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El pueblo está más desierto de lo que me atreví a imaginar. Un tórrido sol de mediodía cae sin tregua sobre la explanada de la plaza vacía. Aparco el coche al lado de la fuente. Mis pies tiemblan cuando piso de nuevo la tierra donde murió mi infancia. Toda baldío, toda soledad. La misma soledad que me acompañó en la huída tantos años atrás. Corta el silencio el tañido de las campanas lento y grave. Siento renacer la niña muerta, me falta el aliento, me gana el miedo. Entre el empedrado las malas hierbas llegan hasta mis rodillas. Esquivo el picor amargo de las ortigas mientras hago el camino de ascenso hasta la iglesia. Gimen los goznes cuando traspaso el umbral. Huele a humedad oscura. A la derecha sigue en pie la enorme pila bautismal. Mi imagen se refleja sobre el agua, un rostro cansado surcado por suaves arrugas, los surcos más profundos están grabados en la aridez de mi alma. Me veo como ayer. El vestido negro, holgado, la mantilla de borda que cubre mi cabello y oculta mis hombros. Puesta de puntillas trato de atisbar el rostro de mi madre. Está en el tercer banco, junto a mi hermano. Lágrimas de dolor, y de odio, y de rabia, bañan mi cara. Nadie me ve. Con la cabeza baja, entornados los ojos, entonan el réquiem por un muerto. Siento renacer en mi carne el dolor intenso de mi vientre, la sensación húmeda empapando los paños, el olor agridulce de la sangre, la nausea del alma que paraliza a mis pies.



Sobre el altar mayor está el féretro en que reposa mi hermano. Yace aquí, callado, desnudo de la tiranía con que oprimió a los suyos. Su rostro decrépito, la aparente paz con la que la muerte disimula su crueldad, no me mueve al engaño ni a la compasión. He venido para verle muerto. Congregados en un dolor que no siento, rezan los habitantes de un pueblo olvidado. Sendos cirios a derecha e izquierda reflejan una luz mortecina sobre el cristal. Las campanas han dejado de tañer. Desde los altavoces comienzan a escucharse los primeros compases del Réquiem de Mozart, los concelebrantes rodean el altar, fasto y pompa maquillando las atrocidades de un tirano. Noto como me miran. Aturdida por no sé que sentimientos, permanezco de pie al lado de la caja. Mi odio no ha muerto con él, las palabras que antaño callaron emergen con furia, los sentimientos comprimidos abren la espita de mi venganza, lo deseara vivo para poderle matar. He venido para verle muerto. Y muerto está. Callado como entonces...



Él calla, pero no sus ojos. Sus ojos revientan mis tímpanos y su silencio me sume en el miedo. Yo joven y hermosa, él ambicioso. Mi amado padre muerto y madre sometida a los abusos de mi hermano. Necesito escapar, él tiene planes para mí. Madre lo sabe y teme, madre calla. Quiero hablar, la mirada de mi madre me enmudece por momentos, un ruego que me advierte de la fatalidad. Mi corazón late rápido. Tengo que casarme en un mes con un hombre que no amo. Una boda de fortuna. Mi hermano quiere mermar. Soy un escalón más que subir. Humea el asado sobre los platos cuando escupo mis palabras, “espero un hijo, voy a casarme”. Dicho queda. Madre se cubre el rostro con las manos. El miedo la vence. No es la primera vez que mi hermano descarga su furia contra ella o contra mí. “Ramera”, grita, “te has propuesto fastidiarme la vida”. No me pregunta nada, sabe bien quien es el padre. Imprecándome me golpea el vientre y me arrastra con furia hacia mi alcoba.




Los concelebrantes se deciden a oficiar la misa. “Se ruega a los feligreses que ocupen sus asientos”, repiten señalándome con su mirada. Permanezco impasible a sus órdenes. No puedo moverme. Mis ojos están fijos en la cara maquillada de mi hermano. He venido para verle muerto y tengo que hablarle. Los malditos curas quieren abrirle las puertas del cielo, quieren absolver sus pecados como si con eso pudieran aliviar el dolor de los hombres, de los que hemos quedado aquí marcados para siempre. Yo quiero abrirle las puertas del infierno, que nadie olvide. Nadie debe olvidar.


Estoy encerrada en la alcoba bajo la vigilancia de mi madre. Titilan las primeras estrellas y poco a poco el sol va cediendo su fuerza ante el crepúsculo. Se oyen campanadas lentas y graves. Siento miedo, no imagino las intenciones ocultas en la dura mirada de mi hermano. Entre el lento tañer, unos pasos rápidos acompañados de susurros paran delante de la cortina de la alcoba. Madre precede al grupo alumbrándolo con un quinqué de aceite. Detrás va mi hermano. Ahogo un grito cuando la sombra se mitiga y se dibuja nítida la pintoresca figura de Agustina. Envuelta en un manto oscuro, la gitana, partera, curandera, adivina de sueños y futuros, deposita un hato también negro sobre la alacena. Grito un auxilio que no llegará. Madre calla y llora. Cierro la boca fuertemente negándome a tragar el bebedizo que me acerca la falsa matrona. Una bofetada corta el aire, mi hermano se apodera del vaso y estirándome de los cabellos hacia atrás, me obliga a tragar. “Así está mejor, zorra”. Sale de la habitación. Agustina se dirige a los pies de la cama y abre mis piernas, sonríe, trata de tranquilizarme. Apenas puedo permanecer despierta, un ruido sordo y hueco vapulea mi cabeza, Hábil, introduce un manojo de hierbas en el interior de mi vagina. Como quien repite un salmo nos pone sobreaviso. Los preparados no harán efecto rápidamente, habrán de transcurrir unos días antes de que el vientre comience a dar calambres y a sangrar, tal como una regla o poco más. Me da un cachete en las nalgas para infundirme confianza. Me importa un rábano, yo sólo quiero morir. Me cubre de paños que ata entre mis muslos y mi cintura, luego me sujeta bien las bragas. “Así aguantarán mejor las hierbas, pequeña”. Después de darme una palmadita en el vientre sonríe satisfecha. Recoge con sus manos pringadas un buen puñado de billetes que mi hermano ha depositado al lado del hatillo. Billetes sucios como sus manos que pagan su trabajo y su silencio. Mi madre me da un beso fugitivo en la frente, no se atreve a mirarme. Enciende un candil sobre la mesilla y desaparece tras las cortinas. Un suave ruido cuando huidiza, cierra la puerta de la sala. No se queda conmigo, no enjuga mis lágrimas. Me quedo sola, mareada y adormecida. De un zarpazo han borrado mi futuro, mi hijo no vivirá. Ojalá yo tampoco. Mis llanto no borra ni el dolor ni la humillación.





Los curas están terminando la ceremonia. No parece que les moleste ya mi presencia. Ya no les incomodan mis ropas rojas y ajustadas, mi provocador escote, simplemente han dejado de mirarme. El concelebrante principal desciende las escaleras hasta el lugar donde nos encontramos. Nos rocía con agua bendita rodeando el féretro, quedan gotas de agua sobre el cristal que tiemblan impelidas por el temblor de mis manos. Luego baja el ayudante que sigue los pasos del anterior. “Dale Señor el descanso eterno y brille para él la luz eterna”. El incienso que escampa con bruscos movimientos de muñeca alrededor del ataúd, se mete de lleno en mis pulmones, pierdo el aliento y siento deseos de vomitar.




La nausea es intensa y vomito sobre las sábanas. Llamo a mi madre pero no contesta. A lo lejos escuchó cascos de caballos que se acercan al cobertizo. Oigo voces, mi hermano ¡y él!. Un escalofrío me recorre la espalda, la debilidad me gana y apunto estoy de desmayarme. Tras la puerta de la sala, vuelvo a llamar a mi madre, sigue sin contestar. Abro la puerta, sigilosa desciendo las escaleras y me escondo tras la puerta de la zolle. La discusión sube de tono, se entrecruzan insultos; después golpes, puños, cuerpos a tierra. Deseo verle, abrazarle, decirle lo que me han hecho. Entreabro la puerta y miro. Él está en el suelo, sin conocimiento. Veo la sombra de mi hermano dibujarse en la penumbra mientras le da la vuelta al cuerpo, veo como sangra por la nariz. Se agacha y del suelo recoge una tranca de leña. Busca el golpe preciso y sin piedad, asesta un golpe seco bajo la nuca de él. Su cuello se apoya sobre su hombro como a un títere cuando le cortan la cuerda.





Ya han terminado el responso por los muertos. Una mujer enlutada y ajada pasa a presidir el pasillo central. Los asistentes comienzan uno a uno a darle el pésame. Por su apariencia, no tiene ningún parentesco con él, viste ropas pobres aunque cuidadas. Su ama de llaves tal vez. Ha muerto solo, también me satisface. Comienzan a retirar los macizos de flores y coronas y los van colocando sobre el coche funerario que espera bajo las escaleras del portalón. Me apartan como pueden de un lado para otro para alcanzarlos, como si no estuviera allí. Las campanas comienzan a sonar con la cadencia del toque de los muertos que acompañará al féretro hasta la llegada al cementerio.




Oigo campanas graves, sones de funeral. Un tono de tiple que eriza la piel, seguido de un grave seco tras una pausa larga. Me incorporo de la cama a pesar de que el calambre de mi vientre no me deja caminar. Me cuesta volver a la realidad; cuando lo hago, un desgarro en el alma más doloroso que mi vientre. Él es el muerto, mi amor ha muerto. Estoy débil, las lágrimas me han secado. Siento odio y miedo. Cojo un vestido negro de mi madre y me cubro el pelo con una mantilla de borda. Salgo de casa y me dirijo hacia la iglesia. El tramo es corto pero ascendente, me siento afiebrada, me falta el aliento, no puedo respirar. Sin fuerzas me quedo recostada en el quicio del portalón. Veo el féretro de él; como puedo, me pongo de puntillas y busco a mi madre. Allí está junto a mi hermano, pedazo de hipócrita asesino. Cerca de mí las plañideras se lamentan por su mala suerte. La caída del caballo le lanzó sobre el bordillo de piedra que protegía la fuente, pobre joven, se desnucó, escucho. Sólo yo sé que la mala suerte tiene un nombre. Me despido de mi madre con la mirada que solo alcanza a ver su moño cano y la mantilla de gasa. Todo lo que amo se queda para siempre en una caja que ocupa el pasillo central. Me santiguo con agua bendita y me voy. No confío en poder alejarme mucho con ese dolor, noto la humedad de la sangre que moja mis muslos. Ya en las afueras del pueblo, apostada a la entrada, hay una carreta que se dispone a marchar. Trepo y me cubro con pajas. La suerte ya está echada.


Ya ha llegado la hora de cargar el féretro. Todos esperan la salida a hombros del gran señor, el político más rico y afamado de la comarca. A regañadientes me dicen que me aparte. Yo les miro indiferente. Dos de ellos cogen la tapa de madera para cubrir el cristal. Entonces, sin pensármelo, doy un grito seco y empujo con todas mis fuerzas el ataúd. El ataúd se vence: alaridos de gente, ruidos de cristales. Un alguacil se dirige hacia mí. Pido disculpas. Le explico que soy su hermana, que han sido los nervios. No parece muy convencido pero me deja en paz. Todo se hace silencio. Despacio, dan la vuelta a la caja, vuelven el cuerpo, lo tocan con aprensión, como si quemara; Se ha revuelto todo en su interior, apesta. Un muerto siempre es un muerto. Asido por doce manos temblorosas ante el hedor de la muerte, lo introducen de nuevo en su caja. El rostro se ha desfigurado, hay cristales sobre su cara hincados profundamente, dejando surcos grises alrededor de la podredumbre de su carne. Ahora sí siento que lo he matado. No merecía otro final.




Me quedo en el centro del pasillo mientras los veo partir. Precedidos por el cura que enarbola una negra cruz, a ambos lados los monaguillos esparcen el incienso por doquier. Entonan un cántico fúnebre. Detrás del féretro, la comitiva oficial. Sola en la iglesia me deshago en lágrimas. Nunca el pasado ha sido en tal modo mi presente. Lo que queda de él, todo el dolor encubierto y lejano, ha regresado a su lugar de origen. Acabo de enterrar a mis muertos. Que la tierra los trague y que yo me quede con su paz. Un rayo de luz que anuncia el ocaso se filtra por las cristaleras de la iglesia, cálidos haces multicolores se adueñan de la oscuridad. Una sonrisa amplia se refleja en el arcoiris de la pila bautismal; traviesa, a carcajada limpia, adueñada por fin de la niña que dejé aquí, sumerjo mi cabeza en el interior de la pila. Miro al frente, en el primer banco mi padre y mi madre sujetan mis manos, es mi primera comunión. Rápida, tratando de retener esa instantánea, con la misma inocencia con la que un niño aferra bajo su almohada un sueño hermoso, cierro la puerta y bajo las escaleras de la iglesia de dos en dos.



Las primeras sombras del ocaso comienzan a diluir el paisaje desde la explanada. Trato de averiguar el lugar exacto donde había estado mi casa, ya sin dolor. Subo al coche y mientras el reloj de la torre repica las diez campanadas de la noche, arranco con ímpetu y me dirijo a mi vida.



Justine

Texto agregado el 09-05-2005, y leído por 560 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
25-06-2009 no te había descubierto,...es un gusto lerte.***** delfim
13-01-2008 Excelente! Mantiene el interés desde el principio hasta el fin. Muy bien logrado. Mis felicitaciones y 5* martincho02ar
18-12-2005 Excelente. Narración fluida e historia entretenida. Felicitaciones y van mis 5* jorval
07-11-2005 Duro paisaje el que pintas, muy bien descritas las situaciones, consigues llevar hasta donde quieres al que lee, al final no se pued epensar más que como la protagonista. Saludos. nomecreona
11-06-2005 Muy bueno. El siempre dificil retorno al pasado en prosa limpia, precisa. aukisa
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