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UNA FRANCIA PARA FABIÁN

Estábamos todos reunidos para darles la bienvenida: papá, mamá, Fabián y yo.
Llegaron por la tarde con todo el polvo del camino. Fabián era el más entusiasta de nosotros, no veía a los primos hacía tres años.
El primero en descender fue Juancho, enorme como una gran mole y cara de pocos amigos. Le seguía Carlitos con sus anteojos cuadrados y expresión criminal de pequeño delincuente. Y por último, Francia, simplemente encantadora, con dos tallas más de brasier y unas caderas dignas de infarto.
Fabián quedó petrificado al verla, no pensó que la metamorfosis adolescente hiciera ese tipo de hazañas, sólo pudo moverlo el ruido del motor del trailer de papá.
Los primeros en acercarse fueron mis padres quienes los abrazaron tiernamente dándoles el respectivo pésame. A tales muestras de afecto le siguieron distintas reacciones: Juancho arrancó con su tic nervioso que le hacía torcer completamente la boca dibujando un alambre mal doblado; la pobre Francia mostró su lado más débil (que por cierto nunca más descubrió) y se vino en llanto; finalmente Carlitos con una media sonrisa entre melancólica y avergonzada terminó el cuadro.
Se trataba del tío y la tía, el avión que los traía de regreso nunca llegó, se había estrellado en el Atlántico. Luego de esos sucesos los primos estuvieron un par de semanas en casa de la tía Joaquina, pero la pobre no pudo más. Un día llamó aterrada a papá contándole los sucesos de su casa, los niños se portaban muy mal. Papá sostuvo su teoría de “la falta de cariño de los muchachos”; y gracias a lo bueno que era, se ganó el premio gordo con los tres “angelitos”, a pesar de todas sus limitaciones.


Entramos como pudimos a la cabina del trailer. “Fabián, Juancho y Carlitos a la conejera”. Fue en ese momento que entendí cómo serían nuestras vidas. Carlitos convencía a Fabián como debía pagarle para dejarlo ver su arrugado póster de Susan León que había viajado cientos de kilómetros para alojarse bajo el colchón. Francia maquinaba cómo sacar ventaja de su condición de “mujercita”. Y por último, por cada rozada de mi nuca con el inmenso brazo de Juancho recibía un coscorrón que me hacía lagrimear, pero ni mierda de decir algo.
Llegamos a mi dulce hogar, que no lo sería más, con Fabiancito erecto; Carlitos, con signos de soles en los ojos, más delincuente que nunca; Francia, siempre linda; Juancho, con mucho hambre; y yo, con veinte pelotas en la cabeza y un centenar de lágrimas derramadas.

Después que Juancho acabara con nuestra despensa, nos distribuyeron: Juancho y yo, en mi dormitorio; Fabián y Carlitos, juntos y Francia en el dormitorio que pertenecía a Matilde, mi hermana que estaba en la universidad.
Al día siguiente nos llevaron a todos a comprar ropa. Fue algo desesperante. Carlitos se empeñaba en conseguir una camisa con diez bolsillos y pantalón con igual número de ellos. Juancho ni bien tuvo sus jean’s cogió unas enormes tijeras e hizo mierda la prenda (“así son más cómodos”). En el caso de Francia, mamá tuvo que regresar tres veces más. Fabián que siempre imitaba mi estilo, esta vez se inclinó por los numerosos bolsillos de Carlitos, por lo que tuvimos cuarenta bolsillos de un solo golpe.

Todas las tardes salíamos a jugar con los amigos del barrio, era época de vacaciones y mis padres eran más flexibles con el horario. Se jugaban a las interminables escondidas.
Era una pesadilla cuando Juancho “contaba”, porque amenazaba con estrangular al que no respondiera a su llamado, lamentablemente yo era siempre el primer elegido y salía con la cara más cojuda que me conozco. Si descubrías a Francia, se inmolaba Fabiancito, porfiando que él había sido el “ampayado”. Si no aceptaban sus requerimientos se trompeaba hasta con el más pintado. A Carlitos nunca se le encontraba porque ya se había “pelado” una raqueta o un balón y lo “negociaba” con los más incautos o en su defecto iba tras las faldas para ganarse con algún calzoncito tierno y distraído, entonces era descubierto con facilidad.


Francia era la mayor de los primos con catorce años recién cumplidos. Era una chica dura, aprovechadora y ventajosa. Siempre buscando su comodidad o beneficio. Todo ese perfil era asolapado con la dulzura de su rostro, sus movimientos suaves y delicados, además de una virginal belleza. Mamá y papá la consentían en demasía. A mi entender, Francia había llegado para llenar el vacío que mi hermana dejó. Francia era una chica muy astuta, al notar la deferencia que le tenía mi hermano se consiguió desde un primer momento un sirviente. Fabián estaba dispuesto a matar por el besito de premio que le esperaba después de cada “misión imposible”.
En una ocasión Francia tuvo un altercado con Juancho, del cual salió mal parada. La desenmascaró delante de mis padres, por lo que hizo bajar sus bonos ante ellos. Francia había cogido algunos postres demás por lo que Fabián y yo nos quedamos sin el rico manjar. La muy descarada soltó algunas insinuaciones acerca de lo sucedido, dando a entender que Juancho, dado su apetito voraz había acabado con todo el dulce. Juancho señaló en su defensa que había visto cambiar una blusa manchada con el dulce a una hora que no era precisamente el momento acostumbrado y como prueba voló a traer dicha prenda. Francia estaba furiosa y desde ese momento empezó a planear su venganza. Por supuesto que Fabián estaba entre sus planes, sería víctima de una paliza propinada por Juancho y por ende el castigo posterior para “la mole”. “Fabiancito, Juancho es un mentiroso, me ha tildado de mentirosa y encima de todo cuando subíamos me ha golpeado. Quiero que vayas y le des su merecido”. Fabián a sus once años era muy valiente, pero en esta oportunidad quedó pálido, resignado a su suerte. Tomó el sendero de su condena y se dirigió hacia nuestro cuarto. “Juancho, yo no hubiera querido este encuentro, pero no me dejas más remedio que darte una paliza”. Juancho me miró sorprendido como si buscara algo en mi cara de aterrado, pero sólo encontró un gran signo de interrogación. Fabián estaba como un fantasma de lo pálido, mas, arremetió con todo. Lamentablemente un solo golpe bastó para dejar fuera de cualquier actividad en donde se requiera ambos ojos al pobre de Fabián. Obviamente después de estos incidentes Juancho fue castigado sin postre durante un mes (qué martirio para mí, porque al final de cuentas el que se quedaba sin postre era yo dado el gran “cariño” que recibía de parte del primo Juancho).
Francia a pesar de ser una persona bastante compleja no era ajena al enamoramiento. Entonces llegó el día en que conoció a un muchacho. Chicho, un negrito trinchudo que no tenía nada de atractivo, pero así son las mujeres quién las entiende, y peor aún si se trata de Francia. Chicho tuvo que hacer muchos méritos para que sea aceptado por mis padres. Al final lo logró. Pero eso no era el gran escollo, lo que le debió preocupar al negrito desde un principio era Fabián. Éste estaba furioso. Le hizo la vida imposible desde que se enteró del romance entre los dos tórtolos. En esa ocasión todos luchamos por su causa. Los muchachos estábamos de acuerdo en que ese negrito era un mal elemento. Carlitos, obviamente fue el encargado de fabricar todo el plan en contra de Chicho. Fueron una serie de acciones en contra de ese pobre muchacho que ahora que reparo era buena gente. Desde mancharle la silla donde se iba a sentar, pasando por salar su limonada, hasta ir con el chisme a mis padres sobre ciertas “sustancias” que se aplicaba el individuo (lógicamente era falso). Chicho se mandó con todo un discurso acerca de su conducta intachable fuera y dentro de la casa. “Yo sería incapaz de ingerir esas sustancias que me harían daño. Soy deportista, practico todo el día y no tengo ni tiempo para poder drogarme”. Las miradas de tiranos interrogadores se convirtieron en complacientes “suegros” comprados por tanto floro del negrito. Después de ese interrogatorio, mis padres esperaron que se fuera Chicho esta vez arrastrando su bicicleta porque Fabián había sacado todo el aire de las cámaras y nos llamó a todos para interrogarnos ahora a nosotros. Carlitos era el único que mantenía la calma de nosotros, Fabián estaba completamente furioso y por ahí nos agarraron a todos. Descubrieron que Fabián sufría un capricho por culpa de Francia, pero nada que un buen castigo no solucione. Esa vez, todos nos quedamos sin postre y sin salir a jugar por toda una semana.


Carlitos era el último de mis primos con doce años de edad, tenía la mente más torcida de todos, con muchas manías extrañas llenas de misterio. Era un chico muy inteligente, dominaba perfectamente la informática, matemática, botánica y estaba aprendiendo a su corta edad las principales leyes de la física. Podía reparar cualquier aparato que estuviera averiado. Tenía un arsenal de herramientas e instrumentos en sus camisas de innumerables bolsillos. En una oportunidad se olvidaron de comunicarle que lavarían una de sus famosas camisas y con tanta cojudez dentro se atracó la mariposa de la lavadora y tuvieron que mandar traer al técnico porque esta vez ni Carlitos pudo arreglarla.

Una mañana nuestro amigo de juego, Marianito, recibió su pelota nueva y estuvo muy presumido por el resto del día. Todos queríamos tocar esa belleza, poder chutarla una sola vez; todos menos Carlitos, que observaba la escena con cierto desprecio. Él no podía rebajarse a eso. También quedó enamorado de ese esférico, pero tenía en mente otra cosa. Ya le había echado el ojo y su cerebro “criminal” sólo calculaba el momento preciso. Estaba consciente que no podía hacerlo solo, entonces pensó en el único capaz de convencer: Fabiancito. Y es que ese muchacho no podía negarse a tan excitante aventura.
Esa noche la cena fue devorada por ambos, incluso sorprendieron al “señor devorador”, Juancho, que quedó relegado a un vergonzoso tercer lugar. “¿qué pasó Juanchito, no tienes apetito?”. La luz de su dormitorio quedóse encendida hasta altas horas de la madrugada. Pensaron en todo, desde robarla en pleno juego de fútbol hasta acabar con la vida de es “presumido de mierda”. Carlitos era todo un “delincuentito” y cabía en esa mente “criminal” cualquier cosa. Finalmente se optó por un “bien elaborado plan” que consistía en trepar hasta la ventana del dormitorio de Marianito justo a la hora que éste cenaba, porque calculaban que sería el único momento del día que se separaba de su regalo nuevo. Por fortuna de ellos, no se equivocaron. La escalada no fue difícil, su casa era colindante con la nuestra y la escalera se podía apoyar en nuestro muro. Obviamente que el encargado de hacer el “trabajo sucio” fue Fabián, Carlitos sólo observaba desde la sombra. Con mucha destreza llegó hasta la ventana, ésta tenía el seguro puesto. “Carlitos, tiene seguro”. Inmediatamente Carlitos fue alcanzarle un alambrecito que sacó del bolsillo número cinco de su camisa. Fabiancito no era tan hábil abriendo ventanas, por lo que tuvo que ser guiado paso por paso por el “graduado” de LA ESCUELA DE ASALTOS “Mr. Carlitos”.
Fabián logró ingresar al dormitorio sin ningún inconveniente y desde ahí lanzó la pelota a las manos de Carlitos quien la acarició por unos momentos mostrando su sonrisa entre melancólica y perversa, mientras Fabiancito descendía.
Todo estaba planeado, ingresaron a su dormitorio y le pasaron el tinte que Carlitos había hecho. A las dos horas de los hechos Carlitos y Fabián ya estaban con cara de pelotudos mientras papá devolvía el balón a un histérico Marianito y a su furioso papá. Al dar media vuelta papá, quedaron iluminados con su incandescente mirada. Ahora por nada del mundo se salvarían, recibieron una paliza de aquellas, papá no jugaba con esas cosas.

Juancho era el más bueno de todos mis primos, tenía el corazón tan grande como él. Lamentablemente no estaba dotado de la inteligencia de su hermano, ni tenía el carisma de su hermana. Él estaba en el medio de los dos en cuanto a edades cronológicas, pero era el último en cuanto a las emocionales. A sus trece años era capaz de matar un toro con sus propias manos si se lo proponía. No se metía con nadie si es que no se metían con él. Pero dada sus limitaciones era muy huraño, todo le mortificaba y al menor contacto físico reaccionaba violentamente (dícelo a mi pobre cabeza). Mas, en muchas oportunidades lo había visto ayudar a las personas ancianas en la calle, ayudar a las aves heridas en el parque, hasta llegar al punto de pelearse con toda una tropa de cazadores con honda que frecuentaban esos lares. Ayudaba en lo que podía a mi madre con los quehaceres y a mi padre en su trabajo. Era una buena compañía para éste en sus innumerables viajes a bordo de su trailer por todo el territorio patrio.

En resumidas cuentas esos eran los perfiles generales de los nuevos integrantes de la familia. Con ellos convivimos todo el proceso de la adolescencia hasta entrada la adultez. Todos luchamos juntos para alcanzar nuestros sueños, sin embargo, no muchos lo logramos. Después de la muerte de papá las cosas dieron un giro de ciento ochenta grados. Las cosas fueron más duras para todos, en especial para mamá que tuvo que hacerse cargo de cinco muchachos con necesidades todos, de distinta naturaleza. Por esa época abrió un negocio de comida, porque era algo muy familiar para ella, ya que los abuelos habían tenido una cadena de restaurantes por todo el norte del país, pero que ahora era un bonito recuerdo. Juancho y yo como éramos los más grandes fuimos a ayudar en el negocio, haciendo de todo un poco: como asistente de cocina, como mesero, y controlando el estacionamiento vehicular de los clientes. Mi prima Francia se encargaba de la caja, siempre atendiendo con una sonrisa en el rostro. Gracias a esa “actuación” tan bien realizada era que aparecía más concurrencia masculina y con lo rico que cocinaba mamá ya teníamos enganchado a varios clientes. Por el negocio de mamá nació mi afición por la cocina, que me perdura hasta ahora. Muchas veces arruinamos los platos que con tanto gusto preparaba mamá por darle nuestro “toque” del sabor. Y es que Juancho y yo tratábamos de seguir las instrucciones de mamá al pie de la letra y a veces nos pasábamos. En esa continua interrelación aprendimos a llevarnos bien, aunque para alcanzar ese estado tuvimos que pasar por unas fuertes “pruebas”. En muchas ocasiones terminamos a las manos por alguna orden o contraorden que venía de mamá. Acabábamos con todos los huevos de la canasta, nos traíamos abajo el costal de harina. En fin, estábamos listos para ser horneados como un gran pastel. Era cuando mamá colapsaba, flaqueaba y se echaba a llorar. Nosotros nos sentíamos muy mal y terminábamos en un arrepentimiento tal que al final era mamá quien nos consolaba y nos ayudaba a limpiar todo el lugar. Pobre mamá, siempre sufrida por todos y nosotros, siempre complicándole la vida.
Pero todo no era problemas, la pasábamos muy bien en el restaurante. Aprendimos a hacer algunos platos. “Hijito, para el tiradito hay que hacer tiras mi amor, tiras”. “El calamar para chicharrón hay que enharinarlo, pero con la de maíz”. “El secreto para un buen cebiche es el ajo”. “Y el arroz con pato va con su cervecita negra”.


Llegó el fin del verano y con él, el fin de las vacaciones. Todos estábamos entusiasmados por regresar al colegio, no porque nos gustara sino porque nos comprarían todo nuevo. Un día salimos con papá a comprar los uniformes y los cuadernos. Esta vez Carlitos no encontraría una camisa de diez bolsillos.
Hasta ahora no entiendo como papá pudo hacerse cargo de mis primos y correr con todos los gastos. Su trabajo era sacrificado y no necesariamente bien remunerado, por la compañía en donde laboraba. A Dios gracias que el trailer era de él, pero igual, la paga no era buena.
Así fue, con todos los sacrificios de mi padre, que empezamos el año escolar. Francia entraría a tercero, Juancho y yo al segundo, Carlitos a primero y Fabián a sexto grado de primaria. A pesar de estar en años diferentes, cuando se trataba de permisos para salir a jugar, a todos nos tomaban una prueba de conocimientos elaborada por mamá. Todos la pasábamos, obviamente, pero los últimos en terminarla eran Juancho y Fabián. En una oportunidad tardaron tanto que cuando abrieron la puerta fueron atropellados por nosotros que entrábamos como estampida, después de haber concluido un disputado partido de fútbol con los muchachos del barrio. Juancho no podía creerlo, estaba furioso, quería golpear a alguien, y no les cuento más, porque Uds. saben a quien atacaba primero.

Ese año fue terrible para Juancho, repitió segundo, fue rechazado del equipo de fútbol y se enamoró de nuestra profesora. Creo que todos esos problemas se entrelazaron y uno trajo al otro, pero no sé de qué manera. Papá estaba muy molesto con él, ya no se trataba de castigarlo sin salidas o sin postres sino de medidas más drásticas.
En ese momento lo que más importaba para Juancho era la Srta. Elvira, nuestra profesora. Sin saber nada del asunto, mamá habló con la susodicha para que le diera clases particulares en casa de ella. La Srta. Elvira aceptó, porque en el fondo Juancho le caía bien y además tendría un ingreso extra ya que mamá iba pagar por sus servicios.
Para que Juancho no se sintiera diferente, yo también fui obligado a asistir todos los días por la tarde. Cuando salíamos para casa de ella, Juancho me decía muy pausadamente, que me vaya a jugar por ahí, pero ya aparecía mamá y nos llevaba en movilidad hasta la misma puerta de la Srta. Elvira. Ella nos esperaba con un enorme pizarrón, algunas tizas, limonada heladita y mostrando su exuberante anatomía. Y es que la Srta. Elvira en la comodidad de su hogar, usaba politos escotados y shorts que mostraban sus “encantos”. Juancho y yo quedábamos estúpidos ante tal muestra de confianza y cotidianidad. El pobre Juancho empeoraba en su rendimiento académico, y se adentraba en una profunda depresión que afectaría su salud, tanto mental como física.
En una de esas tardes en casa de la Srta. Elvira, Juancho estaba decidido a hablar, a abrir su corazón, a contárselo todo... a cagarla. Empezó con su tic nervioso, la boca completamente chueca y la cara torcida. “¿Qué pasa Juanchito te sientes bien?”, “anda, ve por el Dr. Marquez”, me dijo. Y yo hecho un cojudito corrí a buscar al famoso doctor. Juancho me miró contrariado sin saber qué hacer. No podía explicar lo que ocurría, que todo estaba bien y que tenía que decirle su verdad. Cuando Juancho se hubo tranquilizado, yo estaba de regreso con el Dr. Marquez. “Ay amor es que se puso mal el niño y creí conveniente hacerte el llamado, pero parece que está mejor”. “No te preocupes cariño, aparentemente sólo fue un susto”.
Ese fue el fin de toda la historia de amor entre Juancho y la Srta. Elvira. Ella nunca supo nada y con el tiempo se casó con el Dr. Marquez. Juancho estuvo mal, pero una semana después reinició sus actividades, aunque pasaría mucho tiempo, antes de que dejara de escuchársele lo de “¿amor?”... “¿niño?”... “¿cariño?”


El fin de la crisis de Juancho coincidió con los preparativos para el quinceañero de Francia. Mamá estaba muy emocionada porque haría realidad su sueño de celebrarle los quince años a una hija, ya que Matilde se negó rotundamente a “todas esas tonterías”. Papá nuevamente estaba trabajando duro para hacerle una fiesta inolvidable para la “pobre” Francia, una fiesta como sus padres se la hubieran hecho. Pobre papá, hasta tuvo que hacerse de un préstamo para cumplir el sueño de mamá y darle la alegría a Francia.
La fecha llegaba y el más nervioso de todos era Fabiancito que siempre andaba cerca de Francia haciéndole todo tipo de favores. Le rogaba que él fuera su pareja de la noche, “te prometo que le digo a papá que me compre un traje nuevo, además estoy creciendo y para ese día ya te habré pasado”. Primero Francia lo despachaba con un rotundo no, pero al ver la desesperación de éste, trataba de aprovecharlo al máximo con sus numerosos caprichos.
Finalmente el día esperado llegó. Todos nosotros vestidos de etiqueta, mamá emocionada como quinceañera y papá sobrio como siempre, sin ocultar su felicidad.
Pasadas las doce, Francia bajó las escaleras del brazo de papá. Estaba hermosa, era toda una mujer. La gente emocionada aplaudía a rabiar, Fabián no cabía en su pellejo, estaba extremadamente emocionado.
Al momento de lanzar el bouquet, Fabián corrió a su encuentro, pero un tipo que le doblaba la talla, que no era otro que el negrito Chicho, le ganó lejos en el salto. Ahí mismo se iba a armar una trifulca. Yo, conociendo el temperamento de Fabián, había previsto esa situación. Entonces, de inmediato cogí a Fabián y lo llevé hacia el jardín del gran local de recepción. Fue en ese instante que reparé que lo de Fabián era serio. Me causó ternura y a la vez gracia la forma que se cogió el cabello como quien está con un mundo encima, se desajustó la corbata, la mano izquierda al bolsillo y ese apretar de labios que hasta ahora lo tengo grabado. Lo vi con sus once años, y toda esa muestra de dolor, que me dije: “ha madurado”. Y le di un abrazo ceremonioso, hasta me atreví a hablarle sobre la vida y las mujeres. Fabián asintió y juntos regresamos al salón. Francia estaba en la mitad del baile, con los ojos brillantes y cara de enamorada. Chicho no podía creerlo, estaba en el cielo. Mamá y papá estaban abrazados, una llorando y el otro, secando sus lagrimas con el mejor pañuelo que tenía.
Carlitos y Juancho desconocían por completo la conversación que tuve con Fabián. Ellos por su parte, continuaban con el plan en contra de Chicho. Cerca de las dos de la madrugada, Chicho se disculpó y abandonó la reunión. Un pequeño percance lo estaba dejando marginado de disfrutar de toda la fiesta. Se trataba de un problema digestivo, que por supuesto nunca divulgó, y que vinculaban directamente a Carlitos y su bebida “ensueños”, pero que esperaría otra oportunidad para cobrársela.
Fue así como pasamos el quinceañero de Francia. Recuerdo una escena feliz de todos nosotros participando de un baile, todos cogidos de las manos y dando vueltas. Juancho, Carlitos, Francia, mamá, papá, mi hermana Matilde que acababa de llegar, y Fabián. Fabiancito, que esta vez sonreía a rabiar. Su problema lo dejó atrás, era otra vez el niño que siempre fue y entonces, pareció inmensa la frase: “ha madurado”. Luego, me mezclé con toda la familia y participé de su alegría.

Cuando murió papá, tuvimos que vender el trailer porque de nada nos servía, y entonces con ese dinero mamá hizo su restaurante. Yo tenía diecisiete, y tuve que dejar mis sueños a un lado. A dios arquitectura, a dios universidad, a dios profesión. Y no es que le reproche algo a la vida. Las cosas pasan y punto. Sólo trato de escribir mis memorias. Además, fue la manera cómo descubrí mi vocación por la cocina. Ahora trabajo en una embarcación pesquera y me dedico a lo mío.
Francia llegó a casarse con Chicho y formaron un hogar, tienen varios niños. Juancho es carpintero en un pueblo del interior y hasta donde sé no se ha casado ni tiene hijos. Carlitos está purgando condena por asaltos sistemáticos a grandes corporaciones financieras, no saldrá nunca. Por último está Fabián, él si estudió una carrera. Es un prestigioso abogado. Consiguió una beca y siguió estudios en París, ahora radica en esa ciudad y ejerce su profesión exitosamente…
Llevamos cuarenta días sin probar alimento, qué ironía. Tan sólo ingerimos pocas dosis de agua. No sé si sobreviviremos al naufragio, estoy cada día más débil y no tengo muchas esperanzas. Sólo me queda pensar, que uno de nosotros llegó a la cúspide, que uno de nosotros logró todo en la vida. Pienso en Fabián, en París, y lo único que puedo decir es que siempre habrá UNA FRANCIA PARA FABIÁN.

Lima, 16 de abril de 2002

Mateo Pita


Texto agregado el 31-08-2005, y leído por 82 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
07-10-2005 una narración interesante entretenida, tierna, q cautiva por la decripción tan precisa y detallada del mundo de cada uno de los protagonistas de esta historia. lala-paola
01-09-2005 Simpático el tema. Me gustaron tus descripciones de personajes. Uno se hace la idea de cada cual. Bien. Mis * HugoPato
 
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