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Inicio / Cuenteros Locales / nazareno / a las mujeres no hay... que les caiga bien

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La impotencia de saber que con esa frase me decías adiós me hacía delirar de odio o amor o impotencia mi machismo o mi desespero decían

“a las mujeres no hay miembro viril que les caiga bien”

y decía miembro viril porque en estas ganas de preguntarte tantas cosas todavía me quedaba respeto por mis insultos hacia vos pero en el fondo tenía sabrosas maldiciones para vos o el destino o para mi o para eso de no volver a verte.

“ya te descubrí dijiste” y con eso diste terminada la conversación, como si fuera yo algún estratega del amor o de tu alma o como si yo te hubiera ocultado mas cosas de las que todos tenemos ocultas y que a veces ni siquiera sabemos que tenemos. Me hiciste sentir culpable pero intenté pensar que más que me descubriste te descubriste había sido la verdadera razón volcada hacia mi.

Con vos teníamos el acuerdo siempre frustrado de salir a charlar, a contarnos como andábamos, como iba el estudio pero tarde o temprano por tu sonrisa o mis intentos llegaba el beso tan entrometidamente bienvenido. Nuestros labios acariciando comisuras, mejillas, orejas, tu cuello, mi cuello, tus ojos. No tenías ojos verdes esmeralda, ni celestes cielo pero brillaban como estrellas y perdón pido al dios literario por el lugar comúnmente trillado pero tus ojos brillaban como estrellas. Porque era así, te apoyabas en la baranda espaldas al río y tus ojos eran dos estrellas más, contra el cielo, sobre las islas, eran dos ojitos picarones y entre triste y alegres como los ojitos de un conejo liberado al amor después de un cautiverio en noches frías y de brisa y silencio. A mi me encantaba besarte los párpados, y entre tantos ir y venir de brazos y manos y labios se me escapaba algún “te quiero” y vos no me creías y en realidad yo también pensaba en esa frase que zigzagueaba en mi cabeza, de mi cerebro hasta la boca y de nuevo al cerebro hasta que se escapaba así nomás como se escapan esas cosas que tienen que ser o decirse y te decía “te quiero” y no sé que pensabas pero si esperabas de ese “te quiero” una promesa de amor para toda la vida, no lo era, no, no lo era porque no podía serlo, la misma vida o la misma muerte se empeñarían en que no sea, si esperabas que insinúe quiero lo mejor para vos, que crezcamos juntos, que seamos felices para siempre, tampoco, no podía decirte eso, el amor trae entre las líneas de su malla dolores entretejidos y perdidas y ansias y tal vez nunca fuésemos felices pero esa noche entre mis brazos, con el río y las estrellas en tus ojos, te quería, acurrucada, a salvo, salvada, salvado, tibia, tenue, con los labios acariciándose como las olas en la madrugada, antes del sol, en secreto, sin ruido, si hacerse saber, sintiendo el río y su alma turbia y agitada derramándose. La saliva ya sin identidad no era tuya ni mía, sólo era. Un puente entre soledades. Tal vez.

Siempre terminábamos en los besos y las charlas entreveradas como queriendo arrancarle una verdad a la noche, como un niño parado en el living de la vida preguntando por qués, para qués, tratando de encontrarle una ranura, una abertura que alivie o justifique los días tan parecidos, las mañanas de aliento ácido en que uno se pone los zapatos y sale a la calle tras la zanahoria, esa zanahoria que nunca se encuentra, que nunca llega, que es muy probable que no exista, que no sea nuestra, que ni siquiera sea de nadie, solo sea algo porque vivir, como vivir entre tantas preguntas sin respuestas, como vivir en las noches en que la cabeza gira y gira y gira y gira y gira y gira sobre la almohada, bajo las sabanas, por favor que sea mañana, o que llegues, que por fin llames o seas estrella o espejo o un sonar del teléfono que no alcancé a contestar, y que aunque sea oriente el girar a tu dulce sonrisa pero lo nuestro era imposible, y tal vez ahí estaba lo más emocionante de ese libro, un libro sin última página porque no debía haber última página y leíamos tan apasionados, tan vertiginosos, hoja tras hoja, para saber como era eso de leer un libro que no tenía final, que ni siquiera sabíamos si le faltaba una página o dos o tres o mil o quinientas porque los libros de amores condenados son así. Aunque sea difícil de entender como en una peatonal donde tantas soledades corren tras zanahorias se pueda condenar a un amor, todavía haya un vacío para aumentar el vacío de los días diciendo lo que es o debería ser el amor, para delimitar el amor, ponerlo en un armario, en una pieza, en una iglesia, en una casa, o anillada hipocresía. Cuando el amor como una oveja acorralada busca desesperadamente escapar, como si pidiera a gritos libertad, un espacio, un rincón, un impás, un dejarse llevar y que sea como eran nuestros labios y secretos en ese parque y el río con su mandala plateado como ombligo como marca del tiempo.

Y no se qué descubriste, si descubriste que eras la vocecita o los ojitos o los besos donde uno se encuentra , dónde uno se olvida y deja que todo parezca tan perfecto, sea perfecto, lunares de paz en un campo escarpado por el tiempo, lunares donde uno se arrima a creer en algún oasis aunque el oasis sea el reflejo de la verdad a lo lejos, sobre un camino, casi donde parece que termina, que uno encuentra. No sé si descubriste que yo sentía el perdón entre tus brazos, que llenaba algo que debía llenar, llenarme, que encontraba el silencio que no era de tedio sino de estar a salvo, aunque sea de tanto en tanto como de tanto en tanto uno se encierra en un cuarto a escribir, a pintar, a dibujar algo, un garabato con tantas curvas y enigmas como nuestras noches, una ayuda, una pista por donde seguir, un susurro que nos anime a mirar por encima de los árboles, de sus copas densas, del cielo que ocultan detrás de sus verdes sombras agitadas, o a lo mejor descubriste que ya debías abandonar la vuelta a esa cornisa, que ese andar giraba y giraba y era tuyo y mío o de nadie, a lo mejor tantas horas de tu mejilla apoyada contra el vidrio de un colectivo girando entre cornisas te hicieron dar cuenta que te querías bajar, que ya habías visto suficiente, que era mejor llevarse esos recuerdos tan tenues de paisajes imposibles y seguir algún otro intento de encontrar las respuestas que no encontramos junto al río o en las palabras. Y cuando sonó a través de la distancia del teléfono ese “ya te descubrí” sentí algo de culpa, o de bronca, y de bronca y “que te picó” o “bueno…” pero no entendí nunca y me llevo a pensar esa frase tan de mesa de pool que se estrella en una bola negra y dice “a las mujeres no hay miembro viril que les caiga bien o pija”, en realidad ya no hace mucha diferencia. No hubo mucha diferencia en nuestro final que nunca te haya insistido demasiado en que hagamos el amor, no hubo demasiada diferencia en que hubiera intentado ser diferente y estirar mi ganas y agrandar el respeto y tu imagen, y que te sientas tan querida y tal vez inmaculada hasta que hacerte el amor hubiera sido el acto culmine de una noche junto al río, la frase célebre de tus ojos como estrellas al río, la respuesta a las caminatas de la mano, al secreto del silencio, a las reglas del amor, la última página perdida de un libro sin final. Te quiero. Yo.

Texto agregado el 19-05-2005, y leído por 136 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
29-05-2005 La lectura se hace algo difícil por lo vertiginosa que es. Quizá para vos tenga clarísimo sentido. Por ello me hace pensar que esta no es una personificación, sino palabras totalmente tuyas sobre algo que te ocurrió. Realmente lo que has hecho es lamentar las vicisitudes universales del amor, especialmente del amor joven. Desleal
 
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