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PEQUEÑO HORIZONTE GRIS



El sujeto estaba preso. Policías le habían dado una paliza por tratar de resistirse al arresto. Estaba adolorido, pero su orgullo de poeta del crimen provocaba en él una posición erguida a bobadas. Su cabeza daba vueltas y juraba que había visto un ángel, un ser divino que le comisionaba una misión especial, a él, la primicia de la tierra. Sus manos negras estaban por tan oscuro historial. Sus andrajos lo amaban. Su pelo sucio protegía su cabeza de pensamientos suicidas. Amaba su putrefacción. Deseaba todas las cosas, pero su pereza declaraba su incompetencia. Vivía con sus padres, viejos sabios de la vida y nada que ver con su propia criatura. Sus años no eran su edad. Su edad era su disfraz, su disfraz era su tontedad. Su tontedad, era su antisocialidad. Tenía muchos proyectos, y su identidad la cuidaba como hueso santo, esos con poderes. Su flojera lo peinaba todas las mañanas, y lo perfumaba con suaves no abrir de ventanas ni destapar de las sábanas. Su presencia eran sus sandalias, que resonaban como un cabalgar de de rey sobre el campo conquistado, cuando sin darse cuenta, una flecha desde la lejanía inobservable lo corregía enterrada en su cabeza. Nada era de él. No tenía nada. Su santuario era su propio inmundo cuerpo. Su pobreza era triste, pero la causa era su flojera inexpugnable. Su imperio era su protesta. Sus promesas eran su silencio, y su credibilidad la nada misma. ¡Cuántas veces resonaron las campanas: “¡Hechos no palabras!" Promesas sin cumplirse, cumplimientos imaginados en sus vacías obras. Quería cosas, pero las quería solamente. Exigía cosas, con su ineptitud silenciosa como vago, pero el vago vive en la calle. Un pájaro enorme y gordo que come y come como un virus hasta agotar los recursos, y que no quiere ni se atreve a salir del nido de sus aves padres. La anomalía de la creación, la flojera que se atreve a llegar borracho. La calamidad misma observada, pero sólo apreciada como un tesoro, camuflándose en filosofías absurdas de quien sabe quién las enseñó. Se conocen casos a diario, y no muy a menudo, cuando oímos que un familiar se mató o lo mataron y que su única tumba fue el anonimato. Esos que quedan esparcidos cerca del río Mapocho, o bajo el puente de San Francisco. Aquí y en la quebrada del ají, su desgracia navega como un enorme Buque Imperial, o como una nave espacial que aporta a la ciencia. Sus sueños frustrados se hacen realidad, en el alivio que provocan a la madre tierra. ¿Seres espirituales? ¡Ni mucho menos!

Es cuando:

1.- La oscuridad de su cuarto ilumina la suciedad bajo su cama.

2.- El olor a encierro cuando es tan fácil abrir la ventana (no hay que hacer un contrato ni tener AFP ni un jefe odioso (todos soportamos eso, ellos no (son gemas delicadas))).

3.- Su peinado tan pulcro y de buen gusto (¡lávate el pelo!)

4.- Su aspecto con decoro (¡cómo te atreves a salir a cucharear la olla y cuando te ven huyes como cucaracha (y en calzoncillos sucios)!).

5.- La mugre pegada en el suelo.

6.- El horario ejemplar (¡levántate moleera! ¡Son las dos de la tarde! ¡Anda al trabajo que tu madre te dio!).

7.- Su humilde actitud (le gusta pelear y emborracharse con lo poco y nada que gana, crea problemas y deja en vergüenza a sus progenitores (no los honra), discute y justifica, tiene mujer y no la cuida: “[…] pero yo te necesito, no puedo vivir sin ti, te quiero cosita”. Ella trabaja, él no, ella gana dinero, él no, ella necesita cosas, él antepone las de él a las de ella, ella se sacrifica, él no. ¿Es un rey, un caso diferente? ¿Un ser espiritual? ¡Ni mucho menos!).

8.- Sus más de treinta años y sigue haciendo nada (cuando no tenga lo que a todos se les va, ¿qué hará?). En la celda de la oscuridad, clama y gime como un ego encerrado. Se enorgullece y canta canciones de loco. Guerreros, hadas y magos, pócimas secretas para convertir las cosas en oro, alquimia cultural con capucha de filosofía, todo por no querer trabajar.

9.- Con descendencia (linda niña grande que ya con su corta edad es más que su padre (ella misma puede ser su padre, él ni la ve ni se preocupa por ella (si él no lo hace, como instinto natural de superviviencia ella lo hace en beneficio de sí misma)), por suerte no vive con el perfecto dechado).

Grandiosa actitud que lo sumerge en el cenagal del sumidero de su propio vómito, asquerosidad fangueada con precisión, ¡los cerdos no son nada en comparación con él! Ellos están programados para ese propósito, él no, era una anomalía que causaba problemas a los oficiales de policía. En su celda, lloraba de felicidad por escuchar que tenía celda. No estaba enfermo de locura, estaba enfermo de flojo. No era ya más un flojo, era una enfermedad de pereza con piernas que otros darían su vida por tener para poder trabajar y vivir, y poder caminar (él no tenía úlceras ni diabetes), más aun cuidaba cada uno de su pelo dándole un masaje especial de pestilencia, un tratamiento de estiércol y autocomplacencia para que relucieran con todo el brillo de las opiniones como “Uf… ¡por Dios! No me gustaría ser como él.”. Se trataba de no ser cómo él, no él en sí. Cualquier otra persona, si afrontara su calamidad, saldría sin problemas de ella, pues la gente en su mayoría en sacrificada, honrada y trabajadora para lograr lo que quiere, hacer que las cosas sucedan. Pero en la condición mental y amor propio que experimentaba esta criatura gigante de la sociedad, nadie jamás podría renacer, ni siquiera el mismo Ave Fénix. Se interpretaba como una espina en la carne, pero si es verdad eso, ¿qué quedaba para él mismo? ¿Destrucción? Un círculo que ningún psicólogo ni psiquiatra ni neurólogo comprenden hasta el día de hoy. Ni con todo el arsenal de fármacos ultra poderosos se pudo hacer algo.

Oculto en su prisión, sus harapos flameaban al viento que entraba por la ventanilla de arriba. Estaba seco, su mente ida, sus ojos taciturnos porque él contribuyó a tenerlos así. No tenía derecho a llorar, él lo sabía, pero de todas formas lloraba con intensidad, y miraba de reojo al oficial para saber si debía derramar agua de ojos con el más teatro posible. Su llanto cansó al oficial, y este no supo cómo concentrase (estaba resolviendo un puzzle y bebiendo un café, consecutivamente). Se incorporó como llamado por esos gemidos del allá atrás tirado en el suelo. Un frío entró por la ventanilla, las sirenas sonaban y destellaban rojos y azules. El oficial abrió la puerta principal (por el pasillo largo y angosto, semi oscuro) y sus barrotes oxidados rechinaron subiendo el sonido por su composición alta y con curva en su parte superior. Luego de atravesarla prosiguió con las dos siguientes, y habiendo llegado al final del pasillo, dio media vuelta de forma robótica y miró al sujeto odiado por muchos. “¡¿Qué rayos te pasa?!”- habló con fuerza el oficial. El tipo no respondía nada, solo continuaba su travesía en su sufrimiento inventado y creado a la perfección. “¿Puedes dejar de hacer eso? No me dejas pensar, tengo trabajo que hacer.”- mintió el policía, pero en parte estaba trabajando, hacía su turno. El sujeto no paraba de molestar al policía con sus llantos fingidos. Luego de reiterar la petición con serenidad, el oficial no soportó más, nunca en su vida había visto a un individuo que pasara tanto tiempo llorando, cuando por haber estado demasiadas veces en aquella misma celda, su temple debió de ser más duro, como los chiflados calvos que violan a los novatos sin lubricante. Su concentración perdió estribos, y su experiencia policíaca desapareció, voló lejos todo vestigio de aguante (él había soportado situaciones similares), y con descontrol sacó su revolver y apuntó al sujeto. Este dejó de llorar al escuchar el ruido del arma, y levantó su cabeza al mismo instante en que dejó de lamentarse, y quedaron al descubierto lo secos de sus ojos, lo normal de su cara y el pavor en su rostro. Nunca en su vida pensó en que alguien amenazase con exterminar su vida, y ahora por su mente pasaron un montón de imágenes de los errores monumentales cometidos en el pasado. Pensó en un tiempo de flash “… voy a morir”, y abrió la boca para decir que deseaba otra oportunidad. El oficial no le permitió terminar la frase, y en un abrir y cerrar de ojos la pistola disparó matando al sujeto. Este se desplomó en el suelo, su cuerpo comenzaba a emanar toda su sangre, y el policía limpió el arma, abrió la celda y la empuñó en las manos del cadáver, todo en tres tiempos (el arma se soltó de su mano y cayó), salió corriendo, recogiendo sus pisadas, y antes de dar las dos treinta y siete de la madrugada el oficial salía de su turno con anticipación por la emergencia, inventando una excusa en su mente perturbada para alegar que el tipo se había matado. Dejando una ventaja atrás, fue en busca de su superior en las oficinas del cuartel policial.

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Las oportunidades en la vida son para aprovecharlas, no para desperdiciarlas dando por sentado que seguirán viniendo otras.

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Texto agregado el 10-09-2005, y leído por 89 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
15-09-2005 Que bueno este cuento, como lo narras que fuerza pones ,me gusto me dejo pensando no solo en el flojo señor ese sino en tantas cosas que dejamos pasar y no la vemos a tiempo, estó es un ejemplo te felicito te dejo un beso ***** lagunita
 
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