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Inicio / Cuenteros Locales / gui / Las peripecias de Guardian y su desalmado amo

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-Lindo perrito este Copito, señora. Y lo vendo baratito- decía Pepe Aventura.
Y la señora, encantada con ese pequeñísimo y hermoso animalito de pelaje blanco como la nieve, lo tomaba entre sus manos y advertía sus cristalinos ojos azules y de inmediato hacía la pregunta de rigor.
-¿Cuánto vale esta preciosidad?
-Para usted señora (y por favor no le cuente a nadie) se lo voy a dejar en quince mil pesos.
-Hum. Un poquitín caro, que quiere que le diga.
-El perro es de raza fina y los vale con creces pero hagamos una cosa. Si tiene algo de ropita que me pase a cambio, se lo dejo en la módica suma de diez mil pesos.
-Hum. Voy a ver que puedo pasarle.
-Usted no está comprando un perro sino una pieza de valor incalculable. Más de alguien me lo compraría por lo menos en quinientos mil y sin chistar.
-Ya, no le ponga tanto color tampoco. Espere.
Y al cabo de un buen rato, aparecía la señora con unos ternos viejísimos que Pepe Aventura desechaba de inmediato por lo que de nuevo a esperar hasta que después de varias idas y venidas, finalmente el hombre entregaba el perrito a la amorosa señora y se llevaba a cambio sus diez mil pesos y dos o tres ternos de fino casimir.
.Y recuerde señora que este animalito sólo toma lechecita descremada y comida para perros, no haga tal de darle las sobras de la casa.

Al poco rato, Pepe Aventura tomaba entre sus brazos al pequeño Copito, que en realidad no se llamaba así sino Guardián y que no era otra cosa que un perro enano que tenía por lo menos unos ocho años y no los pocos meses que aparentaba realmente. La estratagema era burda pero efectiva. El animal estaba amaestrado para huir de cualquier lugar por el resquicio que encontrase y como era infinitamente pequeño y sus huesos de una elasticidad asombrosa, hasta podía escapar por debajo de una puerta.

Y de nuevo se repetía la escena, con la admiración de la gente por ese minúsculo perrito de mirada tan inteligente, más tarde el regateo, el cambalache de finos ropajes y cierta cantidad de dinero para asegurar la posesión de tan tierno animal. Indefectiblemente, el perro regresaba algunos minutos después a las manos ávidas del mercachifle que, sin ningún escrúpulo, lo metía en su bolsillo y luego se inatroducía a la primera cantina que encontraba a su paso para celebrar su tan magnífica fortuna. Ya en plena madrugada, Pepe Aventura se internaba zigzagueante por las escabrosas calles que lo conducían a su humilde pieza. Allí, se arrojaba sobre el lecho y Guardián siempre estaba alerta a la situación y saltaba a tiempo del bolsillo para salvarse por enésima vez de un aplastamiento con resultado catastrófico.

Lo cierto es que el perrito había sido vendido por lo menos unas ochocientas veces y ya sea por reflejo condicionado o porque simplemente le había tomado aprecio al rapaz que usufructuaba desvergonzadamente de su particularidad, agarraba con su pequeño hocico las frazadas y cubría con ellas a Pepe. Al día siguiente, el hombre despertaba sediento y se empinaba al seco la botella que el perrito había empujado hasta allí. Y más tarde, en el profundo bolsillo repleto de papeles inservibles, boletas e incluso corchos desechados, Guardián esperaba atento a que la mano de su desalmado amo lo sacara de allí para exponerlo a los ojos embelesados de los posibles compradores. Después de efectuada la transacción y sin el ánimo de engatusar a nadie, sino simplemente porque desde siempre fue acostumbrado así, buscaba una brecha, un pequeño orificio o una rayita de luz para escabullirse como un roedor de aquel lugar en que posiblemente hubiese encontrado mejores condiciones de vida que junto al alcoholizado Pepe Aventura.

-¡Que hermooooooso perrito!- exclamó Lourdes y tomándolo suavemente entre sus manos, comenzó a acariciarlo con una ternura que al pequeño animalito no dejó indiferente.
-Espere un segundito que se lo llevo a mi pequeña María. Ella está en cama debido a una grave enfermedad y me gustaría saber si le gustaría tenerlo. A la mujer se le llenaron sus ojos de lágrimas, asunto que pasó desapercibido para los ojos profanos del hombre, quien sacó de sus bolsillos un cigarro, lo encendió y comenzó a lanzar bocanadas de humo a diestra y siniestra.
En una pequeña habitación, una niña de aproximadamente doce años, contemplaba con ojos tristes la luz que se filtraba por las cortinas entornadas. Varias mangueras conectaban su cuerpo a los elementos que la mantenían precariamente anclada a esta vida. Su rostro, muy pálido, se iluminó de improviso al aparecer el pequeño perrito delante de su campo visual. Muy animada por esta sorpresa, se incorporó con gran esfuerzo y lo recibió en sus manitas frías. Guardián se acurrucó en esa concavidad y la calentó con su cuerpecito mientras miraba a la niña con inusitada curiosidad, la que poco a poco se fue transformando en ternura.
-Mamá, yo quiero quedármelo. ¿Me lo permitirías?- le preguntó a su madre con un hilo de voz.
-Por supuesto hijita. Considéralo tuyo- dijo la madre y volteó su rostro antes que su hija alcanzara a ver sus ojos anegados en llanto.

Pepe Aventura iba radiante con un par de maletas repletas de fina ropa, cuarenta mil pesos en efectivo y un cheque por cincuenta mil pesos más. Nunca le había sacado tan buen precio a Guardián, quien de seguro ya debería estar buscando un agujero por el cual filtrarse para llegar a sus ávidas manos.

Entretanto Guardián, que ahora había pasado a llamarse Angelito, permanecía en brazos de la pequeña enferma y algo le decía que esta vez no debía escapar por ningún motivo. Su instinto animal le indicaba que la niña aquella estaba muy enferma y la ternura que irradiaba era mil veces más acogedora que el sucio bolsillo de su amo. Por lo tanto, se arrebujó en la suave palma que comenzaba a entibiarse y se quedó dormido.

Pepe esperó más de lo que acostumbraba y como la espera le produjo una sed que le quemaba la garganta, se metió en una sucia cantina y se gastó la mitad de lo ganado en toda clase de licores, las maletas las perdió en algún lugar y antes que alcanzara a llegar a su domicilio fue arrestado por la policía por encontrarse en evidente estado de ebriedad y pasó una noche de perros en un frío calabozo. Una vez que se le espantó la borrachera, pudo ver que un simpático ratoncito se introducía en su bolsillo atraído por el arsenal de porquerías que se guardaban allí. Pepe sonrió, calculando que si adiestraba bien a este nuevo animalito, acaso pudiese ganar mucho más dinero que con ese perro del cual ya estaba hastiado. Lamentablemente para él, fue acusado de robo y estafa y condenado a varios años de prisión, lo que aprovechó para amaestrar a Luciano, su nueva mascota, quien un buen día le sustrajo las llaves al carcelero y se las entregó al pillo, quien disfrazado de gendarme y con el ratón en el bolsillo, abandonó la cárcel y huyó al extranjero por lo que nunca más se supo de él.

Meses más tarde, Angelito corría al lado de María, su nueva amiguita. De su mente se habían borrado para siempre todos los agujeros e intersticios por los cuales debería huir al bolsillo del desalmado Pepe Aventura y en cambio visualizaba delante de sus ojos un ancho horizonte que esperaba compartir para siempre con esta bella y dulce niña












Texto agregado el 03-05-2005, y leído por 203 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
03-05-2005 le has echado tan buenos ingredientes a estas líneas tuyas (humor, imaginación, y tanta ternura..!) que me voy encantada después de leer tu cuento (como siempre). Enhorabuena. entrelineas
03-05-2005 Lindo cuento, con final feliz. Justo lo que necesito, porque vengo de atragantarme con un par de insectos en el estómago de un ciego... Un abrazo. neus_de_juan
 
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