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“Belloncito de mi carne,
Que en mi entraña yo tejí.
Belloncito friolento,
duérmete apegado a mí...”

(fragmento de “Apegado a mí” de G, Mistral, que aunque no me agrada personalmente, este es un arrullo de esos que hasta a mí podría hacerme soñar)

Un arrullo es un arrullo, donde sea, y de quien sea. Su madre, de privilegiada voz, lo arrullaba cada vez que llegaba temprano del egoísta trabajo. Su soledad perdía esencia cada vez que sus oídos infantiles escuchaban la melodiosa sinfonía de notas que exclamaba la madre cada vez que entonaba “el arrullo”. A los quince años, no es edad de oír arrullos para dormir, pero ciertas personas sensibles a lo propio, a lo verdadero, duradero y a los recuerdos también, sé “mal acostumbran” a esas situaciones cotidianas que para muchos pueden ser nada mas que cursilerías, pero subjetivamente son: “El momento más bello del día”. Así sería durante quince años para Franco, hijo único, de padre desconocido, mimado y malcriado. No hacía nada mas que vestirse por las mañanas, asistir a la escuela casi de oyente; porque en su burbuja no entraba la voz de la profesora, regresar a casa y esperar y esperar el momento más bello del día, el final del día: El arrullo de mamá.
Pero aquel viernes mamá no llegó a la hora acostumbrada, ni a las dos horas mas tarde tampoco: el momento más bello del día se había retrasado. La causal, desconocida aún cuando el reloj de pared marcaba las doce de la noche. Franco no estaba asustado. Tenía algo de frío en los pies, puesto que no sabía encender la estufa. Esperaba pacientemente sentado en el sofá del living, miraba la puerta esperando que se abriera, suponiendo que se abriría. Su estomago hacía ruidos para recordarle que no había comido nada desde el desayuno. Pero la mente de Franco siempre estaba lejos, estaba en la esperanza y en las ansias, en las ganas y el deseo de que llegara el final del día. Su limitación era evidente, la dependencia materna lo había convertido en un niño- masa, alguien que espera que los demás hagan las cosas por él. Casi autista, casi estúpido. Si no fuera por el casi...
La madre no llegó jamás, el egoísta trabajo le quitó la vida, una micro en el trayecto pasó por su cuerpo y después por su cuerpo. Nadie hizo nada, nadie dijo nada; salvo Franco, que cantó por primera vez su arrullo para después ir a dormir.

Texto agregado el 03-06-2005, y leído por 199 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
11-11-2005 Me imagino cantando a Franco autoarrullandose, muy grafico el final. Coincido con la introduccion al texto, muy hermoso el fragmento poetico. Tu final coincidentemente se asemeja (el cuestion de arrullos o canticos) al final de un cuento de Joao Guimaraes, luego te pasare el titulo. cvargas
01-09-2005 ALEXHANS: Trágica! Real! que lindo ver un cuento con estas dos características. Por lo demás la prosa es correcta. alexhans
01-09-2005 ALEXHANS: Trágica! Real! que lindo ver un cuento con estas dos características. Por lo demás la prosa es correcta. alexhans
20-08-2005 muy trizte en realidad... imaginar que el amor de madre y la sobre proteccion puedan lastimarnos es una moraleja que tus palabras expresan muy bien umacura
15-07-2005 Impecable. Llámame!! Coronel
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