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Muy de vez en cuando, nuestro pasado, nos visita. Se nos planta enfrente, mirándonos a los ojos, muy serio y aparentemente respetuoso, y nos secuestra. Los álbumes de fotografías tienen esa facultad, arrastrándonos irremediablemente a días lejanos, dentro de recuerdos entreborrados en ocasiones, decorados y enriquecidos en otras. Cuando nos acercamos a un álbum, buscamos consciente o inconscientemente, ese viaje.
Otras ocasiones, es una escena, una carta olvidada en el cajón, un libro que se cae de la estantería, tanto da. Nos embarcamos en ese tren y se nos revuelven corazón y cerebro.
Los olores, traidores e invisibles, suelen tener esa embriagadora propiedad.
Eran las siete de la tarde y el sol se despedía del día. Las sobras moradas de los habitantes del jardín parecían seguirnos, en como si estuviéramos jugando a policías y ladrones, alargándose infinitamente. Las hojas danzaban con la brisa que despedía el día. Sin duda, hubo un tiempo en que este paraje estuvo cuidado, mimado, llegado el caso. Las piedras, cuidadosamente colocadas, marcando sendas de lindes perfectamente paralelos, las palmeras formando perfectas asimetrías, la disposición de los arbustos, de sus hermanos mayores, de cada una de las especies florales, cuidadosamente elegidas. Era la entrada perfecta para aquella casa en la que el descuido era aún más notable, incluso desde lejos podían apreciarse la pintura desconchada, las humedades y sus mohos sobre esa fachada blanca.
Nos detuvimos en un banco de madera, con la firme esperanza de que soportara nuestro peso.
- Debió ser muy hermoso, todo esto.- había apreciado desde que cruzamos la verja una mirada nostálgica en los ojos de Belén, que había enmudecido, taciturna.
Silencio. Algún gorrión rezagado, en pleno ataque de histeria, cantó algo en busca de respuesta, y viendo equivocado el camino, remontó el vuelo, más inquieto todavía.
Estábamos de vacaciones, más bien una pequeña escapada otoñal de cuatro o cinco días. La necesitábamos. El trabajo se había vuelto más severo con nosotros, pasando de la natural dignificación al martirio. Tampoco nuestra relación pasaba por sus mejores momentos y decidimos, apenas dos días antes de iniciarlo, concedernos un viaje, para estar a solas, el uno con otro e intentar desconectar del resto y conectarnos entre nosotros. Sin planes preconcebidos, sin más obligaciones que nuestras propias apetencias, habíamos llegado a aquella casa medio abandonada en mitad de la nada.
- ¿Te he hablado alguna vez de mi tía Marina?-
Negué con la cabeza y tomé asiento. Belén siempre ha sido una gran narradora, única. Quizá porque habla con el corazón, o calla. No son las palabras, ni la forma, ni su gramática. Es esa forma que tiene de mirarte, que parece que no te ve, y acabas por sentir en sus ojos, esos grandes ojos verdes, la historia que relata. Así, cuando en la trama se desata pasión, son las historias que más le gusta contarme, se observa claramente el brillo, juguetón y vivo de unas centellas.
- Mi tía, bueno, realmente no era mi tía, sino hermana de mi abuela.... Alguna vez nos recogía del colegio, a mi hermana y a mí. Y siempre nos traía alguna golosina prohibida. Era su forma de rebeldía. Nosotras la adorábamos. Vivía en una casa parecida a ésta, con su hermana Gilda. Pero Gilda no tenía ninguna gracia, siempre callada, como apagada. Toda la luz estaba en Marina. Ella cuidaba las plantas, nos compraba regalos, nos recogía y luego jugaba horas con nosotras. Siempre risueña, activa. Nos llevaba como en un remolino, por su casa, al jardín y vuelta. Cuando no era una aventura era otra. Buscábamos tesoros, o los enterrábamos, o éramos princesas secuestradas por un dragón. Recuerdo el día que nos acompañó un amigo del colegio. Se negó a hacer de príncipe. La trama que propuso mi tía, le daba poco margen, según él, para disfrutar del juego, claro que hay que decir en su favor, que Marina se había empeñado en que fuéramos las princesas quien rescatáramos al hidalgo. Ella siempre hacía de dragón. Lo hacia tan bien que nunca pusimos en duda que el papel era para ella. El dragón y su territorio...Mi tía era así. Reina en su pequeño mundo al que nos invitaba. El jardín y la cocina era cosa suya. Gilda también cocinaba, pero era otra cosa, y los niños, que tienen más paladar del que se les supone, pedíamos siempre, cuando mis padres nos llevaban, que fuera Marina y no Gilda quien nos hiciera la comida. La diplomacia nos deforma más tarde.
Se acercaba a la bancada, junto a los fogones, y toda su actividad se pausaba, como entrando en un templo. Se apaciguaba y entraba en un estado de creación pausada, por así decirlo. No se puede cocinar con prisas, repetía sin cesar. Conseguía juntar dos artes en los que siempre había destacado, el culinario y el botánico. Así, hacia uso de casi todas las plantas que tenía a mano. No sólo el laurel, el tomillo o el romero, usaba todas las flores, especias e incluso, a veces, en recetas que inventaba, alguna corteza de árbol. En cada ensalada siempre había alguna flor, cortada esa misma mañana, perfectamente dispuesta, seleccionada por su aroma, sabor y color. Mi tía nos inculcó que todas las formas de belleza se mezclan en la cocina, y por tanto, deben evaluarse. Su especialidad eran unas galletas, muy sencillas, pero que convertía en obra maestra. Galletas de canela y jazmín. Su aroma era tan intenso, que impregnaba la ropa. Resultaba imposible no marearse al llevártelas a la boca. Una de esas tardes que nos juntábamos en su casa, la tía Gilda me contó un secreto. Apenas tenía diez años, y no alcance a comprender del todo. Con el tiempo, y alguna experiencia, me pareció una inmensa atrocidad y no consigo, tampoco a día de hoy, explicarme cómo consiguió, mi tía Marina, mantener la alegría dentro.
El sol andaba ya terminando de acostarse, entre unas pequeñas brumas que parecían hacerle de almohada, y se abrazaba a ellas como nos abrazamos todos cuando nos sentimos solos.
- Hubo un día, me dijo Gilda, que tu tía lloró haciendo estas galletas. Hacía un tiempo que había conocido a un chico del pueblo, Martín, se llamaba. Era pelirrojo, todo lleno de pecas, hijo de la señora Francisca, la dueña de los ultramarinos. A nuestro padre nunca le cayó bien, y cuando se enteró de que, además de ese horrible color de pelo, su padre militaba en el partido comunista, decidió oponerse a esa relación, en la que tantas ilusiones tenias puestas su hija. Marina estaba en la cocina, preparando la masa, batiéndola, como sólo sabe ella que por eso salen tan ligeras, cuando entró en la cocina y le informó de su determinación. Marina se puso a llorar como nunca verás hacerlo a nadie. Tales torrentes se vertieron en la masa, que se necesitaron dos horas de cocción extras en el horno para que las galletas se secarán. La indigestión que todos sufrimos, hizo pensar a nuestro padre, en un supuesto intento de asesinato de Marina, lo que le enfureció aún más, retirándole la palabra desde aquel día. Como tu tía tenía poco de monja y es terca como una mula, se negó a ver a ningún otro hombre, pero no ingresó, dando un tremendo disgusto a nuestra madre, en ninguna orden religiosa. Desde aquel día vuelca todo su amor en las plantas y en vosotras.
Pasaron los años y yo crecí y entendí las lágrimas de mi tía. Apenas cuando cumplí los quince, Marina murió. A los dos meses le siguió el jazmín, y luego el resto de plantas. Gilda sobrevivió como pudo a su ausencia, e hizo todo lo posible por salvar el jardín, pero se marchitaban, de pura tristeza. Con la última colocasia, se secó también ella.- un escalofrío sacó a Belén de su relato y decidimos regresar, callados al hotel.
Saliendo por la portezuela, una flor de jazmín, algo marchita, aún llena de olor, vino a posarse en su pelo. Ambos lloramos sin lágrimas, ni palabras por su tía Marina.

Texto agregado el 05-08-2005, y leído por 65 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
17-08-2005 Este cuento es una gloria bendita,no te has equivocado,es para tenerle un cariño especial,brotó sencillo y humilde pero lleno de belleza ,como ese jazmín posado en el pelo de Belen.Durante un rato,Marina me recordó a la protagonista de "como agua para Chocolate".Gracias por haberme invitado.PD.decirte que gracias a ti me enteré de la existencia de A.Baricco y que estoy leyendo "Seda".Un abrazo escritor. Gadeira
 
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