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EL CONDENADO

Torres, el alcaide pregunta que vas a comer en tu última noche. Ni siquiera lo miré. Lo que sea respondí, cualquier cosa que no parezca venida de las letrinas. El cabo se dio la vuelta, cerró la puerta e hizo sonar aparatosamente los goznes de la celda; por lo menos esta vez, no hubo golpes ni insultos e incluso me pareció que los oficiales me habían tomado cariño. Debe ser por la cantidad de años que llevaba encerrado. Las caras me eran comunes y los nuevos me miraban con ese respeto con que se mira al asesino.

Llevaba trece años encerrado, pero los últimos cuatro los había pasado en libertad; sólo por el hecho que necesitaban hombres para trabajar y en la isla habían bastante pocos. Me habían condenado a la pena capital hace años, por dar muerte, con mis propias manos, al contramaestre del barco Guillermo III, en una riña que se produjo al calor de la bebida, pero la aplicación de la condena estaba en suspenso, ya que la sentencia aún no llegaba a la isla.

Ayer en la noche había aparecido un barco que traía las provisiones mensuales; en él venía un mensajero con la sentencia en sus manos. El alcaide y oficial a cargo de la isla, el Coronel Ventura, me llamó para notificarme y me señaló como fecha de muerte el fin de los trabajos que se hacían en el muelle.
Mi día final llegaba con rapidez. El trabajo estaba listo y sólo faltaba hacer los nudos de seguridad en las vigas que se asomaban al mar. Construimos el muelle con madera y con la sangre de muchos hombres que perdieron la vida: ahogados producto del oleaje, de frío por las heladas aguas, o golpeados por los pesados maderos que caían cuando las cuerdas se cortaban.

Era mi última noche y estaba cansado, por lo menos la cena iba a ser mejor que lo acostumbrado; algo me habían dicho acerca de la “comida del último día”, parece que era el rancho de los oficiales, ya que nadie sabía que se le daba de comer a un condenado a muerte, puesto que era el primero que se le aplicaba dicha sanción en un territorio de ultramar.

De pronto abrieron la puerta, y entro el alcaide vestido pomposamente, como acostumbraba, y dos fusileros. Me dijo que lamentaba que esta situación se haya pospuesto tanto tiempo, pero que la ley es la ley y esta hecha para cumplirse. Por lo tanto a mediodía de mañana se cumplirá la sentencia. Respiré profundo y lo miré. Le dije que así no más era, y que le agradecía por los años que me dejo pasearme en libertad por la isla y poder trabajar por un sustento, el que era paupérrimo, pero me servía para comprar alguna provisión de cuando en vez.
Por último uno de los fusileros se acercó y me dejó un plato con carne, queso y una rodaja de pan; comí, valga la redundancia, como condenado, inmediatamente después que cerraron la puerta.
Por fin solo, me reía. Solo, como siempre no más, nunca tuve compañía de verdad, mi única compañía habían sido los barcos y en alguna época el trago. Pero ya de eso ha pasado mucho tiempo. La celda me parecía, por primera vez amplia. Estaba sentado en un vértice de ella y la contemplaba con incredulidad. Seis pasos hacia delante y tres de costado. Un tragaluz de 20 centímetros, calculé, una manta y un plato, que no lavaba desde que llegue acá, es decir, desde que me trajeron esposado.
La idea de escapar me había rondado en la cabeza por años, pero era imposible, por una sencilla razón; el escape de la celda no me habría puesto muchos problemas, pero cómo salir de la isla. Eso era imposible, a menos que me subiera, como polizón, a algún bergantín que estuviera fondeado. Lo cual ya había estudiado en muchas ocasiones, pero tenía que burlar la guardia de puerto, en primer lugar, y además, robar un bote, puesto que los barcos no fondeaban cerca del muelle. Luego de eso subir al barco, por la cadena del ancla, y colarme, como una sombra, en algún recoveco de la embarcación sin ser detectado por los marineros que hacen guardia en la cubierta, armados de fusiles.
¿Qué hacer?; pregunta que había surgido en mi cabeza por tanto tiempo. Estaba en un excelente estado físico, los trabajos del muelle me habían hecho más fuerte de lo que era. Además tenía muchos deseos de vivir; había ahorrado la mayoría de dinero de los trabajos, esperando una mejor suerte, y estaba medio enamorado de la hija del cantinero de la posada. Ella me correspondía, al menos con una sonrisa, cada vez que iba a tomar algo con los marineros que llegaban en los barcos, de cuando en vez.

Yo la miraba desde el muelle cada vez que salía a dejar la comida al alcaide. Ella con un vestido negro y delantal blanco y con su vista hacia el suelo. Nunca miró a donde me encontraba. La gente que vivía en la isla se había portado bien conmigo; la mayoría eran oficiales y militares, que ejercían y hacían ejercer la soberanía de la isla. También había familias de inmigrantes que el continente había expulsado como basura que se tira al mar y que creyeron encontrar en esta tierra algún porvenir para sus hijos.

El tiempo pasaba lentamente. Escuché unos ruidos que venían desde afuera. Había tres personas, que no pude reconocer en la oscuridad, armando una tarima de madera.
Me aterré, esto iba en serio y yo soñaba con la libertad, que se iba paso a paso con el correr de los minutos. ¿Qué hago?, ¡Dios mío¡ ¿qué hago?. La noche ya empezaba a aclarar y mi muerte se hacía inminente. Volví a mirar para afuera y los muchachos ya no estaban. Habían cumplido con su trabajo. La tarima estaba construida y una soga colgante de un madero se meneaba con el viento sur de la isla. Me arrodillé y empecé a rezar. Nunca fui muy creyente, por que nunca tuve por que creer, no tenía mucha educación, comparándome con los fusileros, menos con los oficiales, que vestían ropas maravillosas y hablaban de música y arte, se escuchaba tan bonito, pero nunca tuve idea, en realidad, lo que significaba.

Al despuntar la mañana, mi suerte estaba echada; ya no existían posibilidades de echar pie atrás. El cabo de guardia preguntó si quería agua. Respondí que no. Me paseaba, como un ratón, de lado a lado de la celda y comencé a desesperarme. Me tomé la cara entre las manos, y en un rincón, lloré, desconsoladamente. Por fin me incorporé y me dije: ¡Como hombre has vivido, como hombre has de morir¡ y me quedé mirando para afuera, hacia el mar, mientras las olas reventaban contra el muelle, una y otra vez, en compás, una y otra vez. A lo lejos un piquete de fusileros, comandados por el alcaide y un cura, enfilaban hacia la prisión, al son de los tambores.

Texto agregado el 05-09-2003, y leído por 703 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
17-08-2005 "Todos los incurables tienen cura, cinco segundos antes de la muerte". Ese llanto final hizo al relato creíble, y hermoso. mariaclaudina
31-01-2005 Excelente. Narras muy bien. Entretenido de principio a fin. Felicitaciones y van mis 5* jorval
19-01-2005 Evaristo, tu relato me ha gustado mucho. HAces unas excelentes descripciones e investigas de manera sorprendente el pensamiento de un condenado. Borges le hubiera dado un año de vida, vos... no se, creo que eso es lo grandioso del final. Un abrazo y estrellas. perseguidor
12-11-2003 Un excelente relato, una historia contada como al pasar, donde esa vida que el condenado ya no volverá a ver es luminosa, pero fría e irreal. Al menos me dejó esa impresión. Quizás porque desde la visión de un condenado a muerte, todo pierde sentido cuando todo es más hermoso, como el rumor de esas olas que revientan contra el muelle. Saludos! mandrugo
 
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