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La estatuilla de Isabel

En la plaza de don Policarpo Toro, hay una pequeña estatuilla de una joven mujer muy hermosa, echa de bronce entera, pasa día a día desapercibida al los ojos de los transeúntes y de las personas que repletan la plaza sábado, domingo y festivos, para disfrutar de sus flores, sus arbustos y de sus añosos olivos. Los niños, que no pierden el tiempo en esos detalles, se dedican a jugar a la pelota la que rebota de tarde en tarde en la poco admirada y no por eso hermosa mujer congelada.
Ha estado nuestra estatua por muchísimos años en la plaza, antes que la de don Policarpo, antes de que este anexara Rapa-Nui, incluso mucho antes de que este naciera.
La plaza, que en su inicio no lo era, mas bien era un hermoso parque privado diseñado por un paisajista francés en extremo afeminado, que vino hacer fortuna al nuevo mundo inventando diplomas que lo acreditaban como eximio paisajista, cuando apenas sí sabía distinguir una planta de la otra, pero como era francés, bastó con eso para que el criollo que se encargaría del parque quedase fuera del proyecto a favor de este exquisito paisajista, venido nada más ni nada menos que de Francia, todo un honor para los dueños de la gran estancia.
Una vez terminado el parque, no sin dificultades y largas demoras alusivas a la pésima calidad de los trabajadores nacionales, puros rotos, mapuches, flojos y con pésimo gusto, sin iniciativa y condenados a la mediocridad, según nuestro amigo europeo, quien tuvo que hacer cuanto truco para excusar sus torpezas, pero como venía de París, que se le iba hacer. A los genios hay que dejarlos tranquilos parir- le decía doña Felicia a su marido, quien no le tenía buen ojo al francesito, tan delicadito y demasiado educadito. Se inauguró entonces el parque de la familia Arechavala con esplendorosa fiesta, en la que se presentó en sociedad a la hermosísima hija de don Antonio, la inigualable, envidiada por todas y pretendida hasta por el que no tenía posibilidad alguna, la virginal y maravillosa Isabel, un sol en vida, un ángel terrenal, hecha entera de azúcar, la que rodeaban sus pretendientes como hormigas, a los que aplastaba con su indeferencia, ella, la más grande de las maravillas.
En esa misma velada, un joven de alta alcurnia se fijo la idea de conquistar a Isabel, millonario como era, lo consiguió a punta de regalos faustuosos e Isabel, la fría indiferente, cambió su frialdad a la calidad más complaciente al ver la preciosa estatuilla, replica en miniatura de ella misma, que mandó instalar el joven de los millones en el parque de sus progenitores.
El joven no era para nada feo, pero más gracia que su dinero no tenía, ni siquiera era de él propio, si no que heredado de su padre, el que murió en su ley, adicto al opio. Su bella madre no interfería en los asuntos de dinero, se conformaba con una suntuosa mesada que le daba total independencia, para seguir con su vida y su oculto amorío con el maestro de equitación, el que la aceptaba con toda complacencia, lo que le permitía vivir sin ninguna preocupación.
- Sonríe cielo mío, que todo va por buen camino, no te preocupes por nada que yo me encargaré di ti así fue que le dijo el joven a Isabel y esta sonriendo como pocas veces alguien la vio, salvo su mismísimo espejo, aceptó proseguir la vida con este joven hombre, que de hombre solo poseía un vil reflejo.
A los pocos años el dinero se volvió escaso, fue consumido por las peticiones de Isabel, por la poca capacidad mental del ya no millonario joven semental y digo esto porque al menos para eso era bueno y por la ya un tanto vieja madre, que para intentar retener al maestro de equitación, hizo aumentar su ya abultada mesada para mantener la ilusión.
Tres hijos en cuatro años de matrimonio contaba la pareja, Isabel naturalmente aumentó de contextura, hermosa de todas formas seguía. Floja en sus quehaceres, ni cambiar los pañales sabía.
El joven no millonario, nada de feo y buen semental por lo menos, comenzó a espantarse de la situación, su madre ya no pudo sostener su oculto romance con el maestro de equitación, quien fue el primero en abandonar el bote cual rata cobarde -y es que ya no hay caballos para la excusa- le dijo el maestro a la pobre madre que quedó sola y sin esperanza alguna.
Isabel al rato ya no contaba ni con una criada si quiera para sacarle la caca a sus hijos, pidió rescate a su padre un día que manchada hasta los codos de excremento humano no soportó más su indigna situación.
El joven no lo podía creer, de ser un millonario nada de feo y con fama de buen semental se quedó solo, con su madre abatida por la indiferencia de su amado maestro y con escasos recursos económicos, que le servirían a cualquier persona inteligente para emprender una buena empresa y con un poco de suerte salir adelante, nuestro joven y su madre sin amante, cayeron en la desesperación más abismarte.
La estatuilla, en tanto, seguía intacta en el parque de los Arechavala, hermosa como lo fue Isabel y esta ya a menos traer, la mandó tapizar de hiedras para olvidar lo bella que fue y lo feliz que pudo haber sido, si es que el ollón de oro de su ex marido, hubiese sido infinito como los cuentos de hadas que le contaba su tío.
Así quedó la estatuilla, bella como ella sola, perdida entre las plantas que mandó poner Isabel, la imagen de ella misma la ocultó y vio la luz muchos años después, cuando un jardinero borracho la encontró mientras hacía sus necesidades en la espesura de la ahora plaza Policarpo Toro.
Al otro día, con su compadre Gilberto, el jardinero borracho destapó la hermosa estatuilla y dejaron expuesta su belleza al público y ahí está asta el día de hoy, bella, pero olvidada y es que no representa nada, salvo a la una vez hermosa Isabel Arechavala.

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Texto agregado el 26-04-2005, y leído por 133 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
06-05-2005 Una historia preciosa, me gustó mucho. Magda gmmagdalena
 
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