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EL PERRAMUS
Cuando mi tío Pedro enfermó para morir, su mujer, la tía Clota, me regaló el perramus.
Vos que sos joven no los llegaste a conocer. Eran como los pilotos, que entonces se llamaban impermeables; pero más cajetillas. Parecidos a los sobretodos. De tela fina, gabardina gruesa impermeabilizada.
Mis ocho tías eran solteronas, aunque dos se casaron. Pero las casadas eran más infelices que las otras. Mi tía Tita estaba casada con un militar: borracho, agresivo, se pasaban peleando todo el día.
Clota tuvo más suerte, porque Pedro era un santo. Demasiado bueno, decía ella. La verdad es que la Clota lo tenía zumbando. Él trabajaba en el Correo Central. Su única diversión era ir dos días a la semana a la confitería San Martín, que quedaba en la esquina de la plaza, y juntarse con los amigos a charlar de burros o de fútbol. A veces me llevaba. Jamás lo oí hablar de mujeres.
Entonces la San Martín estaba dividida. De un lado el salón de hombres al que se entraba por la esquina de Belgrano. En el medio la caja y la venta de masas, y del otro lado, sobre la misma vereda de la iglesia, el salón familias.
En la parte de los hombres las mesas eran peladas, en el "familias", al que iban de vez en cuando alguna pareja y más raramente amigas, tenían dos manteles. Uno bordó abajo y otro blanco encima puesto como un rombo.
Mi tío Pedro murió y al poco tiempo, un día de lluvia, fui con el perramus a la confitería. Estaba casi desierta. Me senté en el salón de hombres, pedí un cafecito y prendí un negro.
A los cinco minutos se acercó José, el mozo, y me dijo que una señora que estaba en el salón familias quería hablarme. Fui y me encontré con la Micha Sánchez, la mina de la que todo San Martín estaba enamorado. O para decirlo sin eufemismos, con la que todos estaban calientes. No sé si llegaba a los cuarenta pero estaba que rompía las baldosas.
De chicos la veíamos pasar con la Tota lzaguirre del bracete por la vuelta al perro de la plaza. Bueno, tampoco la conociste, pero era usual en todas las plazas: los muchachos en una de las cuadras se ponían en el contorno, parados o en los bancos, y las chicas, por el medio, iban y venían, iban y venían, cientos de veces cada uno de los días en que la ceremonia se ejecutaba. Al llegar unos metros antes de las esquinas viraban ciento ochenta grados se tomaban del brazo al revés, y suuum, salían disparadas a una nueva vuelta.
La Tota y la Micha eran un espectáculo aparte. Después la otra se casó y ésta quedó soltera. Se decían muchas cosas, pero eran chismes de pueblo chico. Nadie demostraba nada.
La cuestión es que la Micha me dijo que tenía que hablar conmigo, y que prefería hacerlo en su casa. Le pregunté cuándo y me dijo: "ahora." Salimos y todavía estaba lloviendo. Encontramos poca gente en la calle. Ella llevaba un paraguas y me tapaba a veces un poco la cabeza, que yo tenía descubierta. Para no mojarse el perramus se tendría que haber complementado con un sombrero, pero los funyis ya no se usaban. En el camino dos o tres veces me rozó con la cadera y se me erizaron los pelos.
Fuimos por la Belgrano, que entonces no era peatonal y a las tres cuadras llegamos.
Me hizo sentar y charlamos un largo rato de bueyes perdidos. Sin embargo tenía un tono seductor. Igual estaba precavido y hasta fantaseaba que detrás de ese trato podría haber alguna broma pesada de mis amigos.
Me dio una copa de licor, después otra. Se pintó los labios delante de mí con el mismo lápiz Tánger que usaban mis tías. Se pasó esmalte por las uñas. Yo ya estaba que volaba, cumplía con todos mis fetiches. Se arregló la raya de la media y la miré. Se me vino, me estampó un beso lleno de lápiz labial en la boca. La tomé de las caderas, me besó el cuello. Estaba soñando, me estaba por montar a la Micha. “¡ Si me vieran los muchachos de la "San Martín"!
Me apoyó contra el pantalón. Se empezó a mover suavemente como un péndulo. Y acabé. Me fui. La besaba por todos lados. Qué vergüenza. Me consoló con mimos, dijo algo así como que me esperaba. Me quedé dormido. No sé si el licor ése tendría algo.
Al rato desperté con la cabeza dolorida del lado de adentro como si tuviera una pesa. La Micha no se dio cuenta y estaba concentrada haciendo algo en la cocina que yo veía a través de la puerta abierta. Me fijé despacito, ella estaba de espaldas. Tenía el perramus sobre la mesa y le estaba cortando el forro con una tijera. ¡A mi perramus! ¡Al del tío Pedro!
¿ Qué clase de bicho raro era esta Micha? Me sentí saltar de la cama. Me abalancé a sus espaldas presa de una emoción incontenible. Le arranqué la tijera de la mano y zas, le clavé la izquierda contra la mesa.
Debajo del forro cortado del perramus se asomó un papel. Lo tomé y era una foto: ella y mí tío Pedro en la Plaza San Martín tomados de la mano. "¡Mirá vos, tío Pedro!”
Me empezó a putear en veinte idiomas. Lloraba. Tenía la cara horrible por el sufrimiento. Yo estaba estupefacto por la foto y más tranquilo al saber que no era tan bruja. Me amenazaba que me iba a mandar preso.
–Esperá un poquito –le dije– vamos a negociar. No chilles. Si vos no decís nada yo te desensarto. Si hacés lío, le muestro la foto a mí tía Clota y al cura Clovis.
Como pudo me dijo que sí. La desclavé. Con la mano sana me cosió el perramus mientras yo se lo tenía, porque la otra se la había envuelto en una toalla para que no sangrara. Guardé la foto.
Algunas veces más la fui a visitar. Eso sí. Nunca llevé el perramus de mí tío Pedro.
Pobre Pedro, ¡tan santito que parecía!


Texto agregado el 07-09-2005, y leído por 128 visitantes. (1 voto)


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