por la fuerza con la que apretaba lo que estuviese leyendo.
   Poco a poco me fui acercando a &eacute;l. Me demor&eacute; casi un semestre, pero un d&iacute;a consegu&iacute; que me hablase. Fue pat&eacute;tico. Me dijo: Disculpa, y yo me qued&eacute; at&oacute;nita, con el coraz&oacute;n lati&eacute;ndome desbocado y expectante. Luego me pregunt&oacute; si le pod&iacute;a decir la hora y con eso acab&oacute; todo. Se la dije y se fue. Hac&iacute;a tiempo que no me sent&iacute;a tan mal, pero se arregl&oacute; un par de d&iacute;as despu&eacute;s, cuando me pidi&oacute; si pod&iacute;a cuidar de su mochila un momento y al regresar comenz&oacute; a preguntarme cosas, descubri&eacute;ndome de a poco, y mostrando inter&eacute;s en todo lo que yo dec&iacute;a con una sonrisa que no le hab&iacute;a visto jam&aacute;s.
   Se llamaba K. y era un par de a&ntilde;os mayor que yo, una mechona de filosof&iacute;a. Estudiaba literatura y, si no hab&iacute;a le&iacute;do todos los libros, al menos ten&iacute;a una idea general de cada uno. Era incre&iacute;ble la cantidad de cosas que pod&iacute;a decir y el c&oacute;mo sab&iacute;a un poco de todo. Aunque lo que m&aacute;s me extra&ntilde;aba de &eacute;l era el hecho que fuera tan retra&iacute;do con el resto. Conmigo se mostraba amable, atento, chistoso, encantador, en resumen, pero con el resto era parco, fr&iacute;o, lac&oacute;nico y hasta un poco descort&eacute;s. No comprend&iacute;a eso, pero nunca se lo pregunt&eacute;, sus razones tendr&iacute;a, pens&eacute; en aqu&eacute;l entonces. Nos hicimos amigos, supongo, o al menos conocidos cercanos, e &iacute;bamos a caf&eacute;s y conciertos, a exposiciones y ferias de libros, donde convers&aacute;bamos largo y tendido, pasando d&iacute;as enteros juntos recorriendo las sucias calles de Santiago, las que se hac&iacute;an bellas, al menos para m&iacute;, estando en su compa&ntilde;&iacute;a. 
   A&uacute;n recuerdo el d&iacute;a en que me bes&oacute;. Hab&iacute;amos ido a un cine arte en el centro, y acab&aacute;bamos de salir de all&iacute;. Estaba lloviendo, y se sac&oacute; su chaqueta ra&iacute;da para que yo me cubriese con ella. Entonces me tom&oacute; la cara y me bes&oacute;, aprovechando que yo ten&iacute;a las manos arriba, sujetando su chaqueta sobre mi cabeza. Me qued&eacute; callada y creo que sonre&iacute;. Algunas gotas de lluvia cayeron en su rostro.
   Despu&eacute;s sal&iacute;amos con m&aacute;s regularidad, pero no dej&aacute;bamos que nadie en la facultad supiera de lo que pasaba. Ahora que recuerdo fue &eacute;l quien insisti&oacute; en que no le dij&eacute;semos a nadie. A veces &iacute;bamos a ver pinturas o esculturas, pero convenimos en no ir m&aacute;s juntos, pues pele&aacute;bamos mucho al interpretarlas. M&aacute;s bien, dejamos de hacerlo porque &eacute;l lo decidi&oacute; as&iacute;, pues prefer&iacute;a no discutir temas que seg&uacute;n &eacute;l yo no entend&iacute;a. Para zanjar el asunto, la vez que salimos despu&eacute;s de aqu&eacute;l “acuerdo”, luego de haber estado distanciados un mes o algo as&iacute;, fuimos a un caf&eacute;, territorio neutral, al fin y al cabo, un d&iacute;a mi&eacute;rcoles, creo. Est&aacute;bamos conversando, cont&aacute;ndonos cosas de infancia, vacaciones so&ntilde;adas, el viaje que nunca har&iacute;amos, cuando surgi&oacute; el silencio entre nosotros, paus&aacute;ndolo todo. Entonces  sent&iacute; como su mano fr&iacute;a se deslizaba lentamente por debajo de la mesa, tocando mi pierna, avanzando cent&iacute;metro tras cent&iacute;metro, hasta entrar entre la tela de mi falda y mi piel, silenciosa, rumbo a insertarse en mi entrepierna y helarme. Sus ojos estaban en los m&iacute;os, imp&aacute;vidos pero sonrientes. K sonri&oacute; y su sonrisa parec&iacute;a la de un t&iacute;tere de papel mach&eacute;. Yo baj&eacute; la vista y la met&iacute; en el caf&eacute; que me devolvi&oacute; la imagen de mi rostro cansado.
   Despu&eacute;s de eso, a expensas de nuestro acuerdo, me encontraba despu&eacute;s de clases y, cuidando que nadie nos viese, me llevaba de la mano hasta llegar atr&aacute;s de un edificio, donde hab&iacute;a un poco de pasto, en el que nos qued&aacute;bamos, intentando conversar hasta que &eacute;l decid&iacute;a empezar a besarme y tocarme. Por aquellos d&iacute;as lo ve&iacute;a m&aacute;s feliz, fumaba con m&aacute;s soltura, y le&iacute;a m&aacute;s novelas que textos de teor&iacute;a literaria.
   Todo comenz&oacute; a hacerse rutinario. Todos los d&iacute;as era lo mismo. Yo lo esperaba, K. aparec&iacute;a, me llevaba a alg&uacute;n lugar desolado o a su pensi&oacute;n y termin&aacute;bamos h&uacute;medos y jadeantes. Me dec&iacute;a, entre resoplidos que me amaba, que lo hac&iacute;a feliz, armaba afiebrado proyectos para cuando sali&eacute;ramos de la universidad. Yo lo escuchaba atenta mirando el techo agrietado de su pieza mientras lo ten&iacute;a encima, entretenido entre mi pecho y mi cuello. La abundancia de encuentros nos fue llevando a punto muerto, y nos abandon&aacute;bamos a la monoton&iacute;a. Fue entonces cuando sal&iacute; con C., un compa&ntilde;ero de curso, buscando salir de la rutina diaria en la que hab&iacute;a ca&iacute;do. Descubr&iacute; que el caminar se hac&iacute;a m&aacute;s tranquilo y placentero con C. al lado, que me agradaba estar m&aacute;s con &eacute;l que con K. y que era muy imaginativo, tanto como para tener siempre una buena excusa para que hacerme evitar a K., y gradualmente lograr que lo viese cada vez menos. Un d&iacute;a discut&iacute; por eso con K. en la cafeter&iacute;a. Me dijo cosas horribles frente a mucha gente, y sent&iacute; como algo se trizaba lentamente, como un jarr&oacute;n que ya estaba lleno y deb&iacute;a dejar salir su contenido por alg&uacute;n lado. No lo vi en una semana, y termin&eacute; saliendo con C. el fin de semana. Nos besamos a la salida del cine. K. me lo sac&oacute; en cara el lunes, no supe nunca c&oacute;mo se enter&oacute;, tal vez me estuvo siguiendo. Cuando yo iba a decirle lo que pensaba sobre &eacute;l y lo que deb&iacute;amos hacer, me tap&oacute; la boca con  fuerza y me llev&oacute; a donde sol&iacute;amos ir, a aqu&eacute;l lugar donde nadie iba, y como no dej&eacute; que me tocara, termin&oacute; golpe&aacute;ndome. Bast&oacute; un golpe para que yo llorase y le dijera que me soltase, por favor. Toda su furia se desvaneci&oacute; y me ayud&oacute; a levantarme. Sus ojos no brillaban cuando me mir&oacute; irme, y los m&iacute;os no se volvieron a verlo cuando dijo que me amaba.
   No he vuelto a hablarle desde entonces. Ahora espero con la mejilla derecha con una peque&ntilde;a marca morada a que C. salga de una prueba para que nos vayamos a dar vueltas por el centro, aprovechando que es viernes. El cigarrillo me ayuda a amortiguar los minutos de una espera tensa. A&uacute;n K. me mira cuando voy a la biblioteca y lo veo leer silencioso y mustio. 
   Ahora C. viene bajando la escalera y se me hace f&aacute;cil verlo desde donde estoy. No me ha visto. Creo, a pesar de lo poco que lo conozco, que lo quiero y me hace sentir bien. So&ntilde;amos menos y hacemos m&aacute;s, y siento que me escucha cuando le hablo. Un c&aacute;lido rayo de sol me golpea mientras el humo de mi cigarrillo se va haciendo volteretas a quiz&aacute;s d&oacute;nde. 
   De pronto K. se acerca a C. y le habla en la escalera del segundo piso. Yo s&oacute;lo observo. Su conversaci&oacute;n no es la de dos viejos amigos que se encuentran despu&eacute;s de mucho tiempo. Se gritan y se insultan, K. deja su mochila en el suelo, nadie va a separarlos, C. se saca la chaqueta y K. le grita algo. Yo me levanto de la silla y corro hacia ellos.
   Comienzan a pelear. Mi cigarrillo queda en el suelo humeando melanc&oacute;licamente.  

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			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2005-09-29</dc:date>
			<pubDate>Thu, 29 Sep 2005 23:30:47 CEST</pubDate>
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			<title><![CDATA[Varios...]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/194/194687/</link>
			<description><![CDATA[SILENCIO

La pregunta reson&oacute; en las paredes, hasta apagarse. Un temor mudo ocup&oacute; la habitaci&oacute;n. Todo qued&oacute; en silencio.
- &iexcl;Contesta! – Dijo la mujer, y el silencio se rompi&oacute;.
   Era muy blanca, con una cabellera lisa y tan negra que parec&iacute;a azul. Lloraba angustiada, y el maquillaje le corr&iacute;a por las mejillas. Era penoso el contemplar su rictus de sufrimiento, su respirar jadeante, sus labios tan rojos, palpitantes, cual coraz&oacute;n agitado. Era tan delgada, perfecta y bella, que parec&iacute;a un error el verla tan triste, como si la pena y la desaz&oacute;n no calzaran con su belleza. Sus p&aacute;rpados en tensi&oacute;n y sus manos apretadas y nerviosas no iban con ella, eran gestos equ&iacute;vocos. Debido al maquillaje parec&iacute;a llorar l&aacute;grimas negras, luto puro. La atm&oacute;sfera oscura que la rodeaba contrastaba con la palidez lunar de su piel. La negrura de la habitaci&oacute;n era iluminada por un espacio entre las cortinas, desde donde emerg&iacute;a la luz de un d&iacute;a nublado llegando a su fin. En el piso, como anunciando lo que ya se viv&iacute;a, hab&iacute;a una foto, en un marco con el cristal roto, y los trocitos de vidrio, brillantes, la rodeaban contrastando con la alfombra.
   En el cuarto hab&iacute;a un hombre. A &eacute;l estaba dirigida la pregunta. Estaba tan ebrio que no deb&iacute;a de haberla o&iacute;do. Vest&iacute;a de negro, a excepci&oacute;n de su camisa, blanca y muy arrugada, que sobresal&iacute;a sobre su pantal&oacute;n. Ten&iacute;a el cabello largo y casta&ntilde;o, crespo, y era moreno. Se tapaba la cara con una mano, y con la otra, se sosten&iacute;a con el brazo extendido apoyado en la pared.
   Ella repiti&oacute; la orden, m&aacute;s fuerte y con sollozos y la respuesta fue un silencio atronador, s&oacute;lo interrumpido por los suspiros de la mujer y los gru&ntilde;idos del hombre, a quien parec&iacute;a molestar la luz y el grito que acababa de o&iacute;r.
   Todo qued&oacute; en silencio. &Eacute;l continu&oacute; refreg&aacute;ndose la cara con una mano, mostrando un ojo de vez en cuando y sin dar un paso, pues se hubiera ca&iacute;do de borracho. Pesta&ntilde;eaba, s&oacute;lo eso. Ten&iacute;a la boca entreabierta.
   Ella sigui&oacute; llorando, y de repente, se comenz&oacute; a dejar caer, hasta, lentamente, sentarse en el suelo, donde apoy&oacute; su espalda en un sill&oacute;n y baj&oacute; la cabeza, para continuar sus sollozos, m&aacute;s fuertes que antes, comenzando a hipar y a berrear por un momento. Lloraba como una ni&ntilde;a mimada a la que se le hab&iacute;a negado algo, &eacute;l parec&iacute;a despertar de un sue&ntilde;o para caer en una pesadilla que a&uacute;n no comprend&iacute;a, y su desconcierto era tal que no hallaba como reaccionar. 
   Por un momento, todo qued&oacute; en silencio. La foto con el cristal roto, en la que sal&iacute;an ellos dos, sonrientes, estaba en el piso, como resumiendo toda la escena en un solo cuadro, marcando el fin de lo que alguna vez existi&oacute; entre esas dos personas. Los gimoteos de la muchacha continuaron, acompa&ntilde;ados de unos suaves quejidos que el ebrio, apoyado en la pared, lanzaba de vez en cuando. El tipo quiso moverse, caminar hacia ella, pero calcul&oacute; mal, cayendo de rodillas sin avanzar nada, donde qued&oacute; igual que antes, tom&aacute;ndose el rostro con la mano derecha y  manteni&eacute;ndose con la izquierda apoyada en la pared.
   Afuera, el d&iacute;a mor&iacute;a, al igual que el amor dentro de un departamento c&eacute;ntrico, y todo qued&oacute; en silencio.
De pronto, ella se levant&oacute;, corri&oacute; hacia la puerta y baj&oacute; corriendo las escaleras, dominada por un impulso febril. El alcoholizado hombre se percat&oacute; al rato, e in&uacute;tilmente, alz&oacute; un brazo hacia la puerta, como queri&eacute;ndola alcanzar, pero cay&oacute; de bruces al suelo. En tanto, ella continuaba su alocada carrera con sus cabellos al viento, euf&oacute;rica, sin un rumbo definido, pero con una contradictoria convicci&oacute;n, pues en ning&uacute;n momento titube&oacute; frente a una curva o a una puerta cerrada, como si aquel recorrido lo tuviera memorizado. Atraves&oacute; el recibidor del edificio como si nada, y abri&oacute; la amplia puerta que daba a la calle. All&iacute; se detuvo, como si las luces de los veh&iacute;culos la hubiesen sorprendido. Escuch&oacute; su coraz&oacute;n cansado por la carrera. Uno de los tipos del hotel grit&oacute; y fue a atraparla.
   Ella sonri&oacute;. Emprendi&oacute; de nuevo su loco andar. Parec&iacute;a querer cruzar la calle, una amplia avenida, pero no lo logr&oacute;. Un auto par&oacute; de golpe su carrera, su coraz&oacute;n y su vida. Ella cay&oacute; al suelo, y susurr&oacute; algo indescifrable, pero con una sonrisa. Y al menos para ella, todo qued&oacute; en silencio. 
SILENCIO PARA TODOS.


GRACIAS

- Tome, p&aacute;gese – dijo el hombre alto.
- Gracias, tome el vuelto – dijo otro, m&aacute;s bajo.
(silencio inc&oacute;modo) El vendedor queda con su mano estirada, sin que el comprador tome el dinero. El ambiente es tenso, como el silencio que anuncia la tormenta. Vuela una mosca, afuera, tras la ventana, la calle est&aacute; recibiendo una gran lluvia, y el cielo, oscuro, conjunto con la noche, dan a la atm&oacute;sfera un aire de caos y negrura. El labio del hombre bajo tiembla un instante. Duda, no entiende el porqu&eacute; este hombre que parece tan normal no recibe el dinero y tan s&oacute;lo lo mira, sin decir nada, ni siquiera una expresi&oacute;n en su rostro.
- No..., este...,Disculpe, &iquest;Va a tomar el vuelto o no? - musita el bajo.
- Claro. – Susurra el alto. Pero no toma el vuelto. S&oacute;lo mira.
   El vendedor no halla donde meterse. &iquest;Porqu&eacute; a &eacute;l ten&iacute;a que tocarle un man&iacute;aco como cliente?. Sus pensamientos se agolpan en su mente, se desespera, y su coraz&oacute;n se acelera. Mira hacia todos lados como buscando a alguien. Recuerda que su escopeta est&aacute; guardada en la bodega en el s&oacute;tano y se lamenta. “Si al menos no estuviera s&oacute;lo aqu&iacute;, si llegara alguien”, piensa, una y otra vez, viciosamente, d&aacute;ndose vueltas una y otra vez sin llegar a una soluci&oacute;n. “Lo tengo.”, piensa. “Le dejar&eacute; las monedas en el mostrador y le dir&eacute; que tengo que cerrar, que ya es muy tarde.”   
   Hace justamente lo que pens&oacute;. Antes de que las monedas caigan al mes&oacute;n, el alto y su sombra se dan vuelta, en direcci&oacute;n a la calle. “Al fin, se va”- se alegra el peque&ntilde;o, sin poder evitar una sonrisa.
   El hombre alto se detiene en el marco de la puerta. Un rel&aacute;mpago ilumina su rostro de perfil, haciendo que su nariz aguile&ntilde;a se vea gigantesca. Parece un ave de rapi&ntilde;a, un solitario asesino nocturno que ha salido de caza y busca su pr&oacute;xima v&iacute;ctima. El vendedor se siente atemorizado “&iquest;porqu&eacute; no se va, porqu&eacute; a m&iacute;?, piensa aterrado por la breve escena. 
   El comprador camina hacia &eacute;l. El hombrecillo del mostrador hace un adem&aacute;n de protegerse la cara con las manos, pero se domina. A&uacute;n as&iacute;, retrocede hasta tocar el estante que est&aacute; tras &eacute;l con su espalda. El hombre alto extrae algo de su bolsillo. “me va a matar”, piensa el pobre vendedor. 
   Es un pa&ntilde;uelo, blanco y pulcro. Con &eacute;l, el de nariz aguile&ntilde;a toma las monedas y se las echa al bolsillo. “No vuelva a sonarse la nariz con la mano, so cochino”, le dice saliendo de la tienda y perdi&eacute;ndose en la lluvia.
   El hombrecito suspira y se seca el sudor de la frente un pa&ntilde;uelo. Tras los cristales, la lluvia amaina.

RECORDATORIO

El hombre de la plaza, &eacute;se que tiene unos sesenta y una gran barba, que siempre viste el mismo traje, se hallaba sumido en los recuerdos. As&iacute; como las arrugas surcaban su rostro, as&iacute; mismo cada instante de su pasado le hab&iacute;a dejado una marca, una cicatriz, una banderilla que no pod&iacute;a extirpar. Lo que estaba recordando le fue de suma importancia alguna vez, y en su mente, pasaban las distintas im&aacute;genes con ese velo que se parece al polvo sobre los libros y que se&ntilde;ala el paso del tiempo y c&oacute;mo este va confundi&eacute;ndolas y mezcl&aacute;ndolas. 
   Recordaba a su hija, que ahora vive en otro pa&iacute;s y no ve hace a&ntilde;os, pero que la &uacute;ltima vez que la vio la encontr&oacute; muy parecida a una novia que hab&iacute;a tenido en la secundaria y con la que tuvo su primera vez, y as&iacute; pas&oacute; a recordar otra pareja, una estudiante de piano en la universidad, que le ense&ntilde;&oacute; a tocar guitarra y con ello, pudo aprender a tocar el viol&iacute;n, record&oacute; tambi&eacute;n la tristeza de la despedida que tuvieron, un simple par de palabras y un adi&oacute;s y el c&oacute;mo tuvo que verla de lejos durante mucho tiempo sin poder hablarle y las idas a misa a pedir perd&oacute;n por sus errores que hab&iacute;an gatillado el fin de su relaci&oacute;n con ella, luego pas&oacute; a sus conciertos de viol&iacute;n en los pasillos del tren subterr&aacute;neo, s&oacute;lo con el fin de ganar un poco de dinero para ir al cine, al teatro o comprar discos, y sobretodo, sobrevivir en su pensi&oacute;n de estudiantes, donde m&aacute;s de una vez tuvo que liarse a golpes por defender su integridad f&iacute;sica y sexual, y c&oacute;mo tocaba viol&iacute;n todo el d&iacute;a, algunas veces hasta ocho o diez horas seguidas, eso s&iacute;, cuando no ten&iacute;a que ir a la universidad, record&oacute; su clientela de aqu&eacute;l entonces, la mujer que pasaba con sus tres hijos peque&ntilde;os y le daba unas monedas y cuando no las ten&iacute;a, hac&iacute;a que sus hijos lo aplaudieran; el se&ntilde;or Carmona, due&ntilde;o de una verduler&iacute;a, que de vez en cuando llegaba con un saco hasta su rinc&oacute;n y se lo dejaba, y las gratas sorpresas que ese saco entregaba, pues en &eacute;l hab&iacute;a desde una sand&iacute;a o bolsas con frutas, hasta hortalizas y garbanzos, todos frescos y gratis, que guardaba con recelo de sus compa&ntilde;eros de habitaci&oacute;n; o la anciana se&ntilde;ora de la cual nunca supo su nombre, que se quedaba horas escuch&aacute;ndole y un par de veces le pareci&oacute; que una l&aacute;grima corri&oacute; por su blanca y seca piel; tambi&eacute;n pas&oacute; por el d&iacute;a en que su viejo viol&iacute;n fue arrollado por un bus en un descuido suyo, pues la correa del estuche en el que lo llevaba se rompi&oacute; mientras viajaba en bicicleta camino a la universidad, y le pareci&oacute; volver a escuchar el s&uacute;bito crujir de la madera de su a&ntilde;orado instrumento y su llanto, sentado en una cuneta h&uacute;meda y maloliente con los trozos de su compa&ntilde;ero entre las manos, intentando in&uacute;tilmente volver a ensamblarlo con los ojos empa&ntilde;ados de l&aacute;grimas, y ah&iacute; fue cuando le vino a la memoria el d&iacute;a que su padre muri&oacute; y c&oacute;mo lo vio morir, despacio, como un gorri&oacute;n enfermo que de a poco, deja de aletear y su pecho se paraliza, mientras &eacute;l tomaba su mano y lo sigui&oacute; haciendo hasta que se puso fr&iacute;a y lacia, y la que era su novia en aquel entonces le abraz&oacute; y escuch&oacute;, entero, de cabo a rabo, su llanto ronco y penoso apacigu&aacute;ndolo con sutiles caricias en su espalda y que cuando cay&oacute; de rodillas ella tambi&eacute;n lo hizo y le reconfort&oacute; bes&aacute;ndole las sienes y las mejillas y secando sus l&aacute;grimas con sus labios hasta que ya no llor&oacute; m&aacute;s, y quiz&aacute;s por eso fue que &eacute;l la hizo su mujer al cabo de un a&ntilde;o y tuvieron una hija maravillosa que bailaba como su madre, con los bucles al viento sobre una verde estepa, y el c&oacute;mo tuvo que enterrar a su mujer tras una corta y fulminante enfermedad que ni siquiera le dej&oacute; tiempo para decirle cu&aacute;nto la quer&iacute;a y luego su b&uacute;squeda infructuosa por encontrar otra mujer, pero jam&aacute;s pudo por que a la que buscaba en realidad era a ella y sus bucles resplandeciendo al sol del atardecer, no a la peque&ntilde;a Alexandra de la que crey&oacute; estar enamorado, y era peque&ntilde;a porque a pesar de sus m&aacute;s de treinta a&ntilde;os era caprichosa y poco preocupada de las cosas y quisquillosa, pero &eacute;l no la toc&oacute; jam&aacute;s porque no quer&iacute;a manchar su amistad, o la divina Sylvaine, bailarina de ballet que estaba de gira pero que se qued&oacute; en la ciudad encantada por su talento y que dej&oacute; irse porque sinti&oacute; que ya no podr&iacute;a amar y no se arrepiente ahora, pues supo hace poco que ella ten&iacute;a SIDA y sonr&iacute;e al haber sabido ser tan sabio como el rey Salom&oacute;n; o Francisca, una asistente social con m&aacute;s vocaci&oacute;n para ser una asistente sexual que lo &uacute;nico que quer&iacute;a era acostarse con &eacute;l y no se lo permiti&oacute; porque le parec&iacute;a tan maravillosa su forma de ser y no quer&iacute;a que &eacute;sta cambiase involucr&aacute;ndose en ese tipo de relaciones, y as&iacute; ahora tiene un mont&oacute;n de amigas pero la &uacute;ltima mujer con la que acost&oacute;, hace m&aacute;s de veinte a&ntilde;os, fue con su dulce esposa que en paz descanse y quiz&aacute;s, se dice, este ataque de recuerdos esclavizadores no sean m&aacute;s que por estar escuchando aquella vieja canci&oacute;n que una vez bail&oacute; con ella cuando no eran novios pero su amistad ya ten&iacute;a ciertos s&iacute;ntomas de agrietamiento que se revelar&iacute;an en el m&aacute;s grande amor que tuvo y tendr&aacute; y eso teme que ya lo sabe porque recuerda las palabras de su padre d&iacute;as antes de morir “c&aacute;sate, huev&oacute;n, por favor, c&aacute;sate y dale nietos a tu madre, no seas maric&oacute;n” y eso lo llev&oacute; a rememorar las cientos de veces que vio a su padre acariciar tiernamente las cabezas de ni&ntilde;os ajenos que se encontraba en distintos lugares o el c&oacute;mo jugaba con los hijos de su hermano mayor cuando &eacute;l comenzaba a tocar el viol&iacute;n para espantar la soledad y concentrarse en algo que no fuera el intentar rememorar viejos momentos como ahora, con ese gusto tan amargo en la garganta y ese pesar en el pecho que no le dejaba respirar m&aacute;s que con suspiros anhelantes de ayer. 
   S&oacute;lo una l&aacute;grima dej&oacute; caer y se levant&oacute; rumbo al horizonte para llegar a su casa y tocar su viol&iacute;n, comprado hace varios a&ntilde;os atr&aacute;s con ayuda de toda la gente que le conoc&iacute;a, en el balc&oacute;n de su casa mientras el sol comienza a desaparecer y su barba se mece con el viento y sus pocas canas que marcan el comienzo del fin, relucen por un momento con tonos dorados.

DAMA BLANCA

Cuando despert&eacute;, pens&eacute; que iba a morir. Los recuerdos de la noche anterior asaltaban mi mente en s&uacute;bitos espasmos, que poco a poco, me iban dando una vaga idea de lo hecho. Gabriela, la mujer que me quitaba el habla y con la que apenas me atrev&iacute;a a hablar, en un sill&oacute;n, iluminada por la luz de una l&aacute;mpara que apuntaba al suelo. El sabor del pisco sour en mis labios mientras hablaba con una mujer rubia que dijo ser amiga de un conocido de un amigo m&iacute;o, que me ofreci&oacute; cigarrillos que rechac&eacute; con un gesto porque s&oacute;lo ten&iacute;a ojos para Gabriela y el tipo rubio con el que estaba hablando; la cara que puso Alex, el due&ntilde;o de casa, cuando lo salud&eacute;, pues cre&iacute;a que no iba a venir. Al rato me enter&eacute; que ni siquiera me hab&iacute;a invitado.
   Despu&eacute;s de un caf&eacute; empiezo a entender otras cosas. Aunque hay otras que ignoro por completo. Recuerdo que abr&iacute; la puerta de mi apartamento y me dej&eacute; caer en un sill&oacute;n, riendo. Miro por la ventana, las cortinas se mueven suavemente con la brisa. Entonces veo las dos copas con restos de vino tinto. Mierda, pienso, que de eso no me acuerdo. Lo peor es ver la botella ca&iacute;da y el vino extendi&eacute;ndose por la alfombra. Carajo, &eacute;se era un buen vino. Caro, al menos. Y la alfombra tambi&eacute;n era buena.
   Abro la llave del agua caliente y me dejo salvar por la calidez. No quise mirar mi rostro al entrar al ba&ntilde;o, puede que me hubiera asustado. Mientras el vapor me rodea y busco palmeando la muralla el champ&uacute;, recuerdo las pastillas que me dio Raquel con una sonrisa, una de labios tan rojos como las pastillas que me tragu&eacute; acompa&ntilde;adas de un trago de vino, el beso sorpresivo que me dio en el balc&oacute;n cuando yo estaba pensando en Gabriela, y su risa fren&eacute;tica despu&eacute;s de haberme besado porque dec&iacute;a haberlo hecho por la l&aacute;stima que le hac&iacute;a sentir el verme as&iacute; por una mujer que apenas conoc&iacute;a. Mientras froto mi cabello para hacer espuma, siento un perfume conocido por un instante. No logro identificarlo, no puedo recordar el d&oacute;nde lo sent&iacute; antes, hasta que, como un fogonazo, surge en mi mente la imagen del hombro de Gabriela muy cerca, como si la estuviera abrazando, y el como mi nariz se hunde en su cabello, que es de donde ven&iacute;a el aroma. El temor me toma por la nuca y me hace suspirar. Tiemblo por un escalofr&iacute;o repentino. &iquest;qu&eacute; pas&oacute; anoche?. 
   Cuando salgo del ba&ntilde;o, veo el vestido negro de Gabriela en la entrada de mi habitaci&oacute;n. No lo hab&iacute;a visto al levantarme. Aunque me agradar&iacute;a mucho saber d&oacute;nde est&aacute; ella ahora. M&aacute;s all&aacute;, unos sostenes y calzones oscuros. Deber&iacute;a acordarme ahora, pero no puedo, y s&oacute;lo logro asustarme por la amnesia que supongo tener. Deber&iacute;a, mejor, dejar las drogas, o al menos, saber que mierda es lo que me da Raquel cuando me junto con ella. Un d&iacute;a de &eacute;stos me va a matar, aunque si lo quisiera ya lo hubiera podido hacer. Huelo la ropa interior de Gabriela. Si, es de ella, es su perfume. Est&aacute; en todas partes, en mis s&aacute;banas, en mi habitaci&oacute;n, en mi recuerdo. Algo me parece extra&ntilde;o. &iquest;D&oacute;nde est&aacute; ella? No puede haber salido desnuda. Reviso mi cl&oacute;set. No, no parece faltar nada, as&iacute; que no se puso nada m&iacute;o tampoco. No estaba en el ba&ntilde;o. Siento un mareo que me obliga a sentarme en la cama. La cabeza me da vueltas, no logro pensar en nada. De nuevo algunas im&aacute;genes pasan por mi mente. Yo y Gabriela saliendo de la fiesta tomados de la mano y caminando por las escaleras toc&aacute;ndonos y abraz&aacute;ndonos, hasta detenernos bajo &eacute;stas, en un lugar oscuro y h&uacute;medo, donde estuvimos un buen rato. Su lengua en otras partes de mi cuerpo, la facilidad con que mis dedos entraron en el suyo, sus caricias maestras, contemplo todos los actos que conforman un ritual que me sabe a olvido, a victoria impura y da&ntilde;ada por la embriaguez. Un nuevo mareo, acompa&ntilde;ado de fuertes arcadas, me obligan a ir al ba&ntilde;o. El agua del water se ti&ntilde;e de amarillo p&aacute;lido. All&iacute; parecen estar las pastillas, en medio de todo, pero no las distingo. Eso parecen ser papas fritas y lo blanco puede ser el pescado de los canap&eacute;s, que quiz&aacute;s estaban pasados, pienso. Un escalofr&iacute;o y todo parece volver a la normalidad. Me quedo en el ba&ntilde;o, y lentamente me levanto. Mi rostro en el espejo no es una buena se&ntilde;al. Contemplo cada peque&ntilde;a arruga, cada pelo mal puesto en mi cabeza, mis ojos enrojecidos y con bolsas levemente oscuras bajo ellos. Un suspiro que no sirve como redenci&oacute;n. Algo me llama la atenci&oacute;n. Vuelvo a mi habitaci&oacute;n, y veo el caj&oacute;n de mi escritorio abierto, el tercer caj&oacute;n, &eacute;se que jam&aacute;s abro. All&iacute; guardo la Dama Blanca. Gramos y gramos de la buena han desaparecido. Un par de manchas blancas en el suelo son testimonio de lo bueno que estuvo. Entonces recuerdo mi proposici&oacute;n, lo que le dije cuando ella estaba desnuda sobre m&iacute;. Prueba esto que tengo aqu&iacute;, te encantar&aacute;. Algo as&iacute; dije. Ella no quer&iacute;a, la obligu&eacute;, estaba tan borracha que acept&oacute;. Jalamos un buen rato, ella repet&iacute;a, borracha y drogada: esto est&aacute; mal, est&aacute; muy mal. Lo repiti&oacute; hasta ya no poder. Comenc&eacute; a sodomizarla, ella no quer&iacute;a, dijo que se iba a ir. Me insult&oacute;. La sangre. Sus gritos ahogados por mi mano y su in&uacute;til resistencia. Mis golpes en su rostro. Veo las almohadas y la s&aacute;bana. &iquest;D&oacute;nde est&aacute; la mancha de sangre? Siento un leve alivio. Es s&oacute;lo mi imaginaci&oacute;n, Gabriela debe haberme hecho una broma, o tal vez tiene una amiga viviendo en el mismo edificio que yo, y fue a pedirle ayuda cuando despert&oacute;. El alivio dur&oacute; hasta que di vuelta la almohada. All&iacute; estaba, roja y a&uacute;n h&uacute;meda. La sangre de Gabriela.
   &iquest;D&oacute;nde est&aacute;? El sudor me recorre, algo est&aacute; terriblemente mal, mi memoria no me est&aacute; ayudando. Levanto mis ropas al lado de la cama. M&aacute;s sangre. No, no, esto no lo hice yo. No fui yo, no era yo cuando hice esto. El tercer caj&oacute;n, su cerradura y las bolsitas pl&aacute;sticas vac&iacute;as con restos de coca me miran mudos. Ellos no tienen la culpa. Ella se levant&oacute;, recuerdo. A duras penas. La sangre recorr&iacute;a su rostro. Gateaba, suplicaba. La tom&eacute; de la grupa de nuevo, y termin&eacute; en ella. Luego dijo que le dejara ir. Yo no quise escucharla. Ella sali&oacute; de la habitaci&oacute;n, la segu&iacute;. Me levanto y busco manchas de sangre en el pasillo. No hay. Todo esto debe ser una pesadilla, yo no har&iacute;a eso, yo la amaba, al menos, ahora la amo. Pero la sangre es un mudo testigo de lo pasado, me acusa en mi propia habitaci&oacute;n, me mira con ojos de venganza, es la prueba que me juzgar&aacute; y castigar&aacute;. &iquest;C&oacute;mo probar lo contrario? Esto es una broma, yo lo s&eacute;, es una maldita broma. Yo y ella entramos en la habitaci&oacute;n riendo, todav&iacute;a lo recuerdo, su aroma me abraz&oacute; junto con ella mientras bail&aacute;bamos en mi living, mirando las luces mortecinas de la ciudad de madrugada, ebrios de lujuria nos besamos en mi balc&oacute;n y bebimos vinos buenos sin usar copas, con las bocas secas y fumando cigarros americanos. Ella re&iacute;a, yo la abrazaba, lo juro. Luego fuimos a mi cama. &iquest;C&oacute;mo iba a terminar mal algo tan feliz?
   Camino por mi casa. No entiendo nada. &iquest;d&oacute;nde est&aacute;? &iquest;Si se fue, por qu&eacute; no regresa? &iquest;Qui&eacute;n llegar&aacute; primero, ella o la polic&iacute;a? Necesito un trago, pero no estoy seguro de poder beberlo sin vomitar. Un momento. La cortina blanca se infla, se mueve con el viento, como las velas de un barco. Me acerco, lento, ceremonioso. Lleg&oacute; al balc&oacute;n. La v&aacute;lvula de escape. Piso algo y siento el dolor. Un vidrio.
   Ella corri&oacute; por el pasillo. Yo la persegu&iacute;. La insult&eacute;. Tir&eacute; de su pelo. No me pegues m&aacute;s, har&eacute; lo que quieras, pero no me pegues m&aacute;s. Sus sollozos in&uacute;tiles incentivaron mi ira, ella se levant&oacute;. Yo tom&eacute; impulso y la empuj&eacute;. El ruido del cristal al romperse. Su grito. Mi llanto. El amanecer inexorable y sin redenci&oacute;n.
   Me puse zapatos y fui al balc&oacute;n, pisando cristales rotos. Bast&oacute; ver abajo para ver todo claro. Ahora s&iacute; que necesitaba aqu&eacute;l trago.
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			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2006-04-04</dc:date>
			<pubDate>Tue, 04 Apr 2006 15:52:42 CEST</pubDate>
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			<title><![CDATA[Suicidarse.]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/194/194688/</link>
			<description><![CDATA[SUICIDARSE 
Por Saulo Sin&eacute;cdoke

Para ma belle Natalie, en V., bronce&aacute;ndose...

Suicidarse. Suicidarse. He all&iacute; el concepto que nos atrapaba, como si de un disco rayado se tratase, repiti&eacute;ndose hasta el infinito, alarg&aacute;ndose, enarbolando cada uno de nuestros deseos. Es que &eacute;ramos unos hueones sin nada que hacer m&aacute;s que malgastar el dinero de nuestros padres para quejarnos luego de su escasez contemplando parejas felices (&eacute;l, alto y deportista; ella, muy delgada y con una sonrisa descorazonadora) que se perd&iacute;an en lontananza abrazados, mientras los envidi&aacute;bamos sin saber que en alg&uacute;n lugar, quiz&aacute;s no lejos de all&iacute;, alguna f&eacute;mina con instinto autodestructivo nos esperaba para besarnos. Lo bueno fue que no la encontramos. Y si la encontramos, fuimos lo suficientemente inteligentes (o idiotas, quiz&aacute;s) para escaparnos, para herirnos con una flecha justo en el orgullo, tomando despechados los ideales de un romanticismo clich&eacute;, manoseado como fierro de micro, como bandera de jud&iacute;os, como estandarte que a nadie proteg&iacute;a ni dirig&iacute;a. Como nuestros dirigentes, una raza de hombres sonrientes y buenos oradores, capaces de callarnos y convencernos por breves instantes, para luego hacernos comprender con sus conclusiones que jam&aacute;s estar&iacute;amos de acuerdo con ellos, y que la unidad de toda la izquierda o lo que fuera s&iacute; era posible. Lo &uacute;nico malo de la unidad de aquella izquierda, aparte que no era una izquierda consecuente, era que era en contra nuestra, era una reuni&oacute;n de malditos, una asociaci&oacute;n il&iacute;cita para enga&ntilde;ar a los idealistas y hacerlos caer en acciones in&uacute;tiles que dejaban muchos m&aacute;rtires pero donde ellos siempre terminaban como h&eacute;roes.
   Y el suicidio. El concepto infinito, las mujeres infinitas alarg&aacute;ndose en los recovecos de nuestras memorias, no tan fr&aacute;giles como quisi&eacute;ramos, hostig&aacute;ndonos como si dependiera de nosotros su existencia y como si al dejar de recordarlas pudieran dejar de existir, pero como siempre fuimos est&uacute;pidos, tan bellamente est&uacute;pidos, jam&aacute;s las dejamos caer de nuestros textos o poemas o novelas cortas como cuentos largos, todo para que no se muriesen, todo por nuestro ego&iacute;smo que no quer&iacute;a matarlas, para que no se destruyera lo que fuimos alguna vez con ellas, para que el material literario adosado a lo de abajo de sus cinturas que lam&iacute;amos con frenes&iacute;, no desapareciese. Porque siempre fuimos eso, algo que estaba a punto de extinguirse, una maquinaria antigua y complicada que quer&iacute;a detenerse, descansar, pero a la que sol&iacute;amos darle cuerda de vez en cuando, s&oacute;lo lo suficiente para que funcionara unos a&ntilde;os m&aacute;s, esperando, esperando, esperando lo que sab&iacute;amos que no llegar&iacute;a, pero val&iacute;a la pena tener esperanza, porque a pesar de lo oscuro de aquella &eacute;poca, la esperanza era lo &uacute;nico a lo que pod&iacute;amos asirnos, pues el barco de la existencia se hab&iacute;a ido a pique cuando comprendimos que sin dinero gratis para todos no &eacute;ramos ni ser&iacute;amos nada, y fuimos n&aacute;ufragos en un mar embravecido, lo que nos oblig&oacute; a dar una pelea que no ten&iacute;amos intenci&oacute;n de dar, pero en la que quedamos atascados pues no nos quedaba m&aacute;s que morir o matar. Y siempre preferimos matar a morir, porque &eacute;ramos unos cobardes que quer&iacute;an suicidarse, pero nuestra cobard&iacute;a fue tal, que fuimos incapaces de quitarnos la vida, y como le tem&iacute;amos a la muerte, matamos a otros para sobrevivir sin dudar si los golpes o balazos deb&iacute;an ir dirigidos a ellos o a nosotros. Lo importante fue que salimos vivos, maravillosamente vivos, incomprensiblemente vivos, incapaces de entender algo si no lo aprend&iacute;amos a golpes, acuchillados a traici&oacute;n en las entra&ntilde;as por una vida que no pedimos obtener.
   Y no import&oacute; nunca lo que hicimos, nadie jam&aacute;s nos dio siquiera una palabra de apoyo. No nos importaba tampoco, pasara lo que pasara, de todas formas hubi&eacute;ramos sido las mismas personas, el mismo n&uacute;mero, tal vez s&oacute;lo hubi&eacute;ramos sido de distinto color o hubi&eacute;ramos hablado franc&eacute;s o portugu&eacute;s o bengal&iacute;, hasta ingl&eacute;s incluso, porque estuvimos siempre bajo la marca de Ca&iacute;n, contradici&eacute;ndonos, pele&aacute;ndonos entre nosotros, a la luz de una luna ebria, como monos enjaulados, ri&eacute;ndonos con las mismas risas espasm&oacute;dicas de todas las noches, como si fueran reflejo de nuestra estupidez o alegr&iacute;a, que bajo alg&uacute;n punto de vista bien pueden ser lo mismo. Lo &uacute;nico que pudo habernos cambiado pudieron ser mujeres v&iacute;rgenes como islas encantadas o cimas de volcanes, que con labios amoratados de vino tinto o de fr&iacute;o nos hubiesen dicho hasta el cansancio que nos amaban, y nosotros, idiotas, les hubi&eacute;ramos hecho caso. Tal vez alg&uacute;n d&iacute;a sabremos si fue desgracia o victoria el haberlas despreciado, o si tendremos que agradecerle a la maldita soledad que se nos pegaba por osmosis, debido al tiempo inenarrable que pasamos sin recibir abrazos y besos, afecto o devoci&oacute;n fan&aacute;tica por nosotros, creo que la llamaban. Mujeres, mujeres gratis, mujeres trep&aacute;ndose a horcajadas por los &aacute;rboles para vernos desaparecer en las trincheras de un mundo subterr&aacute;neo que nadie os&oacute; invadir jam&aacute;s, todo para terminar perdi&eacute;ndonos o regresando con las manos llenas de rasgu&ntilde;os y verg&uuml;enza, como si nos hubi&eacute;semos ca&iacute;do al barro enfrente de todos, vestidos con nuestra mejor ropa, sin poder salir del charco; pero no importaba, nunca nos import&oacute;, porque al menos &eacute;ramos felices o cre&iacute;amos en la felicidad o la so&ntilde;&aacute;bamos, como la vez que pensamos en que se pod&iacute;a vivir de la poes&iacute;a o de la literatura o de las pel&iacute;culas porno de bajo presupuesto y malos guiones que insist&iacute;amos en llamar, muy serios y tercos, cine arte(como Bibliotecarias ardientes, gratis y vac&iacute;as) ; sin saber que era la utop&iacute;a, la maravilla; lo que estuvimos a punto de alcanzar, pero la confundimos con un moj&oacute;n de elefante marino y la dejamos all&iacute;, olvidada, hasta que alguien pens&oacute; en suicidarse y cay&oacute; en el mierdal m&aacute;s agradable que jam&aacute;s se haya visto; kil&oacute;metros, kil&oacute;metros y kil&oacute;metros kilom&eacute;tricos de pura mierda de elefante marino, un mar de felicidad en que nos dej&aacute;bamos caer de vez en cuando, cuando nadie nos ve&iacute;a. Y si alguien nos ve&iacute;a, no lo invit&aacute;bamos, lo dej&aacute;bamos en la orilla de una isla, que era nada m&aacute;s y nada menos que el buen elefante marino gigante con diarrea cr&oacute;nica que devoraba sus desechos para producir el doble, un animalote al que no vimos nunca pero que quer&iacute;amos mucho a pesar de ignorar su existencia.
   Recuerdo ahora que ten&iacute;amos de todo, empezando por un s&aacute;tiro perpetuamente desequilibrado, que destrozaba todo sentimiento humano con las m&aacute;s viles y obscenas comparaciones y met&aacute;foras, que so&ntilde;aba con mamar libidinosamente de las tetas de todas las mujeres y revolcarse con ellas voluptuosamente mientras lo observan viejos se&ntilde;ores de terno y corbata, sin importarle sus muecas de desaprobaci&oacute;n, m&aacute;s bien excitado por &eacute;stas. Y tambi&eacute;n ten&iacute;amos un intento de ingeniero en inform&aacute;tica, amante de Borges (Burgu&eacute;s), que esperaba y maquinaba un anarquismo olig&aacute;rquico democr&aacute;tico il&oacute;gico y sumamente infrarrealista, que so&ntilde;aba con mujeres preciosas, preciosas, mas, podridas por dentro. Por otro lado, alguna vez tuvimos un ejemplar de rom&aacute;ntico chasc&oacute;n frustrado bipolar que so&ntilde;aba con filmes caseros, guiones imaginados realizados y mecenas generosos; que lloraba contemplando mundos destrozados por el fuego de un progreso humano que no nos consideraba, leyendo libros viejos que en realidad lo le&iacute;an a &eacute;l; y, un universo plagado de seres heterog&eacute;neos como un insectario infinito esperando un fuego redentor que los volviese cenizas f&eacute;rtiles para albaricoques mustios y nomeolvides negros sin hojas ni pistilos, todo atropellado por pescados salvajes que pasaban por los pasajes de los suburbios ordinarios de la periferia.
   El suicidio, la v&aacute;lvula de escape. &Eacute;ramos la olla a presi&oacute;n a punto de desarmarse por estar hecha en Taiw&aacute;n. O la canci&oacute;n que nadie cantaba porque estaba en turco. O el beso que nunca dimos o nunca nos dieron porque no nos atrevimos a hablar o porque no est&aacute;bamos cuando quisieron hablarnos, en resumen, &eacute;ramos lo incorrecto, la raza de seres perfectos para ser v&iacute;ctima de genocidas de todos los siglos m&aacute;s all&aacute; del veinte, para ser m&aacute;s expl&iacute;citos, fuimos los jud&iacute;os y gitanos del siglo veintiuno. Y lo m&aacute;s chistoso de todo era que nos re&iacute;amos, nos re&iacute;amos terriblemente, horriblemente idiotas, mostrando el h&iacute;gado agujereado por los intentos de ahogarnos con alcohol rancio proveniente de bocas femeninas que nunca nos respetaron, nos re&iacute;amos con el sol, con la sombra, con las mujeres y sin ellas, en medio de las enfermedades m&aacute;s terribles, en las estatuas y en los balcones sin cielo que contemplar. Pero nunca alcanzamos a re&iacute;rnos todos al un&iacute;sono, porque principalmente nos re&iacute;amos al mofarnos de alguno de nosotros relacion&aacute;ndolo con algo que lo molestaba. Y ellos, en la oscuridad siempre, nuestros verdugos, nos agradecieron tanto el gesto de ser los &uacute;nicos que les sonre&iacute;an cuando pasaban por el barrio cantando sus versos copiados a autores comunistas tirados a centro izquierda, que terminamos siendo los primeros en ser ejecutados en plazas p&uacute;blicas para felicidad del p&uacute;blico en general, sobretodo de los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as que asist&iacute;an a tales actos, y de las madres de los hijos que tuvimos y nacieron muertos, pues siempre nos echaron la culpa de sus desgracias, de sus suspiros y problemas sicol&oacute;gicos, de sus siquiatras, de sus vidas destruidas y de las l&aacute;grimas que derramaron alguna vez por nosotros.
   Suicidarse o no suicidarse, he all&iacute; el dilema m&aacute;s grande de todos, el &uacute;nico que pod&iacute;a llevarnos; bien al &eacute;xito, bien a la desdicha, o a la desdicha de ser exitoso, de todas formas. Nuestros sue&ntilde;os eran suicidas, como de p&aacute;jaros estrell&aacute;ndose contra torres de alta tensi&oacute;n o rascacielos de transnacionales, revent&aacute;ndonos heroicamente, estoicamente, en un derroche de adjetivos que ca&iacute;an como una lluvia negra tras contemplar el rostro de un Jes&uacute;s drogado en una cruz de fierro, &eacute;ramos los m&aacute;s hermosos ejemplares de la degradaci&oacute;n humana, hijos del posmodernismo, de un realismo m&aacute;gico que despreci&aacute;bamos con frenes&iacute;, pero en el que inevitablemente ca&iacute;amos al vernos masacrados por el porvenir, la aurora que presagiaba el fin de la fiesta y el comienzo del deber, la juventud que se nos acababa con cada vaso de cerveza rancia y a la que a&ntilde;or&aacute;bamos como si de la tierra prometida fuera; como un grupo de Ulises enloquecidos, no busc&aacute;bamos volver a &Iacute;taca y al regazo de Pen&eacute;lope, sino que rog&aacute;bamos por que Tel&eacute;maco se perdiera en los mares, nunca nos encontrasen y nos dejasen errar tranquilos por los mares de la locura literaria o pseudo - art&iacute;stica de la que nos dec&iacute;amos amos y se&ntilde;ores o su m&aacute;s fiel esclavo. 
   D&eacute;jennos perdernos en paz, poner rumbo directo al coraz&oacute;n mismo de la m&aacute;s idealista visi&oacute;n y lanzarnos a la aventura de la autodestrucci&oacute;n, sin mirar atr&aacute;s, sin extra&ntilde;ar a nadie, sin demostrar piedad o a&ntilde;oranza alguna, sin l&aacute;grimas que manchen nuestras vestiduras de dioses en desgracia; como h&eacute;roes de pel&iacute;culas gringas, d&eacute;jennos caer sobre nuestros enemigos como si de una mortal lluvia de flechas se tratase, sin importar si &eacute;sos enemigos algunas fueron aliados, amigos, compa&ntilde;eros de borracheras interminables o si compartieron nuestra causa alguna vez o si la comparten. D&eacute;jennos solos con los libros malos de autores fallecidos en exilio y su cortejo f&uacute;nebre encabezado por nosotros y la mala educaci&oacute;n, proporcionada por nuestras instituciones de car&aacute;cter represivo.
   De ahora en adelante, y con la vista fija en un pasado que nos aclama y nos apoya, d&eacute;jennos suicidarnos tranquilos..., y, por favor, no dejen que ellas nos den el &uacute;ltimo beso...

Stgo, 5 de Diciembre de 2005
]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2006-04-04</dc:date>
			<pubDate>Tue, 04 Apr 2006 15:57:28 CEST</pubDate>
		</item>
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			<title><![CDATA[La no Verdad]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/194/194692/</link>
			<description><![CDATA[
Romance de Curro “El Palmo” 
(Joan Manuel Serrat)                        

La vida y la muerte bordada en la boca,
ten&iacute;a a Mercedita, la del guardarropa,
la del guardarropa del tablao del lazio,
un gitano falso, ex buf&oacute;n de palacio,
alcahuete noble que al o&iacute;r los tiros,
recogi&oacute; sus capas y se peg&oacute; el piro,
se acab&oacute; el jaleo y el racionamiento le llen&oacute; el bolsillo
y mont&oacute; este invento;
en donde El Palmo, llor&oacute; cantando:

CORO: 
Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar, 
ay, mi amor, sin ti mi cama es ancha, 
ay, mi amor, que me desvela la verdad
entre tu y yo, la soledad,
y un manojillo de escarcha.

Mil veces le pide,
y mil veces que nones, 
de compartir sue&ntilde;os, cama y macarrones,
le dice burlona, carita gitana, 
&iquest;c&oacute;mo hacer buen vino, de una cepa enana? 
Y Curro se muerde los labios y calla, 
pues no hizo la mili, por no dar la talla,
 y quien calla otorga seg&uacute;n dice el dicho 
y Curro se muere por ese malbicho. 
Ay quien fuese abrigo, pa&acute; andar contigo...  

CORO

Buscando el olvido, se dio a la bebida, 
al mus, a las tinieblas y en horas perdidas, 
se ley&oacute; enterito a Don Marcial la Fuente, 
por no ir tras sus pasos como un penitente, 
y una noche mientras palmeaba farrucas, 
se escap&oacute; Mercedes, con un curapupas, 
de cl&iacute;nica propia y rons de contrabando, 
y entre palma y palma, Curro fue palmando, 
entre cantares por soledades...

CORO

Quiz&aacute;s fue la pena, o falta de hierro,
 el caso es que un d&iacute;a, nos toc&oacute; ir de entierro,
 p&eacute;sames y flores, y una lagrimita, 
que dej&oacute; ir la patro, al cerrar la cajita. 
A mano derecha seg&uacute;n se va al cielo, 
ver&eacute;is un tablao, que mont&oacute; Frazcuelo, 
en donde cada noche, pa&acute; las buenas almas 
el Currito el Palmo sigue dando palmas, 
y canta sus males, por celestiales...CORO


 LA NO VERDAD (UNAS PESTA&Ntilde;AS AN&Oacute;NIMAS).

 UNO: &iquest;Ahora qui&eacute;n podr&aacute; ayudarme?, se pregunt&oacute;, instantes antes de entender, al mirarse en el escaparate de una tienda, que la hab&iacute;a perdido. &iquest;La hab&iacute;a perdido? &iquest;Es que hab&iacute;a alguien tan optimista como para decir que &eacute;l alguna vez la hab&iacute;a tenido? Sus brazos eran j&oacute;venes y fuertes, y sin embargo se hallaban vac&iacute;os. “Me siento apolillado, viejo y cansado, como si el polvo de cientos de a&ntilde;os estuviese en mis miembros”. &iquest;Una l&aacute;grima correr&iacute;a por su mejilla? Jam&aacute;s es la respuesta. Est&aacute; seco. El alcohol apenas le aporta la cantidad justa de humedad para sobrevivir. Es un cactus salvaje en el desierto de esta vida, y soporta estoicamente cada tormenta de arena, cada una, apretando sus dientes (o espinas), con los ojos enrojecidos por el roce, sin embargo, soportando.
   &iquest;Ella? Ella era casi todo. Por suerte era casi, casi todo. Un primer plano nos muestra su belleza, a pesar que el autor disiente de la opini&oacute;n de los espectadores. “Vamos, no es para tanto”. “Ella no es tan linda”. “A ratos hasta la encuentro fea”, les dice. Pero tanto los espectadores como el autor sienten una oleada de emoci&oacute;n cuando la c&aacute;mara nos muestra a Ella caminando hacia el horizonte, alej&aacute;ndose, perdi&eacute;ndose por un camino de tierra que va serpenteando entre las ramas de &aacute;rboles desconocidos y la oscuridad. Dan ganas de gritarle: &iexcl;No te vayas! &iexcl;Vuelve! &iexcl;Regresa!. Algunos espectadores se levantan de sus asientos y lo hacen. Gritan. Pero luego alguien les dice: Y si volviese, &iquest;Qu&eacute; le dir&iacute;an?. Los pobres tipos vuelven a sus asientos, cabizbajos. Otros, que se han quedado en silencio, miran al autor que est&aacute; en una esquina de la sala. Miran sus ojos. &iquest;y a qu&eacute; hora llora?, se preguntan. Pero el autor sigue siendo un cactus. No dejar&aacute; jam&aacute;s que alguien le toque, que le digan una palabra de apoyo. &iexcl;No se acerquen! &iquest;Que no ven que voy a hacerles da&ntilde;o?. Estuvo en la peor guerra. Pero supo volver. (Algunos espectadores, alucinando de euforia, pero respetuosamente, le acercan hojas para pedirle aut&oacute;grafos) El autor permanece tranquilo, sonr&iacute;e a ratos mientras firma. Ahora la pantalla muestra unas pesta&ntilde;as preciosas. Nadie puede identificarlas, salvo el autor. Algunas miradas se centran en su nuca. Esperan que haga alg&uacute;n gesto para saber si re&iacute;r o llorar. (Es un momento lleno de saudade) Entonces lo ven sonre&iacute;r y nadie entiende que hacer, si ponerse a re&iacute;r hist&eacute;ricamente o arrancarse los cabellos mientras lloran. Al fin nadie hace nada. Las pesta&ntilde;as rodean unos hermosos ojos casta&ntilde;os, claramente femeninos. Ahora muestran unos labios sonrosados. De repente, la imagen cambia, y es el rostro del autor el que aparece dentro de los ojos casta&ntilde;os, como si &eacute;l viviese dentro de &eacute;stos. El sonido de un beso se pierde en la oscuridad.
   DOS: Volvi&oacute; a ver aqu&eacute;l n&uacute;mero con nombre de mujer en el celular. Llamar o no llamar, he all&iacute; la cuesti&oacute;n. Su mirada se estrell&oacute; contra el escaparate, y la luz del celular ilumin&oacute; su rostro, demacrado por los neones de la ciudad. “No”, se dijo con un pie dentro de la cabina telef&oacute;nica, y continu&oacute; caminando, dejando que la vida se le escapase a cada auto que pasaba dejando una estela alucin&oacute;gena. Borra el tel&eacute;fono con un par de movimientos de su pulgar derecho. Ojal&aacute; fuera tan f&aacute;cil sacarla de su vida. Ella era una imagen recurrente. Pens&oacute; en hablarle al otro d&iacute;a. “No”, fue lo que pens&oacute; como respuesta. Mir&oacute; al horizonte. Cerros y m&aacute;s cerros. La idea del viaje, del escape, le brind&oacute; su sabor un momento, abraz&aacute;ndole, sacando a Ella de sus pensamientos. (Hay que recordar que Ella es un iceberg) Su coraz&oacute;n volvi&oacute; a sus pulsaciones normales. Suspira. El cigarrillo humea, su estela se funde con la noche. Es inevitable, es insoportable, el dolor, el recuerdo. “Renunciar, negarla, duele tanto o m&aacute;s que perderla” No habr&aacute;n l&aacute;grimas. Nunca las ha habido. &iquest;Cierto? Se pregunta de nuevo, indaga en su memoria. &iquest;Es cierto que nunca las ha habido?. El silencio otorga. Camina al metro y lo vemos hundirse en las profundidades. Luego la c&aacute;mara gira y nos muestra el cielo de la ciudad, donde hay pocas estrellas. Mucha luz en la tierra.
   &iquest;Ella? Volvemos a verla irse caminando. Ahora llueve. Los espectadores lloran. Es triste, muy triste. Algunos se van caminando a tropezones, incapaces de seguir observando. Ella lleva una chaqueta marr&oacute;n con capucha. Parece un elfo. Las gotas golpean en su rostro. &iquest;Es que acaso llora? No, hombre, como se te ocurre, si esto no es ficci&oacute;n en absoluto. En realidad, el efecto es muy bueno. La vemos suspirar, y, si por un momento ignor&aacute;semos la lluvia, nos parecer&iacute;a que est&aacute; llorando. Pero no tenemos suerte. Varios espectadores se han ido ya, aburridos los m&aacute;s duros, a sollozos los sentimentales. La pantalla nos muestra un primer plano de Ella. Sonr&iacute;e y conversa, pero no escuchamos sus palabras, s&oacute;lo una trompeta melanc&oacute;lica de fondo. Hay suspiros por doquier. La pantalla chorrea alm&iacute;bar por los costados, y mancha el piso del sal&oacute;n. Hasta el gran Ub&uacute; Rey, sentado en una de las &uacute;ltimas butacas, muy al fondo, se digna en lanzar un suspiro. De inmediato le manda un emisario, que resulta ser Mam&aacute; Ub&uacute;, al autor, felicit&aacute;ndolo y nombr&aacute;ndolo gran maestro de la Pataf&iacute;sica. Es un honor que el autor recibe encantado, soltando un sonoro peo. (Los que no hayan estudiado Pataf&iacute;sica, jam&aacute;s entender&aacute;n estos conceptos ni esta forma de protocolo) La lluvia persiste a pesar del ajetreo que se arma en el sal&oacute;n. &iquest;La raz&oacute;n? Todos quieren comprar pa&ntilde;uelos. Algunas parejas aprovechan que hay poca gente para realizar algunas tocaciones impuras aprovechando la oscuridad. La sala se llena de quejidos, suspiros y susurros, y de un denso perfume a sexo fresco (&iquest;es que lo hay?). El autor prende un cigarrillo, saca un espejo de bolsillo, se mira en &eacute;l, se desabrocha dos botones de la camisa y se dice, exhalando una bocanada de humo; “estuviste genial”. Ahora, mientras la gente vuelve de comprar pa&ntilde;uelos, y las parejas cierran sus braguetas y ajustan sus sostenes; vemos a Ella de espaldas, y la c&aacute;mara se le acerca al cuello. Tiene el pelo tomado. Es un insulto a la gravedad esa cabellera tomada, domada por un simple pinche. “No es justo”, susurran algunos. Por all&aacute; se escucha gente reclamando. Al rato, una persona toma su paraguas y se retira silenciosa, pero decididamente, de la sala. El autor est&aacute; embobado, parece haber encontrado su clich&eacute;, su fetiche, el objeto de su deseo. Su boca est&aacute; entreabierta, su mirada, perdida en la blancura de aquella piel. La imagen cambia poco a poco (yo pens&eacute; que nos mostrar&iacute;an a ella sac&aacute;ndose el pinche y soltando su cabellera con en&eacute;rgicos movimientos de cuello, pero no fue as&iacute;) y al fin vemos al autor desnudo en una cama, en una habitaci&oacute;n amarilla. Se ve m&aacute;s joven, y tiene el pelo corto. La cama es blanca. Hay una mujer morena a su lado. Parecen felices, hacen el amor a ratos, y si no, conversan, desnudos y sonrientes. Una canci&oacute;n de Joan Manuel Serrat, “Es maravilloso el azar” se escucha de fondo. “Nunca cre&iacute; que el autor pudiera soportarlo”, escucho decir por all&iacute;. La mujer es bonita. Es preciosa, casi una ni&ntilde;a, pero con todo para ser mujer. El autor llora en la pel&iacute;cula y sus l&aacute;grimas caen sobre los pechos de la mujer. Primer plano para el pez&oacute;n y las tres gotas. Salado, piensan todos los asistentes. Agrio, musita el autor. Luego se ve al autor escribiendo sobre un monte, fumando un cigarrillo artesanal. “Son sus &uacute;ltimos momentos antes de chocar con el iceberg”. Todos sabemos lo que ello significa. “Pudiste haber muerto”. “Aunque todos podr&iacute;amos haberlo hecho, &iquest;sabes?”. El autor, en la pel&iacute;cula, se estrella con el iceberg navegando sobre una c&aacute;scara de nuez en una pileta p&uacute;blica. Momento de comerciales, lo que quiere decir mujeres bonitas y con bikinis en pantalla, lo que significa que m&aacute;s de alg&uacute;n espectador, que anda solo o necesitado, aprovechar&aacute; la ocasi&oacute;n para masturbarse. Como era de esperarse, la mayor&iacute;a lo hace, salpicando las butacas. El autor s&oacute;lo fuma, algo asqueado por el aroma a semen reci&eacute;n orde&ntilde;ado (si es que se puede decir eso al respecto) que se expande por doquier. La pantalla contin&uacute;a mostrando im&aacute;genes con mucho contenido. Vemos un paquete de cigarrillos que se vac&iacute;a de a poco, y un cenicero a su lado que se llena de ceniza. Luego, unas manos que preparan un cigarrillo en la oscuridad, con movimientos r&aacute;pidos y con un tabaco oscuro, que se ve muy bueno.
   TRES: Fuma tranquilo. La calle es amplia, y la gente camina sin golpearse, sin molestarse, sin enojarse. La lluvia s&oacute;lo es lluvia si te moja al caer, y las gotas que caen sobre su rostro lo revitalizan. “&iquest;D&oacute;nde est&aacute; el sur?”, piensa, y recuerda los goterones que ca&iacute;an all&aacute; lejos, en su tierra natal, donde s&iacute; que llueve. La tierra negra, el techo de cinc sonando salvajemente por la lluvia, el olor de la leche con chocolate tibia, el pan amasado, las ventanas h&uacute;medas y el su&eacute;ter de lana que pica en el cuello. Extra&ntilde;ar lo que vive en ti no es necesario. Corre por las calles, se burla de los santiaguinos que caminan r&aacute;pido para no mojarse, como paquetes mal hechos, con sus paraguas e impermeables, mientras que &eacute;l s&oacute;lo lleva un su&eacute;ter, y deja que la lluvia lo ba&ntilde;e. Se lleva los pecados. “Por favor, que se los lleve”. Un beso en la mejilla que es m&aacute;s falso que una cachetada de payaso, sus pasos alej&aacute;ndose, que suenan como si pisara baratas, miles de baratas revent&aacute;ndose al un&iacute;sono. Su beso en la mejilla, una mejilla que no siente, su mano que no busca la suya, son dos ciegos sordos busc&aacute;ndose a la orilla del abismo, y &eacute;l, &eacute;l caminando tranquilo por un Santiago lluvioso. “No pensar&eacute; en ella”, y comienza a imaginarla. Repasa cuidadosamente cada dato que tiene, cada trozo de historia verdadera que ha logrado sacar de sus labios, palabra a palabra, y que se han mezclado con su febril fantas&iacute;a. Un saludo para los paup&eacute;rrimos que quedan. Ella caminando hacia &eacute;l, bes&aacute;ndole t&iacute;mida pero decidida (y lento) en los labios, caminando por calles humedecidas, &eacute;l poniendo su brazo sobre sus hombros, sus manos busc&aacute;ndose en la oscuridad, su beso en los p&aacute;rpados, sus palabras melosas, suaves y amortiguadas por una s&aacute;bana que apenas logra filtrar la luz de la luna, la sonrisa ancha y mutua que se dirigen al un&iacute;sono al mirarse en lejan&iacute;a. Su mirada al verse en el escaparate termina todo. “No”, se dice, sacude la cabeza y bota la colilla a un charco. Un hilillo de humo sale, pero muere inmediatamente antes de poder volar.
   La pel&iacute;cula ya lleva varias horas. La gente ha ido rotando, poco a poco, y cada vez hay m&aacute;s borrachos. Aparece el autor hablando frente al espejo del ba&ntilde;o con el torso desnudo. En realidad, est&aacute; desnudo, pero la oscuridad tapa su sexo, o bien la c&aacute;mara no lo enfoca. Habla como si estuviera frente a Ella. Le dice palabras dulces, le salen las frases que jam&aacute;s le dijo, los poemas y juegos de palabras, las bromas insinuantes y los chistes amorosos que nunca, nunca, pudo decirle. Algunas personas en la sala preguntan si ella no estar&aacute; muerta. “No se sabe, pero a estas alturas de la vida, ya nada importa.”, “Si nunca le dijo lo que sent&iacute;a, poco importa”, “O si no se lo dijo en el momento preciso” “Las horas, los d&iacute;as, los meses, los a&ntilde;os, pasaron como trenes ciegos, y nadie hizo nada por evitarlo” El autor interrumpe los comentarios con su dedo &iacute;ndice colocado verticalmente sobre sus labios. “Silencio, por favor”. S&iacute;, el silencio, el silencio fue la forma m&aacute;s cobarde y la m&aacute;s valiente de ser. El autor en la pel&iacute;cula termina su mon&oacute;logo estrellando su cabeza contra el vidrio, una y otra vez, hasta que su rostro no es m&aacute;s que una masa sanguinolenta, luego cae al piso salpic&aacute;ndolo todo y la pantalla se apaga poco a poco. La luz comienza de a poco y volvemos a verla a Ella, esta vez sentada fumando un cigarrillo mirando el horizonte. Ahora hace lo mismo, pero en un balc&oacute;n. Luego, aparece, de nuevo fumando, en medio de la noche m&aacute;s negra. Sus ojos brillan cerca de la c&aacute;mara. Parece responder a las preguntas que le hace el camar&oacute;grafo, es un momento feliz, muy feliz, y su sonrisa rompe a ratos la monoton&iacute;a de la pel&iacute;cula. En realidad la mayor&iacute;a de los presentes pagaron para verla a Ella, no para ver la obra de la que el autor tanto se vanagloria. “Ahora iremos al Festival de Cannes” dijo alguna vez. Ella sigue all&iacute;, caminando con la c&aacute;mara enfrente, con sus ojos brillantes, sonriendo tras cada pregunta. Por desgracia, la grabaci&oacute;n es muy mala, y las pocas frases que alcanzamos a o&iacute;r est&aacute;n cortadas. “No s&eacute; que responder...No...C&oacute;mo ser m&aacute;s enf&aacute;tica... contigo, no creo que... las cosas no pueden ser as&iacute;... es que uno se ciega cuando se est&aacute;.... est&aacute; muy bien... Alaska... No soy buena para esas cosas... estar entonces preparada... (se r&iacute;e)... qu&eacute; hacer... (su mirada al horizonte, triste) cuando... no puedo... no quiero... no s&eacute; si... no es posible... no hagas eso... &eacute;l nunca fue algo especial... &eacute;l no es nada... adi&oacute;s... adi&oacute;s... chao... a veces te tengo miedo...miedo...”. La pantalla se va achicando sin que ella salga de ella, y se escucha su voz cantando trozos de canciones, muy alegre. Ajenamente alegre. Por desgracia ajenamente alegre. Aparece la palabra “FIN” y se queda unos instantes est&aacute;tica hasta que comienzan a pasar los cr&eacute;ditos. Nadie aplaude. De nuevo, una canci&oacute;n de Serrat, “Romance de Curro “El Palmo”” suena mientras caen las palabras. En todas partes aparece el nombre del autor. Hace de todo, desde tramoya hasta productor y director. El nombre de Ella no sale. Derechos reservados. La gente abandona la sala. Es de madrugada. Nadie le dice algo al autor. &Eacute;ste se queda sentado en su butaca. Queda solo. Solo, como al comienzo. “La soledad s&oacute;lo es la vestimenta del genio” “Es el precio del posmodernismo” “El precio, el impuesto a estar vivo sin... lo que t&uacute; sabes, qui&eacute;n t&uacute; ya sabes... mejor no nombrarle”.
   CUATRO: La calle sigue h&uacute;meda. Las pozas reflejan su rostro y los escaparates pasan a segundo plano. La grandeza de los edificios empeque&ntilde;ece su andar y su existencia. Asfixian al hombre, lo someten, y &eacute;ste se siente m&aacute;s libre que nunca. “Hemos dominado los elementos” Su andar es lento, cansado, lleva mucho rato caminando, est&aacute; empapado, hambriento, sucio, sin cigarrillos, sin dinero para nada y sin nadie con quien hablar. Est&aacute; tan feliz. Suspiro uno, dos tres, cuatro. Felicidad al ver el cielo nublado. Se sonr&iacute;e al verse en el escaparate. Toma el metro. Ve pasar las luces del t&uacute;nel. “Son como el recuerdo”. Raudas. El beso a su madre al llegar a casa. La lluvia de nuevo. Lo vemos desde fuera de su casa, contemplando la lluvia tras una ventana. Serio. “Es... es que eso... &iquest;ser&aacute;n l&aacute;grimas?” Parece que llueve m&aacute;s fuerte. Las gotas golpean el vidrio que est&aacute; pegado a su rostro y parecen correr por &eacute;ste. Su aliento deja el vidrio empa&ntilde;ado. Lo vemos escribir en &eacute;l. Un nombre que se borra y que se deshace en gotas que bajan por el vidrio. Su frente pegada al ventanal con los ojos cerrados.
   El autor espera a que termina todo. Se levanta y aplaude estruendosamente. “&iexcl;Bravo, bravo!”, grita, y sus aplausos y su grito se pierden en la sala. Se queda parado frente a la pantalla. La imagen se oscurece poco a poco, y lo &uacute;ltimo que desaparece es la imagen del autor parado all&iacute; con un traje claro. La pantalla queda negra y abandono la sala. No pienso ver m&aacute;s pel&iacute;culas en este cine. Salgo a la calle y hay un sol esplendoroso, espl&eacute;ndido, c&aacute;lido. “Un perfume de mujer en el aire” “Alguien que nos espera sin saber que lo hace” “Adi&oacute;s”

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			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2006-04-04</dc:date>
			<pubDate>Tue, 04 Apr 2006 16:04:00 CEST</pubDate>
		</item>
		<item>
			<title><![CDATA[NOMEOLVIDES]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/194/194695/</link>
			<description><![CDATA[UN RAMO DE NOMEOLVIDES

Te desagradar&aacute; sobremanera el saber que no he muerto a&uacute;n. Yo tampoco me lo explico. Voy a llegar a los treinta y nunca cre&iacute; que pasar&iacute;a los veinte. Ser&aacute; porque las Parcas andar&aacute;n de vacaciones o no me han visto a&uacute;n. O simplemente, como pasa conmigo y tu, no nos llevamos bien preferimos evitarnos. Aunque eso no le suceda al resto, pues, la gente, o sea, las personas con las que suelo interactuar, aunque no las aprecie mucho, (sigo siendo fiel a lo que tu llamabas misantrop&iacute;a y yo romanticismo) extra&ntilde;amente me estiman, o al menos eso es lo que me hacen ver. Mis cuadros se venden bien y tienen buena acogida entre los cr&iacute;ticos, &eacute;sos seres mefistof&eacute;licos y con lenguas de serpiente, que jam&aacute;s han hecho arte pero que s&iacute; lo eval&uacute;an y de ellos, m&aacute;s que nadie, depende tu &eacute;xito o tu fracaso. 
   Mi tel&eacute;fono es incre&iacute;ble en esta &eacute;poca, no s&eacute; c&oacute;mo hacer para que deje de sonar. Com&uacute;nmente lo desconecto o dejo la grabadora, que se llena a cada rato. Me tienen en alta estima, y ya es la cuarta vez en lo que va del a&ntilde;o que expongo mis obras en solitario, sin afiliarme a ning&uacute;n colectivo o movimiento. Es casi risible, que planteando mi desprecio y mi visi&oacute;n derrotista y pesimista de la sociedad y de los seres humanos en general, a &eacute;stos les agrade mi arte y busquen contactar conmigo. Son seres simples, humildes en su mayor&iacute;a, aunque a veces vienen &eacute;sos se&ntilde;ores de terno y corbata, gordos, de bigote y poco pelo peinado hacia atr&aacute;s con gel, que se pasean por mi taller como si les perteneciera, con la mirada escrutadora y la nariz levemente arrugada, como quien huele algo que le desagrada o como si buscaran en mis obras algo que les perteneciera.
   Sigo siendo mis&oacute;gino tambi&eacute;n, pero a&uacute;n as&iacute; no me dejan de gustar las mujeres. Tuve de novia a aquella modelo argentina que sal&iacute;a en T.V, la rubia alta, bonita, que por cada cent&iacute;metro cuadrado de piel que mostraba recib&iacute;a varios miles. Me di, m&aacute;s bien me dio, la gran vida, y la disfrut&eacute; sin ning&uacute;n tapujo por m&aacute;s de a&ntilde;o y medio. No te relatar&eacute; lo que hac&iacute;amos en mi taller ni las glorias que viv&iacute; en la alfombra mientras el sol, curioso, intentaba colarse por la ventana, t&iacute;midamente, para finalmente espantarse por el sensual cuadro que yo y ella form&aacute;bamos juntos enredados en ins&oacute;litas variaciones del Kamasutra que me regalaste alguna vez. Finalmente, me dej&oacute;, tanto por mi adicci&oacute;n a la hero&iacute;na como por aqu&eacute;l dise&ntilde;ador alem&aacute;n, con el que, hace un par de semanas, se mat&oacute; en un grandioso accidente automovil&iacute;stico en la costa brava. Pareciese que es verdad eso que escuch&eacute; alguna vez; que los que amamos ser&aacute;n preservados, lo que nos aman nos preservar&aacute;n y los que nos odien, bueno, a &eacute;sos, ni Dios los salva. La vida, la que me toc&oacute; vivir y la que me he hecho, me lo ha demostrado. Todos los que alguna vez me odiaron, Hoy, aunque hayan triunfado, la mala suerte los persigue y les impide ser felices y plenos, y a los que he amado y respetado, por alguna raz&oacute;n extra&ntilde;a, han visto sus vidas bien armadas e incluso me han sorprendido con logros que jam&aacute;s hubiese imaginado de su parte.
   Ahora, estoy con aquella escritora que sale en las noticias, que tiene cierto &eacute;xito en Europa y Estados Unidos, o sea, en donde hay que triunfar, triunfa, mientras la mayor&iacute;a sue&ntilde;a con ello. Encima tiene mi edad, y hasta parece quererme por lo que soy, y por lo que voy a ser, m&aacute;s que por lo que fui. Hacemos planes y so&ntilde;amos como quien hace dibujos en el agua y hasta creo que somos felices juntos.
   Por alguna raz&oacute;n ajena a m&iacute;, por alg&uacute;n sentimiento que nunca dese&eacute; tener, tengo ganas de vivir, m&aacute;s ganas que nunca, m&aacute;s ganas que cuando llorabas en mi pecho. Ahora que recuerdo s&oacute;lo lo hiciste una vez. Estabas tan equivocada mujer, nunca entendiste que la mujer es m&aacute;s animal que el mismo hombre puede llegar a ser, y el que alguna aspire al orden y al control f&eacute;rreo de sus emociones s&oacute;lo es una ilusi&oacute;n. Por eso valen las mujeres, por eso son lo que son. No importa lo que hagan, siguen siendo hembras, no importa lo independientes que sean o se crean o intenten ser, son mujeres, y en este mundo retorcido en el que intentan, seg&uacute;n ellas, ponerse a la par de los hombres a&uacute;n a pesar de tener todo en contra, no logran m&aacute;s que parecer travest&iacute;es, hombres degradados, fallas en la ley natural que controla todo. Como una marea err&oacute;nea en el mar del mundo, creen que yendo en contra de la corriente lograr&aacute;n su desarrollo y perfecci&oacute;n final, sin saber que van derecho a su completa aniquilaci&oacute;n por tozudas. Amo al g&eacute;nero femenino y lo aprecio como es, con sus errores y valores, como el p&aacute;rroco ama a las pecadoras, como el padre a sus hijas, porque veo en sus errores mis falencias como ser masculino, y me ayudan a mejorar cada vez que veo a una mujer intentando creer el cuento de hadas de aparentar ser la mujer exitosa casada con el hombre hermoso y millonario, sin darse cuenta que no es m&aacute;s que un envase bonito que contiene s&oacute;lo aire rancio.
   La escritora y yo pasamos buenos momentos. Nuestras disputas siempre terminan con golpes cari&ntilde;osos y promesas. Promesas que cumplimos la mayor&iacute;a del tiempo. Dej&eacute; de beber. Dej&oacute; de fumar. Deje de flagelarme. Dej&oacute; crecerse el cabello. Cedemos, nos moldeamos el uno al otro sin perdernos a nosotros mismos, manteniendo la idiosincrasia intacta, respet&aacute;ndonos m&aacute;s que corrigi&eacute;ndonos y critic&aacute;ndonos. Ahora troto por las ma&ntilde;anas. Antes tomaba aspirinas o vomitaba en el water para intentar refrescarme de la borrachera del d&iacute;a anterior. Me lavo el pelo, me afeito y hasta me visto mejor que antes.
   Me pregunto si te corromper&aacute; la envidia. He de confesar que nunca, salvo a intervalos, dej&eacute; de pensar en ti, al menos durante m&aacute;s de un a&ntilde;o. Despertaba buscando tu perfume en las s&aacute;banas o haciendo con las manos un gesto amoroso de acariciar tu cabeza y besarte, sin darme cuenta de tu falt&iacute;a. Lloraba l&aacute;grimas de licor, y comprend&iacute;a lo que no hab&iacute;a hecho, las fallas y errores que gatillaron tu partida. Todo es cambio, todo es adaptarse, todo es desdoblarse y enga&ntilde;arse. No somos m&aacute;s que actores en la oscuridad haciendo un baile de m&aacute;scaras en el que no nos damos cuenta bien que papel es el que jugamos hasta que llega alguien a decirnos que uno se ve mejor al natural, con el rostro descubierto, que cambi&aacute;ndose de careta cada vez que hace una giro y enfrenta algo nuevo.
   Me r&iacute;o tanto del mundo. Tanto. Todos pretenden ser m&aacute;s que los que tienen alrededor, todos son lo que no quieren ser, sino lo que menos quer&iacute;an, porque se dejaron llevar por el poder o el pesimismo y olvidaron los ideales que ten&iacute;an al comienzo. Terminan llorando y pregunt&aacute;ndose el porque sufren, si derrotaron a todos los enemigos y vencieron todos los obst&aacute;culos. Algunos no saben donde parar, persiguen la utop&iacute;a de Eduardo Galeano, &eacute;sa que se aleja a medida que uno se acerca y que jam&aacute;s se alcanza. Despu&eacute;s de todo, el futuro no es m&aacute;s que un fruto del ayer, y lo que viene alguna vez ya lo vi.
   Supe que hac&iacute;as clases en alg&uacute;n lugar, no te lo dir&eacute; para que no sepas lo cerca que estoy de ti. Supe que te admirar como a mi, s&eacute; casi todo de tu vida. S&iacute;, puede que sea un sic&oacute;pata y t&uacute; mi v&iacute;ctima, velo como tu quieras, por que as&iacute; es tu vida, ves las cosas como quieres y no como son. Ahora soy lo que pude haber llegado a ser a tu lado. Pero no me dejaste demostr&aacute;rtelo. &iquest;llorar&aacute;s de rabia alguna vez? &iquest;te sentir&aacute;s miserable por mi triunfo? Tal vez jam&aacute;s llegues a ver una obra m&iacute;a, tal vez nunca sepas que ya gan&eacute; varios premios, de los que tanto te habl&eacute; hace tanto tiempo ya.
   Es genial el despertar y darme cuenta que sigo igual a pesar de tanto cambio, que me r&iacute;o del oro y la grandeza, y eso es lo que me hace grande. Cada d&iacute;a es un nuevo sol, y yo que lo s&eacute;, vendo la imagen de un mundo destrozado y gris, cuando mi interior s&oacute;lo tiene luz. Por eso no puedo hacer el cuadro que promet&iacute; hacer, un cuadro sin sangre y sin muertos, uno sin negro, sin sombras, que no refleje el displacer est&eacute;tico sino que el placer de disfrutar de una imagen bella. No puedo porque nadie lo comprar&iacute;a, porque no comprender&iacute;an mi crecimiento, mi desarrollo, y porque lo bello no les interesa porque creen que siempre lo han visto. Les dar&iacute;a l&aacute;stima, les causar&iacute;a risa o dir&iacute;an que el gran artista se volvi&oacute; defintivamente loco y muestra una imagen err&oacute;nea del mundo. Ahora comprender&aacute;s que mi surrealismo no es tan s&oacute;lo la imagen antiest&eacute;tica, sino que una visi&oacute;n del mundo en que realmente se vive, no es disfrazar la realidad sino que tomarla y darla a conocer en t&eacute;rminos sin&oacute;nimos rebuscados, una verdad jugando a ser fantasma con una s&aacute;bana de mentira. Si les mostrara la realidad tal cual es, el mundo nocturno, los accidentes, los excesos de  la droga y el trabajo, las familias bellas y sonrientes con todos sus miembros corrompidos por un mundo vil y materialista, si les mostrara la realidad creer&iacute;an que es mentira, porque se convencen a pesar que ven la muerte frente a frente cada d&iacute;a al mirarse en el espejo, a pesar de ser conscientes de su ilusi&oacute;n de un mundo perfecto, aunque est&eacute;n frente a la verdadera putrefacci&oacute;n y degradaci&oacute;n en la que est&aacute;n inmersos, cubiertos de mierda hasta el cogote, sonreir&aacute;n para mostrar sus dientes albos y causar una buena expresi&oacute;n en sus posibles espectadores.
   Garc&iacute;a Lorca ya lo dijo. Desde antes de &eacute;l, mucho antes, S&oacute;crates lo dijo. Hoy solo lo repito. Lo repetir&iacute;a en tu boca o jugando desnudo entre tu ser y tu esencia, pero, mala suerte, no te tengo y tu tampoco, as&iacute; que, que le vamos a hacer. S&oacute;lo recuerda que tu cabello siempre es del viento, nunca es tuyo ni del que lo toca. Porque nunca, por m&aacute;s que repitas “soy tuya”, no vas a ser m&aacute;s de &eacute;l de lo que fuiste de m&iacute; o de lo que pudieras serlo ahora. Porque cada vez que la escritora se retuerce de placer y gimotea sobre m&iacute;, ba&ntilde;ada en el brillo de una luna coqueta, no es m&aacute;s m&iacute;a de lo que t&uacute; eres ahora para m&iacute;. Porque por m&aacute;s que lo intentemos, no somos dioses, no podemos decidir lo que nos suceder&aacute;. Pero ellos nos envidian por ello, porque vivimos cada d&iacute;a como &eacute;l &uacute;ltimo y nos apasionamos y apegamos y caemos y reincorporamos y nunca dejamos de intentar aprender lo que sabemos que no vamos a aprender y porque lloramos y re&iacute;mos con la facilidad que el sol le da paso a la luna y porque no somos m&aacute;s de lo que fuimos ayer frente a sus ojos.
   &iquest;Te das cuenta, mujer? No eres m&aacute;s que ayer para un dios, no importa lo que hayas estudiado, trabajado y esforzado, para uno de &eacute;sos sigues igual. Tu existencia es tan corta comparada con la vida del universo que resulta est&uacute;pido tu orgullo y ciega estima que le tienes a tu existencia. Me dijiste que si me odiaba no pod&iacute;a amar. Yo te digo que tu tambi&eacute;n fallaste. Te estimas tanto y te quieres tanto que no dejas espacio en tu coraz&oacute;n para amar a los dem&aacute;s. M&iacute;ralo como quieras, de seguro saldr&aacute;s con alg&uacute;n juego de palabras o tu bisuter&iacute;a intelectualoide filos&oacute;fica como &uacute;ltimo recurso y si alguna vez lees esto, lo someter&aacute;s a un sesudo an&aacute;lisis para descifrar su significado, siendo m&aacute;s esencial el que s&oacute;lo lo leas un par de veces. Pero t&uacute; no comprender&aacute;s jam&aacute;s el valor de lo sencillo, no comprender&aacute;s como este miserable, como me llamaste alguna vez  y de seguro &eacute;sa debe ser la imagen que tienes de m&iacute;, lleg&oacute; tan alto. Y es porque ese miserable nunca reneg&oacute; de su condici&oacute;n de tal sino que la acept&oacute; y porque nunca dej&oacute; que lo cambiaran, que hoy el maldito miserable es el mejor de todos los miserables, el &uacute;nico con verdaderas ganas de serlo, que hasta defender&iacute;a su condici&oacute;n de tal frente a cualquiera. Porque no aspiro a ser lo que s&eacute; que no es para m&iacute;, porque lloro cuando lo siento y porque me enojo si lo necesito, es por lo que soy m&aacute;s humano que t&uacute;, e incluso, siendo hombre, soy m&aacute;s mujer de lo que nunca ser&aacute;s, porque he comprendido la gracia de la hembra no con mis brazos o mi cuerpo, sino que con lo subjetivo e inmaterial que llevo en m&iacute;.
   Sue&ntilde;o contigo. Sue&ntilde;o vi&eacute;ndote llorar y secarte tus l&aacute;grimas para que nadie te vea. Sue&ntilde;o con verte por la calle, y que un par de miradas tristes te digan cu&aacute;nto me hiciste falta. Porque al perderte, obtuve lo mejor de m&iacute;. Porque todo lo que fui en ese momento quise d&aacute;rtelo y lo despreciaste. Porque ya no hab&iacute;a perd&oacute;n, ya no hab&iacute;a marcha atr&aacute;s. Te quedaste con el odio y el aborrecimiento y yo me llev&eacute; la tristeza y dulce soledad del amor sin compa&ntilde;era. Hasta que apareci&oacute; esa escritora de la que te habl&eacute; y con la que tal vez, s&oacute;lo es una posibilidad remota, le permita ser mi compa&ntilde;era por m&aacute;s tiempo por lo bien que me trata y me hace quererla. Es que es inevitable el no quererla y...
(Aqu&iacute; termina. Esto lo encontramos al lado de su cuerpo, muerto por un coma et&iacute;lico. Dej&oacute; un cuadro calipso donde una mujer sonr&iacute;e rodeada de palomas.)
   (Al principio hay un par de l&aacute;grimas grabadas en la hoja.)
   (Son de &eacute;sas manchas que hacen que la tinta se corra.)

Stgo, fines del 2005
]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2006-04-04</dc:date>
			<pubDate>Tue, 04 Apr 2006 16:07:05 CEST</pubDate>
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			<title><![CDATA[No escribir&aacute;s]]></title>
			<link>http://www.loscuentos.net/cuentos/link/194/194697/</link>
			<description><![CDATA[NO ESCRIBIR&Aacute;S

No puedo escribir, se dijo. Se qued&oacute; mirando fijamente la pantalla del computador con aire desolado. Algo estaba mal, algo en el aire parec&iacute;a incorrecto. No importaba c&oacute;mo comenzara, siempre al alzar la vista y leer en la pantalla lo que hab&iacute;a escrito, algo estaba mal, de una u otra forma, los art&iacute;culos no calzaban bien con los sustantivos y &eacute;stos no lograban armonizar con los adjetivos. Le pon&iacute;a uno, lo cambiaba por otro, luego pon&iacute;a los dos, y terminaba borr&aacute;ndolos desesperanzado.
   Inventaba una historia en su cabeza, una y otra vez. Una muchacha rubia, de vestido blanco, en un tren que pasa por alg&uacute;n lugar del sur de Chile, con el mar a lo lejos como un espejismo h&uacute;medo, el cielo encapotado y el bosque firme y verde, incomprensiblemente intrincado, cerca de la ventanilla desde la que observaba. Se la imaginaba de perfil, tan detalladamente que incluso pod&iacute;a vislumbrar los vellos fin&iacute;simos de sus mejillas, brillando como hilillos de oro. Se deleitaba con sus labios sonrosados, sus p&aacute;rpados ca&iacute;dos de Afrodita contempor&aacute;nea, su talle firme y sinuoso que se adivinaba bajo su vestido blanco. 
   Tal vez ella estaba viajando para ver a unos parientes que no conoc&iacute;a, o buscando a su padre que la abandon&oacute; cuando era una ni&ntilde;a, y, como acaba de morir su madre, se ha decidido a encontrarle. Quiz&aacute;s est&aacute; en busca de un hombre que le muestre el lado bello de la vida mediante besos fogosos y caricias afiebradas en el m&aacute;s &iacute;ntimo de los encuentros. Quiz&aacute;s va rumbo a un convento, pues el desamor la ha vencido y s&oacute;lo Dios le  ayud&oacute; a levantarse tras haber ca&iacute;do en el foso que ella cav&oacute; con sus l&aacute;grimas alcoholizadas de puro despecho. Tal vez ni siquiera va a lo desconocido, sino que est&aacute; camino a casa, donde su padre, su madre y sus hermanos, todos sonrosados y peque&ntilde;os, olorosos a leche materna a&uacute;n, la esperan en la estaci&oacute;n de un pueblo rural, de donde ella es originaria, pero al que tuvo que abandonar para ir a estudiar a la capital, dejando aquel  lugar olvidado en las entra&ntilde;as rec&oacute;nditas de un pa&iacute;s que pende de Am&eacute;rica Latina como un tumor maligno. Luego se la imagina como una mujer fatal y cruel, devoradora de hombres, ninf&oacute;mana, que esconde bajo un velo de inocente virginidad a una diablesa capaz de las peores fechor&iacute;as, con un apetito sexual destructivo que no se detiene ante nada para saciar sus m&aacute;s bajos instintos. De d&oacute;nde viene o a d&oacute;nde va, es conocida por todos como tal, y su renombre cruza las fronteras y es la oveja negra de una respetable familia de tradici&oacute;n cat&oacute;lica y costumbres conservadoras, mismas que, en su f&eacute;rreo control, son las culpables de su comportamiento y desvar&iacute;os.
   Ahora la imaginaci&oacute;n del joven aspirante a escritor se dispara e imagina a la muchacha rubia como un &aacute;ngel redentor, que baja de los cielos a castigar a los malvados con su espada de fuego y sus alas relucientes, mientas que con un gesto amable reparte bendiciones y salva a los justos bendici&eacute;ndolos con su sonrisa. Tal vez sea una de los jinetes del Apocalipsis y lleve colgando una trompeta con la que anuncie las lluvias de fuego y las pestes que desolar&aacute;n la tierra. A&uacute;n m&aacute;s all&aacute;, se distorsiona y se convierte en una divinidad antigua, que reclama sacrificios humanos a los pueblos para lograr sus favores, que pide un tributo de hecatombes y libaciones de sangre para subsistir. 
   El escritorzuelo no se conforma, contin&uacute;a haciendo y deshaciendo tecleando a una velocidad vertiginosa, con las manos agarrotadas por el esfuerzo, pensando una y mil veces con su creaci&oacute;n. Le pone mil nombres, la llama de mil maneras distintas, se obsesiona con ella e imagina una historia de amor entre &eacute;l y su creaci&oacute;n. La encuentra a la salida de un bar y la lleva a pasear por la ciudad. Bailan a la luz de un farol, improvisando un vals imaginario pero acalorado entre besos y palabras cari&ntilde;osas al o&iacute;do. Lo lleva de la mano a una casa que ella le dice que es suya, y all&iacute; ella se desnuda para deleite de &eacute;l. Luego escriben la historia de su amor casual en sus pieles sobre un sill&oacute;n apolillado con la luna y un par de t&iacute;midas estrellas que en su titilar logran iluminar la habitaci&oacute;n d&eacute;bilmente entre los pliegues de las cortinas. El recorre su ombligo con su lengua ansiosa e inexperta y ella le cubre de besos las manos que ya la han recorrido por completo. Luego, un ruido extra&ntilde;o los sobresalta. &Eacute;l se levanta de un salto y ella se tapa con la chaqueta de su amante. Entra alguien, y grita con desaforada pasi&oacute;n, causando muecas de terror entre los que antes se amaban.
   El escritorzuelo se desespera y decide cambiar de rumbo. Vuelve a encontrarla a la salida del mismo bar, y todo ocurre como la primera vez, con la diferencia que esta vez la lleva a su casa y entran entre arrumacos a la habitaci&oacute;n donde sus papeles manuscritos se agolpan contra las paredes. &Eacute;l la desnuda r&aacute;pidamente, y mientras la embiste contra la pared, ella entre jadeos le confiesa que acaba de llegar desde un pueblo lejano, olvidado y que no figura en ning&uacute;n mapa, que en &eacute;se lugar vive su familia, que all&aacute; tiene una reputaci&oacute;n de mujer suelta y ninf&oacute;mana pero que es s&oacute;lo eso, un rumor, que ella no es as&iacute; en realidad, mientras &eacute;l, sin escucharla, le recita al o&iacute;do versos de amor que se entrecruzan con breves suspiros y quejidos, conformando una verdadera sinfon&iacute;a al amor carnal. Luego ella se deja caer sobre &eacute;l, pero esta vez sus siluetas apenas se dislumbran en la oscuridad ciega de una noche nublada. Ahora &eacute;l est&aacute; afiebrado pensando en ella y su escribir se vuelve err&aacute;tico, y entonces es cuando ella le revela su verdadero origen, susurrando melanc&oacute;lica mientras &eacute;l retoza intentando recuperar el aliento, ella se le acerca lentamente, desnuda como una luna en plenitud, y, lentamente, en susurros, le narra su historia, le habla del hecho de ser un &aacute;ngel redentor ca&iacute;do del cielo, del c&oacute;mo est&aacute; descuidando sus funciones por amarle y su trabajo en la gran empresa que es realizar el Apocalipsis en la tierra. &Eacute;l la mira con extra&ntilde;eza y le dice que no le cree. Ella se sobresalta, se levanta y entre gritos le explica que todo lo que ha dicho es mentira, que ella es una divinidad antigua y oscura, y que necesita sacrificios humanos para sobrevivir, pero &eacute;l no la escucha y empieza a adormilarse. 
   El escritor ha vuelto a dejar la p&aacute;gina en blanco. El tren arriba, la muchacha desciende. &Eacute;l la est&aacute; mirando de lejos, fumando, desde una caseta miserable en aqu&eacute;l pueblo sin historia, ve c&oacute;mo ella abraza a sus familiares, que la esperaban de hace rato, ansiosos. Ve con envidia c&oacute;mo su padre estruja a la muchacha entre sus brazos, y el humo que exhala tiene la violencia suficiente como para aplastarse contra el vidrio y extenderse err&aacute;ticamente. Decide seguirlos.
   Los ve arribar, y su oscura figura, embarrada por recorrer caminos sin pavimentar y cansada por la caminata, acecha al hogar de su rubia creaci&oacute;n. Sabe de la hospitalidad de los sure&ntilde;os, y de c&oacute;mo &eacute;stos no le negar&aacute;n hospedaje a un extranjero que busca atravesar estas tierras pero es sorprendido por la inminente tormenta. Golpea la puerta mientras la lluvia le recorre el rostro, resbalando hasta gotear por su barbilla.. Pase, si&eacute;ntese cerca de la chimenea. Gracias. Aqu&iacute; est&aacute; mi mujer, mis hijos, y mi peque&ntilde;a, que acaba de llegar.
   El autor mira a su creaci&oacute;n de soslayo mientras come con el resto de la familia. Se involucra en la conversaci&oacute;n. Su rubia obsesi&oacute;n no se incomoda con su presencia. Sentada a su lado, le ofrece ensalada y no deja que su copa est&eacute; vac&iacute;a de vino. &Eacute;l aprende r&aacute;pido, y se deja agasajar por los cuidados de una familia que no ve la negrura de sus ojos cazadores.
   Atiborrado de hospitalidad, cordero asado y vino tinto, termina durmiendo en un sof&aacute;, tranquilamente. La noche llega y la casa, poco a poco, se va despoblando de ruido y agitaci&oacute;n, y mientras los peque&ntilde;os clics de las l&aacute;mparas al apagarse se repiten uno tras otro, la oscuridad avanza, tom&aacute;ndose trozo a trozo la casa. No hay luna siquiera, no se hace necesaria, no debe haber la menor iluminaci&oacute;n.
   El autor se levanta, y, sentado en el sof&aacute;, espera a escuchar los ronquidos del padre, los resoplidos de la madre y los leves suspiros de los peque&ntilde;os. Sabe que su amada no ronca ni hace el m&aacute;s m&iacute;nimo ruido al dormir, sabe que cuando ella duerme pareciera estar sumida en un coma profundo. Comienza a caminar, despacio, intentando que las maderas de piso no crujan bajo su peso, pero es una casa vieja, y las maderas suenan, lo que lo obliga a moverse muy lento. Finalmente llega a la habitaci&oacute;n de su musa, y con la respiraci&oacute;n entrecortada, camina hacia ella. Un paso, luego otro y otro, hasta que logra agacharse a su lado y colocar suavemente su boca sobre la suya, poner su mano en sus pechos y irla bajando, sin que ella despierte. Luego, intenta desnudarla, con mucho cuidado. Tan concentrado est&aacute; en su tarea, que no escucha llegar al padre ni su escopeta con la que est&aacute; apunt&aacute;ndole.
   Al rato, el autor y el hospitalario sure&ntilde;o caminan hacia la comisaria protegidos con capas de agua. Entra ellos va la escopeta, que a veces golpea en las costillas al autor cuando se demora mucho en avanzar.
   Ahora el autor cumple condena por acoso sexual y allanamiento de morada. Nadie le crey&oacute; su excusa de haber estado buscando su reloj perdido en la pieza de la ni&ntilde;a. Ahora es un hombre tranquilo, que se dedica a escribir cuando no le est&aacute;n sacando la mugre los otros presos y cuando logra sentarse sin que le duela el trasero. A veces se acuerda de ella, sobretodo cuando viene a verlo, pues, sin saber porqu&eacute;, ella no le guarda rencor. A medida que pasan los a&ntilde;os, ella va llegando con distintos novios, de algunos tan s&oacute;lo le cuenta c&oacute;mo son, otros alcanza a verlos por las rejas de su celda cuando la abrazan o le rodean la cintura con un brazo. No es muy frecuente que recuerde sus tiempos de libertad, casi hasta le agrada estar encerrado, y la melancol&iacute;a no lo ha matado a&uacute;n. Tal vez salga dentro de algunos a&ntilde;os y lo intente de nuevo. No, ya no puede intentarlo de nuevo, jam&aacute;s podr&aacute; volver a hacerlo, puesto que la ni&ntilde;a que am&oacute; ya no existe, hoy es s&oacute;lo una mujer. Pero siempre le quedar&aacute; un tal vez o un quiz&aacute; como consuelo. Qu&iacute;zas.

principios del 2006]]></description>
			<dc:creator>sinecdoke</dc:creator>
			<dc:date>2006-04-04</dc:date>
			<pubDate>Tue, 04 Apr 2006 16:09:18 CEST</pubDate>
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