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=Hay mujeres que no saben ser madres =

* * *
Para Fernando.

Una vez me preguntaste que si veía o visitaba a tu tío el padre. Hoy, quiero contestarte algo al respecto de su actividad. Y es una anécdota que me ha servido de advertencia para pensar en la realidad del dolor y sufrimiento que no es cosa privativa de nadie. Espero te sirva de consideración permanente también a ti, para que crezca tu corazón en la compasión hacia todos los seres humanos; pues quien más, quien menos, pero todos llevamos una cruz. Es la cruz de la vida que no podemos abandonar, porque representa la propia existencia.

Este interesante relato me lo refirió tu tío, completo y con varios pormenores, con un explicación clara y varias puntualizaciones humanas, psicológicas y teológicas; los errores e imprecisiones, así como todo aquello que falta a la narración, es mío y de mi flaca memoria, porque él me lo describió muy bien con todos sus rasgos, señas y detalles.

"Siempre me ha gustado el ministerio del sacramento de la Reconciliación, porque es la experiencia gozosa más grande que puede tener el ser humano en esta tierra. Imagínate la alegría de un ser humano que se encuentra perdido en medio de un bosque y en una cerrada noche oscura, con el miedo a las fieras, la incerteza a cada paso, los asaltantes al acecho, y que de pronto ve una casa iluminada, niños jugando y personas bondadosas que lo acogen y le dan de comer y un aposento para que se repose durante la noche. O, el agradecimiento infinito de aquel caminante muerto de sed, cansancio y soledad que atravesando el desierto oye, de pronto y descubre ante sus ojos el rumor vital de una cascada y chorros abundantes de agua cristalina y fresca que manan sin cesar. Estos personajes correrían sin pensarlo, hacia aquel refugio y ofrecimiento gratuito; y sentirían el cobijo protector, y saciarán su hambre, la urgencia de su sed y dolor de su infortunada soledad.
Pues, también, de esto es una imagen y realidad el sacramento de la Reconciliación. Para el pobre pecador que reconociendo su lamentable estado, su extravío, temores, soledad, su hambre, frío, sed, y toda su miseria, levanta los ojos y en Jesucristo Dios, descubre la fuente del perdón y la misericordia, el agua que sacia la sed, la miel que cura sus quemaduras y el ungüento que acaricia su destrozado cuerpo.
El de la Reconciliación, es uno de los Sacramentos más hermoso que podemos hallar en la Iglesia, pues es el río en el cual nos podemos bañar; la puerta abierta hacia el refugio seguro; los brazos abiertos de un Padre que recibe con besos y lágrimas a quien de verdad tiene hambre y sed de su amor y compañía; quien reconoce su dependencia total, y que está colgado esencialmente de su respiro o creación continua, es decir, del Espíritu Creador.
La Iglesia forma también la conciencia de los niños, para que desde pequeños aprendan a encontrarse cada vez más seguros en su casa y en los brazos del único y verdadero Papá que es Dios. Porque, los niños, aunque inocentes, no son ángeles; en medio de un mundo que disturba sus corazones sin malicia, se manchan por salpicaduras de los lodazales, o quedan heridos con las espinas de hierbas agrestes.

Una vez, llegó un niño a confesarse. Era pequeño. Frisaba su edad entre los ocho o nueve años escasamente. Se puso de rodillas frente a mí en aquel confesionario donde llevaba algunas horas administrando este Sacramento; y entonces, con las manos cruzadas, dijo contrito sus pocas e ingrávidas fisuras, pero que a él sí le pesaban y dolían. Le dije dos o tres palabras, como acostumbro hacerlo siempre con todos los penitentes, invitándolo a descubrir más y mejor la belleza del bien y a enamorarse de la virtud para nunca abandonarla; lo invité a orar sencillamente y a formarse con la correspondencia a la gracia del Señor un corazón bueno y generoso. Pero, al punto de despedirlo diciéndole el "vete en paz", a sus tiernos ojillos, limpios por el candor de la inocencia, se asomó discreta una blanca lágrima, cargada de sufrimiento y dolencia, mientras decidido y formal me decía: "Padre, me puede dar un consejo".

Quedé completamente desarmado ante aquella pregunta. Y la reacción espontánea que apareció en mi semblante, fue querer escurrirse una sonrisa indiscreta, pues no había otra salida normal ante semejante pregunta de un niño; por demás, del todo inusitada. Porque, ya sabemos que es bastante común que la gente adulta pida consejos; y, cuando vamos al confesionario, estamos preparados o dispuestos para escuchar y responder las mil y una cuestiones y consultas presentadas por los fieles. Pero, que un niño así, de tan corta edad, con una seriedad tan grave y partiéndosele el corazón con una lágrima, que se queda respetuoso esperando la respuesta, esto es otra cosa, capaz de enternecer al mismo cielo.

Reaccioné al momento, pues, y le dije que sí. Que me podía contar toda clase y “unusquisquis” de cuantos fueran sus problemas. Pero, todavía dentro de mí estaba el ánimo incrédulo de que en un alma pequeña pudiera caber un dolor tan ponderoso. Entonces asumí un gesto de adulto serio, poniéndome el índice en la punta de la nariz, como apretando el botón para que se abrieran más las células de los sentidos, pues aquello parecía un caso singular. Le repetí que lo escuchaba atento, pues se había quedado de repente impertérrito. Había bajado la cabeza, discreto, escondiendo pudoroso su queja. Sólo veía sus cabellos finos y delgados, y a cada lado de la cabeza, la punta de las orejas.
Y, cuando elevó su tierno rostro, noté expurgando cuidadoso, que ya era más viejo de lo que en un momento creí, porque el sufrimiento lo había azotado como a un adulto avezado en años y ahora, al recordar su pena lo reflejaba indiscreto. Su respuesta fue clara, pues aunque vivía un drama profundo, no era teatro cuanto hacía; y, volviendo a mirar sus tristes ojos llorosos, que eran como lámparas luminosas en medio de su bronceada piel, la cual era cincelada sin piedad por el dolor, descubrí que estaban cubiertos de limpias lágrimas; éstas bañaban su carilla al modo de gotas diamantinas de rocío que regaban una bella planta, pero la estremecían.
Sí, aquel chiquillo que tenía frente a mí, era como una firme y recia planta, que había crecido al socaire del esfuerzo, del trabajo y del dolor. Había madurado como un jinete sin montura ni riendas, a horcajadas y en el equilibrio enclenque de su inexperta existencia; pero no era la sacudida lo que él temía, sino que en su caída pudiera herir a otros: su madre y sus hermanitos. Sí, comprobé que dentro de aquella pequeña alma había luchas, desazón e incertidumbres; porque las dificultades lo había hecho madurar y descubrir las contradicciones de la vida, lo cual había acarreado así, tan temprano para su alma pequeña, aquellas serias y terribles crisis existenciales.

Me repitió entre gemidos: "Padre, deme un consejo. No se qué hacer con mi mamá". Y, comenzó a desgranarme su historia. —Yo vivo en este pueblo, y voy a la escuela de las Madres. Estoy en el tercer año, y me gusta mucho estudiar. Tengo las mejores calificaciones de mi grupo, porque el tiempo que me queda del trabajo que hago, estoy repasando mis libros y leyendo todo cuanto encuentro. En mi casa somos tres hermanos: yo soy el mayor, y me encargo de cuidar a mis dos hermanitos; sobre todo, les preparo la comida. Fíjese que ya se cocer los frijoles, freír huevos, cocer nopalitos, calabacitas y las papas. También voy por las tortillas todos los días, y baño a mis hermanos. Siempre y cuando puedo, juego con ellos, pero cuido que se porten bien y luego que acabamos de jugar recogemos todas las cosas, para no cansar a mi mamá.
Pero, ¡Padre! —exclamaba en medio de entrecortados sollozos— a pesar de todo lo que hago, ella me pega mucho. Cada vez que regresa a la casa, siempre de noche, no faltan motivos para reñirme y acaba golpeándome sin compasión. A mis hermanitos los mando a dormir temprano, para que no los regañe cuando vuelve, pero a veces los despierta, y ellos le tienen mucho miedo, porque siempre está enojada y molesta.

-A este punto, quise intervenir-
indicándole que tal vez su mamá llegaba muy cansada del trabajo, que la debía entender en sus reacciones; pero que mejor hablara con su papá, para que toda aquella situación irregular se mejorara. Lo exhorté a que tuviera comprensión con su mamá y la quisiera mucho por todo cuanto había hecho de bien al darles la vida a él y a sus hermanitos. Que en esos caso, había que demostrarle mucho amor, y éste, con gestos y acciones concretas; le dije que la respetara mucho e hiciera cuanto le mandaba.

—Entonces él, bajó la cabeza, como avergonzado. —No, su mamá no trabajaba. O si trabajaba, él no sabía en qué. Se levantaba a medio día, sin interesarle sus hijos; luego se iba todos los días a otro pueblo, para volver ya a media noche, en la madrugada, o sucedía que no regresaba en varios días. —No, tampoco tenían papá; no sabían si había muerto, porque su mamá nunca platicaba con ellos.
Yo, no supe qué decirle de momento, porque me quedé también mudo.

Pero, él como adivinando mi perplejidad, siguió narrando que vendía chicles y tenía un puestecito de dulces en la puerta de su casa. Con esa actividad conseguía algunos pesos para mantenerse él y sus hermanos; pronto iba mandar al que cumpliría los seis años a la escuela. ¡Ah!, él les enseñaba a leer y a escribir, como si tuviera un Kinder; y, aquello que más jugaban era ir a la escuelita; él era el profesor, —y muy exigente con ellos, —me dijo—. Pero sólo para que aprendieran, pues el desorden aleja la concentración.
Para las demás cosas necesarias, me refirió que algunos vecinos les daban ropa, que él también lavaba y sabía remendar; no tenían plancha, por eso una vecina le planchaba su uniforme de la escuela. —Sí, con todo, él quería mucho a su mamá. Siempre la recibía contento, y le decía cómo iba en la escuela y lo bien que se portaban sus hermanitos; y, cuando quería rodearla con sus brazos para darle un beso, aunque a veces, o siempre olía raro, como alcohol o cigarro, ella lo rechazaba y parecía que a cada muestra de cariño, más todavía se ensañaba los golpes contra él.
Todo esto me le transmitió en medio de los antagónicos sollozos que trataba de acallar, pues realmente sufría y estaba desconcertado en aquel drama para él insoluble. Entonces, metiéndome de lleno en su tragedia, comencé a reflexionar y exponer algunos consejos, con otras palabras y razonamientos... Le dije entre otras consideraciones las siguientes:

“Me deja conmovido tu desdicha, porque viviendo en medio de tanto egoísmo, que no es tuyo, te ha hecho tanto mal en modo que has sentido la necesidad de salir de él, por eso me pides un consejo. Sí, eso que vives es un pecado, pero ten presente que no es precisamente el tuyo.
“El pecado es sufrimiento y tu sientes esas consecuencias. Se dice que la mamá sufre cuando su hijo está enfermo y siente todo lo que le pasa; pero aquí es lo contrario: tú sufres porque tu mamá se encuentra aquejada de un mal grave. Sí, ella está enferma. Tú vives en carne propia las torturas de tu propia madre; pero, porque es un mal, no dudes que ella también está sufriendo, por eso tiene ese comportamiento con ustedes. En atención a ello, compadécela tú, si ella no tiene compasión de sus hijos. Recuerda que ella no es mala, porque es madre, sólo que está enferma. Nunca dejes de salir a su encuentro con gozo y con bondad, para que no pierdas la dignidad de hijo, así como ella ha perdido su dignidad de madre.
“Si su corazón está enfermo y no respeta ninguna ley de piedad o humanidad para con sus hijos, tú debes iluminar su camino equivocado; por eso, corre con espontaneidad a ofrecerle tu amor filial para que despiertes su amor materno el cual se encuentra embriagado por los golpes de la vida; porque es seguro que a ella, primero que a ti, la han pisoteado y denigrado otros corazones más insensibles que ahora el suyo.
“Corre siempre con amor, con alegría, con entusiasmo a su encuentro… no te detengas.. corre a buscarla… tú no necesitas hacerte niño, sin rencor, sin malicia, porque ahora eres niño puro. Sé siempre niño ante tu madre.
“Que tu amor inocente, agradable, noble y limpio no sea medido por el cálculo de una falta de respuesta; la cual en una madre, ciertamente que no debería ser; pero ella está enferma. Recuerda que el amor sincero, puro y verdadero, vence y convence. Pues, si no fuera así, entonces el mismo Dios dejaría de ser Dios. El bien siempre triunfa y Dios, que es sumo Bien, tiene siempre la última palabra.
“Además, piensa que no será ningún delito si tú amas siempre y en todo tiempo, aunque nadie te corresponda. Tú serás feliz interiormente, porque el amor es calor, es luz y es paz y bálsamo para el espíritu. Dios es luz y bondad; si amas siempre bien a tu madre, hallarás fuerza dentro de ti, nacerá el valor y crecerá tu inteligencia para hacer aquello que debes hacer. El amor es fuerte y da fuerza. Consérvate siempre unido a su fuente, para que te alimente y alimentes a quienes carecen de él y están muertos o no se dejan calentar por sus rayos de bondad.
“Para eso, tú también perdona y muestra ese perdón amando siempre y sin desfallecer. —Recuerda que el signo del perdón íntegro, del afecto colmado y del amor pleno, es el beso; él debe romper las cadenas del egoísmo, la indiferencia y la traición. Sí, no olvides que el signo del amor completo y del perdón amplio y total es el abrazo, es el beso. Tú, que tienes amor y un corazón bueno, besa siempre con cariño a tu madre y no digas más palabras. Bésala con ternura, con afecto, con devoción y respeto. Y que tus besos de cariño e indulgencia borren cada vez un pasado negativo suyo en modo completo. Porque cada beso puro que se da, es como una creación nueva, porque Dios también besa cuando perdona. —Recuerda que todo cuanto existe en la creación, incluidos los seres humanos, somos un beso de su Espíritu.
“Si besas con amor cada vez a tu madre, ofreciendo en cada beso el perdón y tu amistad filial, la obligarás a responder con la misma medida… y entonces la habrás despertado de su sueño de falsedad en que ella vive; porque la luz pura abre la brecha de la reflexión y lleva al corazón de la realidad de las cosas. Así le harás entender a ella también que debe poner sus pies en el camino de la luz y de la paz, para que venga a pedirle perdón a Dios en la Iglesia. Sólo hasta entonces vivirán todos felices, cuando no haya más pecado… cuando el sol de la bondad disipe toda la oscuridad que a veces envuelven las almas...”.

* * * *
Un niño es limpieza, simplicidad, candidez e incorrupción. Y, ¿de dónde le viene esa inocencia? El origen no es otro sino la cercanía con la fuente de la luz y del amor que se encuentra en el mismo Dios. Y, ahora asómbrate, porque, precisamente es el corazón de una madre, donde está el puente entre el niño con Dios.
Imprime bien en tu mente y corazón que, aunque una madre pudiera no querer bien a sus hijos, porque esté enferma de amor, ella, al haberlo concebido en su seno, de hecho ya lo amó, a pesar suyo, y aunque desde antes de nacer lo hubiera rechazado. Sí, lo amó con sus células, su sangre y el medio natural que le dio para vivir. Negar el amor materno, es como si tú te cayeras en medio de una laguna y pretendieras no mojarte. Así también es el misterio de la vida que llega al seno de una madre. Un ser que aparece en el río de la vida (el seno materno), camina en la corriente del amor que, aunque insensible, profundo, lleva y conduce hacia la unión con el mar de la vida.
Porque una madre ante todo, es un océano de vida, es luz y calor; es fábrica de amor y ternura, es pozo de alegría y delicadeza, pues la realidad más profunda consiste en que toda madre es un reflejo del corazón de Dios. Fue Dios quien creó las madres; Él las inventó y las hizo especiales para asociarlas a su poder creador; por eso, en ellas Dios manifiesta su vigor, savia, substancia y energía vital.

La ignorancia, es, pues, el motivo que lleva a las mujeres que no quieren ser madres a despreciar el encanto de la vida, con lo cual se desvían de uno de sus atributos mayores que pueden imaginar, pues sólo en la naturaleza humana a la mujer se le ha dado esta particularidad y cualidad que toca el misterio de la existencia, el misterio del ser, el misterio de Dios.

Saludos de tu tío “El Vagabundo”

Texto agregado el 11-05-2005, y leído por 376 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
16-08-2006 Genial, que buena forma en explicar el concepto de una "madre" .... Me agrado bastante. Felicitaciones !! Simplemente_Bibi
27-01-2006 "Hay mujeres que no saben ser madres"...pero bien lo dices...es la ignorancia. La pobreza, tampoco es terreno muy fértil para el cultivo del amor. Pequeño-hombre, madurado a la fuerza es aquel niño de la historia que narras con la sinceridad del apego a los hechos y una emotividad que brota del corazón del niño, pasa por su confesor y nos llega a través de estas líneas, a modo de reflexión que nos reafirma en nuestra posición de madre. Felicitaciones, mis 5* y mi beso agradecido. Pilef
23-08-2005 En efecto te felicito por tu apreciación, la mujer debe amar el ser portadora de el don de hacer milagros, y quisiera agregar que los viejos tambien estamos muy cerca en identificación con los niños, ellos son angeles, que estan cerca de Dios por haber sido parte de la corte divina como los otros estaremos. gatelgto
 
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