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Inicio / Cuenteros Locales / silviasayago / ANA (QUINTA Y ULTIMA PARTE)

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En un cuarto del dispensario del pueblo estaba Idar sobre un catre viejo, vendado.
Los habitantes de La Esperanza acudieron uno a uno frente su cama, velando el sueño del joven desconocido, que tan heroicamente había acudido a rescatar a la hija del maestro. Todos lo habían tratado alguna vez, y aunque ninguno lo conocía lo suficiente después de desplomarse frente a todos en un extraño acto de heroísmo, la gente de pueblo quedó muy impresionada. Quién podía imaginar que detrás de un rostro infantil y un cuerpo tan frágil se escondía el coraje suficiente para hacerle atravesar la casa en llamas, permanecer durante varios minutos dentro, mientras la casa ardía por completo, para ayudar a la joven.

Idar despertó un par de días después de todo aquello. Al hacerlo fue informado de la muerte del querido maestro, y el médico le habló un poco de la suya propia.
- Espero que sepas que tus actos tienen consecuencias. Llevarás las cicatrices de las quemaduras durante el resto de tu vida. Pero tienes que agradecer que no fueran tan graves.
Idar le miró sin responderle.
- En cuanto a la joven... me apena decirte que ella tal vez no sobreviva. está inconsciente, y tal vez sea necesario llevarla a la ciudad.
El joven no se inmutó.
El médico dudó por un momento que Idar le hubiese comprendido, así que se retiró compasivamente, pensando que tal vez en soledad el chico lloraría y asimilaría las malas noticias.
Idar entonces volvió a recostarse. Fijó la mirada en el techo, sin manifestar señal alguna de inteligencia. Así permaneció durante largo rato.
Entonces ocurrió. Ana entró en su habitación con pasos lentos. Se acercó a la cama y se metió entre las cobijas. Idar se despertó y al verla dos gruesas lágrimas brotaron de sus ojos. Era feliz de verla. Estaba agradecido por tenerla a su lado. Ana le besó el rostro y se acurrucó a su lado. Idar se quedó contemplándola hasta el amanecer.
A la mañana siguiente Idar busco sus labios pero esta vez no le respondieron. Ana falleció en sus brazos. Idar en silencio lloró abrazándola, pero no consintió dejarla hasta muy avanzada la tarde.

Al otro día el pueblo entero acudió al entierro de la niña.
Idar marchaba atrás con la cabeza baja y la mirada perdida. Todos dejaron su ofrenda y se fueron alejando.
Idar se quedó sólo. Así se inclinó sobre el pequeño bulto de tierra y murmuro un te amo. Después se echó la mochila a la espalda y se marchó de La Esperanza, llenó el corazón de tristeza y amor.

Texto agregado el 19-05-2005, y leído por 72 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
16-06-2005 DEFINITIVAMENTE BUENO, TE FELICITO... STILLE
07-06-2005 nada que decir, le diste un final inesperado que produce dolores, esos dolores que se producen cuando se ama alguien y se pierde, en este caso es mucho más terrible porque la muerte se hizo presente. Lo único que queda es caminar con esas cicatrices que el amor le produjo.. exelelente cuento.. nada que decir te admiro demás. 5*, pero están demás las estrellas las lleva encima. mateoroquesk
19-05-2005 Una epopeya, un relato heroico, pero periodisticamente narrado, no profundiza en el alma de los protagonistas ni ambienta los hechos. jmaalb
 
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