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La UCI era la unidad de cuidados intensivos del hospital, lugar donde llegaban los enfermos terminales, aquellos que si por alguna de esas casualidades lograban salir con vida de aquel sitio, era debido a un milagro de la Divina Providencia. Era, por llamarlo de algún modo hiperrealista, la antesala de la morgue. Esto explicaba las estampitas religiosas pegadas en las paredes sobre las camas existentes en el pulcro pabellón. Sin embargo esa mañana en solo dos de ellas se lograba distinguir la presencia de pacientes. Uno estaba ahí con muerte cerebral tras haber sido arrastrado casi media cuadra por las ruedas de un autobús, mientras que la otra muchacha se encontraba sumida en un profundo estado de coma tras caer con su cabeza sobre el borde de una tina de baño. Ambos se hallaban conectados a sendos respiradores mecánicos y de sus venas colgaban titilantes las agujas de las sondas.


Parada en el umbral del pabellón la enfermera introdujo la mano en uno de los bolsillos de la inmaculada bata que llevaba puesta. De su interior sacó la moneda que segundos más tardes voló por los aires de la antigua nave impulsada por su dedo gordo. Cara significaba el turno de la infortunada de la tina; cruz el turno del atropellado.

Con casi diez años de antigüedad en la UCI, la enfermera había dado cristiano descanso a unos 40 pacientes. Para ella esto significaba un impulso generoso a la mano de Dios, que permitía el tránsito rápido del pobre paciente al más allá. Ello era sin perjuicio de los pesos que se ganaba por concepto de comisión de los dueños de la funeraria; y del enorme placer sexual que le provocaba sentir el último halo de vida del infortunado de turno. Siempre al verlos morir un tremendo golpe de corriente le erizaba hasta los vellos de la pelvis humedeciendo su ropa interior. Algunas veces y cuando el finado era bien parecido, no dudaba en subirse sobre el cuerpo inerte para frotar con furia su frondosa humanidad sobre cara y nariz; atentísima a cualquier sonido que pudiere provenir de los pasillos del hospital.

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Con el pie pisando la manguera del respirador, la enfermera vio cuando la paciente abrió por unos segundos sus ojos despavoridos antes de morir asifixiada y cegada por la intensidad de la luz.

Texto agregado el 25-08-2003, y leído por 703 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
05-11-2008 Que lastima haber encontrado tus textos a destiempo, éste es muy bueno.*****Saludos. sagitarion
09-02-2008 Qué barbaridad, impresionante... jomalogon
17-12-2007 otro buen cuento. Creo que le hacen falta algunas comas, o, punto y coma en algunas partes. Bueno, realmente bueno. oecheverry
10-11-2005 que enfermera desagradable, me falto la descripcion pero me imagino una gorda de unos cuntos años solterona, pero con sus historias encima, y muy catolica por supuesto... el_hada_perdida
02-03-2005 me angustio mucho... muy bien logrado este cuento Cao. te felicito. peinpot
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