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Era domingo, lo recuerdo como si fuera hoy. Al principio no tuve ninguna conciencia pero después sí. Tanto así, que esa mañana fui a la feria. Compré las verduras que después cocí en la olla de aluminio; el aliño y las finas hierbas las conseguí a buen precio por la estación; entonces era primavera. Había mucha gente, la Antonia ya no estaba conmigo. En los puestos del pescado compré un ceviche de reineta que me vino muy bien para reponer fuerzas, también compré el diario y caminé entre los locales con bermudas y chalas; de lo más relajado, como si nada pasara.

Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, me doy cuenta que mi problema partió con el trago. Tengo la maldita manía de beber lo que me pongan por delante. Para graficarlo basta con imaginar a Nicolas Cage en Leaving las Vegas, metido en la ducha con ropa, empinando una botella de vodka al seco, con su corazón a mil quinientos. Los celos; los arrebatos de pasión; las bofetadas que me ponen caliente, se repetían y se repetían en nuestras vidas. Lo peor era que a mi mina también le gustaba esa onda media sadomasoquista.

Aquel día compré una lechuga escarola; alcaparras y aceite de oliva. Sabía que cocinando borraría al menos por un rato su recuerdo lejano. Antonia era exquisita pero algo histérica.- Es extraño pero ahora mismo siento su olor aquí, impregnado en las paredes; hay cosas que cuesta explicar; pasan no más, sin pedirle permiso a nadie.

El vino lo pasé a buscar al mercado. La carne roja y el vino tinto, como decía mi padrino; cabernet sauvignón, Carmen Margaux; rico como él sólo, el maldito condenado; me traje dos botellas. De mañoso me traje una mezcla de maní, almendra y pasas. Cuando hice sonar la alarma de la camioneta en el estacionamiento subterráneo del mega-emporio, el sonido seco y corto me tocó una fibra en los sesos. La caña iba mala; la noche anterior había sido de terror, la Antonia andaba con la regla y no paró de decirme cosas hirientes todo el rato. Me afectó mucho saber de mucho antes, que ella me engañaba, porque su desfachatez quedó patéticamente en evidencia en aquel preciso momento. No se puede ser tan caradura y armar ese medio escándalo sólo porque a veces mi secretaria me llama a deshoras. Al verla enojada y mientras balbuceaba disparates me la imaginé chupándole el pico a su amante, con el semen chorreándole por la boca cínica. Antonia era una asquerosa descarada y me dolía tener que admitirlo.

Aquel domingo, para quitarme el shock, cociné como lo hacía cuando estaba soltero. Cociné con prolijidad, poniendo el cuidado necesario en cuanto a la cocción y al aliño. Mientras cortaba la carne en medallones me puse a escuchar a Piazzolla en la radio; el tango siempre me ha aquietado. El ajo lo corté en telas transparentes. Odio el ajo empaquetado y en polvo, lo encuentro profiláctico.

Es extraño, pero aun no entiendo porqué los celos dominan tanto al hombre –por no decir a mí mismo-. Muchas veces me acosté con mujeres, bellas e interesantes, comprensivas y dóciles, buenas y malas para la cama, pero sólo para pasar el rato nada más y entiendo que ellas lo hacían por lo mismo conmigo. Creo, aunque a estas alturas no creo en nadie, que la autodestrucción nos lleva marcándonos un camino hasta la muerte. Es una enorme interrogante el porqué podemos llegar a ser tan amorales. Muchas veces volví a casa después de revolcarme con cuanta mina quiso conmigo, muchas veces no me quedó tiempo ni para lavarme cuando ya estaba penetrando a la Antonia, como si nada hubiese pasado, como bloqueado y a sangre fría.

Corté el tocino y se lo amarré con pita a los medallones de carne fresca, luego puse una gotita de aceite de oliva al sartén y esperé a que calentara. Había que echar los trozos sin sal al principio, sellarlos para aguantar el jugo adentro. Mientras esto acontecía, aproveché de cortar la verdura para la guarnición de acompañamiento: pimentón en tiras; zapallo italiano; zanahoria, cebollín y dientes de dragón. También prendí el horno para alcanzar la temperatura suficiente para meter la carne adentro, luego me puse a freír las papas duquesa.

Quizás cuántas veces la Antonia me habrá hecho lo mismo; quizás más veces que yo. Desde que supe que llevaba más de dos meses saliendo y fornicando con el arquitecto de la constructora, como que perdí la brújula. Al principio intenté hacerme el duro, pescar un cuchillo y enterrárselo setecientas veces; al menos era lo que siempre le dije que haría en cada conversación que tuvimos sobre este asunto de la infidelidad; sin embargo no hice nada, ni siquiera se lo insinué. Era extraño ver en mí ese hálito como de resignación y apatía. Apenas un hilito de nervios y rabia sentía por dentro; ninguna gran cosa. Hubiese preferido no saberlo, ni que algunos de mis mejores amigos vinieran a contármelo; con ello me hubiera evitado ser objeto de su podrida compasión. Sospecho que uno de ellos debe haberle chupado la vagina a la puta de Antonia. menos mal que luego no los volví a ver más más.

Recuerdo que el vapor de la cocina y el olor a gas aquel día me hicieron volver a la infancia. Mientras preparaba las salsas que más tarde acompañarían a la carne me acordé de las reuniones familiares en la casa de mis tíos. Hice salsa de champiñones, una de pimienta que me quedó bastante buena, y una de espinacas. Luego saqué los medallones de carne del sartén y los puse en una fuente que finalmente fue a parar a lo más profundo del horno, como a 180º. Todo ese rato bebí un pisco sauer envasado que batí con hielo, azúcar flor y clara de huevo en la juguera.

Ahora fumo, desde que duermo aquí fumo como un maricón celoso; en ese tiempo no fumaba nada. Debo confesar que desde que la Antonia desapareció de mi vida me he sentido solo.

Aquel día puse la mesa como correspondía. Cuando la carne estuvo en su punto me senté a comer. Piazzolla sonaba como en el teatro Gran Rex de Buenos Aires; afuera de mi casa la gente hacía su vida de domingo normalmente. Seré acucioso y diré que partí sirviendo las copas, las del vino y el agua; el almuerzo parecía una misa con tanta liturgia. Armé mi plato como si fuera un óleo sobre tela, un paisaje deseado, luego me hice del cubierto de plata. Cuando pinché ese medallón de carne al punto, la sangre gritó y se puso a salir a borbotones; el vino entonces se hizo indispensable. Aproveché de masticar con la rabia contenida que traía dentro; la del engañado; la del estúpido egocéntrico que jamás imaginó que podía pasarle lo que le pasó. Cocinar me sirvió para demostrar que ya no necesitaba de la Antonia para seguir viviendo; me sirvió para abrir un espacio entre mi coraza y yo, me sirvió como una excusa para seguir bebiendo al menos los próximos dos días. Mastiqué y mastiqué dejando salir la frustración que me carcomía; mastiqué como una fiera hambrienta; mastiqué la rabia y la ira, hice sonar los dientes...

…más tarde me serví otro trozo de Antonia….

En los días que siguieron apenas comí, la carne de ella se echó a perder y el hedor se hizo insoportable; a veces cuando aquí hay visitas, mi madre me trae leche asada y pan amasado con chicharrones, pero siempre termino vomitándolos en las letrinas de la calle 9, allá donde dicen que se culean a los violadores y a los traficantes que llegan.

...mañana me toca doctor...

Texto agregado el 29-08-2005, y leído por 657 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
13-08-2008 me gusto , y el final fabuloso ralmente no lo esperaba tan macabro pero eso me encanto.......besote almaguerrera
05-12-2007 Excelente y bien cuidado texto. Buena pluma. Fast
08-08-2007 Un juego de palabras, de imágenes, de historias, mundos paralelos superpuestos, una técnica interesante que seguro te sale, te fluye desde el fondo del alma. Un temazo, qué quieres que te diga, termina el protagonista comiéndose a quien lo lleva por el mundo de los celos, el amor y la pasión y qué decir de los cuernos, pero así es la vida y los sabores no se olvidan, ni las historias, ni la vida toda. Un abuena demostración de arte culinario aparejado con las bajas pasiones y las palabras de grueso calibre que hacen del relato un deleite, salvo el jugoso trozo de carne... Bien, bien, una vez más lo has hecho, has cocinado, preparado un escalofriante relato. Estrellas vienen volando. FaTaMoRgAnA
27-09-2005 Excelente... una vez más disfruto de una obra bien trabajada, me imagino tus ojos brillando mientras tus manos juegan a dibujar con palabras, mejor dicho, en esta ocasión, a cocinar... flaca
25-09-2005 Excelente…. muchas veces no es necesario comernos la carne de esas personas para sentir que las estamos masticando y desangrando. Me encantó… la narración genial… la forma en la que mezclas el escenario gastronomico con los planos metales, que se dibujan mientras articulas con saña tus recuerdos y sentimientos. “Es una enorme interrogante el porqué podemos llegar a ser tan amorales”…. Ufff, eso mismo nos preguntamos muchos. Un beso grande. Thais
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