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ROSALBA


Rosalba Quilapán era una mujer menuda. De anchas caderas y cara curtida por los años y los vientos de la costa. Se veía un tanto frágil y caminaba con alguna dificultad, debido a sus cerca de sesenta años. Aunque no era alta, se distinguía de la gente de su raza mapuche, por el porte altivo que alguna vez debió tener. Había vivido desde siempre en la casa de los Mendieta.- Ubaldini, donde llegó cuando era apenas una niña de doce. La habían traído del campo, del fundo familiar, donde sus padres eran inquilinos, al igual que los padres de sus padres. Ella nunca más había querido volver con la familia y se había habituado en poco tiempo a los trajines de la casa en el pueblo, donde al comienzo acompañaba a Victoria Ubaldini, la señora de la casa, a hacer algunas compras. Con el tiempo, fue promovida a mucama, encargada de los dormitorios del segundo piso de la gran casa que ocupaba la familia, frente a la plaza principal. Cuando pasaron los años, la cambiaron de ocupación. La destinaron a dama de compañía de la hija mayor, pero en realidad era sólo la sirvienta de confianza, la que había visto crecer no sólo a Blanca Estela Mendieta sino que a los cinco hermanos: dos mujeres y tres hombres. Con ella se sentía bien. La niña la respetaba y la llamaba “mamá Rosalba” lo que la llenaba de contento. Había sido como la hija que nunca tuvo, porque renunció voluntariamente a hacer una vida distinta que no fuera servir a la familia. Cuando Blanca Estela creció, Rosalba debió ocuparse sucesivamente de los otros hijos de la familia que siguieron llegando, pero siempre su preferencia estaba con la primogénita a quien le guardaba un afecto especial en su corazón. Cuando ya se hizo mayor y su agilidad fue disminuyendo, fue relegada a la cocina en labores menores. Por las noches cuando se acostaba en su pequeña habitación, única regalía que tenía por ser la más antigua, ( las demás sirvientas lo hacían en dormitorios comunes) se quedaba sola con sus pensamientos.
Ella nuca había recibido regalos. Salvo la ropa usada de la señora, aquella que ya no le servía y a la que le sacaban los encajes y adornos y que le arreglaban para su cuerpo. Pero ella no se quejaba. A su modo, se sentía feliz porque había tenido una vida tranquila y una familia, que aunque no era la suya, siempre la tenía en cuenta. Como por ejemplo cuando salían de vacaciones y la llevaban al fundo. Incluso una vez viajó a la capital. Fue todo un acontecimiento y ocurrió hace muchos años. Fue cuando el patrón decidió llevar a toda la familia a unas vacaciones diferentes y fueron a la capital. Como los niños estaban pequeños, debió organizarse una verdadera comitiva para trasladar a todos. Entonces conoció los trenes y las calles pavimentadas y los faroles de alumbrado. Había sido muy emocionante pero también, lleno de temor. Los carros pasaban a gran velocidad y había unos que corrían colgados de un cable. Por lo menos a ella le parecía así. También había unos vehículos más pequeños que andaban sin caballos ¡y a una velocidad! Ahora se reía al recordarlo. Con los adelantos, estos vehículos se hicieron más comunes, incluso el patrón se compró uno, que con el tiempo fue renovando año por año.
Después de estos y otros recuerdos, generalmente se dormía tranquilamente.
En general no tenía grandes ambiciones. Más bien dicho, no tenía ninguna. Su vida era simple y no aspiraba a nada, sin embargo… A veces escuchaba a la niña Blanca Estela contar maravillas de otros lugares, donde ella no tenía ninguna posibilidad de viajar. Sólo tenía el recuerdo de la capital, pero siempre que la niña llegaba de la universidad, donde estudiaba para ser enfermera, se quedaba a escuchar el relato de las cosas maravillosas que le ocurrían en ese lugar.
Esa noche estaba intranquila. Le costaba dormirse y se daba vueltas en la cama. La noche estaba fría pero con los cobertores de lana de su cama más el plumón a los pies, se sentía suficientemente abrigada. No, definitivamente no era frío. Después de pensarlo, se convenció. Lo que realmente la tenía inquieta era lo que venía. Mañana sería su cumpleaños número sesenta y aunque habían pasado muchos, este le parecía particularmente importante. Aunque estaba bien de salud, se daba cuenta que ya no era la niña vigorosa y diligente que fue antaño, cuando sola se ocupaba de todo el segundo piso. – “No como ahora que hay tres y todavía no alcanzan en la mañana a hacer todo el aseo” - Meditaba. Pensando estos y otros tremas, por fin el sueño acudió y se durmió profundamente.
A la mañana siguiente, fue despertada bruscamente por los gritos de Guacolda, una joven que había llegado a la casa, igual que ella, de poco más de catorce años, que le hablaba casi a gritos.
- -¡Levántese, “mamá Rosalba”! ¡Mire la hora que es! -Le decía mientras encendía la luz de la pequeña habitación y corría las cortinas de la ventana. Un rayo de sol luminoso inundó la pieza y la mujer se incorporó algo sobresaltada.
- ¿Qué pasa, niña! ¿Qué escándalo es ese? -Contestó mientras se bajaba de la cama.
-¡Pero si son como las diez ya! -Exclamó la niña con voz aguda
-¡Las diez! No puede ser – Dijo Rosalba y se puso un chaleco encima mientras se dirigía al baño.
- La señora la está esperando en el Comedor y dice que se apure! –Replicó la muchacha
¿-A mí? - Interrogó Rosalba. ¿Para qué me puede querer Doña Victoria?
- Ah. Yo no sé. A mí me dijeron que la viniera a buscar no más.
- Ya. Está bien. Dile que voy en seguida.
Una vez completado su aseo, la mujer se encaminó al interior de la vivienda hasta llegar al comedor. Su sorpresa fue mayúscula. Alrededor de la mesa se encontraba toda la familia reunida. El patrón en la cabecera, Doña Victoria a su lado y la niña Blanca Estela a su izquierda. Más allá, todos los hermanos menores.
Cuando entró, todos se pusieron de pie y corrieron a abrazarla. Ella no atinaba a reaccionar y se sentía confundida y emocionada. En un momento acertó a preguntar.
- ¿Qué pasa, señora?. ¿Por qué tanto escándalo?
- Pero, cómo, ¿No lo sabes? Hoy es tu cumpleaños. Hemos querido saludarte y por eso se reunió toda la familia.
-Sí -dijo el patrón ceremoniosamente. -Queremos agradecerle por todo lo que ha significado para nuestra familia en todos estos años. Sin usted, esta casa no habría funcionado tan bien.
Blanca Estela, que había desaparecido por un momento, volvió con una enorme caja, envuelta en brillante papel de regalo y con un gran lazo rojo que la coronaba.
- Esto es para usted, de parte de todos nosotros, le dijo mientras la abrazaba y le daba un beso en la mejilla – Muchas gracias “mamá Rosalba" agregó mientras le extendía el paquete.
Rosalba no atinaba a nada y estaba muda. Miraba a uno y a otro con grades ojos de asombro.
- Abra su regalo -le dijo suavemente Doña Victoria.
La mujer, que tenía fuertemente asido el paquete, lo miró un momento y empezó a abrirlo. Blanca Estela se acercó y le ayudó a desatar la cinta. Una vez abierto sus ojos no daban crédito a lo que veía. La caja contenía un hermoso vestido blanco, lleno de encajes y adornos como los que usaba la patrona, pero esta vez era suyo. Blanca Estela lo sacó y se lo puso encima de las modestas ropas que llevaba.
- Le queda bien “mamá Rosalba” – exclamó alegremente.
La mujer los miró a todos y se le inundaron los ojos de lágrimas. Sólo atinó a decir: -Gracias, gracias ustedes son mi familia y los quiero mucho.
Rosalba nunca usó el vestido. Lo tenía en su ropero y cada cierto tiempo, lo sacaba y lo miraba embelesada. Luego lo ponía nuevamente en su caja y lo guardaba, después se acostaba y se dormía con una sonrisa en los labios.

FIN




Texto agregado el 22-07-2005, y leído por 80 visitantes. (0 votos)


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