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Hace unos dieciocho mil años el avance de los hielos obligó a los cromañones a refugiarse en regiones más cálidas del sur de Europa. Una familia de tres buscaron y encontraron ese calor: Tu, Pi y Chu, el padre, la madre y el hijo. No debe extrañarnos que se llamaran así pues no conviene abrir demasiado la boca cuando el frío es muy intenso. Ya más tarde, pudieron llamarse Tupadre, Pisapoco y Chutito, cuando al aspirar el aire de la nueva región su saliva dejó de formar estalactitas y estalagmitas en sus bocas. Incluso podían decirse entre ellos muchas más cosas, casi frases enteras. Se entendían mejor y se fueron humanizando cada vez más porque, como ya ellos pensaron, aunque no lo dijeran, hablando se entiende la gente. Sí, no hay duda que empezaron a entenderse mejor. De puros onomatopéyicos pasaron, aunque muy despacio, a palabras más suaves, cálidas y tiernas, pero todavía difícilmente entendibles para nosotros de haber vivido en su época. En lugar de PU, que gritaba el padre cuando vivían más al norte, decían ahora PUÑ del cual ya muchísimo más tarde, cuando se usaron camisas con puños floreados, pudo derivarse PUÑETA, y casi de inmediato, sin que se pueda fijar fechas pues eso es muy difícil para el nacimiento de las palabras, vino PUÑETAZO que conserva todavía en castellano el significado original. En lugar del TRA que usaban en el frío decían ahora TRAMP, de cuya voz se derivaron luego, directa e indirectamente, multitud de palabras que hoy reconocemos en muchas lenguas. Y así, aunque no viene al caso, podríamos citar muchas más derivaciones y numerosísimas palabras. El caso es que ya se entendían bastante mejor, al menos entre los tres y luego con sus descendientes y éstos a su vez con los que les siguieron. Pero lo que más nos interesa no son las onomatopeyas ni sus derivados sino lo que le sucedió a TU cuando se enfrentó con el árbol de las manzanas, un árbol que le pareció extraño y cuyos frutos nunca había probado, pues en el polo no se daban bien los frutales. Ese día era de tormenta, ellos seguramente lo hubieran calificado como TRU, pero como dije antes eso ahora no es lo importante.
Resulta que el padre, seguramente presionado por la madre y por quedar bien ante el hijo que lo admiraba por su destreza y le temía por su fuerza, se subió al árbol de un salto y trepó con gran facilidad, pero cuando iba a morder el fruto desconocido, cae un relámpago y suena casi al tiempo un trueno como los que ya no se escuchan ahora, un trueno fenomenal. PU vuela por los aires y queda despatarrado y bastante quemado en el suelo, afortunadamente todavía vivo.
Debo decir, antes de proseguir, que en aquellos tiempos nuestra familia sólo podía aprender de las experiencias puesto que en esa región menos fría a la que llegaron no existía pasado, al menos para ellos.
Habían transcurrido varias lunas - así contaban el tiempo, poniendo una piedra sobre otra y del tamaño que correspondía según la cantidad de luna que veían- cuando TUPADRE pudo levantarse y volver a ser como antes pero, eso sí, con una experiencia más, experiencia traumática que como veremos más adelante iba a resultar de capital importancia.

Antes ya de que TUPADRE volviera a caminar, tanto PI como CHU tenían terminantemente prohibido comer frutos del árbol de las manzanas, regla que les costó poco observar, por un lado por haber presenciado la desgracia del padre y por otro porque en aquel tiempo las órdenes se cumplían. Los bastones que se usaban eran más grandes que los de ahora, eran garrotes a los que llamaban GAR, que era el sonido del estertor último que profería el “garrotado”, que ahora se dice derrotado.
Cuando TUPADRE murió, debido en parte a sus años y en parte por las secuelas del costalazo que se dio al tratar de morder la manzana, CHU tuvo con su madre un hijo al que llamaron CHUPI, resultado de la combinación de los nombres del ahora padre y de la madre original. Después tuvieron una hija con la cual tuvo CHUPI tres varones y cuatro hembras, de las que nacieron un montón de otros hijos que aumentaron lo que ya era más un grupo que una familia. El trancazo que casi le cuesta la vida a TUPADRE, y que de hecho se la acortó, se fue, poco a poco, olvidando, pero lo que sí perduró, y cada vez con mayor fuerza, fue la prohibición de comer el fruto del árbol de las manzanas.
Pasaron muchas piedras, montañas de piedras, o sea lunas, hasta que nació un niño genio -cosa que se empezó a dar cada muchísimas lunas- que al crecer se le ocurrió preguntar: “Por qué no se puede comer el fruto del árbol de las manzanas”. La respuesta a la sorprendente pregunta del niño-genio fue unánime: NADIE LO COME, NO SE PUEDE – respuesta que probablemente fue el origen de lo bueno, lo malo y lo prohibido. Como el niño genio no tenía todavía un garrote grande, se calló, creció y observó. Cuando llegó a ser hombre, un día, decidió comer del fruto prohibido.

Antes de seguir, es conveniente señalar que en aquel lugar, entonces, la vida era plácida y aburrida. El clima era bueno, la comida abundante y la única diversión consistía en corretear muchachas vírgenes que, por ser jóvenes y las que más corrían, se consideraban presas codiciadas y admiradas.
Así, pues, aquel hombre que fue niño genio y que todavía pensaba y se aburría, se encontró ese día, al terminar una de aquellas cacerías, descansando debajo del árbol de las manzanas con su presa. Sea por impresionarla o sea porque ya estaba harto de aquella prohibición, se subió al árbol, tomó una manzana y la mordió. Al verlo, la muchacha, sorprendida, asustada y sintiéndose parte del desacato, se tapó con una hoja de parra de las que allí, entonces, había muchas y muy grandes. Él bajó del árbol, la descubrió, la acarició durante un rato, la tranquilizó y, poco a poco, le fue acercando el fruto a la boca, hasta que ella, convencida de que nada malo ocurriría, lo mordió.
Felices por haber roto un tabú llegaron a la aldea y proclamaron a cuatro vientos su aventura. Pensaron que los ovacionarían y admirarían por su osadía, pero todo lo contrario, los desterraron, y no los quemaron vivos porque ya despuntaba por aquel entonces algún que otro signo de defensa de los derechos humanos.
Desterrados, hubieron que trasladarse más al norte, con más frío, con montañas perennemente nevadas, y tuvieron un hijo al que le pusieron CHUPITU. Por un tiempo vivieron felices los tres. Luego el padre empezó a aburrirse de la vida monótona que llevaban –desde entonces ha sido costumbre que los hombres sean los primeros en cansarse de la vida doméstica- y empezó a crecerle en la cabeza la idea de desafiar la altura y el frío de una de las montañas nevadas más altas. Preparó durante el invierno, con la ayuda de la mujer y del hijo, lo que consideró necesario para poder escalar el pico durante el verano.
Cuando el frío se fue alejando, los tres partieron hacia la falda de la montaña. Tanto la mujer como el hijo le tenían miedo a la tal montaña, probablemente porque sospechaban, y estaban en lo cierto, que al menor descuido podían quedarse como estatuas de hielo. Así pues, alcanzada cierta altura, mujer e hijo quedaron en espera del hombre, que por ser más valiente, atacó la montaña nevada decidido a alcanzar su cima.
Ya estaba cerca de su objetivo, ya se creía vencedor. Entonces, viendo en el fondo a su mujer e hijo, aunque muy pequeños, casi tan pequeños como dos puntos, se le ocurrió proferir un potente grito para llamar su atención. De la montaña surgió un rugido que aumentando de volumen fue acompañando una avalancha de nieve formidable. El hombre no pudo hacer nada más que taparse la cara, la nieve lo alcanzó y lo arrastró formando con él de núcleo una bola enorme que rodó, rodó, aumentando su tamaño y velocidad. Su mujer y su hijo vieron como la enorme bola se acercaba, como pegaba con distintas rocas, como se despedazaba. Por un largo rato buscaron al hombre y tuvieron suerte. Lo llevaron primero al campamento de altura y dos días después pudieron emprender el regreso a su cabaña. Turnándose madre e hijo arrastraron al padre acostado sobre unas ramas entrelazadas. Se había salvado, pero el trauma que sufrieron los tres no se había de olvidar. A partir de entonces, ellos y sus descendientes, y los descendientes de los descendientes, tenían prohibido subir a aquella montaña que llamaron maldita al principio y sagrada después.
De nuevo pasaron muchas, muchas lunas, hasta que un día nació otro niño genio que creció y se hizo hombre. Un día, regresando de cazar y habiendo pasado cerca de la montaña sagrada, llegó a la aldea, que ya era una aldea muy populosa y preguntó: ¿Por qué no se puede subir a la montaña sagrada? Nadie supo, se atrevió o quiso contestarle. El caso es que ante la insistencia de TUPICHU, que así le habían llamado sus padres en memoria de hechos muy antiguos, el pueblo entero lo repudió y lo expulsó de sus dominios.
TUPICHU caminó y caminó solo, con su garrote y sus ideas, que no eran pocas pues, como ya dije, había nacido genio. Se orientaba con el sol, caminando siempre hacia donde lo veía salir. Se alimentaba de frutas y de la carne de los animales que lograba matar, al principio con su garrote y después por medio de otras artes. Comió de todo lo que le apetecía y subió a las montañas que quiso. Hizo herramientas de piedra y de madera, aprendió a pescar, a cocinar con fuego y a meditar. Lo que nunca dejó de hacer fue caminar y caminar, pues estaba plenamente convencido que en algún lugar, cerca de donde el sol salía, encontraría a otros seres con quienes poder hablar y poder dormir. En realidad, y aunque él todavía no pensaba en esas cosas, esa era la fuerza que lo mantenía: la necesidad de encontrar compañía.
Después de muchas lunas, de muchos años diríamos ahora, llegó por fin a un lugar donde había gente, mucha gente. Logró pasar desapercibido hasta que aprendió su lenguaje y pudo vivir entre ellos como uno más. Le llamó mucho la atención que en aquel lugar no sólo había una prohibición sino muchas más, unas tablas que se debían cumplir y multitud de disposiciones que casi nadie seguía. Él, con su experiencia y la sabiduría resultado de sus meditaciones, sólo hizo caso a las que le parecieron buenas o le convenían. Vivió sin preguntar, sin molestar a nadie, ayudaba a todos a quienes podía y amaba mucho. Le sorprendió la muerte frente a su casa, rodeado por su mujer y por sus hijos, bajo la sombra de una higuera y meditando.





Texto agregado el 19-05-2005, y leído por 87 visitantes. (0 votos)


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