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Inicio / Cuenteros Locales / gui / La sórdida historia del capo y la prostituta (Cuarta parte y final)

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(Cuarta parte y final)

Desenlace


Peerson ordenó que se vigilara disimuladamente a Boney ya que estaba seguro que el tipo algo se traía entre manos. Frank Mirone, por su parte, estaba muy descontento con el hombre y sólo lo mantenía en la organización porque el padre de Boney había sido un colaborador suyo. Pero algo estaba sobre todas estas consideraciones y este era el tema de la lealtad, asunto que estaba en entredicho tratándose del despreocupado muchacho. Sus constantes descuidos y permanente despreocupación eran motivo de recurrentes quejas y el capo ya estaba considerando la posibilidad de relegarlo a un puesto más secundario, acaso como ayudante de cocina o garzón del casino.

Connie conversaba animadamente con uno de los ayudantes cuando Mirone le pidió que acudiera a su oficina.
-Hija. Quisiera hacerte algunas preguntas.
-Las que usted desee mi señor.
Mirone se acarició lentamente su papada al preguntarle:
-¿De donde eres?
-De acá, de esta ciudad. Dicen que cuando era un bebé, fui recogida por una mujer que hizo las veces de madre hasta que las visitadoras me enviaron a un orfanato.
¿Recuerdas como se llamaba tu madre?
-¿Acaso la tuve? No, mi señor, no conozco a nadie que supuestamente tenga un lazo sanguíneo conmigo. Claro, conocí a muchas chicas, infinidad de maestros y carceleros pero lo que se dice familiar, ninguno. Y este oficio, el que me permitió comer y sobrevivir, lo aprendí mirando a otras que a su vez también imitaron a otras y otras y otras.
Mirone la contemplaba impasible pero en sus pupilas se notaba un extraño fulgor. Esto era algo inusual en él, un hombre acostumbrado a decidir las cosas sobre la marcha, apelando a un pragmatismo muy necesario en su oficio. Los sentimientos no pertenecían a esta esfera y era muy importante no mezclarlos con este tipo de negociaciones.
-Desde que apareciste que no puedo sacar de mi mente esta inquietud- dijo con voz ronca. La chica le miró con extrañeza pero se quedó en silencio. Sentía veneración por ese hombre de carácter férreo que le había permitido acogerse bajo su robusta sombra. Era indudable que ella no lo había dejado indiferente pero a pesar de su experiencia con tipos de toda calaña, no podía descifrar la lectura de esos ojos atormentados.
-Tu mirada, tus facciones, algunos gestos, todo eso me evoca recuerdos muy lejanos- prosiguió diciendo el hombre y su voz adquirió acentos tan coloquiales que parecía estar conversando consigo mismo. La muchacha trataba de aguzar el oído pero muchas de esas palabras eran inaudibles para ella.
-Quiero pedirte un favor.
-El que sea, mi señor.
-Quiero examinar tu espalda.
Connie se intranquilizó al imaginar que estaba en presencia de otro sátiro. Acaso este recorrería su geografía con un trozo de hielo, o tal vez se saciaría, acercando un cigarrillo encendido a su piel blanca y perfecta. Sintió escalofríos, quiso negarse pero Mirone la intimidaba y a la vez le inspiraba respeto.
-Por favor- susurró el capo y una ligera sonrisa deambuló entre sus labios delgados.
Ante eso, Connie ya no pudo negarse.


Boney se sabía observado pero aún así no cambió un ápice su actitud indolente. Aún así, cumplía a la perfección su trabajo, si bien, sus acompañantes sufrían lo indecible ante sus constantes retrasos. Willard, uno de ellos, le escuchaba cierta noche cuando, sentados en la barra de la taberna de Cool, Boney le confidenciaba algunos secretillos. Estos eran de la más absoluta intrascendencia y se resumían en vulgares experiencias de la juventud. El muchacho no tenía buenos recuerdos de su padre, un matón que fue muerto a balazos en un tiroteo. El no poseía ni la envergadura física ni la sangre fría de su padre y siempre se sintió discriminado por esto. Como ya sabemos, su odio hacia Mirone crecía cada día más pero eso era algo que guardaba muy oculto en los desvanes de su alma. Ya tendría la oportunidad de sacarse de adentro todo ese peso de su alma, aún corriendo el riesgo de perder su propia vida, pero aquello no le importaba si primero veía caer el cadáver del capo.

-¡Esos lunares! ¡Son únicos! Alineados de tal forma que parecieran formar una estrella. ¡Es asombroso!- Los ojos de Mirone hacía abstracción de esa piel tan delicada y se fijaban en la pequeña y casi imperceptible figura que se dibujaba justo debajo del omóplato derecho. La muchacha sólo escuchaba tratando de atisbar de reojo la expresión alelada del capo.
-Dime muchacha ¿No conservas nada de tu niñez, algún retrato, algún ínfimo objeto, nada?
Connie movió su cabeza negativamente pero de pronto pareció recordar algo. El nombre de una de sus instructoras del reformatorio. Ella supuestamente era ahora una ancianita y dar con su paradero era una tarea inmensa.
A Mirone se le iluminaron sus ojos y terminada esta curiosa entrevista, le ordenó a Peerson que ubicara a la mujer.

La búsqueda resultó infructuosa porque Ana Millows, la dama en cuestión, se había marchado hacía muchos años de la ciudad. Aún así, quedaba el expediente de consultar en todos los reformatorios existentes. En ninguno de ellos se sacó algo en limpio ya que todos habían comenzado a funcionar hacía pocos años. De los antiguos, solo quedaba uno que no pertenecía a la zona y consultados los ajados documentos, no había registros de una chica llamada Connie Silena. Por lo tanto, el origen de la pequeña estaba difuminado por el misterio.
Una circunstancia fortuita fue la que permitió abrir una pequeña brecha en el pasado de Connie. Cierta mañana, paseando la chica junto a la Moscatina, fue de pronto abordada por un tipo mal encarado que la sujetó violentamente del brazo. Este, sonriendo con sarcasmo, le dijo:
-Al fin te encuentro, cariño. No sabes cuanto he deseado estar junto a ti. ¿Acaso te estás reformando, bomboncito?
El tipo lanzó una grosera risotada y trató de llevarla consigo pero ella se negó.
-¡Suéltame estúpido!
-¡Déjala tranquila o llamo a la policía- le dijo la Moscatina. _¿Que no te das cuenta que la niña no desea acompañarte?
El tipo miró furibundo a la vieja y luego de empujarla, arrastró consigo a la infortunada chica.
-Serás mía una vez más pese a quien le pese. Y si no es por las buenas será por las malas que es como más me excita. Además, recuerda que eres mi amante.
-¡Suéltame infeliz! ¡Suéltame! Mi pasado quedó enterrado para siempre.
-¡Buaaaa! Soy un espectro persistente que se niega a desaparecer de tu vida.
El tipo la abrazó con fuerzas tratando de robarle un beso pero la chica se defendió como pudo.
-Deje tranquila a esa mujer- se escuchó decir. La imperativa voz pertenecía a un policía que, alertado por la Moscatina, le apuntaba con su pistola de servicio. El tipo fue de inmediato inmovilizado por su acompañante, quien revisó sus documentos con detención.
-Mira, mira, mira… Estamos nada menos que en presencia del Brujo Patrick, el más astuto ladrón de joyas y relojes de la ciudad.
-¡Pero que suerte más grande! La presa salió en busca de placer y gracias a este arrebato, ahora es nuestro.
Cuando los policías hurgueteaban entre sus bolsillos buscando alguna evidencia, una fotografía amarillenta resbaló de entre sus raídas ropas y cayó al piso. Connie la reconoció como suya y sin que los policías se dieran cuenta, la guardó en su corpiño.

Esa noche, cuando ya todos se hubieron retirado de la mansión, padre e hija permanecieron largo rato abrazados en medio de la amplia pieza. Era la prueba que faltaba, la más concluyente. Dicha fotografía mostraba a un pequeño bebé que yacía en brazos de una mujer muy joven y hermosa y que era el vivo retrato de Connie. Mirone no se cansaba de mirar ese pedazo de papel amarillento mientras en su corazón se escuchaba una melodía de amor.
-Ella se llamaba Susan, una mujer muy valiente que conocí hace muchos años. Yo recién comenzaba con este negocio y como es de suponer con una serie de altibajos. Mi preocupación en esos momentos era afianzarme en este ámbito y ello me llevó a descuidar la parte que debió ser más importante en mi vida. Un día cualquiera, ella se alejó de mi vida y nunca más supe de ella. Años más tarde me enteré que había fallecido a los pocos meses de abandonarme y tú fuiste enviada a un orfanato. Te busque, no sabes cuanto te busqué pero créeme, jamás encontré una pista que me llevara a ti.
-Eso ya no tiene importancia…padre. Además tú buscabas a una Susanita sin saber que me habían rebautizado como Connie.
-Ahora sé que toda esta fortuna no la amasé en vano, querida hija. Tú serás mi heredera.
La puerta se abrió de golpe y alguien apareció con un arma entre sus manos.
-¡Te equivocas si piensas que esto será una dinastía!
Quien así hablaba era un inimaginable Peerson, que desencajado y fuera de si, apuntaba a la pareja con el evidente propósito de disparar.
-Nunca hubiera dudado de ti- musitó asombrado Mirone, quien trató de cubrir con su cuerpo a una aterrorizada Connie.
-Es la vida repleta de sorpresas- ironizó el hombre, quien avanzó unos cuantos pasos luego de cerrar la amplia puerta. –Todo anduvo bien mientras no apareció esta mujerzuela. Pero apenas la vi, comprendí que podrían surgir problemas. Por supuesto que mis planes ahora van a sufrir algunos cambios pero todo ello no va a ser sino un pequeño giro de la situaciòn ya que tu destino y el de esta zorra ya están sellados. Ahora, tomarás asiento y escribirás lo que te voy a dictar. Más vale que obedezcas sino quieres ver como le destapo los sesos a esta hija tuya que antes se revolcó con cuanto rufián le salió al paso…
-¡Eres un maldito desgraciado!- bramó Mirone y pensaba arrojarse sobre el individuo, deteniéndose de golpe al sentir el metal cerca de su cabeza.
-¡Tú te sentarás allí y te quedarás muy quietecita! ¡Y tu, a escribir!- Peerson dictó con voz calma lo siguiente: “Yo, Frank Mirone he decidido abandonar este mundo agobiado por las circunstancias y mi deseo es que después de mi muerte, me suceda John Peerson, leal acompañante, amigo y camarada, quien, en todos estos años me ha servido con honestidad y absoluta entrega.”
Peerson sonreía nerviosamente cuando Mirone terminó de escribir la misiva. Tomando el papel entre sus manos ahora enguantadas para evitar dejar huellas, obligó a Connie que se sentara junto al capo. La muchacha comenzó a lloriquear y estuvo a punto de sufrir un desmayo cuando el malvado hombre hizo amago de disparar. El hombre lanzó una carcajada antes de proseguir hablando.
-Por supuesto que yo fui quien organizó el atentado de la noche pasada. También me las arregle para que el estúpido de Boney se embriagara hasta perder el sentido. Después ordené que lo sacaran de la fiesta sin que nadie se diera cuenta. De este modo derivé las sospechas hacia él. Pero ahora, con la aparición de esta hija descarriada, se me comenzaba a complicar el panorama así que, nada mejor que tramar el suicido de un par de amantes agobiados al encontrarse con la desdichada circunstancia que ambos son de la misma sangre. ¡Un crimen perfecto!
Peerson colocó la pistola en la sien derecha de Mirone y el fatídico clic del seguro indicó que todo acabaría en décimas de segundo. Se escuchó el retumbar de un disparo que, hermanado con el agudo grito proferido por una aterrorizada Connie, estremeció la habitación. Un cuerpo se desplomó pesadamente en la alfombra. La puerta estaba abierta de par en par y en el umbral se encontraba Boney con una pistola aún humeante en sus manos. Detrás de él, con los ojos muy abiertos por el miedo, la Moscatina se santiguaba temblorosa.

Boney aprendió a conocer realmente a Mirone, arrancó de su corazón todo atisbo de odio y fue ascendido a un puesto de mayor jerarquía en el cual se desempeñó con envidiable eficiencia. Connie pasó a ser la secretaria de su padre y desde ese día fue respetada por todos los empleados y protegidos del capo. Ahora el viejo Mirone podía descansar tranquilo, sabiendo que su imperio tenía una digna destinataria.













Texto agregado el 22-07-2005, y leído por 193 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
25-07-2005 Me encantó esta mini novela con todos los ingredientes, muy buena amigo, como siempre, todo lo que escribes es excelente. Besos y estrellas. Magda gmmagdalena
22-07-2005 Vaya, esto ya son palabras mayores.Y no lo digo por el tamaño-Eres genail, Guido. Lo mismo te adentras en un breve relato surrealista, un poema, o un haiku y siempre sales con nota. Ahora, con esta historia no haces sino reconfirmarme que con esa imaginación, una narración tan cuidada y estupenda y el arte que le echas, leer 5000 palabras en un ordenador sea todo un placer.-Te felicito. entrelineas
 
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