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| Quilapan,03.02.2006 | Bueno andaba buscando este texto para colgarlo en mi biografía,
pero es mejor que esté aquí, así está
más al alcance de todos, para ser consecuente con el rescate de uno
de los más destacados -y acallados- narradores chilenos.
¡Salud, Juan Emar!
EL UNICORNIO
Juan Emar
Desiderio Longotoma es el hombre más distraído de esta
ciudad. Se vio obligado a enviar a todos los periódicos el siguiente
aviso:
"Ayer, entre las 4 y 5 de la tarde, en el sector comprendido al N por
la calle de los Perales, al S por el Tajamar, al E por la calle del Rey y
al O por la del Macetero Blanco, perdí mis mejores ideas y mis
más puras intenciones, es decir, mi personalidad de hombre.
Daré magnífica gratificación a quien la encuentre y la
traiga a mi domicilio, calle de la Nevada, 101".
El mismo día recorrí el sector indicado. Tras larga
búsqueda encontré en un tarro de basuras un molar de vaca. No
dudé un instante. Lo cogí y me encaminé al 101 de la
Nevada.
Once personas hacían cola frente a la puerta de Desiderio
Longotoma. Cada una tenía algo en las manos y abrigaba la certeza
que ello era la personalidad humana perdida la víspera.
La primera tenía: un frasquito lleno de arena;
la segunda: un lagarto vivo;
la tercera: un viejo paraguas de cacha de marfil;
la cuarta: un par de criadillas crudas;
la quinta: una flor;
la sexta: tina barba postiza;
la séptima: un microscopio;
la octava: una pluma de gallineta;
la novena: una copa de perfumes,
la décima: una mariposa;
la undécima: su propio hijo.
El criado de Desiderio Longotoma nos hizo pasar uno a uno.
Desiderio Longotoma estaba de pie al fondo de su salón.
Siempre igual, risueño, grueso, con sus bigotitos negros, afable,
tranquilo.
Aceptó todo cuanto se le llevó. Distribuyó
generoso las gratificaciones ofrecidas.
A la primera le dio: un cortaplumas;
a la segunda: dos cigarros puros;
a la tercera: un cascabel;
a la cuarta: una esponja de caucho;
a la quinta: un lince embalsamado;
a la sexta: una tira de terciopelo azul;
a la séptima: un par de huevos al plato;
a la octava: un pequeño reloj;
a la novena: una trampa para conejos;
a la décima: un llavero;
a la undécima: una libra de azúcar;
a mí: una corbata gris.
Tres días más tarde visité a Desiderio Longotoma.
Quería, en su presencia, instruirme sobre varios puntos que no es
del caso mencionar aquí.
Desiderio Longotoma estaba en cama. Sobre la cabecera había
colocado, en una red de alambre que avanzaba hasta la mitad del lecho, las
doce creencias de nosotros doce sobre su personalidad perdida.
Bajo el total, Desiderio Longotoma meditaba.
(Observación al pasar: la muela de vaca quedaba justo encima
de su esternón).
Esta meditación cobijada me recordó el consejo que el
mismo personaje me dio el 1º de octubre del año pasado bajo
el árbol de coral.
Después de largo silencio, Desiderio Longotoma me dijo:
—Deseo contraer matrimonio. Sólo puedo meditar a la sombra
de algo. Deseo contraer matrimonio para meditar a la sombra de dos cuernos.
He pensado en Matilde Atacama, la viuda del malogrado Rudecindo Malleco.
Esta mujer, aparte de ser hermosa cual ninguna, tomó el
hábito del amor cerebral. Como yo nada conozco de él, Matilde
no tardará en engañarme. Lo único que me preocupa es
la elección que haga referente a su amante. Pues hay hombres que, al
poseer a una esposa ajena, hacen nacer, sobre el testuz del marido, cuernos
de toro; otros, de macho cabrío; otros, de ciervo; otros, de
búfalo; otros, de anta; otros, de musmón ...; en fin, de
todos cuantos nos ofrece la zoología. Y yo quiero meditar bajo los
grandes cuernos del ciervo. Nada más.
Insinué:
—¿Cree usted que yo ...?
Contestó:
—De ningún modo. Usted haría crecer el cuerno
único del unicornio.
El unicornio habita en las selvas de los confines de la
Etiopía.
El unicornio se alimenta únicamente de los pétalos
fragantes de los nenúfares dormidos.
Ello no quita que su excremento sea extremadamente fétido.
El unicornio, para sus horas de reposo, fabrica con su cuerno
único vastas grutas en la tierra muelle de los pantanos. De lo alto
de estas grutas cuelgan estalactitas de ámbar y arañas
velludas de un hilo de plata.
El unicornio no se domestica. Cuando divisa al hombre se volatiliza
todo él, salvo su cuerno que cae a tierra y queda recto sobre ella.
Luego echa hojas dentadas y frutos encarnados. Se le conoce entonces con el
nombre de "El Arbol de la Quietud".
Sus frutos, mezclados a la leche, son el más violento veneno
para las muchachas en flor. Esto, Marcel Proust lo ignoraba. De haberlo
sabido, se hubiese evitado varios volúmenes.
Las muchachas muertas así no se descomponen. Quedan
marmóreas hasta la eternidad. El hombre que las contempla en su
mármol pierde para siempre todo interés, por toda muchacha
que hable, respire y se traslade en el espacio.
No veo por qué causa cuanto se refiere al unicornio sea
contrario a las intenciones de Desiderio Longotoma.
Desiderio Longotoma insiste:
—¡Cuernos de ciervo! ¡Nada más!
Golpearon a la puerta. Entró una dama anciana. Entre sus manos
traía un pedazo de arcilla en el que se hallaba enterrado, por el
tacón, un viejo zapato de mujer conteniendo un verso de Espronceda.
Desiderio Longotoma agradeció vivamente, obsequió
como gratificación un pergamino y una ostra y, cuando la dama se
hubo marchado, ensartó el todo en la punta de¡ paraguas de
cacha de marfil. Luego repitió:
—¡Cuernos de ciervo! ¡Nada más!
Desiderio Longotoma ha contraído matrimonio con Matilde Atacama.
Matilde Atacama ha tomado un amante que ha hecho crecer sobre la
nuca de Desiderio Longotoma dos enormes cuernos de ciervo. El hombre puede,
pues, meditar en paz.
Después de sus meditaciones hizo lo siguiente:
Compró una máquina trituradora, modelo XY 6, ocho
cilindros, presión hidráulica. En ella echó los trece
hallazgos que le remitimos cuando la pérdida de su personalidad. Y
los trituró.
Los trituró y los molió hasta dejarlos convertidos en
un finísimo polvo homogéneo. Este polvo lo guardó en
una retorta que cerró herméticamente y que expuso cinco
minutos a la luz de la Luna.
Mientras esto hacía, Matilde Atacama estaba en brazos de su
amante, y yo terminaba los preparativos de viaje a los confines de la
Etiopía.
Me embarqué en Valparaíso en el S. S. Orangután y
treinta y siete días más tarde desembarqué en
Alejandría.
Sigo a El Cairo. Visita a las Pirámides.
Por la noche, visita al observatorio astronómico.
Contemplé largo rato los magníficos resplandores de Sirio y
los reconocí de cuatro años antes desde el observatorio del
San Cristóbal. Luego contemplé la Luna. También
reconocí sus montañas y; sobre todo, uno como enorme
monolito, solo, desamparado, en medio de un inmenso desierto al parecer de
hielo o de leche.
Al reconocer así, me toma súbitamente la duda de la
veracidad de El Cairo y de Santiago como dos diferencias en el espacio.
Primó la idea de simultaneidad espacial. Se insinuó con Sirio
y las montañas lunares; se acentuó, me llenó, mientras
aquel monolito blanco pasaba a través de mi ojo.
Al día siguiente, segunda visita a las Pirámides. Con
el extremo del bastón golpeé repetidas veces una piedra de la
base de la pirámide de Cheops. De este modo, con cada golpe, fue
deshaciéndose la idea enviada por la Luna, y El Cairo y mi ciudad
natal se desprendieron por entre océanos y continentes.
Sigo en bote a la vela por el Nilo, luego en camello por toda clase
de altiplanicies y, tres meses después de haber salido de Santiago,
llego a los confines de la Etiopía.
Dos días de ejercicios rítmicos para habituarme al clima y
¡listo! He aquí cómo:
Me coloqué en cuclillas al pie de un abedul teniendo a un
lado una jarra con agua, al otro unos panecillos de la región, sobre
la cabeza un despertador automático que sonaba apenas tenía
sueño y, a mis pies, el retrato de una mujer desnuda que previamente
atravesé con un colmillo de lobo y que coloqué sobre una
casulla del siglo XVI. Y esperé, esperé, esperé... 24
horas, 48 horas, 96 horas, 192 horas, y ...:
Grácil, ágil, esbelto, silbante, luminoso,
apareció por entre los verdes de la selva un soberbio ejemplar de
unicornio.
Ahora era menester lanzar un grito para llamarle la
atención, me viera y se volatilizara. Grité:
¡¡Presenten arrr...!!
El unicornio se volvió hacia mí, me miró y se
volatilizó. Y mientras su cuerno caía a tierra, se
arrugó el retrato de la mujer desnuda y un guacamayo cantó.
Cayó el cuerno y enterró su base. Minutos más
tarde echaba hojas dentadas; horas más tarde echaba un hermoso fruto
encarnado. Con unas largas tijeras lo corté, lo envolví en la
casulla y, terminada mi misión, a grandes pasos me dirigí
hacia el Mar Rojo.
Allí un submarino me aguardaba. Regresamos por las
profundidades de los océanos, pasando bajo los continentes, lo que
me permitió hacer dos observaciones. Una: ningún continente,
ninguna tierra del planeta, está adherida; todas flotan. Otra: la
Tierra no gira sobre sí misma; la Tierra misma está
completamente inmóvil respecto a su eje; lo que gira es esta capa de
agua que la envuelve y sus continentes flotantes; pero su núcleo (es
decir casi todo ella) —repito— no.
Al participarle esta segunda observación al Primer
Ingeniero, me miró un rato, sonrió, luego me golpeó el
hombro y se marchó a su cabina. Un minuto después
volvía con una pelota de tenis que hizo girar sobre sí misma
entre sus dedos. Me preguntó:
—¿Gira o no sobre sí misma?
Respondí:
—Ciertamente.
—Pues bien —prosiguió—, es lo mismo con la Tierra: puesto
que gira aquí en la pelota la goma y la badana que la envuelve,
¿que importa lo que haga el vacío interior? La pelota
gira y no hay más. Alegar lo contrario, amigo, es caer en demasiadas
sutilezas.
—Permítame usted, señor Primer Ingeniero. Si esa
pelota fuese en su interior, pongamos una bola de madera y usted, al mover
los dedos, hiciese girar y resbalar sobre tal bola la badana exterior,
¿giraría el total? Yo digo: no. Y tal es, creo, el caso
de la Tierra.
—Se equivoca usted, amigo mío. La Tierra es como esta pelota
y no como la que imagina usted. Dentro de ella no hay nada, dentro de ella
es el vacío.
—¿Es posible?
—Muy posible. Dése usted el trabajo de pensar un poco:
piense que si dentro hubiese algo, ese fuego de que se habla, o esas capas
con demonios y sabandijas gratas a su amigo Desiderio Longotoma, o lo que
fuese, ¿cree usted que seríamos, nosotros los hombres,
los tristes y malogrados seres que somos? ¿Cree usted que
iríamos, como vamos, penando entre los dolores, las miserias y el
amor? No por cierto, amigo mío. Tenga usted la certeza que una luz
brillaría en nuestras frentes altivas. En el interior de la Tierra
es el vacío.
Me dirigí al Piloto Primero. Me dijo:
—Tiene usted razón. El interior de la Tierra está
inmóvil respecto a su eje, no gira. Lo que gira es esta capa de agua
con sus sólidos en flotación.
—Sin embargo —me atreví a insinuar— hay quienes dicen que
más allá de estas aguas no hay absolutamente nada.
—Error —respondió—. Todo el interior está formado por
un metal oscuro, compacto, imperforable, un metal duro y mudo. Si
así no fuese, si existiese allí un inmenso hueco capaz de ser
recorrido y atravesado por aves y por espíritus, ¿cree
usted que seríamos, nosotros los hombres, los pesarosos y
angustiados seres que somos? No, señor. Una sonrisa divina
acompañaría siempre nuestros rostros y la mueca del pesar nos
sería totalmente desconocida. En el interior de la Tierra
sólo hay un metal negro y pesado como el destino.
—Haya lo que haya —dije—, desearía saber otra cosa,
señor Piloto Primero: ¿por qué en un submarino
como éste hay una pelota de tenis?
—Eso, señor mío —respondió—, no lo
sabrá usted jamás.
Dicho lo cual se alejó.
Siguió nuestra navegación. Veintiocho días
después de habernos despegado de las costas del Mar Rojo, pasamos
bajo los Andes. Vimos desde el fondo el enorme cráter del Quizapu
como un tubo lóbrego y carcomido. Como era de noche en aquel
instante, vimos arriba, coronándolo, un cometa que pasaba.
Al penetrar en las aguas del Pacífico, salimos por primera
vez a superficie. A media milla de nosotros pasaba, rumbo al sur, un bote
del Caleuche, tripulado por tres brujos muertos de pie. Sobre el tomo del
submarino se formó una discusión. Aseguró el Primer
Ingeniero:
—Esos tres cadáveres son de sexo masculino, pues han de
saber ustedes, que desde que el Caleuche existe, es decir desde que Dios
separó los mares de las tierras, quedó formalmente
establecido que jamás ninguna bruja muerta podría ocupar
ninguno de sus botes.
El Piloto Primero hizo una mueca y, pidiéndole el catalejo
al Capitán, dijo solemnemente:
—Un momento.
Miró largo rato. Luego prosiguió:
—Señor Primer Ingeniero, se equivoca usted. El tercer
cadáver, el que va a popa, pertenece al sexo femenino. Amigo (se
dirigió a mí , confírmelo usted.
Y me alargó el catalejo.
En verdad aquel cadáver era más pequeño que
los otros dos, de su cráneo raído colgaban algunas largas
mechas que hacían pensar más en la cabellera de un ser que
hubiese sido femenino al pasar por este mundo, y bajo los harapos se
adivinaba en su pecho materia blanda, de jalea, y no recias costillas como
en los otros dos.
Tales observaciones no pusieron fin a la discusión. El
Primer Ingeniero exclamó:
—Señor Piloto Primero, no me contradiga usted. Mi ciencia
sobre el Caleuche es total. Y prueba de ello, vea usted: son en este
momento las 2 y 38 minutos. Pues bien, siendo que sopla un viento noroeste
fuerza 3 y siendo que hay sólo dos nubes en el cielo y ningún
pez a la vista, el Caleuche debe pasar dos horas diez y siete minutos
después que una embarcación suya tripulada por tres
cadáveres.
Esperamos.
En efecto, a las 4 y 55, vimos a babor las puntas de los palos del
barco y, bajo las aguas, el resplandor de sus luces submarinas.
La ciencia del Primer Ingeniero era, sin duda, profunda. Sin
embargo el Piloto Primero no dio su brazo a torcer. Sonreía con
malicia solamente. Después me llamó a un lado y me dijo al
oído:
—El señor Primer Ingeniero sabe mucho, una enormidad,
respecto a la relación de tiempo y distancia entre el Caleuche y sus
embarcaciones, pero en lo que se refiere al sexo de los cadáveres
que tripulan estas últimas, créame usted, es un perfecto
ignorante.
Y sin más, nos metimos submarino adentro para sumergirnos
nuevamente.
Dos días más tarde aparecíamos en
Valparaíso.
Viajé a Santiago en auto esa misma noche.
A las 2 de la madrugada estoy frente a mi casa con la casulla y el
fruto encarnado bajo el brazo, mientras el coche se aleja presuroso.
Y empieza otra historia.
No corría aún un minuto, cuando un deseo me cogió:
abrir mi puerta con otra llave, entrar en puntillas en el más
absoluto silencio, aguardar largo rato tras cada paso, temblar con el ruido
de las ratas y robar, robar cuanto pudiera en mi propia casa.
Así lo hice.
De un armario saqué un gran trapo negro para ir echando los
objetos robados. Tengo en mi escritorio la calavera de Sarah Bernhardt: me
la robé. En el hall tengo un cuadro de Luis Vargas Rosas, me lo
robé. En el comedor tengo dos viejos saleros de oro, me los
robé. Y en todos los rincones de la casa tengo las obras completas
de don Diego Barros Arana, me las robé.
Así llegué a mi dormitorio.
A esa hora y ese día —si Desiderio Longotoma no me hubiese
hablado del unicornio— debería yo estar en cama durmiendo. A esa
hora y ese día, si un ratero hubiese entrado a mi habitación,
después de desvalijar media casa, debería yo despertar y,
alzándome bruscamente de entre las sábanas, gritar:
"¿Quién vive?". Así es que
desperté y grité.
Si saqueando alguna vez el dormitorio de un ciudadano honesto oyese
yo en la noche su voz de alarma, debería agazaparme tras un ropero y
esperar ansioso, corriendo la mano hacia un arma, en este caso, hacia las
largas tijeras que allá en los confines de la Etiopía me
sirvieron para cortar el fruto del árbol de la quietud. Así
es que me escondí y mi mano se armó. Silencio.
Ante el silencio, volví a gritar:
"¿Quién vive?".
Apreté las tijeras. Mi respiración jadeante
rebotó contra las tablas del ropero que me ocultaba.
Desde mi cama, oí su jadear. ¡Ni un momento que
perder! Salté al suelo, cogí del cajón del velador mi
revólver y, ¡luz!
Al verme iluminado y sorprendido, no vacilé. Salté
corno un leopardo, altas las puntas de las tijeras.
Al verme así acometido, apunté y disparé.
Al ver la boca de] revólver hice un rápido gesto para
esquivar. La bala me rozó la sien derecha y fue a incrustarse en el
espejo de enfrente. Entonces pegué con las tijeras con toda la
fuerza de mi brazo, hundiéndolas en el vientre.
Herido, tajeado así, el revólver se me escapó
y caí cuan largo soy.
Fue lo que aproveché para ajustar un segundo tijeretazo y,
esta vez, escogí el corazón.
Con el corazón perforado, fallecí.
Eran las 2 y 37 de la madrugada.
Ante mi cuerpo muerto y sanguinolento, retrocedí con paso
cauteloso. Recordé entonces el cuerpo yerto de Scarpia mientras
Tosca retrocede.
Volví a cruzar, de espaldas, el umbral de casa. Volví
a respirar la humedad del asfalto. Un nombre resonó en el silencio
de mi cabeza: ¡Camila!
Me guarecí aquella noche en un hotel cualquiera.
Repetí: ¡Camila!
Dormí.
Al día siguiente la prensa anunciaba mi muerte con grandes
letras, encabezando los artículos con estas palabras:
ESPANTOSO CRIMEN
Al día subsiguiente la prensa daba cuenta de mis solemnes
funerales.
Ya una vez sepultado, largo a largo bajo el pasto, las cucarachas y las
hormigas, volvió a resonar en mi cabeza vacía aquel nombre
idolatrado de ¡Camila, Camila, Camila!
Entonces pensé que el fruto del árbol de la quietud,
mezclado con leche, fue lo que ignoró Marcel Proust.
¡Camila!
Marqué su número de teléfono: 52061.
¡Camila!
Lo que siempre a Camila le reproché, entre risas y sarcasmos de
ella, fue su absoluta ignorancia. Camila, hasta hace pocos días,
creía que las cáscaras de las almendras eran fabricadas por
carpinteros especialistas para proteger el fruto mismo; que Hitler y Stalin
eran dos personajes íntimamente ligados a nuestro Congreso Nacional;
que las ratas nacían espontáneamente de los trastos
acumulados en los sótanos; que Mussolini era ciudadano argentino;
que la batalla de Yungay había tenido lugar en 1914 en la frontera
franco-belga. Camila vivía fuera de toda realidad, fuera de todos
los hechos. Camila ignoraba, pues, el espantoso crimen y la triste
sepultación. Así es que, al verme llegar a su casa,
corrió alegre hacia mí y me tendió sus brazos con una
soltura de animalito nuevo.
Luego, riendo de buena gana, indicó la casulla bajo mi brazo
y me gritó:
—¿Tú de fraile?
Entonces, ante sus ojos atónitos, la desenvolví y le
mostré el magnífico fruto encarnado.
—¿Se come?— me preguntó.
Tras mi afirmación lo cogió entre sus manos y, con
una caricia larga, suave y húmeda, le pasó de alto a bajo su
lengüita palpitante. En seguida quiso enterrar en él sus
dientes. La detuve.
—Así no. Podría hacerte daño. Hay que
mezclarlo con leche.
Cuando se está sepultado largo a largo bajo las hormigas y las
cucurachas de un cementerio, todo sentimiento de responsabilidad
desaparece.
Este sentimiento se hace activo y clava cuando los demás
hombres le muestran a uno con el dedo, por las calles, al pasar.
Pero si uno se halla largo a largo, no hay dedo que logre perforar
una lápida funeraria.
Comimos ambos del fruto encarnado. Sólo que ella era una muchacha en
flor.
Sobre la misma mesa recosté el cadáver de mármol de
Camila y, muy lentamente —por fin—, lo desnudé. Tal cual ella
había hecho momentos antes con el fruto, hice yo ahora desde sus
cabellos hasta sus pies. Luego quedó envuelta en el gran trapo negro
que saqué del armario. Trapo vacío. Pues los objetos robados
fueron cayendo a lo largo de las aceras mientras de mi casa me
dirigía al hotel murmurando el nombre idolatrado de Camila.
Nuevamente por las aceras, bajo el peso de su mármol.
Allá en su casa, en los diferentes sitios ocupados por ella cuando
vivía, han quedado pedazos de la casulla del siglo XVI y, sobre su
cama, las largas tijeras.
Desiderio Longotoma hace gimnasia todas las mañanas. Luego se
baña en agua a 39 grados. Luego, durante no menos de media hora, se
fricciona el pecho y las extremidades con el finísimo polvo
homogéneo que le proporcionó su máquina xy 6, ocho
cilindros, presión hidráulica.
—Esto es magnífico para la salud —me dijo apenas me
apercibió—. Lástima que usted no vaya jamás a gozar de
estas fricciones porque su memoria es admirable. Yo, gracias a la debilidad
de la mía, ya ve usted, desafío como si tal cosa los rigores
del invierno, los calores estivales, las grandes comidas, las bebidas
fuertes, el tabaco y el amor.
Terminadas sus fricciones, se vistió y se acicaló con
marcado esmero. Se puso una flor en el ojal. Pasó a su salón.
Encendió un habano. Echó la pierna arriba. Se frotó
las manos. Me preguntó:
—¿Qué lleva usted ahí?
Cayó el trapo negro.
—¡Camila!
Blanca, fría, dura en su desnudez hecha de este modo indecoroso
hasta el grado máximo del placer.
Pasada la medianoche, como dos granujas misteriosos, Desiderio Longotoma y
yo, salimos del 101 de la calle de la Nevada llevando, él por los
pies, yo por la cabeza, los restos de Camila. Las aceras por tercera vez.
A mitad de camino, a pedido mío, cambiamos de
posición. El tomó la cabeza, yo los pies. Pues yo siempre he
encontrado en los de Camila tema mucho más hondo de
meditación que en sus cabellos.
Una hora más tarde entrábamos al cementerio.
Diez minutos después hallábamos mi tumba y
adivinábamos a través de la lápida la sórdida
descomposición de mis vísceras.
Desiderio Longotoma oró largo rato con voz menuda y
precipitada.
Luego arrancamos de mi tumba la cruz y nos dirigimos a la de
Julián Ocoa que fue siempre hombre bueno y violinista distinguido.
Sobre ella la colocamos ya que él nunca creyó en Dios ni en
Jesucristo su único hijo.
Recogimos después a Camila, quedada momentáneamente
en el césped; la alzamos; y enterramos sus piececitos en el sitio
en que, momentos antes, se enterraba el de la cruz.
Esta vez oramos los dos y un grillo.
Al día siguiente los artistas discutían la nueva escultura,
Hubo quienes hallaron aquello de un naturalismo demasiado osado;
hubo quienes, de una estilización exagerada. Hubo quienes la
emparentaron a Atenas; quienes, a Bizancio; quienes, a Florencia, quienes,
a París. Hubo quienes consideraron ultrajante hacer brillar el
cuerpo púber de una virgen sobre los que ya no son; hubo quienes
aseguraron que la desnudez de una muchacha en flor redimía, con su
presencia, todas las faltas de cuantos duermen bajo tierra. Hubo quien
arrojó a sus pies un cardo; quien, una orquídea; quien, un
escupitajo; quien un puñado de corales y madreperlas.
Yo observaba todo aquello tras un ciprés; Desiderio
Longotoma, agazapado en una fosa vacía.
Tres días más tarde ningún artista
volvió a opinar palabra sobre los mármoles de Camila. Vino
entonces el invierno y la lluvia corrió helada sobre sus formas
puras frente a las nubes.
Dos horas antes de aparecer el Sol tras los Andes, voy, diariamente, con
pasos lentos, al cementerio.
Me coloco frente a mi tumba y a Camila. Inmóvil, medito.
Quiero hacer mi meditación profunda. Quiero que abarque la
muerte toda y todos sus arcanos. Pero una imagen flotante me distrae. Una
imagen que quiero imitar, reproducir allí mismo para que entonces,
sí, pueda mi honda meditación no dejar arcano sin penetrar.
Es la imagen de Hamlet junto a la fosa. No; es la imagen colgada en
el muro de la casa de mis padres representando a Hamlet junto a la fosa.
Por imitarla, porque todo aquel cuadro, mi cuadro, sea semejante al
otro, al del muro, no penetro arcano alguno de la muerte.
Sólo veo a Camila. Sólo me pregunto quienes estaban
en la verdad y quienes erraban: Atenas o Bizancio, Florencia o
París. Sólo llego a la conclusión que el yerro era
general y que era causado porque todos ignoraban lo que realmente
representaba la estatua que se erguía ante sus ojos. Entonces
—igno-rantes y para substituir tal ignorancia— querían aproximarla a
una verdad cualquiera: Atenas, Bizancio, Florencia, París.
Ignoraban que aquello era Camila, mi adorada y desdichada Camila;
que aquello era su cuerpecito siempre resistente al amor y hoy a la
intemperie de las miradas; que aquello era mi total irresponsabilidad
protegida por una lápida mortuoria y hecha mármol por el
crimen.
Un mes que, a diario, repito mis visitas.
Durante los primeros veinte días fui solo. Al partir del
vigésimoprimero me hizo compañía Desiderio Longotoma.
Ya ese polvo homogéneo de su máquina trituradora se
había consumido poros adentro y el buen hombre empezaba a sentirse
atraído por la calma oscura de los camposantos.
—Usted será mi público, Desiderio Longotoma.
¡Nada de halagos precipitados! Quiero su opinión franca,
su opinión espontánea, Desiderio Longotoma.
—De acuerdo, amigo, de acuerdo.
Esto, noche a noche.
Tomo en mi izquierda un gran trozo redondo de arcilla. Desde la
visita de la dama anciana, los trozos de arcilla en las manos me
obsesionan. Entierro en él un zapatito femenino imaginario. No de
Camila, no. Entierro el zapatito de charol negro con tacón rojo de
Pibesa. Porque a Pibesa la beso, sobre todo cuando se calza así. Y
como nunca Camila me dio sus labios, ahora, a través de la imagen de
los taconcitos de Pibesa, beso, mudo, a la que ya no es de este mundo.
Alargo un dedo hacia la estatua, y, al tocarla, exclamo despachado,
altivo:
—"Aquí colgaban esos labios que no sé
cuántas veces he besado. ¿Dónde están
vuestras bromas ahora? ¿Y esos relámpagos de
alegría que hacían de risas rugir la mesa?".
—¡Bravo! ¡Bravo! —grita frenético
Desiderio Longotoma—. ¡Eso es arte!
Y ríe, pues Desiderio Longotoma demuestra su entusiasmo
sobre todo riendo. Se oye su reír dulce, de cascada. Yo entonces
envalentonado:
—"¡Qué! ¿Ni una palabra ahora para
mofaros de vuestra propia mueca?".
Hago luego un amplio gesto circular con mi diestra, mientras cae,
deshaciéndose, el trozo de arcilla y vuela por los aires la imagen
del zapatito ahora de ambas. Mi tragicismo llega a su máxima
intensidad. Profiero:
—Alas, poor Yorick!
Desiderio Longotoma casi en éxtasis:
—¡Magnífico, amigo, magnífico! Y ríe
interminablemente.
Esto, noche a noche, durante diez noches.
Y empieza una tercera historia.
Cirilo Collico es pintor. Es un pintor distinguido, meritorio. Sin tener ni
haber tenido jamás audacia alguna, sin que se pueda esperar de
él ni un milígramo de novedad, no es posible negarle una
cierta sensibilidad dulce, casi femenina, es decir, casi como se ha
acordado —no sé por qué— que debiera ser la sensibilidad
femenina. Cirilo Collico gusta de los colores suaves, de los azulinos, los
violáceos, los esmeraldas glaucos. Pasa largas horas contemplando
las tonalidades esfumadas que dejan sobre los guijarros el tiempo y la
lluvia. Una tela de más de medio metro le asusta. Durante los
días de sol se encierra en su casa. Durante los días helados
va por las calles humildes de los extramuros y a cada momento abandona en
el aire gris una lágrima de emoción. Su ideal, su supremo
ideal, es pintar alguna vez la luz de un relámpago diurno. Los
relámpagos nocturnos le erizan los nervios y los detesta tanto como
al Sol, como a Rembrandt, como a Dante, como detesta las armas de fuego y
los labios de sangre de las mujeres de mirar sostenido. En cambio, solo en
su taller, bajo la claraboya lluviosa de un mediodía invernal,
Cirilo Collico vibra como una nota de laúd si, de súbito, sus
muros se iluminan un instante con el verde hueco y lavado de un
relámpago perdido.
Cirilo Coltico es detective. Es un detective agudo, sagaz, de ojos
de lince y velocidad de liebre. Durante estos últimos años
casi no hay escándalo ni crimen en cuya dilucidación no haya
intervenido Cirilo Collico. Cuando los policías oficiales
están ante un asunto sin hilo que seguir, siempre hay uno de ellos
que llega a su taller a pedirle una posible orientación. Cirilo
Collico escucha, anota, estudia, husmea, sale, corre, interroga, atisba,
deduce, sorprende y encuentra.
Hace ya varios días hablaba yo sobre el personaje conjavier
de Licantén, el inmenso vate.
—¿Cómo te explicas —le pregunté— tal
dualidad en un hombre? Pintor fino, delicado, alméndrico, a la par
que detective apasionado ante las infamias y la sangre.
—No hay tal —me respondió—. Cirilo Collico es, ha sido y
será siempre un detective, nada más que un detective y
sólo una cierta pecaminosa vergüenza interior —al constatar que
fuera de infamia y sangre nada le interesa— sólo ella, le hace
parodiar en su taller de invierno a un ser sutil y exquisito como las
almendras.
Poco después hablé del mismo asunto con el doctor
Linderos, eminente psiquiatra. A mi pregunta respondió:
—No hay tal. Cirilo Collico es, ha sido y será siempre un
finísimo pintor y nada más. Y lo es a tal extremo, a tal
extremo es finísimo y a tal extremo se afina más y
más, que él mismo ha llegado a sentir que, de seguir
así, va a convertirse en un ser totalmente ajeno a la realidad, y a
esto le teme grandemente. Entonces, ante el peligro, aprovecha sus momentos
de ocio para sumergirse en esa realidad y la busca desnuda y cruel, es
decir, con sangre y con infamias.
— Sea como fuere —dije—, desearía saber una cosa, doctor:
¿por qué Cirilo Collico insiste en verme?
—Eso, mi amigo —respondió—, ya lo sabrá usted, ya lo
sabrá.
Y se alejó sonriente.
Ayer me encontré con Cirilo Collico. Paseamos largo rato por las
calles hablando de pintura, nada más que de pintura. No hablamos ni
una sola palabra de sus actividades detectivescas.
En la calle del Zorro Azul, entre el barullo de los
transeúntes, nos cruzamos, de una acera a otra, con Desiderio
Longotoma. Al verme, me hizo un signo de inteligencia y después,
riendo me gritó:
—Alas, poor Yorick!
Enrojecí. Cirilo Collico me detuvo. Luego con acento grave
me preguntó:
—¿Qué ha dicho ese hombre?
Respondí vacilante:
—Ha dicho una tontería, no sé; creo que: Alas, poor
Yorick. Es un tío un tanto chiflado, ¿sabe usted?
Cirilo Collico entonces:
—Está bien.
Una pausa.
—Por la noche tendrá usted noticias mías.
Otra pausa.
—Por el momento, ¡adiós!
Y se alejó con pasos lentos.
Apenas terminé de comer y mientras encendía un cigarrillo,
sonó el timbre. Era el cartero. Me alargó un pequeño
sobre.
Lo abrí y leí:
"CIRILO COLLICO saluda atentamente a su amigo Juan Emar y te
suplica ir, sin tardanza, a casa de su señor padre, tomar su
sombrero de copa y ver lo que hay en su interior".
Obedecí.
Minutos más tarde le decía a papá:
—¿Dónde está tu sombrero de copa?
—Allí, sobre la cómoda.
—¿Permites que mire dentro de él?
—Mis hijos, en mi casa, pueden mirar cuanto quieran.
Avancé.
Miré.
Dentro del sombrero de copa de papá no había nada,
absolutamente nada. ¿Qué broma o necedad era entonces la
tarjeta de Cirilo CollIco? Cuando de pronto sentí un vuelco en el
corazón y noté que palidecía. Al fondo, grabado sobre
el forro de seda, el sombrero inscribía su marca: arriba, su nombre;
abajo, su dirección en Londres; al centro, el escudo de Gran
Bretaña. Eso era lo que debía ver.
El escudo de Gran Bretaña tiene a un lado un león
coronado; al otro..., un magnífico y altivo ejemplar de unicornio!
Anoche no dormí.
Hoy, a la hora del aperitivo, ha venido Cirilo Collico. Nos sentamos junto
al fuego. Llamé al criado. Estuve a punto de pedirle whisky. Sin
embargo, juzgué que era acaso preferible algo de otra tierra,
sí, de otra tierra.
—Viterbo, dos oportos.
Bebimos en silencio.
De pronto Cirilo Collico me dijo:
—La Edad Media fue una época extraordinaria.
—Por cierto —respondí.
Nuevo silencio. Ladró un perro en la calle. Llamé:
—¡Dos oportos más!
Cirilo Collico bebió. Cirilo Collico me dijo:
—Lea usted las desdichas de Dragoberto II, príncipe soberano
de la Carpadonia, allá por los años de 1261.
Y me alargó un pequeño libro de tapas de cuero viejo
abierto en la página 40. Leí:
"Y es el caso que Dragoberto II, ebrio de sangre, quiso seguir
devastando cuantas comarcas hollaran las pezuñas de su potro
indómito. Mas al cruzar las cumbres de los montes Truvarandos y
entrar al verde valle de Parpidano, apareció de súbito, alta
en la diestra la cruz del Redentor, el más anciano de los monjes de
la Santa Hermandad del Unicornio, y..."
La voz se me atajó en la garganta. Tosí. Moví los
pies.
—Demonios! —exclamó Cirilo Collico mirando su reloj—. Ya es hora de
comer. Me marcho, me marcho.
Desde el umbral me dijo:
—Mañana seguiremos la lectura. Mañana a primera hora.
Y se marchó.
Apenas sus pasos se perdieron, escapé de casa como un demente.
Corrí, corrí.
Llegué al cementerio. Llegué frente a Camila.
Oré por última vez en mi existencia. Esta vez un
escorpión y una paloma llevaron el coro. Amén.
Alcé la lápida. Y dulcemente me recosté sobre
mis entrañas en putrefacción.
Las putrefacciones tienen tendencia a subir hacia los cielos.
Suben las mías con ritmo de siglos. Suben inconteniblemente.
Suben, llenándolos, por los intersticios intraatómicos.
Ya han pasado ataúd arriba. Ya han pasado la lápida.
Ya tocan las plantas de los piececitos de Camila.
Y suben siempre.
Inundan a Camila.
Camila se cubre, de dentro hacia afuera, de las putrefacciones
mías.
Camila cubre su cuerpecito idolatrado de una pátina de suave
y límpida fetidez.
Los artistas de la ciudad entera la contemplan arrobados.
Uno ha dicho:
—Es la pátina de París.
Otro ha dicho:
—Es la pátina de Florencia.
Otro:
—Es la pátina de Bizancio.
Otro:
—Es la pátina de Atenas. | | |
| Gilbert_Moulin,04.02.2006 | Sin duda, amigo Quilapán, que es todo un logro para esta
página incluir este magnífico relato de nuestro gran Juan
Emar. Al menos yo, lo he disfrutado muchísimo. Merci,
monsieur! | | |
| loretopaz,05.02.2006 |
Quilapan : este es un cuento que leí hace muchos años, y que
me encantó. Gracias por haberlo colocado aquí, lo
leeré nuevamenta para ver si todavía me maravilla como en los
años 70. En seguida daré mi parecer. | | |
| loretopaz,05.02.2006 |
Es verdaderamente maravilloso !!!! que forma increíble de hilvanar
las ideas. Juan Emar es un genio, para mí no cabe duda. A quien sino
se le hubiera ocurrido esa idea de casarse para poder meditar sobre cuernos
de ciervo, o de unicornio. Me parece que su razonamiento sigue una
lógica rigurosa que no tiene nada que ver con nuestra lógica
de todos los días.
Recien empiezo a leer, cuando termine seguiré mi comentario.
| | |
| loretopaz,06.02.2006 |
Ha sido un real placer leer nuevamente El Unicornio. Gracias por haberlo
subido.
Me es difícil dar una impresión simple de mi lectura, ante un
texto tan rico y original.
En primer lugar diré que fue un gustazo encontrar nuevamente a
Desiderio Longotoma, personaje que recordaba después de tanto
tiempo. Leí este cuento así como el libro completo
"Diez" en 1972, y desde ahí nunca más hasta ahora.
Lo que más me impactó en esa época creo que fue la
riqueza de ideas, de términos, su osadía y su locura.
Sí, una saludable locura removedora de certezas. Recordaba con mucho
detalle el comienzo y el final, es decir, todo lo relacionado con la
historia del unicornio. Pero la parte central la había olvidado por
completo. Hoy descubrí esos diálogos en el submarino,
completamente absurdos y a la vez siguiendo una estricta lógica
racional , ese viaje fantástico bajo los continentes, y esa vista
fugaz de un cometa desde el fondo marino a través del cráter
del volcán Quizapu.
Juan Emar es uno de los grandes, no cabe duda.
| | |
| loretopaz,15.02.2006 |
Lo subo nuevamente para que quienes no lo conozcan, puedan leer este cuento
increible, tan fuera de toda norma. 
| | |
| alipuso,16.02.2006 | Como dijo la madre de Facundo Cabral luego de leer a Neruda, poco tiempo
después de cumplir ochenta años y al fin aprender a leer:
"No podía morirme sin leer esto". Juan Emar nos
metió a todos en su caldero y nos sazonó a su gusto. Gracias
por invitarme a conocerlo. | | |
| Quilapan,25.02.2006 | Este año, si mal no recuerdo, se cumplen 40 años de la muerte
de Juan Emar, y en Santiago se realizarán charlas en torno a su obra
así como otras acividades tales como una obra de teatro inspirada en
un pasaje de su novela 'Ayer'. También se espera la reedición
del libro 'Diez', que contiene este relato que estamos compartiendo
aquí.
Saludos | | |
| Quilapan,06.03.2006 | | Sacando a flote el relato de este maestro de las letras chilensis. | | |
| luchochago,06.03.2006 | Gracias Quilapan por este texto: debo confesar que de Emar traté de
leer un libro "Umbral" pero creo que con mis 14 años de
ese entonces fue muy complejo e inmaduro atreverme con ese trabajo, a las
10 paginas lo deje por otro esta vez de Capote.creo que con esta
conmemoración las ediciones volveran y será ahora sí
un agrado volver a nuestros buenos e ignorados escritores. | | |
| Quilapan,07.03.2006 | Gracias a ti luchochago por participar en este espacio. Por cierto que a
los 14 años cualquiera se desalienta ante una obra de tamaña
envergadura como Umbral, ya que se trata de un libro que resume ni
más ni menos que toda la vida de Juan Emar. Yo me encuentro
leyéndola ahora precisamente, a mis 28 años, y sólo
después de haber leído obras tales como Ulises, El Quijote,
2666 se puede abordar con seguridad un libro como Umbral, que consta de
más de 4.000 páginas. No sé si han leido el libro de
relatos 'Diez', de donde saqué este relato; creo que es el
más indicado para comenzar con la obra de Juan Emar. Saludos! | | |
| Quilapan,10.04.2006 | | J’en ai marre!! | | |
| Quilapan,30.04.2006 | Por medidas de seguridad y de esperanza le doy una acualización a
ver qué pasa... | | |
| Quilapan,09.06.2006 | | úpa! | | |
| el_altazor,08.09.2006 | Veo que no mucha gente pasa por acá y es una lástima porque
se pierden algo totalmente diferente a lo que se esta acostumbrado a leer.
Este texto, al principio, me pareció algo complicado, si se quiere;
intenté razonarlo a fin de entenderlo cabalamente. Pero con el
correr me di cuenta que en realidad todo es una gran bomba para nuestros
sentidos. Y ya me dejé llevare simplemente por él. Sin duda
que es especial.
Un mundo de locos lleno de verdades y enseñanzas; tal es loco que
nos dice la verdad a su manera. Pero es más aún. Porque van
desfilando de a poco esos singulares personajes, y en ellos nos
descubrimos; descubrimos un poco de nuestra naturaleza humana y de nuestra
propia personalidad. Juan Emar nos lleva de la mano por esa extraña
tierra de preciosas incoherencias; que es, principalmente, el deleite de
nuestros sentidos. | | |
| albertoquilapan,02.11.2006 | como he subido un ensayo referente a Juan Emar es hora de colocar este
cuento -para mí cuentazo- en el tope de los foros de literatura | | |
| madrobyo,03.11.2006 | Me encanta la forma en que trae a los personajes y los olvida y despues los
recuerda, no lo conocia, ahora quiero más....
hay escritores, hay buenos escritores y genios... este entre en la
categoria de los terceros... | | |
| PUCCA_PSICODELIC,27.11.2006 | Oye amigo esto es increible todooooooo :( ke envidia de escribir asi me ha
super enkantado:O | | |
| EuFoRBicA,27.11.2006 | Aaaaaaaaaaaaaaah Juan Emar, viene de la expresión en francés
de estoy harto.
Juan Emar pedazo!!!
Una vez me fui a buscar ese ladrillo que escribió llamado
"Umbral", son tres y anaranjados, enormes...en la Biblioteca
nacional.
El adelantado de Emar. | | |
| albertoquilapan,27.11.2006 | Sí Euforbica... aunque Umbral son 5 libros, lo que pasa es que dos
de ellos son de 200 y 400 páginas respectivamente, mientras que los
otros 3 son volúmenes que sobrepasan las 1000 páginas cada
uno. | | |
| quilapan,27.02.2007 | | . | | |
| loretopaz,15.05.2007 |
Leyendo los cuentos de Juan Emar me doy cuenta de la profundidad de su
pensamiento, de esa forma tan peculiar que tiene de plasmar cada
sentimiento humano, de analizarlo y desmenuzarlo hasta lo infinitesimal,
para luego tomar cada una de las partes como un todo, como en una fractal
en la que cada parte es idéntica a su totalidad y se compone a su
vez de una infinidad de partes, y así hasta el infinito. O
más bien, como un juego de matriushkas, esa muñecas rusas de
madera, ahuecadas, cada una con una muñequita mas pequeña en
su interior, todas pintadas minuciosamente con hermosos detalles.
Cada frase de su prosa puede ser una puerta abierta a un mundo diferente,
leer un cuento completo es como viajar a través de diferentes
universos, todos reales, porque su obra excluye lo fantástico, cada
universo es tangible y real, más real aun que la realidad que
percibimos normalmente. La imaginación de Emar es un
trampolín que le permite alcanzar la esencia misma de la vida.
En este momento estoy leyendo el cuento 'Chuchezuma' del libro 'Diez' por
tercera vez y la verdad es que me ha costado llegar al final sin 'volarme'
en medio de la lectura, sin partir a mundos interiores recuerdo de
experiencias pasadas, porque cada frase puede despertar asociaciones que
hacen partir la imaginación. Bueno, esto es completamente personal,
pienso que cada persona tiene un modo peculiar y único de lectura, y
en especial de una escritura tan rica como ésta.
Y es por eso que me imagino que nunca podré leer su gran obra
'Umbral' hasta el final, a no ser que lo lea como leí los cuentos de
Diez por primera vez, es decir, maravillada, dejando volar mi
imaginación mientras mis ojos recorren las letras. Y tal vez ese sea
el secreto para impregnarse del mundo emariano, leer sin analizar, sentir
con otras partes de su ser diferentes de la racional hasta empaparse de su
esencia y resurgir diferente, de eso no cabe duda.
| | |
| mandrugo,15.05.2007 | Cómo sería, loretopaz, esto de que "su obra excluye lo
fantástico"?
En qué sentido lo dices, o te refieres a un libro en particular.
Pregunto nada más porque de Emar he leído muy poco,
lamentamente.
Pero recuerdo un cuento de un loro verde, donde la irrupción del
fantástico invade toda la historia. | | |
| loretopaz,15.05.2007 |
Mandrugo, tal vez me expresé mal con respecto al uso de la palabra
fantástico, me basé en algo que leí de Cortázar
en mi adolescencia, en donde recuerdo que planteaba una
diferenciación entre lo fantástico y lo maravilloso, (tal vez
en 'La vuelta al día en 80 mundos', que leí y releí en
esa época), y como no he vuelto a leerlo (ya no lo tengo) ni tampoco
he hecho estudios de literatura, es muy posible entonces que lo haya
comprendido mal. (Creo que es tiempo de ponerme a buscar en internet la
diferencia entre uno y otro género).
Quise decir que para mí, el mundo de Juan Emar es maravilloso, en el
sentido primero de la palabra, es decir, que (me) deja maravillada, y que a
pesar de eso me parece que su mundo se inscribe perfectamente en lo real,
no me parece algo imposible o fantástico (de otro mundo).
Bueno, espero haberme explicado, de todos modos, lo que escribí, lo
hice en medio de un cuento, (se lo escribí a Quilapan, que tanto
admira a Emar) y salió de un tirón, sin mucha
reflexión de mi parte. Lo subí al foro porque quise
compartirlo con mas personas.
| | |
| mandrugo,15.05.2007 | Ningún problema, loretopaz, para eso están los foros, para ir
comunicando. Claro, quila, es el experto en Emar y nos podrá aclarar
el asunto.
Claro, los géneros literarios son tantos, y tampoco todos puros,
porque se experimentan nuevas mezclas.
En todo caso lo que dices está muy interesante, y motiva a la
lectura de "Diez"; es el efecto de hablar de lecturas que
apasionan. | | |
| loretopaz,15.05.2007 | Mira, yo leí Diez en 1972, cuando fue publicado por segunda vez (la
primera fue cuando lo escribió, por los años 30) y me
encantó. Ahora he tenido la oportunidad de tener nuevamente 'Diez'
en mis manos y me he encontrado con la sorpresa de que a pesar de haberlo
leído muchas veces, solo recordaba algunos detalles, a veces un
título, o ciertos pasajes, incluso hay un cuento (Papusa) que lo
recordaba de un modo completamente opuesto al del sentido que le da Emar.
Es por eso que pienso que al leerlos en aquella época, mi mente se
iba por sus caminos propios a medida que avanzaba en la lectura. Lo que me
quedó de esa época no son entonces la historias, ni los
personajes, sino mas bien.. bueno, no sé como explicarlo, una cierta
vibración de la creación de Juan Emar.
| | |
| quilapan,16.05.2007 | Pues me imagino que lo que has querido decir Loreto, es que Juan Emar habla
de lo fantástico como si fuera lo más normal del mundo,
porque narra sus historias en una primera persona íntima, y su
discurso no admite dudas, porque tampoco se empeña en afirmar nada.
Al menos eso es lo que yo me figuro ante el problema de clasificar algo
como fantástico o real. Muchas frases se me han quedado grabadas a
lo largo de la lectura de Juan Emar, y una es:
'LA FANTASÍA ES EL COMIENZO DE LA VERDADERA REALIDAD'.
También me gusta mucho lo que observas, Loreto, respecto de la
lectura de la obra emariana: es una lectura que hace énfasis en las
ideas, en las atmósferas, en referencias más relacionadas con
el subconciente que con guardar en la memoria la ilación del relato;
esto se puede comprobar practicamente en todos los pasajes: pasa de un tema
a otro como si nada; menciona un tema que puede ser de gran interés
pero pasa de largo sin desarrollarlo, o sea, se diría que Emar
escribe como piensa la mente que se deja llevar por el alto vuelo. | | |
| colomba_blue,10.08.2007 | Yo francamente me he quedado sin palabras para describir el gozo que me
produjo la lectura del cuento.
Una riqueza de lenguaje que creo he visto pocas veces; el uso de los
adjetivos es perfecto; la trama, la narrativa...
Te agradezco nuevamente Quila, por hacerme descubrir el mundo de Emar.
| | |
| Madrobyo,10.08.2007 | | Ahora le falta Umbral. Tiene cinco años de plazo para leerlo. | | |
| quilapan,10.08.2007 | Con dos años bastan, Madrobyo. Y eso que yo me leí unas
novelitas entre medio para no volverme loco. Dos años. | | |
| quilapan,10.08.2007 | Ahora hay que esperar que Raúl Ruiz filme Umbral, como han sido los
felices rumores que he escuchado. | | |
| mandrugo,24.02.2008 | En lo poco que he leído dela prosa de Emar me arriesgo a opinar que
se trata de un estilo en permanente movimiento, que no se fija en un solo
lenguaje, porque en el umbral de esa posibilidad ya nos lleva para otros
lados.
En Emar se mezclan lenguajes diversos, diversos estilos, diversas
poéticas. Es un viaje de múltiples paisajes.
Me da la impresión de embarcarnos, como en Moby Dick, hacia
desconcertantes aventuras de un lenguaje multiforme. Nunca prisionero de un
solo punto de vista, de un solo estilo.
Me parece percibir una creatividad que nace del descontento, desde la
angustia de un presente en fuga permanente.
Una búsqueda del propio enigma individual que nadie está en
grado de resolver por nosotros.
Una aventura de la subjetividad, para decirlo con Rilke, la escritura que
debe separarnos de nosotros mismos. | | |
| quilapan,24.02.2008 | ''Cuanto voy a escribir -yo, Onofre Borneo, ciudadano chileno, nacido en
Santiago el 13 de Noviembre de 1893, a las 9 de la mañana- no debe
tener el carácter de una ''obra'' si por obra entiendo el
planteamiento de un problema, su desarrollo y su solución.
No soluciono nada ni debo tratar de solucionar pues esto está
impedido justamente por el carácter mismo de esto que voy a
escribir. Cualquier intento en tal sentido sería un acto de
voluntad, un acto premeditado ya que toda solución se
hallaría desde antes en mí y hacia ella se inclinaría
-quisiéralo yo o no- la marcha de las personas que aquí
figurarán. Yo ignoro toda solución por la imperiosa y muy
simple razón de que ella, de encontrarse en algún sitio, no
se encuentra en mí sino en otros y de presentarse algún
día no se ha presentado aún puesto que estos otros siguen
hoy, y seguirán mañana, viviendo y actuando.
Ya que se trata aquí de biografías o, mejor dicho, de diarios
vivires, debo sólo anotar, esbozar, dejar únicamente
enunciaciones de problemas, eso sí que con todos sus elementos; en
su falta, con el mayor número posible de ellos.
Ante la necesidad de colocar un título, se me impuso el de UMBRAL.
Pues me siento, ni más ni menos, colocado en un umbral.
Tiene éste una característica: hacia atrás es una
extensión iluminada; hacia adelante la oscuridad. Es como estar
sobre él dando la espalda al sentido de la marcha, o sea, a la
finalidad de ella y digo finalidad ya que fuerza será seguir
adelante. Quiero decir que este 'adelante' -hoy oscuro- podría ser
la solución o -sino la hay de verdad- la explicación
de lo ya recorrido.
Pero a esta explicación no la siento de mi incumbencia. Siento que
ha de ser hallada por otras mentes y vista por otros ojos.'' Umbral,
Primer Pilar: Preámbulo, página 6. | | |
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