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El tipo se frotó sus manos y de ella destiló un chorrito de néctar con el que se enjuagó su cara, se miró al espejo que no era otra cosa que cristal de caramelo, anudó su corbata de mazapán, acicaló sus cabellos engominados con dulce de membrillo, tomó su bastón de turrón y salió de su enorme casona de chocolate, seguido de una corte de moscas abotagadas, ahítas de probar tanto dulce y tanta golosina.

La vida de Melifluo Hucke transcurría entre almibaradas tertulias con seres que se consideraban dichosos de sentir su aliento mentolado surcándoles sus rostros ávidos. El, sabedor de sus especiales dotes y haciendo alarde de un narcisismo extremo, se desplomaba en un lujoso diván y se dejaba querer por ese ejército de gatas en celo que le prodigaban caricias y halagos y entretanto se manducaba enormes porciones de torta que endulzaban aún más su azucarada personalidad. Gatas y moscas eran su designio y él les pedía a esas incondicionales admiradoras que se hicieran un calendario de visitas para evitar que se produjese un atasco que podría ser contraproducente para la salud de alguna de ellas. Las gatas, a regañadientes, puesto que así como es difícil para un fiel a ultranza tener que dejar de asistir a su templo de veneración, asimismo, a ellas se les partía el corazón dejar pasar una jornada sin lengüetearle los cabellos a ese regio galán, lamerle sus dedos pegoteados de almíbar y crema y devorarle ese delicioso bastón aturronado. Algunas amenazaban con suicidarse, otras con asesinar a sus respectivos esposos y las más recatadas sólo soñaban con un idílico romance y miraban a Melífluo con sus ojos lánguidos.

Juana Malena, la híbrida justiciera nacida, según se cuenta, del apareamiento de un puma y una doncella, pertenecía al temido clan de las perseguidoras de los edulcorados y como buena integrante, odiaba todo aquello que supiera a dulce o golosina. Cuando pequeña se rumoreaba que había asesinado a una criada que tuvo la osadía de obligarla a comerse un flan, ya que lo que ella amaba eran las mamaderas de agráz. La mujer esta, poseía una amargura que le prodigaba particulares momentos de felicidad, su entrecejo siempre estaba fruncido en un gesto de profundo desagrado y a su tranco vigoroso agregaba una firme resolución: acabar con todos los presuntuosos edulcorados que derretían el corazón de las felinas, puesto que estas, obnubiladas con el galán, ponían en peligro su propia especie, al rechazar a sus naturales compañeros. No soportaba tanta estulticia y odiaba los remilgos de esos seres que ardían con extrema facilidad en el fuego fatuo de una pasión almibarada. Se decía que Juana portaba en su portaligas un crucifijo de madera de cedro que ella impregnaba con la hiel extraída de un bucéfalo, especie inepta que habitaba en los montes de la Nada Misma. También comentaban las viejas lenguaraces que esa arma era muy efectiva contra los edulcorados, pero como estos se ocultaban muy habilmente de las miradas de los profanos, era difícil precisar tales comentarios.

Se decía que Melifluo Hucke poseía a su vez una poción que lo mantenía a resguardo de tales ataques y que consistía en el concentrado de Jupífero, fruto del cual se supone que se fabricaba el néctar de los dioses. En realidad, la existencia de nuestro dulzón personaje se nimbaba de un halo de misterio y su servidumbre sabía que una de sus mejores garantías de supervivencia era no preguntar absolutamente nada y cumplir con las empalagosas tareas de aquella mansión.

Juana Malena se plantó manos en cadera frente a la residencia de Hucke y sonrió malignamente. Luego escribió algo en una roñosa libreta que guardaba en uno de sus bolsillos y se dirigió a una caseta telefónica. Allí tomó el teléfono con sus largos dedos y digitó un número. Al rato se escuchó el hormigueo de una voz:
-¿Si?
-Teresa Pérfida ¿Eres tú?
-¿Quién llama?
-¿Cómo que quien llama? ¿Qué ya no me reconoces?
-¿No me digas que eres Juanuca?
-La misma, amigota, la misma de siempre. Sabes. Necesito conversar contigo.
-¿Cuándo y donde?
-En la taberna de Los Amargos.
-Bien, bello lugar ese, je je je.

A las nueve menos cuarto, las dos amigas se encontraron y se saludaron a bofetadas, gesto que las identificaba. La Teresa Pérfida era una novicia que aún no jalonaba su libro de vida con algún cadáver a sus espaldas, puesto que todavía le restaban cerca de tres años de instrucción. Se sentaron en un oscuro rincón y a la luz de unos mortecinos candelabros brindaron por el reencuentro, bebiendo sendas copas de vinagre.

-Te necesito amiga- le dijo entre dientes la Malena.
-Para lo que desees, Juanuca.
-Debo cumplir una misión pero este es un hueso duro de roer- Aquí, la mujer hizo un gesto con sus manos que era comprensible sólo para ambas.
-Me extraña. Para ti están vedadas las dificultades ¿Quién es ese que te la pone tan difícil?- preguntó la Pérfida, quien aún no maduraba del todo, pese a las clases intensivas que recibía a diario.
-Ni más ni menos que el detestable, repulsivo y abominable de Melifluo Hucke.
-¡Puaj!. Ni me lo menciones que se me revuelven las tripas.
-Pues bien. Necesito que ingreses a su mansión y te hagas pasar por una de sus criadas.
Teresa abrió sus ojos como plato y exclamó: -¡Noooooo! Eso si que no. Lo que me pidas, menos eso. No aguantaría ni un segundo en esa asquerosa casona. No me pongas en aprietos, Juanuca Malula.
-Necesito de tu apoyo. Yo no puedo cruzar ni siquiera las rejas de acceso si una aprendiz no lo hace antes, por lo que necesito que me abras el camino.
-¿Y que… tengo que hacer…allí? ¡En caso que me atreviese a hacerlo! Sabes que me expongo a quedar convertida en una torta de chocolate si el edulcorado adivina mi condición.
-Nadie lo hará si tu camuflaje es perfecto. Ese tipo hace bastante tiempo que ha logrado escabullirse de mis garras y debo averiguar en terreno que diablos lo protege de mis poderosas garras.

Después de una larga plática en que la resolución de la Malena contrastaba con la indecisión de Teresa, las dos mujeres acordaron realizar el plan al día siguiente y para ello deberían sobornar a una de las empleadas de Melifluo. La más propicia fue Sordina, una chica distraída y crédula que estaba a cargo del aseo de las habitaciones. Aquella mañana, Teresa Pérfida, tocó el timbre de la entrada y un lacayo se acercó con paso lento a atenderla. Ella le dijo que necesitaba hablar con Sordina, ya que debia entregarle un recado de suma urgencia. La muchacha apareció con el asombro pintado en su rostro y cuando se acercó a Teresa, esta hizo un rápido ademán con su mano transformando a Sordina en un tacho de basura, pasando a asumir ella su personalidad. Ya adentro de la mansión fue seguida por un ratoncillo diminuto que era ni más ni menos que la ceñuda de Juana Malena. Esta, transformada en ese mísero roedor, se metió en cuanto rincón encontró a su paso. De pronto, al ingresar a un cuarto, se topó a boca de jarro con el relajante Melífluo, que en esos momentos se perfumaba con un aromático dulce de canela. De inmediato el ratoncito cambió su forma por el de una mosca que revoloteó sobre el galán, sufriendo serio riesgo de ser rociada con el azúcar flor que el tipo usaba de desodorante. Melífluo se contempló en el espejo de caramelo y sonrió satisfecho, luego se relamió sus labios para sacar el exceso de jarabe de rosa mosqueta que usaba para cuidar su piel y tomando su elegante bastón aturronado, salió muy contento de su dormitorio.

En vista que tenía el terreno despejado, Juana Malena recuperó su aspecto humano y se dedicó a revisar todos los cajones de las cómodas y estantes que atiborraban la pieza. Aguantando sus náuseas, la mujer hizo a un lado grandes rumas de potes de manjar, centenares de barras de chocolate, multitud de sacos de galletas y cantidades abismantes de mermeladas de los más exóticos sabores. Al cabo de varias horas de búsqueda, Juana Malena tuvo que reconocer que allí en esa mansión no existía ninguna poción, lo cual resultaba inexplicable, puesto que el edulcorado de Melifluo para sobrevivir a todos sus ataques, debía utilizar alguna pócima.
Muy contrariada, la mujer hizo abandono de esa enorme estancia en compañía de Teresa Pérfida, quien devolvió de inmediato a Sordina su condición de sirvienta.

Las gatas en celo retozaban sobre el presuntuoso de Melifluo, quien sorbía indiferente una buena copa de jarabe luego de manducarse una inmensa torta de nueces. Una de esas gatas, algo desgastada pero todavía con algunos arrestos, juraba que aquel vanidoso ser la miraba con ojos amorosos y bailoteaba frente a él para llamarle la atención. Las demás sonreían maliciosas porque cada una de ellas se creía privilegiada de sus atenciones. En medio de un estridente concierto de sensuales lamidos y gimoteos, la gata Sherezade se arrojó furiosa sobre otra que pretendía usurpar su lugar, recibiendo un feroz arañazo en su hocico pintarrajeado. Ni corta ni perezosa, la furibunda felina se trenzó en una feroz gresca con Nina, la usurpadora, cayendo ambas en un recipiente repleto de miel. Desde allí emergieron rasguñadas y con su pelaje pegoteado, lo que fue aprovechado por las moscas de la corte para tomarlas por asalto. Melifluo se reía a mandíbula batiente y sus estentóreas carcajadas llegaron a oídos de Juana Malena, quien, a la espera de alguna oportunidad, dormitaba sobre un pocillo de crema, transformada en una mosca. Al abrir sus ojos, la mujer se dio cuenta que bajo el paladar superior de Melifluo estaba camuflada una minúscula botellita que era la que contenía la poción. Era menester que el individuo la arrojara lejos, por lo que la mosca se elevó dificultosamente hasta revolotear cerca de sus narices. Otros insectos que sobrevolaban por las inmediaciones le impedían el paso pero sorteando todos los obstáculos, hizo a un lado con mucha dificultad a un mosco que dormía profundamente en una de las fosas nasales del edulcorado y se introdujo allí batiendo sus alas vigorosamente. Nada sucedió y estaba a punto de aumentar el tremolar de sus alas cuando, de pronto, sintió una tremenda convulsión de las mucosas seguida de un estruendoso Aaaaaaatchisssss que la impulso violentamente fuera de la nariz. En su descompaginado vuelo pudo contemplar como junto a ella salía despedida la pequeña botellita que contenía el jarabe de Jupifero, el poderoso talismán que protegía a Melifluo de su influencia. Entonces fue que la mosca se transformó instantáneamente en la ruda Juana Malena, quien sonriendo con el entrecejo fruncido y extrayendo de entre sus ropas un cricifijo bañado en hiel, se abalanzó sobre el tipo y lanzando un juramento lo plantó sobre su azucarado corazón. De inmediato y lanzando un espantoso grito, Melifluo comenzó a derretirse y ante esto, las gatas huyeron espantadas a sus respectivos tejados, suponièndose con ello que recobrarían el seso y salvarían su descendencia. En pocos segundos, una charca de almíbar era devorada por las hormigas y moscas, acabándose de este modo el burdo reinado del empalagoso Melifluo Hucke.

Las gatas viudas lloran inconsolables desde entonces sobre los tejados de la ciudad, confundiéndose sus lamentos con el clamor de los mininos en celo que las tratan de poseer. Dicen que cuando una de aquellas felinas accede a los urgentes requerimientos, a los edulcorados galanes que aún sobreviven esparcidos por este mundo les sale un vello de gato en su pecho, por lo que es bien saludable para las féminas que los seducen, que reparen en esta decidora huella…


















Texto agregado el 07-08-2005, y leído por 1169 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
08-08-2005 cuantos pancreas debiste haber sacrificado por contar este dulce cuento. rumpelstinsky
08-08-2005 OE.. COMPADRE... QUISIERA CHATEAR CONTIGO: luisangel_cm@hotmail.com rodobendo
07-08-2005 guaaaaaaa! éste si que resultó un ataque al empalagamiento empalagoso, despùes de todo tanta azúcar termina por pasar la cuenta, sea en manos de las paladinas de la justicia ciega o en manos de un chock insulinico. Lamentable las consecuencias que traen los excesos y los malos usos, así como las malas artes de seducción. Mis estrellas de chocolate bitter anemona
07-08-2005 espectacular me encantó, desde la forma que describis a la historia misma juanitaR
07-08-2005 mIS 5* SIN DUDASSSSSS¡¡ saludarte monilili
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