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Nuestras modelos habían sido hasta entonces unas señoras poco agraciadas que llegaban envueltas en su bata floreada y que sin mediar palabra se la quitaban para quedar completamente desnudas ante nuestros ojos sin asombro y desprovistas de la más elemental donosura, comenzaban su inmutable rutina. Esta consistía en mantener determinada postura durante un par de minutos para que nosotros, ávidos retratistas, bosquejáramos sus formas con el quebradizo carboncillo de sauce sobre el papel estraza. La modelo luego cambiaba de pose y una vez más nuestros poco expertos trazados trataban de imitar sus formas y eso se repetía durante toda la clase de croquis.

La Escuela de Bellas Artes era un inmenso palacio con numerosos recovecos y salas en las cuales, cientos de incipientes artistas buscaban lograr la perfección, dibujando, borroneando, corrigiendo, ensuciando y volviendo a bosquejar. Después, los pinceles llenaban de iridiscencias aquellas informales telas con pretensiones de transformarse en monumentales obras de arte. Eran tardes intensas tras el atril, con la paleta en una mano y en la otra tratando de asir la huidiza inspiración, con nuestros cerebros embotados por la esencia de trementina, rodeados de trapos embadurnados de colores diversos, fetales obras de arte desechadas en el tiesto de la basura. El silencio y la concentración eran parte de esta mise en scene. Más tarde aparecía el ayudante para desencantarnos con sus odiosos reparos: que todo era difuso, que no se había sido obsecuente con la técnica, que la combinación de colores no era la más adecuada. El desánimo sí que se dibujaba a la perfección en nuestros rostros acongojados y era la máscara de la frustración expuesta en los intramuros de aquella prestigiosa academia. Hasta que aparecía nuestro maestro, el afamado pintor Luis Lobo Parga, para encontrar siempre algo meritorio en donde el otro había hecho escarnio. Sus sugerencias planteadas con esa voz suave y de dulce entonación, nos despertaban las esperanzas y la creencia que no todo estaba perdido.

Cierta tarde, en la clase de croquis, apareció una hermosa chica y muchos pensamos que era una alumna nueva. La muchacha, sin inmutarse, se despojó de su bata y quedó al desnudo ante nuestros ojos, esta vez alucinados, puesto que su cuerpo era de una perfección tal que lejos de pensar en dibujarla, muchos nos quedamos extasiados contemplándola hasta que nos dimos cuenta que la chica ya había iniciado su trabajo. Recuerdo haber realizado en aquella ocasión los dibujos más inspirados, dignos de un experto maestro. Tanto así que muchos se apegaron a mis espaldas para contemplar mi repentino virtuosismo y que no era otra cosa que mi compenetración con el hermoso objeto de deseo que tenía delante de mis ojos. Nunca más regresó aquella preciosidad pero jamás perdimos la esperanza de volvernos a encontrar con ese cuerpo maravilloso, estatua viviente que aventajaba en demasía a cualquiera obra que hubiesen visto nuestros ojos.
Este episodio terminó abruptamente con la irrupción del militarismo que todo lo puso bajo sospecha. Las clases fueron suspendidas indefinidamente y en ese estado de caos muchos extraviaron su incipiente vocación, entre ellos, el que escribe. Fueron días de furia, de miedo y de incertidumbre. Días de sospechas fundadas e infundadas. No faltó aquel conscripto que allanando una biblioteca particular, arrojó a las llamas algunos libros de socialismo, otros de comunismo y uno de cubismo, acaso pensando que el Picasso aquel planeaba la peligrosa transformación, ya no de las ideas sino de toda la realidad circundante. Posiblemente aquel soldado sea hoy un prestigioso general que seguirá renegando de los ismos, tan revolucionarios en su concepción y tan necesarios en el arte, que es el tema que nos preocupa ahora. Para concluir, sólo queda mencionar a esa admirable modelo que si sobrevivió al cruento golpe militar, hoy debe ser una respetable señora que tal vez ni recuerde esa inolvidable sesión en que encendió la pasión de un puñado de aprendices a pintor, que aquella vez sólo fueron concupiscentes admiradores…






























Texto agregado el 27-05-2005, y leído por 800 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
27-05-2005 Tu cuento o vivencia me ha conmovido especialmente por proximidad. Recuerdo el primer rubor al contemplar por primera vez a la modelo desnuda y mi sorpresa posterior al darme cuenta que al concentrarme en conseguir su bosquejo, ya no existía tal rubor. Siendo tan diestro con la pluma doy en pensar que lo serías también con los pinceles. Un abrazo. graju
27-05-2005 me encantan tus recuerdos de aquella época y sé lo que se siente cuando un hecho adverso te arrumba los sueños y los dones. Bueno, nosotros tuvimos una modelo, la Julia, que era del tipo Rubens, morocha y modelaba y fumaba al mismo tiempo. Mis estrellas, hartas, hartas estrellas anemona
 
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