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CRISÓSTOMO Y LA LLUVIA


El agua rebotaba y hacía gorgoritos en el pavimento de asfalto de la calle. Por ella transitaba Crisóstomo, tirando su carro, en el que salía cada día a recoger cachivaches que escarbaba de la basura. El agua le corría por el abrigo deshilachado y maloliente que le cubría precariamente y cada tanto, se detenía a calentarse con el aliento las manos, que se le agarrotaban sobre el travesaño del frágil carruaje. Cubría su cabeza con un gorro de lana de color indefinido que había perdido totalmente su forma con el agua y que le colgaba sobre la cabeza, como un trapo puesto al azar. Sus pies, calzados precariamente con unas viejas zapatillas de tenis, chapoteaban en los charcos que cada tanto aparecían en el pavimento y que le hacían mascullar garabatos ininteligibles. De las casas del pueblo salía el humo de las chimeneas que pugnaba por ascender antes de disolverse en una delgada neblina que se confundía con la lluvia persistente. De ellas emanaba también el olor acre y espeso que se colaba por los pulmones, producto de la combustión del carbón de piedra que calentaba los hogares. Las calles se veían desiertas y algunas mujeres, cubiertas con paraguas o una bolsa de plástico, pasaban a la carrera, como sombras grises indefinibles en medio del aguacero que desfiguraba todos los contornos.
Ese día volvía apurado. Había encontrado entre los restos de un tarro de basura, un paquete envuelto misteriosamente y lo había recogido con sigilo, guardándolo debajo del abrigo para luego ponerlo cuidadosamente entre una frazada vieja la que tapó con un pedazo de plástico. La lluvia no había cesado desde que bajo el cerro. Su mujer le había dicho:
-No vale la pena que salgas con esta lluvia. No vas a encontrar cartones secos ni nada que sirva. ¡Imagínate! Vas a llegar todo mojado y además, te vas a enfermar. ¡Y estamos para tener enfermos en la casa!
El no le hizo caso. Se puso el gorro de lana y colocó un plástico grueso algo sucio encima del carretón y enfiló al pueblo. Tenía que salir igual a trabajar. En la casa se ahogaba y lueguito empezaban las discusiones con su mujer, por lo que prefería enfrentar el mal tiempo que el genio de ella.
Fue así como bajó el cerro con cuidado, esquivando la tierra gredosa y al poco rato llegó hasta la orilla del río. Buscando entre los tiestos de basura de las casas grandes, fue que hizo su hallazgo. Fue también cuando empezó a caer la lluvia con mayor fuerza. Venían las ráfagas del norte y barrían las calles levantando pequeñas nubes de agua que se le metían por los pantalones arriba, mojándolo hasta la cintura. A medida que tiraba el carro, se le espantaba el frío y seguía imperturbable con su faena. De vez en cuando miraba hacia atrás donde llevaba su carga, para ver si se había movido algo el plástico protector lo que podría hacer que se mojara el paquete y estropeara su tesoro. No sabía lo que era; pero el paquete tenía cierto peso, por lo que bien podría ser algo como un marco de foto, una caja de chocolates o tal vez un paquete de azúcar o algo similar.
A medida que avanzaba aceleraba el paso y la lluvia que caía inclemente ahora era acompañada por duras ráfagas de viento que le dificultaban cada vez más la marcha. Cuando llegó al pie del cerro levantó la vista y miró a lo alto. La suave pendiente se le hacía una montaña enorme. Lo que pasaba era que estaba acostumbrado a subirla; pero con lluvia la cosa era diferente, porque la calle no estaba pavimentada y se ponía muy resbalosa. Ya le había tocado en otras oportunidades subirla y no era tarea fácil. Había que avanzar paso a paso y en cualquier resbalón, podía ir a dar con carretón y todo a la zanja que corría con agua desde lo alto del cerro. En verano era un hilillo pero con el temporal, se transformaba en un torrente que fácilmente lo podía sumergir con carro y todo.
Se bajó el gorro un poco más y se aprestó a subir, lentamente y con cuidado. Acicateado por la novedad de su hallazgo fue sacando fuerzas de flaqueza y a pesar de lo helado del día y del agua que caía, sentía que transpiraba copiosamente por el esfuerzo.
Luego de luchar mucho rato. Logró finalmente divisar la modesta vivienda. Se pasó el dorso de la mano por los ojos para ver mejor y se aprestó al último empujón para llegar al pequeño plano que daba acceso su hogar. Maniobrando cuidadosamente, consiguió finalmente llegar con el carro hasta el patio e introducir el carretón bajo el techo de fonolas y de viejas planchas de zinc. Se sacó el abrigo que destilaba agua, mientras seguía el temporal. Se sacudió un poco, junto las manos y las calentó con el aliento y sacó cuidadosamente el paquete que había encontrado. Estaba seco y lo tomó cuidadosamente, tratando que no se le cayera de las manos que las tenía agarrotadas. Empujó la puerta y la mujer, que soplaba el fuego de un brasero donde hervía la tetera renegrida, levantó la cabeza con extrañeza.
- ¿Y tú? –Preguntó mirándolo con la cabeza ladeada y sacudiendo el humo con la mano -¿Qué te pasó que llegaste tan luego?
Silenciosamente el hombre acercó una desvencijada silla de mimbre a la mesa de tablas bastas y colocó el paquete sobre ella, mirándolo con atención.
La mujer se incorporó y miró también con extrañeza el bulto.
- Y eso. ¿Qué contiene? – Dijo con curiosidad – ¿Quién te lo dio?
- Nadie me lo dio – respondió el hombre – Me lo encontré en el recorrido.
-Bueno y ábrelo – dijo la mujer – ábrelo para saber que contiene.
Crisóstomo lo tomó nuevamente, lo sopesó y con una sonrisa miró a la mujer. -Parece que tiene algo bueno -Dijo. Luego sacó un cortaplumas del bolsillo del pantalón y empezó a romper el envoltorio. Con cuidado sacó el primer papel. Al abrirlo y desplegarlo, descubrió que había otro envoltorio, esta vez forrado fuertemente con cinta de embalaje café. Metió el cuchillo por un lado con precaución. La mujer lo miraba con curiosidad y acercó la cara para ver mejor.
- ¡Sale para allá ¡ -le gritó a viva voz – que no me dejas ver.
Al tratar de sacar la cinta que envolvía el paquete, hundió el cuchillo más de lo debido y quedó a la vista un polvo blanco. Se miraron uno a otro y Crisóstomo dijo con molestia.
-¡Esta cuestión es azúcar molida! ¡Tanta molestia por un kilo de azúcar, oh! -Dijo irritado. - Saca eso para allá –agregó empujando el paquete que se derramó en parte.
La mujer untó un poco con el dedo y le dijo:
- Parece maicena, viejo. Es un poco dulce.
- Qué me importa a mí. Hace lo que quieras con eso -dijo de mal humor y salió a ver su carretón.
- Capaz que sea veneno para ratones, razonó la mujer – dicho lo cual escupió varias veces. Tomó el paquete y salió al patio, se acercó al canal y vertió el kilo de cocaína pura, al canal que pasaba junto a la casa.
FIN



Texto agregado el 20-05-2005, y leído por 60 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
13-06-2005 Muy bueno. Me gusto. Muy buenas descripciones, logras hacer ver el pueblo y el personaje. HoneyRocio
20-05-2005 La verdad es que la basura de unos es tesoro de otros.. jimmi
 
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