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DE CORAZONES SOLITARIOS

Corría el verano del 96, lleno de alegría y color. Dispuesto a conquistar el mundo, después de culminar la secundaria en el San José, cogí vida y sueños como único patrimonio. Por aquellos días calurosos, compartía amistad con Leonor, una extraña chica que conocí por intermedio de un familiar. Era una persona interesante con quien descubrir nuevos temas.

A menudo, teníamos un recorrido a lo largo del malecón donde platicábamos de cosas mil, viendo ocultarse al sol bajo el inmenso y majestuoso mar, pasando horas de ocio y relax. Contábamos cosas nuestras, anécdotas, historias increíbles sazonadas con gran imaginación y creatividad.

En una de esas tardes cálidas, nos topamos con una delgada figura, de cabellos larguísimos, mirada penetrante, sonrisa cautivadora y de hermosa tez. Saludó familiarmente a Leonor, con esa alegría y energía que sólo se tiene a los 14. Luego volteó a mirarme con desinterés, dibujó una sonrisa al hacerlo y siguió su rumbo desconocido.

La interrogante se me vino a la cabeza, y pregunté por ella. Quién podrá ser aquella maravillosa criatura que se acerca tan encantadoramente a saludarte Leonor. Es Kassandra, la pequeña Kassandra, la conocí de por aquí y ahora es mi amiga, respondió. Fue el comienzo de todo.

Con el pasar de los días la pude conocer al fin, como jugando a la historia de amor. Creo que Leonor tenía algo especial para los asuntos del corazón y resultó provechoso el nexo que pude encontrar. Después de un par de salidas acompañada por la buena de Leonor, estaba preparado para llevarla a casa completamente solos. Nos despedimos de Leonor, y nos dirigimos hacia allá.

Qué se conversa con una chica cuando tienes que esperar el momento oportuno para decirle lo más trascendental del mundo. Pues no recuerdo. Conversamos de los perros, de Leonor, de la calle; en fin, qué se yo. A los 16 y 14 poco se sabe de estas cosas. Resulta que Lucrecia amiga de Kassandra tenía un interés muy marcado hacia mi persona. Entonces terminamos hablando de aquello. Que eso era imposible porque nunca podría acceder a sus deseos. Por qué. Por la sencilla razón que me interesaba otra persona. Y me iba a mandar con el rollo de: me interesa otra persona, que estoy mirando justo ahora. Pero la frescura y la agilidad mental no me ayudaban. Estaba absolutamente nervioso. Sus ojazos fijos en mí, atentos a cada frase por muy distraída que sonara.

Bueno Kassandra, olvidémonos por un momento de Lucrecia y pensemos en nosotros. Aunque era cierto, “nosotros” no existía aún. No recuerdo cómo empecé, ni mucho menos como terminé. Pero fue algo así como que, era importante estar juntos, querrías ser mi amada. Antes que termine la frase, escuche un sí, que me conmovió hasta los huesos. Fue un sí lleno de ternura, inocencia y puro corazón. No de amor quizás; pero, estoy seguro, de mucha ilusión.

Para redondear aquel atardecer, recibí un jugoso e inexperto beso, que aún guardo como el más maravilloso de los recuerdos. Es un tesoro valioso. Porque sólo se tiene aquello una vez en la vida. De nuevo, sus lindos ojazos me contemplan, esta vez con ansiedad, como preguntando: te gustó, eso era lo que esperabas. Y supongo que los míos dirían lo mismo. Las palabras estuvieron demás. No necesitamos decir más nada. Ahora estábamos rumbo a casa, cogidos de la mano y con el mundo a nuestros pies. Nos despedimos sin mayores formalismos, esperando nuestro incierto segundo encuentro.

No pasaron muchos días, y recibía una llamada cariñosa preguntando por mí, de cuando nos veríamos y saldríamos. Quedamos en salir con Leonor, porque finalmente le debíamos todo eso y suponíamos que querría escuchar algo de nosotros. Así sucedió, nos encontramos con la querida Leonor y pasamos una tarde juntos los tres. Leonor sonreía incrédula y complacida de ver aquel cuadro de amor juvenil. Éramos hijos de sus buenos oficios. Era parte de nuestra historia.

La relación con el tiempo fue creciendo en sentimientos y sensaciones. Kassandra era una persona fácil de querer. Era un encanto de chica, siempre con una sonrisa en los labios, su encantadora mirada sólo para mí, con toda la frescura de sus 14 años. Llegamos a formar una linda pareja. Todo el mundo hablaba de nosotros. Que bien se nos veía.

Llegó su cumpleaños número 15 y le di el abrazo más largo de la historia, con muchos besos intrépidos y juveniles. Hubiera querido llevarla del brazo para el primer baile de la noche. Pero no hubo tal. Lo celebró como ella quiso, y eso no incluía una ceremonia formal de traje y vestido.

Los meses fueron avanzando e increíblemente, llegamos al año de relación. Todo un logro para mis insípidas relaciones anteriores. El 18 de febrero cumplíamos todo una época de gratos episodios. Fue la primera vez que dije te amo con toda la firmeza posible, seguro de mis sentimientos. Ella nunca lo dijo, pero sentía todo el amor del mundo en cada beso, caricia y abrazo. Gustaba mucho de abrazarme por la cintura y esconder su tímido y tierno rostro sobre mi pecho. Entonces sentía que era el hombre más feliz del mundo. La persona que amaba buscaba mi protección y sentía que lo podía todo.

Juntos aprendimos a descubrir nuestra sexualidad, aspecto tan primario y humano como la vida misma. Aunque nunca la tuve en mi lecho, juro que hicimos el amor miles de veces, con todo el febril y apasionado amor que persona alguna en el mundo haya experimentado. Por más que ella no lo sepa. O peor aún, no lo recuerde.

El tiempo seguía su discurrir parsimonioso, dejando huellas como cicatrices en el alma. Nosotros no éramos ajenos a ello. Kassandra fue creciendo y conociendo el mundo más allá de lo que yo podía enseñarle. Y lo que es peor, también a mí descubrían el mundo y todo su peligroso encanto. Aprendí nuevas sensaciones, placeres y emociones. Conociendo el dolor de la vida misma.

Kassandra, por su parte, era una pequeña jovial, llena de vida, que no merecía tener al lado un ser extraño, nostálgico y melancólico. Un ser que pensaba en lo importante que era sufrir y aprender a hacerlo. En ese instante comprendí, que aunque Kassandra sería el amor de mi vida, no terminaría mis días a su lado. Estaba convencido de ello y se lo advertí como una premonición. Ella escuchó callada, como no entendiendo lo del mañana. El hoy era lo único existente. Como en efecto es.

A partir de ese suceso, traté de vivir cada segundo de nuestra relación como el mejor. Convencido que era la historia de amor más encantadora y efímera de todas. La fiesta de fin de año, juntos. En una casa de campo repleta de amigos. Festejando la tradicional festividad. Todos alegres. Ahora bailando. Ahora brindando. Grupos de jóvenes se acercan a saludarnos. No tenemos un instante a solas. Nuestras cómplices miradas se buscan. Se encuentran y seducen. Se escapan. Se aman. El baile continúa, la alegría es desbordante. Sólo se respira dicha y felicidad. Cogidos de la mano caminamos hacia ningún lugar especial. Te amo. Recorro todo su crispado cuerpo con la yema de los dedos. Te amo. Toco sus labios con los míos, en un beso pausado y tranquilo. Sus cabellos sueltos al viento, caen suavemente como cintas de seda sobre mi tez. La fiesta ha quedado atrás. El ruido no nos perturba. Los amigos nos ignoran. Los besos se convierten en febriles y apasionados. Te amo. Hay lágrimas en nuestros ojos. No alcanza el amor del mundo para describir ello. Las manos sudorosas e inexpertas empiezan a buscarme. Acarician mi pecho sobre la inoportuna ropa. Recorren mis hombros, llegan al cuello y cogen mi rostro. Siento un “te amo Ramiro”, que nunca salió de sus labios, pero que me llegó al alma. El mundo sigue girando, menos para nosotros. Allí, parados en frente de una multitud que parece insignificante. Nuestras piernas entre cruzadas nos hacen peder estabilidad. Estamos tan cerca como nuestros vestidos nos lo permiten. Es el paraíso mismo de las Sagradas Escrituras.

De pronto, como un castigo divino, todo se tornó negro. Desperté por la mañana. En una cama desconocida y sin Kassandra al lado. La busqué por todas partes. Ella no estaba. O nunca estuvo. No quiero recordar como terminó nuestra historia de amor. Cual fue el suceso que marcó nuestra separación. No quiero recordar, por que quizá no terminó. Porque es tal vez una pausa. Aunque tenga la verdad guardada en mi herido y maltrecho corazón. Que injusto eres Santo Dios…

No es la historia de amor más interesante y cautivante de la humanidad. No he pretendido que lo sea. Pero es la historia de nuestro amor, de la mujer que amo, y por ende, la más linda de todas.

Ramiro Lahonte, como todo el amor del mundo, febrero de 19…

El pequeño Ramiro termina su lectura cada vez más intrigado, conmovido y emocionado. Voltea el rostro y busca la mirada de su madre. Doña Kassandra petrificada en su asiento, busca a su vez, la mirada compasiva y salvadora de doña Leonor. No era posible que su hijo hubiera encontrado con tanta habilidad el secreto manuscrito.

Doña Leonor con sabio semblante, observa la escena. Asiente con la cabeza como dándole consentimiento para actuar. Doña Kassandra va recuperando el dominio sobre su ser y rol maternal…

- Él es. Ramiro Lahonte es mi padre- ahoga un suspiro emocionado.
- Ramiro Lahonte nunca existió querido - responde la madre- pero llevas el nombre en su honor.
- Cómo, no lo entiendo…
- Ramiro Lahonte es un sueño del que nunca quise despertar.
- Entonces, ¿quién era mi padre?
- Un hombre encantador – suspiró doña Kassandra
- Un gran amor – completó doña Leonor

Ramiro, cada vez más confundido, mira con gran interés a ambas señoras. Esperando la verdad de las cosas. Dicen que Ramiro Lahonte jamás existió. Que Kassandra fue feliz con el padre del pequeño Ramiro, pero que tuvo un fugaz paso en la vida de los dos. Dicen también que, Ramiro Lahonte sí amó a Kassandra Marticorena. Que debió ser el padre del retoño de doña Kassandra, pero que no vivió para lograrlo.

Las interrogantes volaban en el ambiente. El mundo de los sueños y el real se mezclaban como una amalgama en la memoria de ambas damas. La conversación prosiguió con gran ánimo e interés. Doña Leonor le sonreía con gran complicidad mientras la madre preparaba cada respuesta para el pequeño.

Por su parte, Ramiro Lahonte seguiría vagando por el mundo de los corazones solitarios en busca de refugio en los brazos de su Kassandra querida. Mientras ésta explicaría el porque de tanto misterio al hijo de sus entrañas.

Sayán, agosto de 2005


Texto agregado el 22-08-2005, y leído por 132 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
27-09-2005 bellisimo... q maravilloso sería tener un amor asi d sublime, pero q no sea tan sólo un sueño del q se despertará... lala-paola
23-08-2005 muy buen texto, me encantó.. un agrado pasar por tus textos hoy, da gusto leer cuando escriben bien. juanitaR
 
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