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Invité a mi casa al importante gerente. Era necesario que lo hiciera ya que significaba un evento demasiado trascendente para mí. El corazón me latía de contento a medida que se aproximaba la hora en que aparecería el solemne señor. Cuando sonó el timbre me abalancé a la puerta y con la mejor de mis sonrisas le franqueé la entrada. El señor parecía menos imponente fuera de su ámbito laboral y venía acompañado de una dama de aspecto sencillo, que al parecer era su esposa, ambos personajes muy agradables por lo demás.
-Vamos a comenzar la velada con un aperitivo ¿Qué les parece? Asintieron complacidos y yo me apresuré a preparar los tragos. Pero al abrir el barcito, reparé en que sólo había envases vacíos. Compungido, les explique que, en realidad, mi fuerte no eran los licores sino otro tipo de aficiones, muy poco compatibles con el gusto de los demás. Allí me explayé sobre mi colección filatélica y mi adoración por la numismática, hobbies que había iniciado a muy temprana edad. Los señores ya mostraban señales de aburrimiento cuando les dije que traería unos bocadillos de la cocina. Regresé en pocos segundos con una mirada de horror pintada en mi rostro. Les expliqué que mi gato, que era un ratero de armas tomar, se había despachado todos los canapés, aceitunas y trocitos de queso y que ahora me miraba satisfecho desde uno de los tejados vecinos. Ellos se miraron entre si pero nada dijeron, después de todo eran personas de una cultura elevadísima que no se iban a alterar por un tema tan menor como este. La señora, carraspeando ligeramente, me pidió que le trajera un vaso de agua. Corrí a complacer su pedido pero ¡Sorpresa! el suministro estaba suspendido desde hacía unos minutos y yo no había tenido la precaución de guardar tan siquiera una jarra de tan vital elemento. Ella sonrió y se encogió de hombros por lo que continué exponiéndoles mi experiencia en el campo filatélico y me proveí de sendos volúmenes para graficar mi exposición. Al borde del bostezo, el gerente miró su reloj por lo que creí oportuno decirles que en escasos minutos estaría listo el almuerzo. Ambos parecieron reanimarse ante esta expectativa e incluso parecieron prestarme atención mientras les discurseaba sobre los beneficios terapéuticos de esta afición. A todo esto la señora me pidió permiso para ir al baño pero recordé que había perdido la llave de la esencial sala, por lo que le solicité que tuviera paciencia mientras la buscaba por todos los rincones de la casa. Ella sonrió y por supuesto que, del mismo modo lo hizo el importante señor, quien cruzando sus piernas y apretándolas contra su grueso vientre, también había recordado que era hora de evacuar interiores. Cuando regresé de la cocina, los encontré a ambos muy compungidos. Con una expresión de desolación en mi rostro demacrado, les informé que mientras disertaba sobre mi tema preferido, el asado se había carbonizado en el horno, que las ensaladas había sido invadidas por voraces hormigas, que el arroz era una sola masa negruzca y que en resumen, por todas esas desgraciadas circunstancias, no tenía nada para servirles. Aquí si que el gerente dio paso al hombre primitivo que todos llevamos dentro y agitando sus puños me enrostró tamaña irresponsabilidad para con ellos, que su tiempo era valiosísimo y que esta humillación no la aceptaría de ningún modo. Entonces, lo insté a calmarse y el tipo, rojo como un tomate, manifestación del volcán sanguíneo que estaba a punto de erupcionar, me miró con sus facciones desencajadas.
-¿Recuerda –le pregunté- a ese señor que le reclamaba noche y día por el deficiente servicio que prestaba su empresa? ¿Recuerda cuantos telefonazos fueron derivados, cuantas cartas envió y que al parecer nunca fueron leídas, cuantas entrevistas solicitó el mentado caballero para que atendieran sus demandas y le indemnizaran por todas las molestias ocasionadas?
-No se de que está usted hablando, señor. Además en mi empresa existe un conducto regular y este es respetado con la mayor eficiencia.
-Pues a mi me parece que eso es una soberana mentira ¿Y sabe por qué? Porque yo soy ese tipo que penaba y moría por recibir un atisbo de respuesta, el servicio era cada vez peor y siempre se me decía: se lo haremos saber al gerente. Y el gerente era un ser inaccesible que sólo se preocupaba de expandir su área de influencia y jamás escuchó una sola de mis quejas. Por eso mi señor, ahora me he desquitado y le he dado de beber de su propia medicina Es molesto ¿no? ¡Que frustración se siente al defraudar a nuestro espíritu con la oscuridad de una respuesta negativa! Lo siento por esta señora que es inocente de toda culpa. Pero en lo que se refiere a usted, ahora he descargado toda mi ira, he gozado con su comportamiento contenido, le he visto transpirar al no saciar su sed y agonizar de angustia por no poder evacuar sus intestinos. ¡Me complazco de verlo en esas condiciones y sepa usted, señor Penhard que con esto, me doy por satisfecho!
Después de esta airada exposición le miré con una sonrisa mefistofélica en mis labios y no pude contener una carcajada que hasta a mi me pareció escalofriante.
El importante hombre me miró con ojos extrañamente mansos, se puso de pie y me tendió su mano.
-Corrales, Manuel Corrales es mi nombre, estimado señor y ella es mi esposa Juana.
-¿Pero como? ¿Su apellido entonces no es Penhard?
-Lamento decirle que no. Penhard es efectivamente el Gerente General de la Empresa y yo soy sólo un empleado que trabaja en su repartición. Ayer el me pidió que lo suplantase en esta ocasión puesto que el debía emprender un viaje de negocios a Finlandia. Yo no debería confesarle esto y retirarme con la cola entre las piernas, para no defraudar sus expectativas. Pero, créame, no tengo corazón para eso. ¿Me está usted escuchando?
Yo, ajeno a sus últimas palabras, sollozaba desconsolado en mi sillón, cubriéndome el rostro entre las manos…














Texto agregado el 25-04-2005, y leído por 209 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
28-04-2005 Muy bueno. He disfrutado de eéste excelente cuento. Un saludo de SOL-O-LUNA
27-04-2005 El frío plato de la venganza y las situaciones creadas con delirante imaginación, de la que no adoleces, Gui. Un abrazo. graju
26-04-2005 Como dice el tango "por eso en tu total fracaso de vivir ni el tiro del final te va a salir..." Buen cuanto, frustrante, sobre todo. Abrazo. neus_de_juan
25-04-2005 ja.ja....como es su costumbre...de excelencia. Hasta con el humor brillan sus estrellas. Un cronopio que agradece los comentarios por Ud. hechos, sobre mis narraciones. chilicote
25-04-2005 Pobre, al final no pudo vengarse, es que los gerentes sìempre encuentran quien los reemplace, menos mal que no los envenenó. Mis estrellas. Magda gmmagdalena
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